Ausencia de patricios: Respuesta a Rodríguez Kuri (3)

El ensayo de Ariel Rodríguez Kuri “Las élites en México: un déficit de honor”, publicado el pasado viernes, generó una intensa controversia entre nuestros lectores y colaboradores. Hoy publicamos cuatro reacciones razonadas. Esta es la tercera.

| Nacional

Difiero de quien interpreta que Ariel Rodríguez Kuri está proponiendo el honor como solución. Aunque desde luego los códigos nunca salen sobrando, su ensayo tira más bien por el lado de refundar la República y repensar el proceso de formación de élites. Lo que hace Rodríguez Kuri es, sobre todo, introducir una perspectiva histórica. Todas las repúblicas clásicas (romana, holandesa, Véneto, norteamericana) son indisociables de un patriciado y en buena medida a él se deben. Esos códigos, como sea que les llamemos, ciertamente servían como mecanismo de autocontención. La función principal de las repúblicas clásicas era evitar el despotismo, lo que no significa necesariamente que fueran democráticas.

Cabe también meditar a partir de ahí sobre los avatares del proyecto republicano en México desde una Independencia que no fue promovida por patricios, sino por desafectos de los estamentos intermedios (el clero, el ejército, o la burocracia virreinal), y cuyo resultado nunca pudo estabilizarse. México ha visto sucesivos procesos de destrucción o desplazamiento de élites para ser sustituidas por otras de aptitudes inferiores. La transición de democrática hizo lo propio y creó, por ejemplo, una clase política pueblerina, no por su lugar de nacimiento y crianza, sino por su mentalidad y horizonte. Enrique Peña Nieto es, en ese sentido, tan vástago del viejo PRI como del foxismo: lo que hay de nuevo en su figura forma parte, a su vez, de un ciclo histórico de largo aliento bastante descorazonador.

Ahora bien, una paradoja del México contemporáneo es que se trata de un país cada vez más “plebeyo” y al mismo tiempo cada vez más injusto. Sus castas dominantes de algún modo se han plebeyizado: sin códigos, sin autodisciplina, incapaces de dar lugar a una alta cultura o de promover una. De ahí que puedan generar una lucha de clases de pesadilla porque se sitúan en una métrica unidimensional —el dinero. Son castas que no pueden decir qué es lo que preservan aparte de eso. Inseguras de su pasado y de su propio sentido, transmiten la señal de que estamos todos atrapados en un eterno presente al que hay que devorar lo más rápido posible como si no hubiera mañana. Así terminan propiciando la aparición de émulos verdaderamente infernales para ocupar los espacios desdeñados o ignorados por ellas. Más aún, la delincuencia masificada que ha vivido México en las últimas dos décadas tiene algo de lucha de clases, pero no de una que siga el sendero que supusieron los profetas modernos de la Historia, sino una lucha descarnada, sin guión animal, para acabar pronto. Ese tono, esa coloratura del conflicto y de apetitos sin honor de todos los involucrados de arriba, abajo y a los lados, sin conexión al pasado ni tampoco al futuro, no es accidental.

En suma, lo que dice Rodríguez Kuri nos permite entender algo por contraste y nos cuesta trabajo verlo así porque ya hemos adoptado la visión de la república como un objeto tecnológico que tiene un buen o un mal diseño, de manera análoga a la visión tecnocrática de la economía, según la cual todo se trata de mecanismos, reglas e incentivos y de cómo reaccionan o se acomodan los agentes frente a ello, olvidando la matriz histórica y sociológica que hizo posible el éxito de ciertos experimentos políticos. Se esboza así una tesis histórica interesante: a las repúblicas plebeyas les resulta más difícil encontrar un sendero hacia la funcionalidad y los ideales jurídicos de legalidad e, incluso, equidad, que a las repúblicas de patricios, y por ello la tarea de refundar la república (no por algo Francia ya va en la quinta) sea quizás la trayectoria que tengamos que enfrentar los plebeyos. Más vale que así lo entendamos, sin confundir esta discusión con la de un necesario cambio de modelo económico, esto es, sin reducir una cosa a la otra. Hay una agenda política que identificar en sus propios términos.

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