Autorretrato de una fotógrafa en tiempos en los que no se pagan las fotos

En mis veinte años de trayectoria la única constante ha sido la precariedad laboral: hoy gano lo mismo que cuando empecé a fotografiar en un salón de fiestas

| Derechos laborales

Fotofrafía freelance - ilustración @donmarcial

Una de las razones por las que los medios de comunicación se han volcado en las imágenes es la democratización de la cámara. Antes nos asomábamos a las distintas realidades a través de los grandes foto reportajes; hoy cualquiera puede tomar una extraordinaria fotografía o estar en el momento adecuado para registrar un acontecimiento. ¿Qué pasa con los y las profesionales que nos dedicamos a vivir del clic? En mi caso gano lo mismo ahora que cuando empecé hace veinte años como fotógrafa de eventos en un salón de fiestas.

Empecé en la fotografía justo cuando terminé la licenciatura de periodismo. Mi mamá me montó un pequeño estudio como regalo de graduación: un cuarto oscuro instalado en el baño. Mi primera cámara, todavía analógica, la compré con el sueldo que conseguí por vender afores —gracias al plan sexenal del presidente Ernesto Zedillo—. Trabajaba en el salón de fiestas cuatro horas los jueves, viernes y sábados, convenciendo a los asistentes a una fiesta de quince años, un bautizo o una boda para que se llevaran un retrato de recuerdo. Con todo y folder cobraba 50 pesos. En total, después de repartir el dinero con mi hermana y pagarle la inversión a mi mamá, ganaba unos 15,000 pesos al mes.

De la redacción al periodismo independiente

Mi primer trabajo en el periodismo fue ese mismo año como auxiliar en la Agencia de Noticias. Tenía un contrato de seis meses a medio tiempo y un sueldo de cinco mil pesos.  Enseguida me contrataron en el diario El Economista a tiempo completo: 8,500 pesos más prestaciones —Infonavit, seguro social, afore y los amados vales de despensa—. Tres años después llegué a Milenio con las mismas prestaciones y ganando 12,000 pesos. Pero el gran cambio es que este trabajo me permitía viajar, cubrir temas nacionales e incluso salir del país para coberturas internacionales.  Lo malo es que en los siguientes doce años nada volvió a cambiar: mi sueldo se congeló y acabé renunciando. Argumenté que estaba perdiendo dinero, aunque sobre todo estaba cansada de la línea editorial del periódico y de los compromisos de los editores.

Fue entonces cuando empecé mi etapa como freelance, con todo lo bueno que eso conlleva: libertad de abordar los temas que a ti te llenan, libertad de profundizar, de salir al mundo a buscar la chuleta en lugar de la peseta —un término que utilizamos los reporteros gráficos para los chayos o chambas extras—. También con lo malo: no te puedes enfermar, ni pensar en vacaciones, ni cuidarte la depresión que te golpea después de cubrir un feminicidio. En definitiva, comencé a ser esclava de mí misma. Me fue bien porque soy buena tirana.

Estaban pasando cosas horribles en Tamaulipas, Guerrero o Sinaloa que debían cubrirse, pero los medios no querían invertir en esos temas. Yo quería investigar la masacre de Allende, Coahuila, o ir a Michoacán a cubrir el fenómeno de las autodefensas, pero el diario siempre respondía que no había dinero, lo que me pedía es, por ejemplo, que cubriera un evento de Mancera en Tláhuac o una sesión en el Senado. En Periodistas de a Pie me ofrecieron encargarme de la parte gráfica de los proyectos, un ingreso fijo y colaboraciones con otros medios internacionales.

Había ya una crisis, pero no importaba. Necesitaba tiempo. Tiempo para difundir el proyecto Geografía del Dolor y para intentar fotografiar el conflicto en mi país, porque si no podemos ver la niebla será cada día más densa y más difícil de penetrar.

La banalización de la imagen

En Ciudad de México se había logrado una victoria. Los sueldos en los departamentos de fotografía de varios medios llegaban hasta los 25 mil pesos, pero con la era digital la prensa dejó de ver para solo resolver, que es la diferencia entre una foto y una gran foto. Que el reportero/a tomase la imagen se volvió angustiante para todos. Los tabloides se llenaron de fotografías con impacto medio (por así decirlo) y terminaron matando el encanto de mirar una imagen fuerte dentro de sus proyectos periodísticos. Los que sentimos esta profesión como algo inspirador tuvimos una crisis porque la exigencia en las redacciones era salir a la calle como soldados de la información en vez de como periodistas. La imagen se banalizó.

La digitalización de los medios y su apuesta por la imagen parecía, sin embargo, que daba un respiro: en los diseños de las webs había espacios para vídeos y fotografías de gran formato. Había un nuevo espacio, pero solo se valoró ese espacio no todo el trabajo detrás. Hasta llegar a la foto hay una investigación, una producción, un background que va más allá de la experiencia. Trabajamos con mucho amor, pero lo que nos pagan rara vez compensa ni siquiera los gastos del reporteo. Es algo que nos ha alcanzado a todos los fotógrafos.

Los que trabajan en agencias nacionales tienen que juntar tres meses de trabajo para cobrar un recibo del SAT. Vimos su precariedad con toda la crudeza en el caso de Rubén Espinosa. El joven que arriesgó su vida por el periodismo hasta que lo asesinaron no tenía seguro social ni ninguna prestación. Le pagaban 50 pesos por foto. Entre los freelancers solo los que trabajan para algún medio internacional se salvan. Cobran entre 350 y 500 pesos por foto y entre 1200 y 3000 por asignación, los medios mexicanos siguen pagando lo que le pagaban a Rubén. En los medios de comunicación del estado cobran unos 150 pesos al día por hasta cinco órdenes al día y en la capital, desde finales del año pasado la palabra más utilizada es recorte. En agosto fue Milenio, le siguieron Grupo Imagen y Excelsior, hace unas semanas El Universal. En ninguno de los casos los colegas despedidos, muchos con más de diez años trabajando en esos medios, recibieron ni siquiera lo que la ley obliga. Incluso recibieron amenazas de que si iban a juicio lo perderían todo.

“Esto ya no es negocio, ya no se puede vivir de esto” me dijo uno de los fotógrafos despedidos. Puede ser puede ser que nunca lo fue. En el gremio muchos se preguntan si vale la pena correr los riesgos, si vale la pena arriesgar la vida, si vale la pena dejar a un lado tu vida personal, si vale la pena soportar desplantes y ocurrencias de diferentes sexenios, si vale la pena seguir acompañando una sociedad así, si, como dice la fotógrafa Christa Cowrie, a lo que podemos aspirar es que al menos nos recuerden por una foto.

Yo misma, después de veinte años de carrera en los que la única constante ha sido la precariedad laboral, me hago estas preguntas desde el amanecer al anochecer, pero mi respuesta es que sí, sí vale la pena. Nuestro oficio es demasiado hermoso y no es la primera crisis. Hace poco asistí a una presentación en el Museo Archivo de la Fotografía de Ciudad de México y en ella recordaban que Manuel Álvarez Bravo, un clásico de la imagen, no vivía de la fotografía, sino de ser contador.

Pero no niego que ser fotoperiodista es cada vez más una manera de morirnos de hambre. Necesitamos reflexionar entre todas y todas y buscar nuevas fórmulas. El 20 de marzo se presentó Frontline como Freelance México es un esfuerzo por apoyar a los colegas a tabular de manera digna, así como aprender a cobrar por tu trabajo. Quizás ese sea uno de los caminos que debemos explorar. Lo que está claro es que necesitamos unimos para tener mejores condiciones laborales, para tener un presente y un futuro, para, al menos, tener protocolos y capacitaciones en lugares de riesgo que nos permitan no jugarnos la vida cuando vamos a trabajar.


Esta publicación/plataforma ha sido posible gracias al apoyo del pueblo de los Estados Unidos a través de la Agencia de los Estados Unidos para el Desarrollo Internacional (USAID). Su contenido es responsabilidad de los autores y no refleja necesariamente el punto de vista de USAID o del Gobierno de los Estados Unidos de América.

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