C.L.A.S.E: todo está por fin a toda madre

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Decidí leer el suplemento “Clase”, de El Universal, como si se tratara de una retorcida novela de pesadilla distópica que describe a una sociedad decadente y postapocalíptica. Este es el resultado.

México, año 2015. Hartos de malgastar su autonomía, los mexicanos han decidido renunciar a ella y convertirse en súbditos de la corona española, a cambio de que esta reparta títulos nobiliarios a destajo entre la clase gobernante de la ex república —ahora protectorado. La distinción entre el gobierno y la iniciativa privada, en este nuevo e idílico contexto, carece totalmente de sentido. La última Cruzada contra el Hambre, encargada por el Virrey, ha surtido efecto finalmente, después de una notable modificación de sus objetivos: no ya acabar con la pobreza sino con los pobres. Las cifras no solo no mienten, sino que además dicen la verdad: el hambre ha desaparecido junto con la gente terca que se empeñaba en practicarla; la población mexicana, reducida en un 70%, constituye ahora el país de mayor homogeneidad racial de toda América. Los sobrevivientes —un grupo de sociópatas blancos, satisfechos de sí mismos y sin asomo de remordimiento—, se dedican fundamentalmente a organizar eventos: inauguraciones de arte, concesiones de medallas, clubes hípicos, desfiles de moda, etc. Una controlada minoría de mestizos más oscuros que ellos ha sido dispensada de la muerte por inanición para que alguien sirva los canapés y tome las fotos. En algunas zonas remotas del territorio nacional, algunos indígenas más sobreviven en reservas, dedicados a tejer diseños autóctonos para las señoras que asisten a las Vitales Iniciativas del Protectorado (V.I.P). La pervivencia de esos pocos indígenas provee a los nuevos mexicanos, adicionalmente, de la ilusión de la caridad.

En esta nueva sociedad, sin rijosos ni enmascarados, el periodismo ha tenido que cambiar de rostro y función para dedicarse por fin a las cosas que importan. Tan fundamental tarea recae, sobre todo, en el equipo editorial de C.L.A.S.E. (Consejo para la Legitimación de la Asimetría Social y Económica), una publicación de corte real-naturalista que glosa y retrata los más significativos acontecimientos del ocioso protectorado.

Si bien Felipe VI es el primer monarca indiscutible de los nuevos mexicanos —pues la adscripción a la corona se llevó a cabo bajo su reinado—, C.L.A.S.E. es también la agencia de propaganda encargada de inventar una justificación histórica para esta nueva realidad nacional. En vista de eso, los valientes editores de la revista C.L.A.S.E. deciden publicar, por ejemplo, una historia sobre Juan Carlos I, padre de Felipe VI, explicando a los súbditos mexicanos lo dura que fue la infancia del monarca, signada primero por la soledad y después por la necesidad de inventar una nación europea, bajo el designio de Dios y de Francisco Franco. En estos temas trascendentes, el enfoque de C.L.A.S.E. es, por fuerza, lo anecdótico: dado que se ha decretado el fin de la Historia, toda narración sobre el pasado es solamente un divertimento que niega su carga ideológica. Es grande la tentación de decir que el chisme es el formato clave de esta magna publicación del Nuevo Protectorado, pero no: el chisme remite a una colectividad murmurante que en esta nueva etapa de México ha sido erradicada, por lo que estamos más bien ante una especie de chisme único u oficial —oxímoron hermoso para los nuevos tiempos.

Las labores de reescritura histórica de C.L.A.S.E. son tan apremiantes como el espacio que dedican al Nuevo Arte, un movimiento de vanguardia bendecido por el orden de las cosas que permite a los gobernantes regodearse en el espejismo de su sofisticación estética. En la sección que C.L.A.S.E. dedica al Nuevo Arte, sobresale por doquier una figura angular: el Diseñador Industrial. El Diseñador Industrial es, nos informa la publicación, el nuevo curador: la persona encargada de asimilar la tradición artística de los últimos cien años, neutralizar su posible carga política y entregarla en forma de objetos de consumo para las V.I.P.

Historia, Arte y Sociedad componen la trinidad temática de C.L.A.S.E., espolvoreadas las tres con los inmarcesibles valores de la homogeneidad y el lujo. En cuanto a los eventos sociales reseñados, merecen una consideración detenida.

Una carrera de coches, en el viejo orden de cosas, era una distracción ruidosa, una suerte de pausa de la cotidiana tarea de conquistar el mundo. Pero ahora, bajo el Nuevo Protectorado, el mundo es solamente un compendio de artículos comprables, y las carreras de coches han adquirido una dimensión distinta. La tecnología se desarrolló en los últimos años de la Historia, antes del advenimiento del protectorado, con vistas a la mejora de las condiciones de vida de una población que ya no existe. En vista de eso, las nuevas funciones del progreso tecnológico son elevadas: hacer máquinas que den vueltas en chinga. Solo una sociedad perfecta —en la que las necesidades básicas se resuelven haciendo traer más canapés de algún lado— puede permitirse invertir toda la inteligencia de sus mejores científicos, la ilimitada sobreabundancia de su petróleo y la destreza de sus ciudadanos más intrépidos en un deporte que consiste en dar vueltas hechos la mocha. La revista C.L.A.S.E., por tanto, celebra la existencia del Gran Premio de México como lo que verdaderamente es: el triunfo de la razón sobre la naturaleza.

Estos son algunos de los simpáticos acontecimientos que la revista C.L.A.S.E. reseña con mucho flash y adjetivación ornamental de altura. Su lema secreto, la idea que mantiene unida a esta sociedad posthistórica y autosuficiente en México, año 2015: “Todo está por fin a toda madre”.


(Foto: cortesía de Mark Hintsa.)

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