Anaya, el jinete del cambio

El pasado abril, Ricardo Anaya y Miguel Ángel Yunes se dejaron fotografiar montados sobre los hombros de dos guardaespaldas. Las implicaciones clasistas de esta imagen no han pasado desapercibidas.

| Racismo

Es natural que si a Ricardo Anaya le preguntaran las razones que lo llevaron a entrar al mitin del 29 de abril en Boca del Río cargado sobre los hombros de un custodio, lo mismo que el candidato a la gubernatura de Veracruz, Miguel Ángel Yunes, respondería que fue una cuestión de seguridad, para no ser aplastado por la multitud, y de popularidad, pues cómodamente sentado sobre la espalda de otro hombre podía saludar más a gusto a sus entusiastas «fans» (y no me sorprendería que empleara esa palabra). Naturalmente, negaría la trascendencia de este episodio, o quizá lo defendería incluso como una demostración espontánea de su tan imaginaria popularidad, de su tan cacareado dinamismo, de su tan presumida agilidad, de su tan estudiada espontaneidad.

Y sin embargo, ese domingo, al montarse con desenfado sobre otro par de seres humanos para ensalzar sus posiciones y sus figuras, el candidato de la Coalición por México al Frente y su aliado del Partido Acción Nacional en Veracruz, nos dejaron una imagen que sorprende por su involuntaria crudeza, o tal vez por su inconsciente descaro.

Recuerdo que en el refranero priista del siglo pasado se solía decir «la revolución sigue montada a caballo» para burlarse de ciertos cachorros de oficina, ya muy alejados de las hazañas hípicas y bélicas de sus papás. Hoy podríamos afirmar que el «cambio» proclamado por los cachorros del siglo XXI también avanza sobre las espaldas de otros seres, pero esta vez son humanos. Según la periodista Luz María Rivera las dos personas que cargaron a los dirigentes eran parte del grupo de diecisiete custodios «visibles» de la familia Yunes, por lo que su transformación de guardaespaldas en cargaespaldas habrá parecido natural a sus patrones, y tal vez haya sido aceptada por aquellos como parte inevitable de su trabajo, como lo muestra la expresión de resignación de la persona que tuvo que cargar a Anaya. En todo caso, la disponibilidad de guardias que pueden ser transformadas en cabalgaduras nos dice mucho del estilo de vida de estos cachorros, acostumbrados a tener ejércitos de servidores que los acompañan, los auxilian, los asisten, los alaban e incluso los levantan sobre sus hombros.

Por otro lado, la imagen tiene un claro tinte racial: el sonriente candidato es notoriamente más blanco que su cargaespaldas; en el caso del otro cachorro la diferencia de pigmento es menor, pero no la de clase, pues él mismo es el patrón de quien lo tuvo que acarrear, o más bien su papi, el góber.

En este sentido, la imagen recuerda otra foto del 2013 en la que el gobernador de Chiapas, ese contumaz nostálgico de las imágenes de castas, fue llevado en andas y disfrazado de indio por los habitantes de Oxchuc. Esa imagen rezuma autoritarismo, pero al menos se puede argumentar que el personaje político fue vestido por la comunidad y así integrado a ella de alguna manera, por más ambigua y contradictoria que sea. En cambio, la cabalgata de Anaya y Yunes solo refleja una brutal diferencia de clase y de color de piel. Es un ejercicio puro y simple de dominación, sin ningún tipo de excusa demagógica ni de intercambio cultural. Los dos juniors se treparon sobre sus servidores porque quisieron y pudieron, por la simple razón de que viven en un país en que la gente como ellos puede ser cargada por otra gente que no es como ellos.


Ricardo Anaya

Por ello, la imagen puede ser vista como un lapsus en que dos miembros dilectos de nuestra élite balconearon su inconsciente racista y clasista, pavoneando el tipo de supremacía que por lo normal ejercen de manera más taimada. La ocasión y el contexto, desde luego, se prestaban para este tipo de deslices. El mitin multitudinario fue organizado por papi, el góber, para lanzar la candidatura de su cachorro y así intentar la construcción de una nueva dinastía política en un estado que ya ha padecido tantas. Anaya, creyente en las prosapias como buen panista, acudió enseguida a Puebla a bendecir la constitución de otro linaje corrupto, el de Moreno Valle y su mujer. Pero volviendo a Veracruz, el abuso de poder presumido en esta foto se ha vuelto endémico, basta con revisar la trayectoria del mismo góber como la de sus infames predecesores, Javier Duarte y Fidel Herrera. En los últimos años Veracruz se ha convertido también en el territorio de incontables fosas clandestinas y de constantes desaparecidos.

De hecho, podríamos imaginar un complemento macabro a la imagen que nos obsequió Anaya que reflejaría de manera más exacta el régimen jerárquico que sueña con encabezar y consolidar: bajo los pies del guardaespaldas que monta podría perfectamente encontrarse un entierro clandestino con los huesos de tantas víctimas anónimas de esa guerra que él mismo se niega a terminar. No olvidemos que en las últimas semanas este paladín del cambio ha repetido hasta el cansancio que está en contra de cualquier amnistía, con lo que solo nos promete más muertes y más violencia. Tal vez lo hace porque está consciente de que la necropolítica que se ha impuesto sobre nuestro país es la principal garantía de que siga existiendo esa jerarquía que quiere montar y esos guardaespaldas que lo puedan cargar, tan naturalmente.

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