Ayotzinapa no se olvida: una crónica en tres tiempos

A diez meses de la tragedia, el dolor y la indignación por la desaparición de los 43 estudiantes normalistas persisten, lo mismo en Boston que en Iguala y Ayotzinapa.

| Nacional

I.

La desaparición de 43 estudiantes en Iguala el 26 de septiembre del año pasado ha solidarizado a jóvenes en distintas latitudes de México y el mundo. Muchos de estos jóvenes, entre los que me incluyo, hemos resignificado la palabra “estudiante”, y con ella el sentido de nuestro papel social. Diez meses después de la desaparición de sus hijos, los padres de los normalistas continúan activos. Aunque esto ya no ocupe la atención de los medios de comunicación, la red de apoyo que los padres de los desaparecidos han generado sigue activa y en crecimiento. Nuestra generación ya está marcada por su ausencia.


Cambridge, Massachusetts. 17 de abril, 2015

4:00 p.m. Camino por la calle Putnam, a unas cuadras de Harvard Square. Mi celular suena: es John, el compañero de Hartford, Connecticut, que recibió a dos de los familiares de los estudiantes desaparecidos en Ayotzinapa, Guerrero, el 26 de septiembre de 2014. John me informa que está por llegar con los familiares a la dirección que le había mandado en la mañana por mensaje de texto.

En frente de la cafetería Petsie Pies encuentro a un grupo de aproximadamente diez personas: examinan las casas alrededor, están como extraviados. Intuyo que ese es el grupo que trae a los familiares de los estudiantes. Los saludo y uno a uno se presentan. Es así como conozco a don Clemente, Anayeli y Felipe. Los llevo con Diego, un estudiante de Berklee que generosamente ha prestado su casa a los familiares para que se hospeden los cuatro días que estarán en Boston. Después de dejar sus cosas en casa de Diego, nos vamos a comer a un restaurante de hamburguesas.

La única actividad programada para esa noche era una cena de presentación con los más de veinte miembros del grupo BostonXAyotzinapa (BxA), en Peabody Terrace, una de las residencias para estudiantes de posgrado de Harvard. Para esa cena, el grupo BxA contactó a doña Estela, una señora duranguense que vive en Boston y se especializa en cocinar auténtica comida mexicana.

Durante la cena, les presentamos el programa de actividades a don Clemente, Anayeli y Felipe. En total, son cuatro días de actividades, entre marchas, conferencias de prensa, entrevistas y actos culturales. En el mes que ha durado esta caravana al norte del río Bravo, los familiares de los desaparecidos han pasado días sumamente agitados, a veces despertando a las cinco de la mañana y cumpliendo con actividades hasta las diez de la noche.


Don Clemente

Clemente Rodríguez Moreno es padre de tres hijas y de Christian Alfonso Rodríguez Telumbre, normalista desaparecido el 26 de septiembre. Don Clemente quedó huérfano de padre cuando tenía cinco años; uno de sus grandes sueños es darle a sus hijos la infancia que él nunca tuvo. Don Clemente es originario de Tixtla, Guerrero, donde, antes del 26 de septiembre, se dedicaba a vender agua de garrafón en las calles. En días de buena venta, llegaba a ganar 100 pesos. Pero desde aquel día de septiembre sus energías han estado concentradas en la búsqueda de su hijo.


18 de abril

A las once de la mañana son los primeros actos programados del día: un evento cultural en la estatua de John Harvard y después una conferencia de prensa en el Science Center. La caminata desde la casa de Diego es corta, menos de un kilómetro. En el camino, les explicamos a Clemente, Anayeli y Felipe un poco de la historia de la universidad, el sistema de dormitorios y las tradiciones estudiantiles.

Cuando llegamos al corazón de Harvard, lo que se conoce como el Yard, mi compañera Sofía le explica a Clemente que muchos de los edificios que rodean los jardines son dormitorios para estudiantes de primer año de licenciatura. El monumento más visitado por turistas en el Yard es la estatua de John Harvard, quien hace casi cuatrocientos años donó una biblioteca a una pequeña escuela en Cambridge, Massachusetts, a cambio de que esta fuera renombrada con su nombre. Antes de que comience el evento cultural, Sofía comparte con don Clemente la historia de la estatua de John Harvard, que tiene uno de sus pies sumamente desgastados porque miles de turistas lo tocan a diario. La leyenda dice que si uno realiza este gesto, entonces un hijo o miembro de la familia estudiará en Harvard.

En el evento cultural participan estudiantes latinos, mexicanos y afroamericanos. Se realizan declamaciones de poesía de varios grupos de estudiantes. Eva y Jorge, miembros del grupo BxA, compusieron un poema en honor a los padres de los estudiantes desaparecidos. Al final del evento, el grupo de asistentes, aglomerado alrededor de la estatua, corea las consignas del movimiento, que resuenan en el corazón de Harvard. Mientras las mantas cuelgan de los brazos de los estudiantes, se escucha: “De norte a sur, de este a oeste, ganaremos esta lucha, ¡cueste lo que cueste!”

Antes de caminar al Science Center, donde los familiares ofrecerían una conferencia de prensa, Don Clemente le pide a Sofía que le tome una foto tocando el pie de John Harvard: “Porque quiero que mi hijo estudie aquí, como ustedes, cuando vuelva.”

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Durante la conferencia de prensa, el auditorio escucha de viva voz de los familiares su experiencia. El público se compone de estudiantes de Harvard, MIT, Boston University, Tufts, Berklee y Northeastern. Don Clemente exhorta a los estudiantes presentes a dar lo mejor de ellos mismos, porque así era su hijo. Anayeli agradece a la audiencia el apoyo que los padres han recibido de la comunidad internacional y conmina a los presentes a no olvidarlos.

Don Felipe cambia el tono de la conversación. Si bien él no tiene ningún familiar desaparecido (su hijo sobrevivió al ataque del 26), es la voz clara en la articulación de las demandas del movimiento, una voz que expresa la dura verdad del país. Felipe repite muchos de los puntos centrales y las consignas del movimiento. Menciona más de una vez el miedo que el gobierno le tiene a una juventud educada y proactiva. Habla del futuro, de la necesidad de que los hechos de Ayotzinapa no sean solo una historia, sino un punto final en la larga serie de desapariciones forzadas que han plagado al país. De una forma concisa, Felipe compartió con la audiencia un diagnóstico de los grandes problemas que azotan al país: la hiriente desigualdad, la endémica corrupción, las fosas y la lucha social por un país más justo.

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Anayeli

Anayeli es una mujer casada, con tres hijos, y hermana del estudiante normalista desaparecido Jhosivani Guerrero de la Cruz. Anayeli se sostiene alimentando puercos y trabajando en el campo. Vino a Estados Unidos en representación de sus padres, imposibilitados para viajar por su delicada condición salud. Su hermano Jhosivani cortaba madera y la vendía para así pagar el costo de su transporte. Pero el trabajo del campo le dejaba poco y tenía que recurrir a otros medios.

En julio de este año, durante una visita que realicé a Ayotzinapa, conocí al papá de Anayeli: don Margarito, un señor con piel morena, curtida por el sol, y una mirada fija y fuerte. Desde la desaparición de su hijo, don Margarito ya no le tiene miedo a nadie. Hace poco encontré una foto de él, cargando la foto de su hijo, plantado en frente de un grupo de policías, desafiante en medio de la humareda de gases lacrimógenos.


6:00 p.m. La última actividad programada del día es una cena y convivencia con la comunidad latina del este de Boston, cuya mayoría está conformada por inmigrantes centroamericanos, guatemaltecos y salvadoreños. Los mexicanos son una minoría entre los migrantes latinoamericanos que se aglutinan en esta zona de la ciudad.

Don Clemente, Anayeli y Felipe llegaron temprano, después de haber visitado el centro de la ciudad y aprovechado el tiempo para comprar un poco de ropa apropiada para el clima, que para esas alturas del año sigue siendo frío.

Jorge, un estudiante de maestría en Harvard, se acerca a don Clemente para preguntarle cómo le había ido en el centro de Boston. Don Clemente le cuenta que ha comprado unos zapatos, a lo que Jorge le preguntó:

—¿Son para ti los zapatos, Clemente?

—No, son para mi hijo. Mira, son estos.

Don Clemente abrió su mochila y sacó unos tenis blancos, tipo sneakers, y le preguntó a Jorge:

—¿De qué número calzas?

—Del 8.

—Ah, pues mi hijo calza del 7. A ver, pruébalos para ver si le quedan.

Jorge se probó los zapatos, los sintió cómodos y le dijo a don Clemente:

—Yo creo que sí le quedan.

—Sí, es que los que tiene ya están viejos —respondió Don Clemente.

Durante la convivencia de East Boston, los padres compartieron una vez más su historia. Don Clemente nos confesó que se había sentido muy cómodo con el recibimiento que el grupo de BxA le había dado y nos compartió una historia que nunca antes había contado. Christian, su hijo desaparecido, quería estudiar agronomía. Sin embargo, la carrera implicaba desembolsar cantidades de dinero que la familia no podía pagar. Don Clemente tiene un terreno, cerca de Tixtla. Hoy en día se arrepiente de no haberlo vendido para que Christian pudiera haber estudiado agronomía. De haberlo hecho, hoy Christian estaría con don Clemente y su familia.


Felipe de la Cruz

El profesor Felipe da clases en Acapulco, Guerrero. Es egresado de la normal de Ayotzinapa. Su hijo sobrevivió al ataque de Iguala. Después de la desaparición de los estudiantes, Felipe se convirtió en una suerte de vocero de gran parte del movimiento. Durante la gira en Estados Unidos, su voz articuló las demandas del grupo, así como diagnósticos sobre la situación en México y en particular en la Normal Rural de Ayotzinapa.


19 de abril

El día de hoy, el grupo BxA ha organizado junto con los grupos latinos de East Boston una misa y una marcha en honor a los estudiantes de los desaparecidos. La misa se celebra al mediodía. No cabe ni un alma más en la iglesia. Los familiares ocupan las bancas al frente.

Al terminar la misa, los miembros del grupo BxA se colocan en diferentes puntos de la marcha para guiar a los participantes hasta su punto final: Maverick Square. La solidaridad latinoamericana se hace presente: una banda de música de El Salvador va en la retaguardia. Se distribuyeron cruces, globos blancos e imágenes de los estudiantes desaparecidos. Las calles de Boston resuenan con las consignas de un movimiento que nació en México como respuesta a la indignación, la incredulidad y la barbarie que traspasaron cualquier tipo de frontera admisible. La policía de Boston es amable, y permite el paso y el desarrollo de la marcha sin ningún contratiempo. La marcha llega a Maverick Square, una plaza desde la que se tiene una vista privilegiada del distrito financiero bostoniano: a lo lejos, separados por el mar, se ven los rascacielos aglutinados en esa parte de la ciudad. Sobresale el edificio de la Reserva Federal —el contraste no habría podido ser mayor.

En el mitin se pasa lista de cada uno de los estudiantes desaparecidos. Don Clemente, Anayeli y Felipe compartieron con los asistentes de la marcha sus historias. Don Clemente, con una voz que temblaba, le contó a la multitud de asistentes la historia de su hijo Christian. Con el corazón en la mano, don Clemente nos recordó a todos el por qué de su lucha. La comunidad religiosa de Boston se sumó y dos sacerdotes pertenecientes a diferentes órdenes religiosas participaron dando mensajes de solidaridad y apoyo a los familiares. Al final del evento, los participantes soltaron los globos blancos como señal de esperanza.

En la noche, ya de regreso en casa de Diego, algunos miembros del grupo BxA se reunieron con los padres para cenar la comida que doña Estela había preparado. Marena, una talentosa estudiante de Berklee, cantó, acompañada en la guitarra por Diego, “Naila” de Lila Downs y “Yo Vengo a Ofrecer Mi Corazón” de Fito Páez.


20 de abril

Durante los cuatro días que estuvieron en Boston, los familiares de los estudiantes desaparecidos despertaron el interés de la comunidad latina de la ciudad. Una muestra: un popular programa de radio ofreció sus dos horas de tiempo aire para compartir la historia de los estudiantes de Ayotzinapa. Doña Juanita, la host del programa, mostró una gran empatía con ellos. Antes de ir a un corte, don Clemente le pidió a Juanita tocar una canción de banda, como las que le gustaba bailar a su hijo. Juanita encontró la canción y, antes de que fuera transmitida, don Clemente envió un mensaje:

—Esta canción se la dedico a mi hijo Christian y a los demás estudiantes desaparecidos, donde quiera que estén, para que bailen un rato, para que les dé fuerzas y que sepan que los estamos buscando y que no vamos a descansar hasta encontrarlos.


La visita de los padres de los desaparecidos a Boston fue uno de esos eventos que nos hacen confrontarnos con nuestro privilegio. ¿Cuál es el nuestro y cuál es el de ellos? Nosotros, blancos y estudiantes; ellos, morenos y excluidos de casi todo. Su lucha —realizada desde una comunidad rural que apenas cuenta con servicios básicos y carece de conexión a internet— se ha conocido alrededor del mundo y sostenido a través de los medios de los que nosotros disponemos y a los que ellos no tienen acceso. El tamaño de la brecha entre estos dos mundos es enorme y, sin embargo, nuestra solidaridad es genuina.


II.

Los padres dejaron Boston al día siguiente. En los días que siguieron, mientras la temperatura seguía subiendo y la escuela llegaba a su fin, comencé los preparativos para mi regreso a México. Dos días después de haber aterrizado en el Distrito Federal, el coordinador general de la caravana en Estados Unidos envío un correo informando que una delegación de la región Pacífico iría a la Normal de Ayotzinapa a entregar un informe de actividades. Inmediatamente me contacté con Enrique Dávalos, quien encabezaba la delegación, y fue así como habría de encontrar de nuevo a Don Clemente, Anayeli y Felipe, ahora en México.


3 de julio

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Estacionado en un parador de comida, está un camión Estrella Blanca. Me acerco a uno de los comensales que come afuera del restaurante y le pregunto: ¿es usted Enrique?

—No, está allá adentro.

Me señala el interior del restaurante y me acompaña con Enrique, con quien yo había estado en comunicación por correo electrónico en los últimos días. Enrique es uno de los organizadores de la Caravana que los familiares de los estudiantes desaparecidos realizaron en Estados Unidos. Enrique coordinó buena parte de la caravana en la región Pacífico. Durante los meses de marzo y abril, a su paso por Estados Unidos, los familiares se dividieron en tres: un grupo recorrió la costa Pacífica, otro el centro y el tercero la costa este. Al final del viaje, los tres grupos se reunieron en Nueva York para marchar desde Washington Square hasta la sede de las Naciones Unidas.

Junto con Enrique, vienen Rosa, y el profe Luis, quienes participaron en la coordinación de la caravana en San Diego y Los Ángeles, respectivamente. Además, el grupo que viaja en el autobús está compuesto de estudiantes y profesores de la Universidad Autónoma de la Ciudad de México (UACM). El grupo Marabunta nos acompaña con el fin de resguardar la integridad de los que íbamos a Ayotiznapa. Hay un sentido de precaución en el aire: me cuentan que para llegar a Tixtla y Ayotzinapa es necesario pasar algunos retenes de federales.

Desde la caseta de Alpuyeca hasta la escuela Normal Rural de Ayotzinapa son poco más de dos horas. El vertiginoso camino corta por la Sierra Madre del Sur. Las montañas llenas de verde escarpan la vista.

En la escuela normal nos instalamos en uno de los salones. Las mesas de trabajo instaladas en la mañana continúan con sus sesiones. Cada grupo manda a un representante a leer ponencias para discusión y consideración de la asamblea. Una señora de pelo güero, pantalones azules y lentes lee un posicionamiento contra un gasoducto que el gobernador de Morelos intenta construir en el oriente de ese estado. Otros grupos pasan con propuestas para mantener la lucha social viva.

Salgo a tomar un poco de aire. Cae una fina lluvia, la tierra se ha vuelto lodo y el suelo está resbaladizo. Es entonces que escucho un silbido: es don Clemente. Sonrío, me regresa la sonrisa, y nos quedamos mirándonos por unos instantes mientras la lluvia sigue cayendo. No sé qué decir, hasta que él dice: “Ahorita nos vemos.”

Un rato después, mientras estoy sentado en el comedor principal de la normal, se acerca don Clemente a platicar. Me cuenta sobre el último encuentro que tuvo con la policía: iba al D.F. cuando lo detuvieron en Morelos por supuestamente manejar una camioneta robada. Cuando lo subieron a la camioneta de la policía, desplegó una manta verde con la foto de su hijo sonriendo. Los policías le ordenaron: “quita tu propaganda”.

Cuando la noticia de la detención de don Clemente se conoció y diferentes grupos sociales reclamaron por su detención, el gobierno estatal decidió dejarlo en libertad. Eso, la presión social, parece ser el único escudo de defensa que le queda a los que en este país no nacieron con el pedigrí de un apellido renombrado para ser tratados con justicia y dignidad.

Durante la tarde, el grupo con el que voy se reúne con el secretario general de los estudiantes normalistas de Ayotzinapa: Eduardo Maganda. Eduardo nos proporciona un análisis sobre la situación actual de la normal. Algunos estudiantes han desertado durante el último año. Las inscripciones para el nuevo ingreso se abrieron hace unos meses, pero todavía no alcanzan la cifra requerida para preservar los estímulos económicos que fluyen de la secretaría a la normal. Este año, después de que se gradúen 120 alumnos de cuarto año, solo quedarán 280 estudiantes. La matrícula típica es de 600.

Los estudiantes se sienten asediados por la Policía Federal. Algunos de ellos me cuentan que a veces los retenes los regresan. Aunado a esto, la situación en la normal ha cambiado mucho desde los eventos del 26 de septiembre. Antes la gente de Tixtla acudía a la normal con cierta frecuencia; los jóvenes de la comunidad iban a jugar en las canchas. Ahora parece existir un aura alrededor de la normal que ya no atrae tanto a la gente de la comunidad como antes.

Conocemos las instalaciones de la normal en un tour que nos da Maganda. En unos dormitorios en frente de la cancha de básquetbol viven los estudiantes de primer año. Ahí vivía Julio César Mondragón, el estudiante de primer año asesinado y torturado la noche del 26. Su cuarto está vacío, con unas colchas apiladas donde dormía. En una pared del cuarto alguien escribió: “Justicia para mis compañeros caídos.”


4 de julio

Durante el día prosiguen las actividades de la Convención Popular. Sin embargo, acompaño a Don Clemente en sus actividades. Don Clemente es el encargado de los víveres en la normal. Le ayudo a cargar garrafones de agua, y lo acompaño al mercado de Tixtla a comprar jitomates, tortillas, chicharrón, queso, carne.

Don Clemente me enseña el lugar donde recogía los garrafones de agua con los que se ganaba la vida. La cartera de clientes que tenía está casi perdida. Su vida, como la de todas las familias que tienen a un hijo desaparecido, nunca será la misma. Christian, su hijo, era un estudiante de primer año al que le gustaba mucho bailar.

Durante el acto de clausura de la Convención, el abogado del centro Tlachinollan, Vidulfo Rosales, es puntual en su mensaje. Critica el sistema electoral mexicano, que permite la llegada de criminales como Jose Luis Abarca al poder. Pone en tela de juicio la corrupción institucional que infecta al país. Hoy, sobre muchos de los presentes, cuelgan órdenes de aprehensión debido a los sucesos que impidieron la realización de las elecciones de Tixtla. Parece el mundo al revés: mientras los criminales llegan al poder, los que exigen un sistema electoral más justo se convierten en criminales.

Critica también a los “intelectuales que desde los cafés de la Condesa nos señalan con el dedo ‘¡tenemos toda la dignidad!’ Somos pueblo pobre, explotado, que no tiene educación, que no tiene salud, pueblo de desaparecidos, pueblo de presos políticos. Si es preciso boicotear más farsas electorales, lo haremos. Desde hoy estamos sembrando la semilla y poniendo en tela de juicio este sistema”.

A las 19:47 horas se declara concluida la Tercera Convención Nacional Popular.

Ya en la noche don Clemente nos invita a su casa a festejar la titulación de Carmen, su hija mayor. Se acaba de titular como maestra en la telesecundaria. La esposa de don Clemente preparó mixiotes acompañados de arroz, frijoles, salsa verde y tortillas hechas a mano. Sobre los manteles tejidos de la mesa hay envases de Coca-Cola y Manzanita Lift.

La fiesta se desarrolla en la calle, donde se han colocado sillas, mesas y una manta. La casa de Don Clemente y su familia está hecha de adobe y tejas. Los últimos nueve meses tampoco han sido fáciles para esta familia. Después de que su hermano desapareció, Carmen pensó en dejarlo todo, dejar la escuela. “Ya no quería seguir estudiando”, dice ella. Sin embargo, su familia le brindó fuerzas. “A Christian no le hubiera gustado que ella se hubiese decaído. Sin embargo, ella siguió luchando, a como pudo lo logró. Es el inicio, faltan muchas cosas”, dice la tía de Carmen.

Un familiar de Christian dice durante la cena: “Yo tengo el presentimiento de que esos chavos van a regresar. Los tiene alguien, no han muerto, los tienen bien vivos. A estos chavos los tiene el gobierno.”


5 de julio

En la cancha de la normal hay 43 sillas vacías, con imágenes de los 43 estudiantes desaparecidos. Frente a estas sillas se erige un altar con fotos de los estudiantes muertos la noche del 26.

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Allí me encuentro a don Estanislao, otro padre con un hijo desaparecido. Lleva una gorra roja de Union America, con el slogan “Building America” bordado. Me cuenta un poco cómo han sido los últimos meses para los padres. Dice que no han parado de salir a recorrer las calles del país. Salen y no tienen hora fija para comer. “A veces no comemos”, dice. Son los gajes de una lucha cuesta arriba para forzar al Estado a entregar lo mínimo que se espera de este: justicia.

Como parte de las actividades del grupo de la caravana por Estados Unidos, nos reunimos en el auditorio de la normal con los padres de familia de los estudiantes desaparecidos. Antes de empezar la presentación del informe, cada uno de los padres o familiares se presenta. Uno a uno, escuchamos sus nombres; uno a uno, escuchamos el nombre de un hermano, de un primo, de un hijo desaparecido. Se enchina la piel al pensar en todos esos nombres, en todos esas vidas que deseaban superarse, impactar en sus comunidades, y que un día fueron arrojadas a un hoyo negro. Los nombres de los desaparecidos se apilan sin que nadie pueda dar una explicación coherente sobre su destino.

Enrique, el coordinador de la región pacífico de la Caravana, comparte con los padres historias sobre el desarrollo de la caravana en Estados Unidos. Hay una que quisiera compartir. En uno de los puntos por donde pasó la caravana se acercó a Enrique una muchacha joven, con un sobre gordo en la mano, y le preguntó: “¿Es usted al que hay que entregarle el dinero?”.

—¿Cuál dinero?

—El que es para los padres de Ayotzinapa.

—Sí, lo que nos des a nosotros va a ser para los padres.

—¿Me promete que va a llegar a los padres?

—Sí, con certeza va a llegar a los padres.

La muchacha, que había estado sosteniendo un celular, le dice a su papá, que escucha por el otro lado de la línea: “Dicen que sí, que ellos le van a entregar el dinero a los padres.” Después de colgar, la muchacha le entrega a Enrique un sobre con billetes: era todo lo que su papá había ganado trabajando sesenta horas en la semana. Todo, absolutamente todo, se lo estaba dando a los padres.

Al final de la reunión los padres que participaron en la caravana graban mensajes de agradecimiento a los organizadores de la caravana. Algunos de los padres no hablan español. Enrique le pide a uno de ellos que hable en mixteco, ya que muchos de los mexicanos que participaron activamente en la caravana estadounidense solo hablaban mixteco.

Al principio parece tímido frente a la cámara pero, poco a poco, mientras las palabras en mixteco empiezan a salir de su boca, toma confianza. Cuando termina su mensaje, empiezan a pararse otros padres que no hablan español y que, sintiéndose empoderados al ver hablar a uno de los padres en su lengua materna, sienten la necesidad de hacer lo mismo.

Horas después abordamos el camión de regreso al D.F. Antes de entrar al puente que comunica Tixtla con la Carretera del Sol, nos detiene un retén de federales. Los integrantes de Marabunta bajan a dialogar con ellos, mientras la mitad del autobús graba por las ventanas lo que sucede.

Un policía sube al camión y comienza a examinarnos. Interroga a Rosa, de tez morena:

—¿Qué hace usted?

—Soy trabajadora social —responde.

El policía se acerca después a la fila donde estoy sentado. Me mira y rápido voltea la cabeza y examina a otro joven, también de tez morena.

—¿A qué te dedicas?

—Soy estudiante.

—¿De dónde?

—De la Universidad de Guanajuato.

—¡Enséñame tu credencial!

Mientras el estudiante busca su credencial, el policía identifica a otro estudiante moreno y comienza con el mismo interrogatorio. Una muchacha del colectivo Marabunta detiene al oficial y lo cuestiona:

—¿Con qué fines está haciendo esto?

—Simplemente estoy siguiendo órdenes del gobierno del estado de Chilpancingo [sic], checando que no vayan a hacer desmanes.

El asedio del que me contaban los estudiantes es real. También es real la discriminación racial que practican los policías: identifican a los “peligrosos” según el color de piel.


III.

15 de julio

Llegamos a Iguala a las 10 de la mañana. Nos reunimos con un contingente de la normal. Ahí me saluda Felipe, sorprendido de verme.

El día de hoy organizaciones sociales del país marcharán junto con los familiares de los padres hasta el centro de Iguala, donde se realizará un mitin. El sol está a todo lo que da, el asfalto quema, y sin embargo no falta determinación, esa determinación que han mostrado los padres y madres de los estudiantes durante casi diez meses. El amor por sus hijos los ha movido a recorrer las calles de Estados Unidos, Argentina y Europa.

La primera parada de la marcha es el batallón de infantería de Iguala. Ya nos esperan los militares. Detrás de una valla con púas, hay policías militares con escudos y cascos. En las dos torres que protegen la entrada militares graban todo lo que sucede.

En algún momento los soldados empiezan a lanzar gases lacrimógenos. La adrenalina se dispara y el corazón se acelera. De repente los ojos y la piel arden. “No te rasques, no te rasques”, escucho que me gritan. Alguien me regala una botella de agua. “Échate esa botella y después sacude la cabeza, no te rasques con las manos.”

Después del incidente la marcha continúa: seguimos por las calles de Iguala. Durante todo nuestro recorrido no observamos a ningún policía local o estatal. Parece ser que Iguala es un territorio sin ley.

Así lo demuestra el Palacio Municipal. No hay nada ni nadie adentro. Fue quemado hace unos meses y hasta el día de hoy nadie se atreve a poner un pie ahí.

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