Beirut, entre el caos y el salvajismo

Junto con Francia, Líbano ha sido otro de los blancos del Estado Islámico. ¿Cuál es el lugar de los atentados en Beirut dentro de esta lógica del terror?

| Internacional

El jueves pasado estallaron dos poderosas bombas en una zona densamente poblada de Beirut. Podríamos señalar con cinismo y apatía que eso no tiene nada de nuevo: incontables bombas han estallado en Líbano durante buena parte del siglo pasado y el actual. Sin embargo, este había sido un año particularmente pacífico en esa nación del Levante que está tratando, desde hace un cuarto de siglo, de borrar la asociación automática del nombre de Beirut con la guerra civil. Este atroz atentado –sumado a las dos bombas que estallaron en un festival en Ankara el 10 de octubre, asesinando a 102 personas; al derribamiento sobre el Sinaí de un avión ruso que se dirigía de Sharm el-Sheik a San Petersburgo el 31 de octubre, con 224 personas a bordo, de las cuales no sobrevivió ninguna; y a los atentados del 13 de noviembre en París que dejaron 129 muertos– representa una brutal ofensiva del Estado Islámico (EI), el cual quiere extender su alcance internacional y emplear su estrategia de lucha permanente en muchos frentes.

Este no es el primer intento del EI de causar un impacto global con actos de terrorismo casi simultáneos en diferentes partes del mundo. No olvidemos los ataques del 26 de junio pasado, cuando en Francia un terrorista decapitó a un hombre en una planta química, otro asesinó a 38 personas en una playa en Túnez con una ametralladora y un suicida más detonó su chaleco explosivo en el interior de una mezquita chiita en Kuwait matando a 25 personas.

El EI parece estar siguiendo al pie de la letra su presunto manual estratégico de acción, titulado La administración del salvajismo: el estado más crítico por el que deberá pasar la nación islámica, escrito por Abu Bakr Naji (nombre real: Mohammad Hasan Khalil al-Hakim, quien aparentemente murió en un bombardeo estadounidense en Paquistán el 31 de octubre de 2008) y publicado en internet en 2004, con amplia circulación en los sitios y redes sociales ligados a al Qaeda. Naji propone ahí explotar el resentimiento religioso, incitar ataques callejeros, lanzar atentados contra blancos turísticos y asesinar a occidentales con la intención de provocar que las potencias se involucren más y más en guerras que no pueden ganar, mientras que ellos reclutan voluntarios masivamente y crean numerosos mártires. Esto, según su dogma, obligará a las potencias a revelar sus debilidades, además de hacerlos caer en contradicción con sus políticas liberales y democráticas. Este manual recomienda, del mismo modo, llevar a cabo campañas constantes de violencia en países musulmanes para agotar la capacidad de respuesta de estos Estados, y así crear condiciones de caos o salvajismo que puedan ser aprovechadas por los yihadistas para tomar el poder, adueñarse de los servicios básicos, ganar apoyo popular al establecer el orden y, por supuesto, imponer la ley sharía.

Esta transición caótica es la estrategia que ha empleado el EI para consolidarse en Siria e Irak. Es importante mencionar que este grupo, como otros extremistas musulmanes fanáticos, han sido subvencionados, instigados y manipulados por los países petroleros de la península arábiga (Arabia Saudita, Kuwait, Emiratos Árabes y, en menor grado, Qatar), con la intención de eliminar a sus rivales (en particular Siria, Irán y Libia) y propagar el wahabismo, que es en gran medida la misma versión maniática del islam que pregona el EI.


Siria y Líbano, hermandad fracturada

Siria y Líbano tienen una extraña relación de cercanía y lejanía. Dos países hermanos y a la vez antagónicos, distantes y complementarios, víctimas de una historia de intervenciones extranjeras, inestabilidades internas y conflictos internacionales. Dos Estados que fueron recortados de lo que había sido, durante el imperio otomano, la Gran Siria, y que cayeron bajo el “mandato francés para Siria y Líbano”, inventado por la Liga de las Naciones. Líbano fue creado por Francia como un refugio para los maronitas cristianos, aunque desde su conformación en 1926 permanecieron dentro de sus fronteras musulmanes de varias denominaciones. Ese acto colonial fue visto por algunos como una humillación; y por otros –sobre todo entre la población cristiana de Líbano–, como una liberación. Sin embargo, las tensiones y enfrentamientos entre diferentes etnias y grupos políticos no cesaron durante la ocupación ni al llegar la independencia.

Líbano se hundió en una devastadora y catastrófica guerra civil que duró desde 1975 hasta 1990, y que en gran medida estalló debido a la presencia de militantes palestinos que lanzaban ataques contra Israel desde tierras libanesas. Israel respondió militar, masiva e indiscriminadamente, y la frágil estabilidad nacional de un Estado multisectario se desmoronó. Siria nutrió el conflicto armando a varias facciones, incluyendo a los combatientes de la Organización para la Liberación de Palestina que luchaban contra las fuerzas maronitas, financiadas, entrenadas y armadas por Israel. Por otro lado, peleaban chiitas, sunitas y drusos en un conflicto multiétnico que costó alrededor de 120 mil vidas. Siria mantuvo su presencia en Líbano durante un inexcusable periodo de 29 años. Esta guerra sirvió como campo de batalla para las potencias, tanto planetarias como regionales. Asimismo, fue un foro armado de disputa ideológica –en que se confrontaban socialistas y falangistas, comunistas y sionistas– y un formidable mercado de armas que le abría el apetito a los fabricantes y traficantes porque anunciaba el potencial inagotable de los conflictos de la zona.

La historia tormentosa de esta hermandad fracturada entre Siria y Líbano pasa por incontables actos de intervencionismo, vínculos familiares a través de la frontera (mi propia familia es un ejemplo entre miles de esta relación, ya que mi padre era sirio y mi madre libanesa), recriminaciones mutuas de traición, arte, pasiones, amenazas y, por supuesto, la acusación de que Siria asesinó con una bomba al primer ministro libanés Rafik Hariri el 14 de febrero de 2005 (un caso que sigue siendo investigado). La más reciente fuente de tensión interna ha sido el apoyo de la organización militar y política Hezbolá al gobierno de Bashar el Assad ya que, desde el punto de vista de muchos, es una forma de exponer a todos los libaneses a las represalias del EI. Esto ha revivido inquietudes sectarias. Miles de milicianos libaneses han confrontado a las tropas del Estado Islámico (EI), así como a otros enemigos del gobierno sirio. El hecho de que tantos hayan muerto peleando contra los soldados sunitas del califato será motivo de futuras venganzas.


El ataque en Beirut

El hecho de que el EI tenga presencia en Líbano no es novedad. De hecho, su ataque contra la embajada iraní en Beirut el 19 de noviembre de 2013 dejó 23 muertos, incluyendo al agregado cultural iraní, Ibrahim Ansari. De esa manera trataron de golpear tanto a Hezbolá como a Irán, otro de sus enemigos. Ese mismo año y el siguiente, Hezbolá fue blanco, además, de varios ataques con explosivos por yihadistas sunitas que se oponían a la política de esa organización con respecto al gobierno del Assad. El ejército libanés ha estado confrontando a estas células en varias regiones del país, desde la ciudad de Ersal en el noroeste hasta Trípoli y Sidón.

El reciente ataque del EI seguramente fue planeado durante meses. Los suicidas utilizaron una motocicleta y es de imaginar que pasaban regularmente por los puntos de seguridad del ejército y de Hezbolá en el barrio de Bourj al-Barajneh, un suburbio al sur de Beirut principalmente chiita y con una notable presencia de Hezbolá. Estudiaron los movimientos de los guardias en una zona considerada segura; eligieron cuidadosamente sus blancos –una mezquita, una panadería, un hospital de Hezbolá y un mercado–, así como el momento en que los ataques causarían más muertes. Al parecer hubo tres suicidas: uno de ellos llevaba una bomba en la motocicleta, los otros dos llevaban chalecos explosivos; de estos últimos solo uno logró detonarlo y el otro murió, con el chaleco sin explotar, en la segunda explosión. Según el comunicado del EI, uno de ellos era palestino, y los otros dos sirios. Este fue el atentado más mortífero desde el fin de la guerra civil en Líbano: perdieron la vida 43 personas y 250 quedaron gravemente heridas.

Parte del temor que causa este atentado es que pueda revivir odios y viejos antagonismos que dieron lugar a la guerra civil. Buena parte de la población libanesa no quiere tener nada que ver con el conflicto sirio y se manifiestan en contra de la intervención de Hezbolá en el país vecino. Sin embargo, para el EI no hay buenos ni malos vecinos, ya que dentro de su lógica es necesario destruir los Estados nacionales de la zona para establecer el califato. Hassan Nasralla, el líder de Hezbolá, declaró que el ataque tan solo venía a confirmar que esta sería una guerra muy larga.

Pocas horas después de esta matanza tuvieron lugar los ataques en París. El EI tiene un entendimiento muy claro de la forma en que circula y se consume la información en la era de internet. Quien sea que controle y programe su propaganda y sus acciones militares sabe cómo manipular con habilidad al público –algo que aprendieron de al Qaeda, pero que han perfeccionado. Sabían que un ataque en la capital francesa desplazaría de los titulares y de la atención del público el ataque en Beirut, y quizás por eso dispusieron de ese modo los atentados, para exponer el eurocentismo (y en algunos casos el racismo) detrás de las expresiones internacionales de empatía y solidaridad, que parecen darle mucho más importancia a un caso que a otro. El New York Times mismo se vio obligado a cambiar el titular de su reportaje debido a las quejas de lectores que encontraban gravemente prejuiciada la forma en que se informaba del ataque en Líbano. En el caso de Francia, Facebook implementó rápidamente un sistema para que los usuarios pudieran anunciar a amigos y familiares que estaban a salvo, y no hicieron nada semejante en el caso de Líbano. Amazon, por su parte, puso en su página principal una imagen de la torre Eiffel con la palabra Solidarité, mientras no se hizo mención del ataque en Beirut.

Los recientes atentados ponen en evidencia que es una falacia la noción de que las fronteras protegen a los países. La porosidad de los límites territoriales, tanto en el Medio Oriente como en Europa, vuelve incontenible el flujo de refugiados sirios, afganos, yemenitas, libios y demás que buscan asilo en Europa, así como el de los miles de simpatizantes del EI que viajan desde Occidente a Siria e Irak para sumarse a la yihad, o bien del tráfico de armas entre París y Bruselas, que ya en dos ocasiones (antes en el ataque a Charlie Hebdo) fue explotado por los “soldados del califato” para obtener sus arsenales y municiones. Cerrar fronteras es un acto de inhumanidad inaceptable cuando hay miles de personas que huyen de la guerra y de la brutalidad de gobiernos y regímenes despiadados o de la locura incendiaria del EI. Las calles de Beirut hoy están repletas de inmigrantes sirios, y este ataque viene a acentuar cismas, rencores y diferencias entre los que buscan asilo y los libaneses atribulados por el temor y la inseguridad, con lo que podrían cultivarse nuevos conflictos.

Es claro que el orden mundial impuesto por las potencias coloniales europeas en el Medio Oriente se desintegra dolorosamente, ya que no hay vuelta posible a un mundo pre-acuerdo Sykes-Picot, y las alternativas que se avizoran no parecen en lo más mínimo alentadoras. No será nada fácil erradicar el salvajismo o contener el caos que siembra el Estado Islámico, y no hay duda de que el califato se encargará de sabotear cada intento e iniciativa por encontrar soluciones humanas a estos problemas.


(Foto: cortesía de La Real noticia.)

Artículos relacionados