Argentina: un mal menor que no va

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El kirchnerismo terminó. Hace unas horas se decidió democráticamente acabar –al menos por ahora– con una forma política a la que le cupieron muchos contenidos “incompatibles”: izquierda progresista latinoamericana, autoritarismo presidencialista, defensa/ampliación de derechos humanos, represión y persecución de la disidencia, reformas pro-derechos, políticas anti-derechos, fortalecimiento institucional, corrupción, políticas y triunfos sociales, soberbia e intolerancia al desacuerdo, extensión de libertades, negación de libertades (e.g., aborto), liberalismo, conservadurismo, empoderamiento de ciertos sectores, segregación, vigilancia, exclusión. Este proyecto, construido desde hace 12 años, logró combinar esto y más para bien y para mal, y pensarlo en blanco y negro mutila mucho de lo que se requiere para hacer memoria.

Mauricio Macri (Cambiemos) superó a Daniel Scioli (FPV) por poco menos de un millón de votos en el balotaje (segunda vuelta) realizado este domingo. La derecha llegó a la Casa Rosada (o lo hará formalmente a partir del 10 de diciembre).

La primer paradoja es lo que muchos llamaron como “elegir entre el mal menor”, es decir, entre dos personas que se diferenciaban en muy poco: Macri y Scioli en apariencia ambos representaban un tipo de derecha opuesta a la “izquierda progresista” que una vez abanderó el kirchnerismo, se oponían abiertamente al reconocimiento de libertades fundamentales como el aborto, tomaban a Dios (o al papa) en el centro de sus discursos, compartían un pasado empresarial relacionado al menemismo, tenían un perfil neoliberal y habían avalado o participado en acciones o políticas represivas. Ambas opciones eran males terribles, pero era necesario escoger “al mal menor”.

Para algunas personas, el mal menor era incorporar a un candidato de cepa casi incompatible –como si hubiera algo así en la política latinoamericana– al proyecto en que creían; para otros era cambiar al kirchnerismo por cualquier otra opción, aunque esta no les gustara y, en circunstancias normales, no la hubiesen votado. En medio estuvieron también quienes rechazaron cualquiera de las dos opciones, por discrepancias ideológicas, y votaron en blanco. La descalificación de unos contra otros y la (casi) imposibilidad de dialogar entre ellos polarizó el contexto electoral de forma impresionante. “Si no votas como yo, no solo no has entendido nada, sino que eres estúpido”, así se podría resumir cualquier conversación en la calle entre los miembros de cada bando (con algunas excepciones, pero pocas).

¿Por qué el kirchnerismo eligió a un candidato tan malo para competirle a la “derecha empresarial”? Muchas respuestas que escuché lo atribuyen a la ceguera y a la soberbia del poder y su hermetismo autoritario. Yo creo que esto no lo explica por completo, pero tiene mucho de razón. ¿Cómo llegó a ser una opción tan cercana al neoliberalismo de los noventa la alternativa de cambio (volver a los noventa, por cierto, fue una referencia frecuente para “advertir” el riesgo de votar a Macri)? Irónicamente, muchas de las respuestas que escuché son iguales a las de la primera pregunta (soberbia y autoritarismo): en gran parte fue el mismo gobierno quien generó una necesidad de desembarazarse del kirchnerismo a toda costa.

No se puede afirmar que ambos proyectos (el de Scioli y el de Macri) fueran lo mismo. Pienso que desde que Scioli se consolidó como el candidato del oficialismo, el kirchnerismo se puso, independientemente del resultado, como fecha de expiración el 10 de diciembre. La suerte K estaba echada. Aún cuando el proyecto sciolista-más-alla-del-kirchnerismo parecía estar más comprometido (¿amarrado?) a su antecesor K, esto difícilmente significaría mucho al momento de gobernar. En los últimos días no pude dejar de pensar lo jodido que sería para alguien que cree en los derechos y la igualdad votar por Scioli a pesar de Scioli, solo por apostarle al proyecto en general. Tener como alternativa a Macri daba argumentos, sin duda, pero no resolvía el dilema. En parte por esto el argumento del voto en blanco –que en el balotaje apenas superó el 1%– hacía muchísimo sentido.

La segunda paradoja, y en esto no puedo dejar de pensar en México, es que ambos candidatos se refirieron constantemente a una juventud que está (en términos generales y en mi experiencia) brutalmente más politizada que la mexicana, pero que ha sido devorada por los partidos. Para este proceso electoral encontrar la voz de un movimiento estudiantil o juvenil independiente, por fuera de los partidos, fue como buscar una aguja en un pajar. Algo parecido sucedió con los movimientos sociales de distinto tipo (obreros, campesinos, etc.), que casi siempre aparecían en función de algún partido. En parte esto se explica por la historia de lucha y organización política en Argentina, particularmente del 2001 hacia acá, aunque, creo, esta elección daba buenas razones para dudar del hábito y pensar en alternativas. Precisamente porque la sociedad civil va a ser determinante en los años siguientes en las calles y en el espacio público, y podría ser mejor si se encuentran así: como sujetos sociales independientes.

En México hemos entendido bien por qué, y una mirada de reojo a Latinoamérica solo me da más razones para reforzar esta idea. Si el último bastión de la democracia se encuentra en las calles y la gente, entonces estas deben de quedar abiertas para el encuentro de los grupos y las personas, y no sujetarse a un programa o agenda partidista. Los partidos políticos y los gobernantes deben aprender que los liderazgos unipersonales y el carisma de la (el) líder se están agotando en la región como carta blanca para hacer y deshacer. El miedo y la incertidumbre que resulta de estas elecciones deben transitarse con dosis de reconocimiento y encuentro. Que el resultado de la elección en Argentina nos dé una lección: elegir el mal menor en nuestros países, simplemente ya no va.


(Foto: cortesía de Gustavo Facci.)

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