Apuntes para una estética del peñanietismo

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Se ha sugerido que el peñanietismo es difícil de definir como fenómeno político debido, entre otras cosas, a la vacuidad de su discurso. Sin embargo, entre la repetición de ideas fijas, frases hechas y lugares comunes, es posible entrever un conjunto de supuestos desde el que este gobierno pretende explicarse a sí mismo el país. El que Peña Nieto utilizara el adjetivo “desestabilizador” para calificar las manifestaciones populares a raíz de la desaparición de los normalistas de Ayotzinapa no fue un accidente. Por el contrario, ese calificativo forma parte de un particular campo semántico utilizado por el presidente y sus allegados para enjuiciar la protesta–compuesto por términos como “vandálico”, “complicidad”, “anarquista”, “violento”, “indignación”, “gallardía”, “debilidad”, “(fuerzas del) orden”–; es decir, un campo semántico que supone una interpretación de la legitimidad de unas formas de participación social sobre otras, y de los alcances de las obligaciones del Estado ante los reclamos de la sociedad. Quizás es en estos detalles de estilo en donde podríamos vislumbrar algo del contenido del peñanietismo.

Partimos del supuesto de que hay ejercicios estilísticos que representan el poder y de que quienes lo ejercen toman decisiones –algunas protocolares, otras banales– sobre cómo representarlo. Suponemos, también, que en esas decisiones se puede encontrar los rastros un orden de valores simbólicos –algo que podríamos llamar una estética propia del régimen–. Si el objetivo de toda estética del poder político es la gestión de las percepciones colectivas con el fin de abonar a la legitimidad del régimen, ¿qué podemos encontrar en los gestos –lo mismo accidentales que deliberados– del peñanietismo?

Por eso vale la pena indagar si en el lenguaje visual hay también pistas para entender las operaciones del régimen. La primera dificultad en esta tarea es definir si de verdad existe un conjunto de motivos que constituyan una “estética del peñanietismo”. Por un lado, las políticas culturales federales no han reivindicado ninguna corriente artística de manera específica (como sí lo hizo, por ejemplo, el régimen posrevolucionario con una cierta versión del realismo socialista) ni se han construido proyectos públicos que por su escala o importancia simbólica den indicios de la adopción de una postura estética.[1] Es decir, el peñanietismo, a diferencia de otros regímenes contemporáneos (como el de Vladimir Putin en Rusia o el de Barack Obama en Estados Unidos), no parece contar con una agenda realmente sistemática para construir una cultura visual propia.

Por otro lado, aun si no existe hasta ahora un patrón metódico en la sensibilidad gubernamental, lo cierto es que los dos años transcurridos del actual sexenio han ofrecido ya algunos gestos dispersos, pero visibles y significativos, de la representación oficial del poder. Con esto me refiero tanto a las representaciones formales –los rituales públicos, la propaganda– como a las imágenes que suponemos accidentales. Si nos acercamos a este racimo disperso de señales tal vez podamos comenzar a esbozar los rasgos de una estética del peñanietismo.


La “nueva cara” del régimen

Sé cumplir

Una de estas imágenes es la del propio presidente. Desde los tiempos de su campaña electoral, se escogió caracterizarlo como figura política nacional frente al gran público mediante una metáfora eminentemente visual:  la “nueva cara del PRI”. La interpretación de la metáfora era bastante literal: toda la atención se puso en su rostro.  (Piénsese esto en contraste, por ejemplo, con la campaña electoral de Felipe Calderón, que seis años antes había propuesto la imagen de las manos del candidato como evidencia de su integridad).

manos-limpias

El rostro de Peña Nieto (juvenil y sin barba, enmarcado por un peinado que por su cuidado extremo parecería no existir en la realidad: el copete ideal) no alude a ninguna cualidad en el oficio público sino a un código romántico, sexualizado (“Peña Nieto, bombón: te quiero en mi colchón”). Es una relación que tiene la ventaja de poder ser interpretada casi instintivamente: al elector no se le tiene que explicar el simbolismo de una “cara bonita”.

Copetes


Una idea audiovisual de la justicia

Otro motivo que parece empezar a conformar el estilo del régimen es un cierto modo de rendir cuentas y ejercer responsabilidades de manera eminentemente audiovisual. El presidente, en vez de ofrecer conferencias de prensa –la expectativa natural en una democracia–, ha favorecido la costumbre de enviar mensajes televisados a la nación. Por otro lado, en términos judiciales, tanto la Presidencia de la República como la Procuraduría General de la República se han preocupado menos por darle su lugar al curso de los procesos institucionales –la realización de juicios, por ejemplo–, que por la difusión de videos como una manera preferida de impartir justicia. Esta tendencia se ha hecho más evidente desde que, a finales del año pasado, los problemas que la narrativa gubernamental había evadido (la corrupción, la violencia) comenzaron a dislocar la agenda nacional.

Angélica Rivera

A las acusaciones de conflicto de interés por el caso de la “Casa Blanca”, por ejemplo, el gobierno de la República respondió con la difusión de un videoprotagonizado por la esposa del presidente, Angélica Rivera. La producción de este video no solo retrasó la ejecución de una investigación formal de los hechos, sino que se limitó a remachar los términos de la excusa oficial: que la compra de la residencia presidencial a un contratista repetidamente beneficiado por el gobierno se trataba de un asunto “estrictamente personal”. El asunto se suponía tan personal que la explicación no la ofreció un funcionario de la Presidencia, sino la propia primera dama, quien en el video apareció sentada al lado de una cómoda de mármol cubierta con flores, con un rebuscado papel tapiz de fondo –es decir, cobijada en un ambiente íntimo, femenino, que por su solo contraste con los espacios oficiales pretendía deslindar por completo al mandatario de cualquier responsabilidad.

La producción de videos fue también uno de los atajos en la presentación del relato oficial sobre los acontecimientos de Ayotzinapa. Cuando hace unas semanas el Procurador de la República decretó “la verdad histórica” sobre lo sucedido aquella noche en Cocula e Iguala, lo hizo mediante la exhibición deun video de casi media hora de duración que incluía entrevistas, animaciones y reconstrucciones de los hechos. El video, además, estaba musicalizado de manera que pretendía indicar al público los calculados momentos de tensión y resolución. Después de los fuertes cuestionamientos al peritaje oficial, y tomando en cuenta que hasta ahora no se han celebrado los juicios correspondientes, no resta más que interpretar este video como un simulacro de impartición de justicia.

Video que explica hechos en caso Iguala, PGR, 27 de enero de 2015


Los lapsus de la imagen

Las imágenes aparentemente triviales surgidas en torno a las acciones del régimen también nos descubren algo de las historias paralelas a la narración gubernamental. Pienso, por ejemplo, en la presentación de “El Cepillo”, el personaje exhibido como el asesino confeso de los estudiantes normalistas. Escoltado por una pareja de policías federales armados, con los rostros cubiertos y protegidos con cascos y chalecos antibalas, el sospechoso aparece vestido de jeans y playera blanca, arrastrando los pies, haciendo ocasionales gestos de incomodidad o dolor. Pero cuando el personaje incriminado se da la vuelta, es posible advertir que no solo no se encuentra esposado, sino que simplemente sostiene entre sus manos una botella de agua. Esa desproporción entre la solemnidad del protocolo judicial de los policías y la aparente inocuidad, en esos momentos, del presunto criminal parecería ilustrar el espíritu de la explicación gubernamental sobre Ayotzinapa: la idea de que todo se trató de un “crimen atípico” y (en el sentido arendtiano del término)banal, algo que tuvo lugar solamente como efecto del cumplimiento de una serie de instrucciones.

Otro cuadro accidental resulta no menos revelador: la plancha del Zócalo convertida, el pasado mes de septiembre, en un estacionamiento para los asistentes al mensaje del Segundo Informe de Gobierno de Enrique Peña Nieto. Aunque probablemente esta imagen no sea el producto de una decisión originada en los altos niveles del poder, su representatividad es elocuente porque en ella confluyen varios fenómenos políticos significativos. En primer lugar, la foto existe porque el presidente decidió no dar su informe en la sede del poder Legislativo. La imagen importa, además, porque evidencia la ocupación masiva y arbitraria, por parte del propio poder Ejecutivo, del espacio público con mayor carga simbólica en el país. Finalmente, induce a la sospecha, porque pareciera patentizar la existencia de una relación de conveniencia entre el gobierno capitalino y el gobierno federal.

Zócalo (fuente proceso.com.mx)


Mirada y poder: ¿por qué ver al peñanietismo?

Hay algo de arte performativo, si bien involuntario, en esa ocupación automovilística del Zócalo. En la imagen de ese performance del poder, prácticamente no hay personas, solo una flota blanquinegra de camionetas y un asta bandera que sugiere un orden: el de los vehículos dócilmente alineados en torno a él.

Alys, fuente centrepompidou.fr

Si la mirada es un ejercicio de poder, también es un acto de contrapoder. Todo arreglo político es, en el fondo, un régimen que determina lo que se puede ver, quién y cómo puede verlo. Al mismo tiempo, toda expresión de resistencia a esos arreglos se traduce en una lucha por hacer visibles hechos, fenómenos y sujetos que el sistema soslaya u oculta. Consumir las imágenes “oficiales” (lo mismo las que están dentro de un museo que las de la propaganda política) no tiene que ser, entonces, un ejercicio pasivo, porque los espectadores mismos pueden intervenir en la construcción de su significado. Reconocer el poder de la mirada propia y convertir a la autoridad en un objeto de observación es una forma de disputar los relatos oficiales y la historia –de lograr que en el proceso de ver se negocie el poder.


Nota

[1] Una excepción proveniente no del ámbito presidencial pero sí del priísmo mexiquense sería, quizás, la erección, en el municipio de Chimalhuacán, del “Guerrero Chimalli”, que ilustra el reciclaje tanto del indigenismo como de losmodos de gestión propios del viejo PRI.

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