Byung-Chul Han: elogio de las sombras

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En los años recientes, el filósofo alemán de origen coreano Byung-Chul Han (Seúl, 1959) se ha convertido en el objeto de una inesperada celebridad. Sus reflexiones sobre problemas contemporáneos, desde la racionalidad digital y el fenómeno de la viralidad hasta la fatiga crónica y el déficit de atención, han transcendido el ámbito de la filosofía universitaria para colocarse en el centro de la discusión pública de varios países. Una de las aportaciones de su pensamiento que ha recibido más atención ha sido su crítica al concepto de transparencia, articulada en su obra La sociedad de la transparencia (Herder, 2013). El ideal de transparencia y sus valores asociados: la apertura y la rendición de cuentas se ha vuelto uno de los elementos clave del discurso público de nuestra era. Ha sido contra este ideal que Han ha dirigido una parte considerable de sus energías críticas.

En su libro, Han pone en duda lo que considera una voluntad de transparencia sin límites, que ha rebasado las inquietudes por la libertad de información y el combate a la corrupción, y pretende ahora apoderarse de todos los ámbitos de la existencia, desde el arte y la política hasta el trabajo y el amor. Esta voluntad es el síntoma de un gran proceso de aceleración social, un “exceso de iluminación” que hace desaparecer la “peculiaridad de las cosas”. Desear que algo sea “transparente”, nos dice Han, es desear que sea igual a todo lo demás, con el fin de volverlo una mercancía más fácilmente calculable: un recurso administrable en los términos del capital. Una consecuencia de este proceso sería el desmontaje de la “negatividad”, un concepto que Han identifica con la diferencia y la alteridad, con los espacios que, por su condición de “laguna” en la visión o el pensamiento, se manifiestan como distintos de la “positividad” siempre igual a sí misma del capital y sus pretensiones de transparenciaespacios como el encierro, el secreto, la oscuridad.

El dominio de la transparencia empobrece, afirma Han, porque a través de la comunicación y la información impone un lenguaje carente de misterio y ambigüedad. En la sociedad de la transparencia, la distancia y el ocultamiento pierden su antigua relevancia cultural como elementos de la vida, la contemplación estética, la seducción. No hay en esta sociedad tema que no termine midiéndose por su “valor de exposición”, es decir, convirtiéndose en un objeto cuyo único valor reside en ser mirado y que, en vez de ocultarse, se exhibe precisamente para ser.

De ahí una de las imágenes más recurrentes en el planteamiento de Han: la identificación de la transparencia con lo “obsceno” y la “pornografía”. “La sociedad expuesta, escribe el filósofo, es una sociedad pornográfica.” La transparencia establece una “tiranía de la visibilidad” en la que todo debe estar al descubierto y lo no visible se vuelve sospechoso. (No deja de ser notable la continuidad de las ideas de Han con la tradición de asociar la críticacon la pornografía, tal como sucedía en el siglo XVIII en Francia, cuando los libros licenciosos eran conocidos bajo el mote genérico de “novelas filosóficas”, porque en ellos la representación gráfica de la sexualidad iba de la mano de la crítica política o intelectual).

La crítica de Han, sin embargo, no es solo un cuestionamiento a la expansión de la voluntad de transparencia a ámbitos más allá de la vida pública. Se trata de un exhaustivo reproche a la idea misma de transparencia, el cual, una vez devuelto al espacio de lo público, toma la forma de una defensa sin ambages de la opacidad. Y es que, a pesar de sus momentos de lucidez y sutileza intelectual, el programa de Han se reduce a una polémica celebración del velo y de la sombra en los procedimientos de la vida en común.

Las consecuencias públicas de este elogio se hacen patentes en las opiniones de Han sobre la política, las cuales son en buena medida una derivación del pensamiento político de Carl Schmitt. Para Han, la política es una “esfera secreta” ontológicamente en conflicto con la voluntad de transparencia. Lo político es el ámbito de la jerarquía, el secreto, lo arcano. El filósofo sentencia: “el final de los secretos sería el final de la política”, su parálisis definitiva. Por eso, las pretensiones de iluminación de la política “despolitizan”.

Contra una “sociedad de la transparencia” en la que todo sería racional, visible y equivalente, Han encomia un mundo de disfraces y apariencias, la política como un velado juego en la penumbra. ¿Pero qué hacer con las ideas de Han en esos espacios políticos como, por poner un ejemplo, México en los que la gesticulación, la mentira y el ocultamiento del poder, lejos de estar asediados por las demandas de transparencia, gozan de buena salud y se encuentran más bien alejados del peligro de extinción? Es ahí, en el contraste con el aquí y el ahora de una circunstancia concreta, en donde las ideas de Han muestran sus límites. ¿Cómo distinguir su crítica global al concepto de transparencia de una legitimación de las oscuridades que en el ámbito de lo público de hecho ya existen? ¿No son proyectos como el suyo los que terminan por consagrar la “positividad” de lo que ya es, y los que, por tanto, efectivamente “despolitizan”? ¿Qué hacer con un pensamiento que se presta tan fácilmente a ser invocado para hacer reparos a las demandas concretas de transparencia? Esto último no se trata, en el fondo, de un malentendido o una manipulación. Hay algo en la crítica de Han sobre la transparencia que es, en efecto, un apasionado elogio la oscuridad.

Otro motivo distintivo de esta crítica es la caracterización de la voluntad de transparencia como una imposición una forma de dominio y de violencia, mediante la cual Han efectúa una controvertida identificación entre la transparencia, la vigilancia y el control. “La transparencia y el poder se soportan mal. Al poder le gusta encubrirse en secretos. La praxis arcana es una de las técnicas del poder. La transparencia desmonta la esfera arcana del poder. Pero la transparencia recíproca solo puede lograrse por la vigilancia permanente, que asume una forma siempre excesiva. Esa es la lógica de la sociedad de la vigilancia. Además, el control total aniquila la libertad de acción y conduce, en definitiva, a una uniformidad”. Para Han, el riesgo de una tiranía en las sociedades contemporáneas no proviene, entonces, de la autoridad política, sino de la propia sociedad, porque las demandas de transparencia amenazan con disolver la diferencias entre una y otra, y aniquilar así la “libertad de acción” del poder.

Han denuncia, por ejemplo, la creación, gracias a los recientes desarrollos en las tecnologías de la información y la comunicación, de un nuevo “panóptico digital” en el que a diferencia del panóptico clásico en el cual una sola mirada omnipotente vigilaba, desde el centro, a la periferia la vigilancia puede producirse desde todas partes. En el mundo de Han, no hay en realidad ninguna asimetría de poder entre, digamos, la NSA y cualquier solitario usuario de la red: no son los esquemas globales de espionaje digital los que ponen en riesgo la libertad de los usuarios, sino el impertinente enjambre de usuarios interconectados el que compromete la “libertad de acción” de la autoridad política.

Hay en Han una confianza natural en el orden jerárquico, en la discrecionalidad soberana que a su juicio debería determinar el ejercicio del poder. “La exigencia de transparencia se hace oír precisamente cuando ya no hay ninguna confianza. En una sociedad que descansa en la confianza no surge ninguna exigencia penetrante de transparencia. La sociedad de la transparencia es una sociedad de la desconfianza y de la sospecha, que, a causa de la desaparición de la confianza, se apoya en el control.” Han parece obviar el hecho de que, en el espacio histórico de la modernidad política, esa “sociedad de la confianza” ya no es posible; de que, después de la crítica moderna del poder, resulta difícil desterrar por completo la aprensión ante la opacidad.

Previsiblemente, hay también en Han un entendimiento polémico del concepto de libertad. “Hoy, contra lo que se supone normalmente, la vigilancia no se realiza como ataque a la libertad. Más bien, cada uno se entregavoluntariamente a la mirada panóptica… El morador del panóptico digital es víctima y actor a la vez. Ahí está la dialéctica de la libertad, que se hace patente como control.” La dificultad con esa interpretación es que conjetura que las fuentes externas de control han desaparecido y que el único dominio posible es el intrínseco al propio ejercicio de la libertad. Es una idea que, al final, depende del supuesto de que todo proyecto de emancipación es redundante, porque las únicas amenazas a la libertad serían las que provienende sí misma.

Se suele asociar a Han, en este sentido, con una crítica radical del neoliberalismo. Pero esta lectura no está libre de debate. Han expone que otro de los reflejos del proceso de aceleración del capital, además de la “sociedad de la transparencia”, es la “sociedad del rendimiento”, en la que los propios individuos se “autoexplotan” sin necesidad de una entidad externa que los obligue al trabajo. Pero en esta “sociedad del rendimiento” no hay distinciones entre explotadores y explotados, no existen diferencias entre los intereses clase, tanto así que la única explotación imaginable es la del sujeto sobre sí mismo. Dadas estas características, Han pareciera ser no tanto un crítico del neoliberalismo, sino más bien uno de sus productos: un pensador que, a partir del supuesto de la superación histórica de las ideologías, denuncia lo que considera los excesos de una sociedad en la que el conflicto social ha desaparecido.

Podemos celebrar con Han el arcano de la obscuridad en las profundidades de la mística, el psicoanálisis, el erotismo, la poesía. Podemos coincidir con él en que el tiempo no es una mercancía, sino un enigma en el que se manifiesta el misterio del Ser. Pero ¿podemos darle crédito a su tentativa de hacer del secreto un valor público, de celebrar como un tesoro el reino de la máscara y la opacidad?

En efecto, la transparencia desengaña, nos sacude del misterio y de la fantasía, de ese grado de oscuridad que es la condición del encantamiento.

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