Abrir Nueva Ventana

La Amazonía no reconoce banderas

| Crónica

 

En una serie de crónicas, buscaremos desnudar realidades desapercibidas alrededor de Latinoamérica en esta década; los 2010. Historias de personajes insólitos, micropaisajes urbanos e idiosincrasias inéditas revelarán la vida diaria de muchos que pocos conocemos [conocen]. Abrir Nueva Ventana es un proyecto de Horizontal que propone retratar el mundo de una juventud ilimitada y recopilar historias extraordinarias en el entorno de una nueva generación latinoamericanamente digital en palpitante transformación.

Bajo el calor asfixiante de la capital del estado de Amazonas en el norte amazónico de Brasil, un ingeniero en telecomunicaciones de veintiséis años se administró vendiendo botellas de agua en las calles de una ciudad que fuera una metrópoli cosmopolita y de arquitectura suntuosa concebida por la fiebre del caucho unos cien años atrás.

 

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Manaos, donde cruza la inmensurable autopista fluvial del Amazonas que nace en el Perú y se nutre de ríos a lo largo de siete países, se ha convertido en el nuevo hogar de Leonardo García desde julio del 2016. El joven, que también es diseñador gráfico, viene de Bejuma, un municipio pequeño de casi cincuenta y dos mil habitantes en los «llanos» verdosos del occidente del estado de Carabobo en la República Bolivariana de Venezuela.

A pesar de gozar de una vida tranquila en su ciudad natal, que está a poco más de doscientos kilómetros de Caracas, la capital, y a escasos cincuenta kilómetros de Valencia, tercera ciudad más grande del país, decidió emigrar con la esperanza de encontrar un futuro mejor, como lo han hecho millones de latinoamericanos durante décadas y cientos de miles de venezolanos recientemente.

 

Para él, la conocida región central de Venezuela ya no era la misma. El dinero dejó de rendir. Y la aventura fue su ventura.

«Tomé la decisión», cuenta Leonardo. «Porque me di cuenta que trabajando como ingeniero no iba a llegar a ninguna parte». Y conocer nuevos lugares lo alentaba.

Leonardo es… poco común, digámoslo así. Aunque escogió sondear ciudades del selvático norte de Brasil –como decenas de miles de compatriotas–, su propósito iba más allá de hacer dinero. Fue un deseo de corazón; no era rico y aunque ganaba más con su negocio de vender frutas y verduras antes de partir, no daba el billullo.

Su aventura de más de setenta y dos horas sin parar por tierra no fue fácil e hizo un video para registrarlo; una práctica que muchos venezolanos jóvenes han hecho moda. El también pequeño emprendedor cotidiano, zarpó un 25 de julio –el cumpleaños de su madre– después de vender todo y conseguir seiscientos dólares estadounidenses; tuvo que escondérselos por diferentes partes del cuerpo para prevenir que un solo asalto le quitara su única fortuna.

Después de tres largos días, su suerte comenzó en las ramblas selváticas de la ciudad más populosa de la Amazonía, o la Madre de los dioses en arahuaco.

 

 

 

Hasta hoy ha hecho de todo para sobrevivir. Trabajó bajo semáforos por un tiempo; luego de guardia, pero lo corrieron. Hacía lo que saliera.

Y aunque esperaba una mejor suerte, no había grandes oportunidades tampoco en Manaos, donde se estima que centenas de indígenas warao, provenientes de regiones transfronterizas entre Venezuela y Brasil, actualmente viven en condiciones precarias; sin contar las otras muchas familias que se han desplazado al puerto ribereño para buscarse la vida.

Pero hace poco, y después de largos meses de buscar trabajo profesional –que incluyó tocar un sinfín de puertas desconocidas–, se encontró una oportunidad que nunca se habría imaginado. Y ahora que fue migrante, cuenta que entiende tantas historias de colombianos, peruanos, bolivianos y chilenos que conoció en Venezuela.


El desplazado

Leonardo es un alma polifacética. Aparte de obtener un título formal en ingeniería y practicar diseño gráfico, es guitarrista. Su madre es educadora de niños con necesidades especiales originaria de Valencia, y su padre, músico nacido en Caracas.

Le gustan las cuerdas disonantes; le encanta Enjambre, Panteón Rococó y el Gran Silencio, pero dice que su banda favorita es Desorden Público. No le gusta la parranda, una música típica decembrina del municipio de Bejuma. Pero tocaba guitarra con su papá en las steel bands –camiones alegóricos con músicos encima tocando steel drums de Trinidad, guitarra, bajo y teclado– en los carnavales de su ciudad.

 

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En la tierra que lo vio nacer, su pasión por las expresiones artísticas no le daba para vivir. Y tampoco creyó que sería diferente en el remoto norte de Brasil.

Pero, como él dice, uno siempre se puede equivocar.

Al pasar de pocos meses, conoció a otros inmigrantes, que como él, habían buscado un aire diferente en el rumbo de la vida. Lo invitaron a tocar guitarra con ellos y al corto tiempo se hicieron buenos amigos; y no se quedó en panas cualquiera.

A la fecha, ya son seis integrantes: cinco venezolanos y un colombiano. Tocan covers, desde Maná hasta éxitos del momento en el norte brasileño. E incluso ya viajaron para tocar en otras ciudades.

 

La pasa muy bien y lo disfruta. Sin embargo, no le da para vivir solo de eso. Pero hace un tiempo, consiguió un mejor trabajo que fue una de las cosas más imprevisibles de su nueva vida.

Trabaja en la autoridad tributaria de Brasil. Popularmente conocida como la Receita, su puesto de trabajo –auxiliar de delegados– es particularmente único, pues abre cajas de material decomisado en uno de los puertos donde más contrabando entra a Brasil; y eso incluye toneladas de cocaína peruana y colombiana que son exportadas sobre todo a mercados europeos.

Lo más raro que ha visto fueron balones de futbol rellenos de cocaína.

Cuenta que son relativamente pocas las operaciones en las que participa; tiene mucho tiempo libre en su trabajo de burócrata. «Nuestros entes públicos latinoamericanos son los mismo en cualquier parte», dice.


Las elecciones en su vida

Para Leonardo la política también es la misma en cualquier nación latinoamericana. Y aunque no es ni de izquierda ni de derecha, considera que la situación está peor en Venezuela de lo que él imaginaba con el gobierno actual del presidente Nicolás Maduro.

Al preguntarle sobre las elecciones que ha convocado su gobierno –y que la oposición se ha negado a participar–, cuenta que no tiene idea de lo que sucederá. Pero cree que Maduro ganará. Y opina que eso no ocurriría si las elecciones no se tergiversaran.

«No es tanto el robo electoral, sino la manipulación de poderes y mente de personas», aclara. «Si fueran totalmente transparentes y con dos candidatos perdería seguro».

 

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Coincidentemente, habrá elecciones presidenciales también en Brasil este año. Uno de los candidatos –que tiene fervientes seguidores religiosos– es Jair Bolsonaro, un exmilitar y político de corte diestro. Para Leonardo, las propuestas populistas de Bolsonaro son similares a las que hicieron ganar a Hugo Chávez –expresidente zurdo de Venezuela–.

«Al brasilero le gusta su bolsa [de] comida y las cosas regaladas que volverían con la victoria de él», dice. Pero para algunos brasileños, no hay punto de comparación entre los líderes y tampoco calculan que sean lo mismo. Y varios dudan de que gane.

Leonardo está tranquilo residiendo en Brasil, pero las relaciones diplomáticas entre ambos países se han deteriorado después de que Maduro criticara la toma de posesión del actual mandatario brasileño Michel Temer, quien asumió la presidencia después del controversial impeachment de la expresidenta Dilma Rousseff en agosto del 2016. En la actualidad, Temer ocupa el primer lugar como el presidente más impopular del mundo, dos lugares adelante de Maduro y tres del presidente de México, Enrique Peña Nieto.

Luego, en diciembre del 2016, la policía federal brasileña deportó forzadamente a al menos cuatrocientas cincuenta personas –incluyendo niños– en el estado fronterizo de Roraima, al norte de Manaos. Unos meses después del agravio, a finales de febrero de 2017, el gobierno de Temer decretó que se concederían visas humanitarias de dos años a refugiados venezolanos. Pero el decreto fue revertido al día siguiente.

Después, en febrero pasado, el presidente Temer, que es el más rechazado en la historia de Brasil – una democracia joven que nació hace treinta y tres años al caer el régimen militar– decretó tres medidas para ayudar a administrar el flujo de venezolanos por la frontera norte. A la fecha, la policía federal brasileña calcula que cruzaron noventa y tres mil en 2017 y 2018 de los cuales permanecen cuarenta y dos mil. Y actualmente, la Fuerza Aérea brasileña traslada a refugiados a Manaos y São Paulo del estado fronterizo de Roraima.

Ambos países tienen sus problemas, pero todo depende desde qué ángulo se contemplan las fallas. A pesar de todo, Leonardo se ve quedándose, refugiado en la madre de los dioses junto con su hermana menor, que acaba de llegar. Esa es su elección.

 

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