Bardas: en defensa de la publicidad electoral

Todavía no empiezan oficialmente las campañas electorales y el espacio público ya está saturado de anuncios partidistas. En este irreverente ensayo Pablo Duarte recorre las calles de la ciudad de México en busca de lo último en grafiti político.

| Ciudad de México

He visto las bardas de mi localidad consumidas por los colores partidistas. Nunca se ven mejor. No importa si se trata de elecciones intermedias o de las principales: un muro debidamente coloreado es un muro pleno. Ocupadas en transmitir mensajes necesarios como: “Juntos por ti” o “Sí cumple”, las bardas trascienden su primaria función de margen, división. Entonces unen, vinculan, emocionan. “Adelante”.

Los anuncios de espectáculos, sin embargo, no alcanzan esta cumbre interactiva. Esos son burdos llamados a la compra. En cambio, la plástica electoral de un partido u otro es la versión más brillante de la cosa pública. Con la gentileza estética de un rostro que sonríe y con las palabras justas obligan al espectador a recalcular su sitio ante la polis. Las vallas espectaculares que puntean las avenidas y las azoteas transforman las banquetas en sedes de iluminaciones. El peatón recuerda al ver el pulgar extendido de la candidata que lo más importante de la democracia es tomar partido.

Dispuesto y esperanzado recorrí seis delegaciones del Distrito Federal, 26 kilómetros a pie y otros tantos en transporte público, en busca de lo último en grafiti político. La oferta por ahora es, qué remedio, magra. Si bien en la Álvaro Obregón, por ejemplo, agotan galones de vinílica para exteriores amarilla, los mensajes vienen de la delegación y falta el golpe de ingenio que una campaña impone. La diligente encalada de los muros hizo que incluso se perdiera, qué tristeza, la memoria histórica de la publicidad electoral. Ni siquiera los ilícitos estandartes plásticos amarrados con alambre a los postes presumían su resistencia al desgaste.

Es un arte de lo idéntico, el de la barda electoral. La disposición formal de los anuncios no cambia: incluyen en acomodos apenas variables eslogan, rúbrica del partido y un rostro gigantesco. Nos ahorran el semblante cuando el anuncio es hecho a mano. (Aquí hay, me parece, uno de los pocos espacios para el progreso artístico: un benévolo Daumier por honorarios que registre las cualidades elegibles de los aspirantes. Ya lo veo, el bigote honesto, los rulos asertivos, la frente respetuosa de las instituciones.) Y se repiten cada ciclo, con variantes nulas. Sin embargo, esto no debería ser punto en contra. Ya Pierre Menard desafió el pasmo ante lo mismo. Qué literales somos si no vemos los cuestionamientos internos y la vanguardia intelectual que entraña una variante más del eslogan, rúbrica del partido y rostro gigantesco. Esta, la del 2015 reflejará, sin duda, la preocupación del candidato por la crisis de la democracia; el anuncio del 2003, idéntica disposición de rostro, eslogan y rúbrica, claramente reflejaba la preocupación por consolidar la alternancia.

En camino por la parte más residencial de la delegación Benito Juárez caí en cuenta de que estamos en el periodo intercampañas. Las precampañas terminaron hace unos días; la campaña en pleno viene en abril. Uno solo puede imaginar qué espectacularidades estarán cocinando los creativos. ¿Reinventarán clásicos del género –“Todos somos la solución”–, o promoverán la vanguardia sentimental –“Te quiero feliz”? ¿Variarán la tonalidad estricta de colores? ¿Incluirán un subrayado para enfatizar el “unidos”? ¿A qué celebridades solicitarán su patronazgo? No falta mucho. Sea como sea, 2015 avanzará los límites de uno de los géneros mejor practicados en nuestro país, el “kitsch gubernamental”.

La frase obviamente no es mía. Juan José Saer la usa en un ensayo homónimo y es perfecta. Ahí recuerda a Broch y sus apuntes sobre el kitsch. Lo kitsch se asocia con un despliegue de mentiras, decía el alemán, pero no solo eso recuerda Saer: “el destinatario de todo ese despliegue, por el insaciable apetito de mal gusto que Broch le atribuye con tanta pertinencia, dista mucho de ser una víctima inocente.” Tenemos el kitsch que deseamos, pues. Y estamos rodeados de él, tanto “que es casi imposible diferenciarlo de la sociedad misma”. A propósito de los eslóganes, Saer ubica el sitio donde se halla el kitsch. “En esa expresión [pone como ejemplo La paz de los valientes, pero vale cualquier eslogan de campaña que usted prefiera], lo kitsch no es la hipocresía, que hay que dar por sentada, sino el giro desenfadadamente poético que asume el eufemismo.” Nos mienten con la poesía cursi que pedimos en secreto, pues. Qué hay más eufemístico, más poético que “Te quiero feliz” o “Transformación con responsabilidad”.

El kitsch gubernamental que describe Saer tiene una desembocadura oscura. “Todo esto sería risible (y lo es sin duda en pequeña escala), pero en un mundo diferente. En el nuestro, esas mascaradas pueden terminar en masacre.” El kitsch de las bardas es la punta del despeñadero, pero sin duda forma parte de las inequidades que dan pie a las agresiones. Por eso, para mantener el campo equilibrado, propongo una variante al Instituto Nacional Electoral: además de fijar un tope presupuestal, propongo que cada ciclo se les otorguen a los partidos unas tres docenas de palabras con las cuales formar sus eslóganes. Todos los partidos tendrán las mismas y el equilibrio será perfecto: lo único distinto será el rostro gigantesco que sonríe y la habilidad para combinar adverbios. (Momento perfecto, me parece, para que surja el partido del palíndromo, por ejemplo; o mejor incluso, un partido que le guiña el ojo a Georges Perec y le quite una vocal a sus proclamas.)

De vuelta en la casa, compruebo la pesadez de los spots de radio y televisión. Qué injuria la palabrería musicalizada, el plano secuencia sensiblero. Qué virtud, por contraste, la estridencia callada de los afiches. Esta defensa se detiene en la publicidad fija.

Por la ventana se ve una valla que espera ser ocupada. Anticipo que para abril me miraré a los ojos con un posible diputado. Lo único que importa es tomar partido.

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