Bernie Sanders y Jeremy Corbyn: la vieja nueva izquierda

Share on facebook
Share on twitter
Share on email
Share on facebook
Share on twitter
Share on whatsapp
Share on email

Las vidas de Bernie Sanders y Jeremy Corbyn se reflejan una a otra, con claridad, en varios momentos decisivos de la historia de sus respectivos países, Estados Unidos y Reino Unido. Los hoy envejecidos socialistas están tomando, con paso fuerte, el liderazgo de sus partidos políticos. Sanders podría ganarle las primarias del Partido Demócrata a Hillary Clinton y Corbyn acaba de barrer con el establishment de Tony Blair y Gordon Brown en el Partido Laborista. No es casualidad: ellos son la hibernación, post-muro de Berlín, de una izquierda que fue marginada en ambos países. Uno es el espejo del otro.


Primer reflejo: la juventud activista

Por un lado Bernie, diminutivo de Bernard, formó parte, en su juventud, del Comité de Coordinación de Estudiantes No–Violentos (SNCC, por sus siglas en inglés) de la Universidad de Chicago, donde estudió ciencia política. En este comité se congregaron los líderes más importantes del movimiento de derechos civiles en Estados Unidos en los años sesenta. El Bernie joven organizó, en enero de 1962, una serie de manifestaciones en su universidad contra la política de segregación en las residencias habitacionales. Los estudiantes se sentaron frente a la oficina del decano de la universidad por semanas. No hubo un resultado inmediato; solo lograron un arresto y una multa de 25 dólares.

Por otro lado, Jeremy entró a la universidad politécnica en Londres, pero la abandonó y prefirió afiliarse a las Juventudes Socialistas del Partido Laborista. Luego se dedicaría a ser voluntario internacional en Jamaica, organizador para la Unión Nacional de Trabajadores del Sector Público y, posteriormente, activista para el Sindicato de Costureros y Sastres de su país.


Segundo reflejo: el ascenso en tiempos de Thatcher y Reagan

1981 es el año clave. Ese año Jeremy Corbyn se unió a la campaña de Tony Benn, un viejo miembro del parlamento, por el sub-liderazgo de los laboristas. Esta elección se realizó después de la renuncia del primer ministro James Callaghan, quien había enfrentado una serie de huelgas, aparentemente interminables, mejor conocidas como “el invierno del descontento”, de 1978 a 1979. El invierno destruyó la reputación del Partido Laborista y entregó el poder a la vigorosa Margaret Thatcher. En ese momento Benn, un denodado socialista, quiso continuar la tradición sindicalista de su partido, pero fue derrotado por Denis Healey, quien formaba parte de una tradición más moderada en el partido.

Mientras tanto Sanders, decepcionado del testimonial Partido Unión y Libertad en Estados Unidos, ese mismo 1981 decidió ser candidato independiente a alcalde de la ciudad más poblada de Vermont, Burlington. Bernie Sanders derrotó a los candidatos de los partidos demócrata y republicano. Era un alcalde socialista en los Estados Unidos de Ronald Reagan. Al igual que Jeremy, su llegada a la alcaldía sucedió cuando Reagan había sido electo ante el inverno de una torpe presidencia de Jimmy Carter.


Tercer reflejo: los marginados de la tercera vía

Los adjetivos son bastantes para describir la soledad de Bernie y Jeremy: los trasnochados, los marginales, los lunáticos radicales. Ambos llegaron a los parlamentos de sus países para ser figuras testimoniales ante el ascenso de la tercera vía que prometía el jugoso triunfo electoral. Bernie Sanders había sido electo miembro de la Cámara de los Representantes en 1991 sin ningún partido detrás: era el primer representante independiente en cuarenta años. Llegaba unos años antes del ascenso de los nuevos demócratas, dirigidos por Bill Clinton, el joven gobernador de Arkansas. Los nuevos demócratas postularon la idea simple de la moderación al centro del programa, un abandono de las políticas del New Deal y el abrazo de la idea de un capitalismo con rostro humano. Estos jóvenes, hoy ya viejos, llegaron con bríos a la presidencia en 1993. Pero Bernie no quiso ser el único “progresista” de la Casa de Representantes y fundó el pequeño Congressional Progressive Caucus con seis miembros.

Lo mismo le sucedió a Jeremy, quien había llegado al parlamento junto con el diezmado Grupo de Campaña Socialista del Partido Laborista. Él y su mentor, Tony Benn, tuvieron que resistir no solo los imponentes bríos de Thatcher y Major, sino también el rostro joven de los nuevos laboristas, Tony Blair. La potencia de Blair y Clinton fue tal que fragmentaron todavía más a los pequeños grupos parlamentarios de Corbyn y Sanders, por ejemplo, con la renuncia de Margaret Beckett y de Nancy Pelosi de sus respectivos equipos.


Cuarto reflejo: los opositores de la guerra

Los relámpagos de la guerra tronaron en Iraq. Cierto día los aviones y las tropas de Estados Unidos y del Reino Unido descendieron sobre Bagdad para deponer a un supuesto poseedor de armas químicas y nucleares, Saddam Hussein. Aunque lograron su objetivo, la oposición a la guerra en ambos países, que empezó débil, fue in crescendo. El desastre de la guerra, que también involucró a Afganistán, destruyó la credibilidad de los gobiernos que habían clamado proteger a sus países del terrorismo internacional.

Jeremy Corbyn fue de los pocos miembros laboristas que votó contra la guerra en el parlamento británico y ahí no se quedó su oposición: desde 2001 fundó, junto con Tony Benn, la organización Stop the War Coalition para protestar contra la decisión del gobierno de su propio partido. Mientras tanto, en Estados Unidos Bernie Sanders votó contra todas las iniciativas militares del gobierno de George Bush; en especial fue un vocal opositor al hoy desechado Patriot Act. Sanders, a diferencia de Hilary Clinton, fue un opositor desde el primer día.


15024926027_c3148c4af8_k

Quinto reflejo: la crisis de 2008

El trágico pináculo tardío de la desregulación de las Reaganomics y las Thatchernomics fue el rompimiento de la burbuja hipotecaria en 2008. Esa crisis reveló poco a poco la verdadera naturaleza de la crisis: la concentración de la riqueza en el famoso 1% de la población. Tanto Bernie como Jeremy se opusieron a los rescates de los bancos privados con el dinero público de los contribuyentes. De igual manera se han opuesto a dos políticas que han sido dolorosas para la clase trabajadora de ambos países: reducir los impuestos a las grandes corporaciones y la imposición de medidas de austeridad en el gasto (aunque Obama se moderó mucho más en esta medida en comparación con Brown y Cameron).

Los dos avejentados políticos estaban recibiendo, en sus propios contextos, la razón por sus reclamos: la clase trabajadora había sido golpeada por años de desregulación; se acotó el poder de los sindicatos; se congeló el aumento del salario mínimo y se habían realizado grandes recortes de impuestos a las corporaciones y bancos más importantes del mundo. Thomas Piketty expuso con gráficas lo que sentían aquellos que participaban en los rallies anti-austeridad y en las protestas de Occupy Wall Street: cómo, gradualmente, la riqueza se había ido a otras manos.


Sexto reflejo: el ascenso de los hombres viejos

Blair y Clinton fueron los hombres jóvenes de la socialdemocracia: los universitarios bien parecidos, agradables, moderados; los que prometieron el éxito individual que Thatcher y Reagan no habían podido otorgar; los personajes del capitalismo de rostro humano. Corbyn y Sanders representan prácticamente lo contrario: hombres mayores con relativamente poca “educación”, socialistas, promotores del salario mínimo y del Estado de bienestar. Esta generación, arrasada por el fracaso de Callaghan y Carter, ahora llena estadios, concita a la mayoría de los sindicatos y aparece al frente de las encuestas electorales.

Corbyn, de 66 años, y Sanders, senador independiente de 74 años, están cambiando el escenario que tenían planeados los opositores en sus partidos. Corbyn, a quien Tony Blair acusó de ser el agorero del nuevo invierno del descontento, derrotó por más del 50% de los votos a la joven promesa socialdemócrata, Andy Burnham. Sanders, a quien le dijeron en más de una ocasión que era un candidato testimonial como Dennis Kucinich, está pisando los talones de Hillary Clinton en las encuestas rumbo a las primarias de Iowa y New Hampshire. Incluso, un día antes de la victoria de Corbyn, Sanders tomó la delantera en Iowa, por diez puntos, sobre la ex primera dama.

¿Cómo lo han logrado? Tres respuestas posibles: el discurso en pro del salario mínimo, el apoyo de los sindicatos y la indignación ante las políticas post-2008. Bernie Sanders, a diferencia de Hillary, decidió no aceptar contribuciones financieras de ninguna empresa trasnacional y prefirió que su austera campaña se sostuviera de la mano de pequeños contribuyentes individuales y de sindicatos locales. Después de unos meses, con un énfasis denodado en el salario mínimo, ha logrado un amplio movimiento a ras de tierra (grassroots, dirían los estadounidenses), con numerosos eventos públicos que abarrotan las plazas y estadios. Sanders no juega a la política nacional, a la campaña mediática o a la concertación con los líderes del Partido Demócrata, del que no es parte: Sanders juega a la política popular. De igual manera, Jeremy Corbyn inició su campaña sin muchos aspavientos, sobre todo porque Tony Blair ya había dicho que la derrota de los laboristas en 2015 se debió a la propuesta de aumento del salario mínimo que proponía Ed Milliband en su campaña como líder del partido (aunque Blair no mencionó el ascenso del Partido Nacional Escocés como factor decisivo). Sin embargo, Corbyn se hizo acompañar de sus aliados en los sindicatos (brazos orgánicos del laborismo) y de un movimiento de jóvenes militantes laboristas que han desoído los augurios de fracaso electoral. La victoria fue contundente y ahora es el líder de la oposición. Corbyn se enfrentará, semana tras semana, a David Cameron en las sesiones de preguntas al primer ministro.


Séptimo reflejo: la contienda ante la derecha racista

Sí, Bernie y Jeremy son, en buena medida, respuestas ante las políticas económicas que han dominado por cuarenta años. También son el anuncio del fin del sueño individualista y del regreso del New Deal y la política social universal británica. No son socialistas radicales, como se les trata de pintar en la prensa, internet y la televisión. Son, en realidad, políticos con una inspiración clara en el Estado de bienestar de los países escandinavos. Sus vetas sindicalistas así lo indican. No proclaman el fin del capitalismo, aunque quizás lo deseen, y más bien creen que es tiempo de detener la acumulación de las grandes riquezas. No son golondrinas que anuncian el fin de la propiedad privada; son, en realidad, reguladores decididos y entusiastas de los impuestos progresivos. Pero ambos no se enfrentan a un reto sencillo; ahora se enfrentarán a una derecha renovada, más radical que la que ha gobernado hasta ahora, que combina la perspectiva económica ortodoxa con un descarado racismo.

En la última elección parlamentaria de Reino Unido creció el Partido Independencia (UKIP). Este partido, a pesar de haber ganado solo un asiento en el Parlamento, alcanzó a ser la tercera fuerza electoral nacional con 12.7% de los votos. Su líder, Nigel Farage, ha sido un abierto oponente de la afiliación de su país a la Unión Europea y es el más duro defensor de las políticas de expulsión de migrantes. El crecimiento de este partido, junto con el crecimiento de los escoceses y el declive de los liberales, ha permitido que los conservadores consigan la mayoría, endureciendo su política económica y social. Por ejemplo, el canciller George Osborne anunció, después del triunfo electoral, un paquete presupuestal que recortaba el gasto social. Corbyn tiene cinco años, a menos que se adelanten las elecciones, para enfrentarse al renovado vigor que han adquirido los tories.

Bernie, en cambio, no tiene la nominación asegurada. Hillary Clinton sigue disfrutando de los beneficios de los Super PAC (Comités de Acción Política) para recaudar fondos, más que suficientes, para hacer una campaña más agresiva en las siguientes primarias. De igual manera, la ex secretaria de Estado puede ganar la nominación con el apoyo de los llamados superdelegados, que participarán en la convención que tendrá el Partido Demócrata el próximo año. Además, se espera que Joe Biden, vicepresidente de Estados Unidos, entre a la carrera para convencer a los decepcionados de Hillary y a los moderados que no quieren votar por Bernie. Pero, incluso si gana la nominación, Sanders tendrá que enfrentarse a los republicanos que podrían recuperar el centro político que dejarían los demócratas con su nominación. Sin embargo, Sanders también podría enfrentarse, en una campaña polarizada, a la figura que encarna todo lo que él se opone, Donald Trump, un multimillonario al que él ha llamado racista.

Si son capaces de llegar a ser primer ministro y presidente en un futuro no muy lejano, Corbyn y Sanders podrían cambiar el escenario mundial de la izquierda. Un gobierno de cualquiera de los dos superaría por mucho lo que Podemos, Syriza o lo que la izquierda latinoamericana haya logrado por una sola razón: ellos podrían, por fin, hacer virar la economía mundial y podrían aislar a la derecha que dirige, de alguna manera, Angela Merkel. Pero hay un reto que no podrán evitar estos dos socialistas moderados en caso de llegar a dirigir los gobiernos de los países donde el capitalismo ha florecido: crear un programa sustentable, convincente y de largo plazo. La crisis de 2008 le ha abierto a la izquierda una puerta cerrada, en buena parte del mundo, desde la caída del Muro de Berlín. Es tiempo de cruzar esa puerta con inteligencia.

(Fotos cortesía de Michael Vadon y Garry Knight.)

Share on facebook
Share on twitter
Share on email
Share on facebook
Share on twitter
Share on whatsapp
Share on email
Shopping Basket