Ahí, colegas, estamos fallando

Colegas - Ilustración @donmarcial
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Hace veinte años, cuando empecé a ejercer el periodismo, poco o nada aparecía la palabra feminismo en los medios latinoamericanos, los feminicidios se seguían llamando crimen pasional –un eufemismo infame para la palabra asesinato– y la superioridad social, religiosa, económica y política de hombres sobre mujeres no sólo no se cuestionaba, sino que ni siquiera se visibilizaba.  

Ya saben: ni ver ni oír ni hablar. 

El machismo campaba a sus anchas en revistas y periódicos y las periodistas hacíamos nuestras reporterías, casi siempre bajo las órdenes de un editor varón, pensando que eso, seguirle el juego al patriarcado, era la única noticia, el único discurso, la única línea de trabajo, lo único publicable. 

Éramos muñequitas de ventrílocuo con apariencia de reporteras, pero reproduciendo la voz del señor que nos tenía sentadas en sus rodillas.  

Hombres hablando de hombres, mujeres hablando de hombres: así se hizo siempre y así se seguiría haciendo. Nadie lo decía, pero era una norma tácita. Lo importante, lo que merece renglones, tinta, foto, es lo masculino, ¿sino por qué tenemos nada más columnistas varones? No sea ingenua, damita, dedíquese a reportearme bien las cosas que hacen los señores.   

¿Para qué estaban las mujeres en la sociedad? Para ilustrar la sección de deportes ligeritas de ropa, para comprar accesorios o vestidos, para embellecer las páginas sociales en “el día más importante de nuestras vidas”, para ser viejitas penosas el Día de la Madre, para aparecer asesinadas, violadas, descuartizadas, en bolsas de basura. 

Cuerpos. Las mujeres en los medios cuando yo empecé a trabajar éramos cuerpos, maniquíes, cosas mudas hermosas o sagradas o podridas o ejemplificantes.      

Ni siquiera pensábamos que otro mundo fuera posible, mucho menos otro periodismo.

En apenas dos décadas no hay nadie que no haya tenido que pronunciar la palabra feminismo –con la boca llena de orgullo o como si se masticara algo amargo, da igual– y la presencia de las mujeres ha pasado de ser pasiva –la asesinada, la modelo, la madre símbolo– a ser activa, activísima. 

Ser mujer, eso que todas creíamos saber qué era, se convirtió en estos últimos años en sinónimo de dar la batalla contra el sistema, el canon, el patrón, la norma, el discurso oficial. Nos desprendimos como dos partes de un velcro de la portada de la revista, del certamen de belleza, de la propaganda de cera depilatoria o de la foto de la sección Sucesos y nos paramos frente al planeta a gritar, puño en alto: esta mierda se acabó.  

Entonces, si cambió el mundo cómo no iba a cambiar el periodismo, ¿no?

Y sí, si hoy hojeamos los periódicos latinoamericanos encontraremos muchas más noticias relacionadas con mujeres –vivas, de carne y hueso– haciendo cosas que hacen los vivos: mujeres en la ciencia, mujeres en el arte, mujeres en la política. Bravo. Sin embargo, no puedo evitar la sensación de que como periodistas seguimos debiéndole a la lucha de las mujeres mucho, muchísimo más. 

La semana pasada, por ejemplo, un grupo de mujeres de la literatura denunció en un manifiesto la enorme discriminación que ejerce la Bienal de Novela Mario Vargas Llosa contra las escritoras. Las cifras están ahí. En la edición de 2019, que se acaba de llevar a cabo en Guadalajara, hubo 13 ponentes hombres y tres ponentes mujeres (es una cosa habitual: en 2014 fueron invitados 25 hombres y apenas seis mujeres, y en 2015 fueron 22 hombres y ocho mujeres) y no se ha premiado a ninguna escritora mujer. 

La prensa cultural del continente, sí, actuó como portavoz de este reclamo y prácticamente en todos los países de Latinoamérica alguno de sus periódicos publicó algo relativo al manifiesto contra el machismo de la Bienal Vargas Llosa y, en general, contra nuestro mundillo literario, ese Club de Tobi de señores que escriben y que leen a otros señores que escriben y que invitan a otros señores que escriben a sus fiestas de señores que escriben. 

Hasta ahí todo bien. 

La pregunta que me hago es ¿por qué esto no lo denunció un periodista? Quiero decir, si nuestro trabajo es investigar, ¿por qué ningún periodista hizo una suma sencillita de participantes hombres y participantes mujeres y escribió un artículo denunciándolo? ¿Por qué sólo se visibilizó una situación que era de dominio público cuando un grupo de activistas lo denunció? ¿Por qué los periodistas no están haciendo este ejercicio de avergonzar por su machismo a los organizadores de eventos, encuentros, cumbres, festivales de música, ferias de libro y todo acto que involucra a reunir seres humanos bajo un mismo techo?

¿Por qué, digo, no hacer una nota sobre quiénes reciben las becas, las ayudas, los fondos públicos, los premios nacionales, los financiamientos? ¿O acaso eso, favorecer nada más a los varones porque son sólo varones los jueces, no es también corrupción?  

¿Qué hubiera pasado si el manifiesto contra el machismo en la literatura latinoamericana no se hubiese escrito? Nada. No hubiera pasado nada. O mejor dicho sí, se habría celebrado en la sección de cultura de todos los medios entre bombos y platillos y nadie, en ninguna redacción, hubiera dicho: “oye, pero ahí nada más hay hombres, qué mal, ¿no? ¿No será de hacer una notita sobre eso?”. 

Si nosotros, los periodistas, no somos la avanzadilla de este movimiento y de cualquier otro por la igualdad y contra la discriminación, si no vemos que el problema no es un problema de las feministas, sino de todos nosotros como sociedad, si no señalamos con el dedo que el rey va desnudo, como el niño del cuento infantil, estamos fallándole a la sociedad a la que supuestamente debemos sacudir.   

Quiero decir, colegas, que mientras sigamos sentaditos y sentaditas en la redacción esperando que lleguen los manifiestos y se armen las protestas como esperamos los boletines de prensa y los comunicados oficialesseguiremos haciendo un periodismo dinosaurio que espera que la sociedad cambie primero para cambiar unos años después y que no ayuda en nada a que ese cambio llegue a más gente, sea más rápido y, sobre todo, mejor.

Esta publicación/plataforma ha sido posible gracias al apoyo del pueblo de los Estados Unidos a través de la Agencia de los Estados Unidos para el Desarrollo Internacional (USAID). Su contenido es responsabilidad de los autores y no refleja necesariamente el punto de vista de USAID o del Gobierno de los Estados Unidos de América.

Maria Fernanda Ampuero

Es una escritora y periodista ecuatoriana. Es autora de Lo que aprendí en la peluquería (2011), Permiso de residencia (2013) y Pelea de gallos (2018). 

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