¿Cambio o resurrección en la elite política mexicana?

Una hipótesis sobre la clase dominante de la ‘Cuarta Transformación’

| Nacional

Entender la política desde la óptica de las elites es riesgoso y parcial. Sin embargo, una lectura de la elite que llega al poder con el triunfo de López Obrador nos brinda algunas luces. Parecería que no podemos seguir leyendo el mismo mapa conceptual que hasta ahora porque, si bien algunas fichas del tablero continúan en él (desde hace mucho), hay también nuevas fichas. Pero, sobre todo, hay nuevas reglas del juego y quizá, hasta un nuevo tablero.

¿Cómo fue el ascenso de las elites al poder en el siglo XX?

  • Desde la presidencia de Álvaro Obregón (1920-1946) hasta la de Manuel Ávila Camacho (1940-1946)

El pináculo de las elites en los gobiernos revolucionarios estaba conformado por generales revolucionarios.

  • Desde la presidencia de Miguel Alemán (1946-1952) hasta la de José López Portillo (1976-1988)

Ascienden a la elite los primeros políticos que no sustentaban su legitimidad en la pertenencia al Ejército, sino que habían surgido de la vida civil. Estos políticos están formados principalmente en la facultad de derecho de la UNAM y con especialización en las tareas políticas del gobierno federal como las secretarías de Gobernación, Trabajo o Reforma Agraria.

  • Desde la presidencia de Miguel de la Madrid (1982-1988) hasta la de Ernesto Zedillo (1994-2000)

En esta etapa hay una disputa en la elite política entre una visión nacionalista y una de corte neoliberal, que se asienta con la llegada a las principales dependencias técnicas del gobierno de economistas con postgrados en el extranjero, particularmente en Estados Unidos, para hacer frente en las tareas que, por las crisis económicas de los 70 y 80, se convierten en prioritarias en ese entonces.

Entre 1982 y 1988 se agudiza la “disputa por la nación” y en ese tránsito se da la ruptura de la elite entre políticos y tecnócratas, entre nacionalistas y neoliberales, entre izquierdas y derechas al interior del PRI. Esta disputa desemboca primero en la conformación de la Corriente Crítica y luego Democrática y, después, en la formación del PRD.

¿Qué pasó con las elites en la era de la alternancia?

Con la llegada a la presidencia de Vicente Fox (2000-2006), la formación del gabinete se hace desde agencias de head hunters y casi cualquier persona puede llegar a los niveles más altos de la administración pública federal.  Este proceso cambia la forma de entender la conformación de la elite política a partir de dos alternativas para acceder a la clase dominante: la especialización técnica y la elección popular.

La especialización técnica en las áreas económicas se mantuvo como si la alternancia no hubiera ocurrido, con los mismos perfiles que se venían configurando desde el nombramiento de Gustavo Petricioli al frente de la Secretaría de Hacienda en 1986: economistas, la mayoría del ITAM, con postgrado en extranjero, principalmente en Estados Unidos.

La mayor novedad se produjo a través de los cargos de elección popular —obtener cargos en las gubernaturas, senadurías y diputaciones federales— se convirtió en la otra vertiente de acceso a la elite política mexicana desde la legitimidad de los votos.

Así se trazaron dos elites con dos visiones de México. Por un lado, la del gobierno central y su equipo tecnocrático: un país globalizado, con una economía abierta y ocupado de los indicadores macroeconómicos. Por el otro, la de los líderes partidistas, los congresistas, los gobernadores y presidentes municipales, con una visión local, regional y estatal, ocupada en las elecciones, los estados, los congresos locales y en demandar recursos a la federación para realizar sus obras y proyectos.

La estructuración de la clase política de la alternancia en estas dos vertientes creó un sistema de partidos más competitivo frente al régimen de partido hegemónico, pero también una elite cada vez más alejada de la gente y de la sociedad que, hipotéticamente, se convirtió en la versión mexicana de una “partidocracia”.

Algunas causas del acenso de la elite política de la “Cuarta transformación”.

A nivel de la clase política imperante, la alternancia que ofreció Fox cuando sacó por primera vez en 70 años al PRI de la Presidencia no se transformó en una transición democrática; hubo alternancia, pero no cambio. Cambiaron los funcionaros, entraron a la administración nuevos cuadros sin extracción priista —a excepción de la Secretaría de Hacienda encabezada con Francisco Gil o la Comisión Federal de Electricidad con Alfredo Elías—, pero ingresaron también muchos panistas y algunos líderes de la sociedad civil organizada, sin que este cambio de personas reflejara el deseo de cambio que se había expresado en las urnas.

En 2006 la promesa de la Presidencia del empleo tampoco cristalizó. Para buscar una legitimidad cuestionada por los resultados electorales, la administración de Felipe Calderón (2006-2012) “declaró” la guerra al narcotráfico y los homicidios crecieron a niveles semejantes a los de países con guerras declaradas.

Con la presidencia de Peña Nieto (2012-2018) permanecieron los mismos defectos y virtudes a nivel de elite de sus predecesores, pero hubo una serie de conductas que agravaron significativamente el malestar ciudadano: escándalos por corrupción, conflicto de interés, fallos en la comunicación y de sensibilidad; estudiantes desaparecidos, incremento de los niveles de violencia y homicidios, aumento de la pobreza… que hacen de la presidencia de Peña Nieto la peor evaluada en la historia de las encuestas de opinión y el anticipo del rotundo triunfo electoral de Andrés Manuel López Obrador en julio de 2018.

El “Pacto por México” que propone la administración de Peña Nieto da rostro y hace creíble la estructuración de una partidocracia relacionada con la oligarquía. Lo que López llama el “PRIAN” o “la mafia del poder”.

Las elecciones del 1 de julio se llevaron a cabo, además, en un contexto en el que el crecimiento del PIB es insuficiente para la necesidades y demandas del país; en el que más de 50 millones de mexicanos viven en situación de pobreza; y con un saldo de muertes violentas de más de 100 mil personas, el más alto en los últimos 20 años. Mientras, en el frente internacional se asomaba un fantasma que recorría de nuevo el mundo: el populismo.

¿Quiénes conforman la nueva elite en el poder?

Asistimos a la hibridación de dos formas de entender a la nueva elite: la resurrección de la vieja clase política nacionalista y, al mismo tiempo, el surgimiento de una nueva elite.

La campaña de 2018, más allá de la simpleza y la fuerza del mensaje de AMLO, destaca por la estrategia de hacer alianzas y adhesiones y sumar con gente como Tatiana Clouthier, Germán Martínez, Gabriela Cuevas o Napoleón Gómez. Además, fue una campaña de contacto directo y permanente con la población y que “daba por hecho” el resultado de la elección. Es una especie de ratificación en las urnas de una situación que ya estaba dada: su triunfo.

La épica que guía la narrativa de la “Cuarta Transformación” —la del presidente Juárez y el modelo de desarrollo nacionalista de Cárdenas— podría conformar uno de los centros de esta nueva elite: los que perdieron en la elección interna del PRI en 1988 y formaron el PRD.

A está escisión del PRI a la que pertenecen Cuauhtémoc Cárdenas, Porfirio Muñoz Ledo, Ifigenia Martínez o Cristóbal Arias, se suman algunos de los dirigentes tradicionales de la izquierda ideológica y militante con orígenes en el PC, PSUM, PMT, PRT y PST y a la que se fueron incorporando algunos ex panistas, confrontados con el pragmatismo del PAN, como Bernardo Bátiz y Jesús González Schmall entre otros. Estos actores políticos constituyen el centro de la resurrección de la vieja política. De forma más reciente, se suman otros personajes con origen en el PRI y que tienen este discurso nacionalista, pero que no son parte del núcleo fundador del PRD, como Manuel Bartlett e incluso Ricardo Monreal; o aquellos que podrían compartir una visión del desarrollo para el campo y la alimentación como Ignacio Ovalle, de inicio echeverrista pero también alto funcionario en la administración de Carlos Salinas de Gortari (1988-1994).

En otra vertiente, quizá más antineoliberal que neocardenista, se podría ubicar un semillero de liderazgos del proyecto lopezobradorista que se nutre del Consejo Estudiantil Universitario de la UNAM (1986-1990) y de ahí transitan a la militancia y práctica política en el PRD. Quizá las figuras más visibles de este grupo sean Claudia Sheinbaum y Martí Batres.

Están también los “compañeros de viaje” de AMLO. Tienen mayoritariamente su origen y vínculo personal con él desde el Instituto Nacional Indigenista en Tabasco, pasando por las dirigencias del PRI y del PRD tabasqueños y por la del PRD Nacional y llegando hasta la Jefatura de Gobierno de la Ciudad de México.  Entre los primeros están Octavio Romero o Adán Augusto López y entre los segundos, los miembros de su staff como César Yáñez o Jesús Ramírez. Junto con su brazo de relaciones públicas y cabildeo con el sector privado, Alfonso Romo, son parte del núcleo directo de López Obrador.

Con un origen externo al proyecto neocardenista están otros políticos formados en el PRI pero que en diferentes momentos de su trayectoria se acercaron a AMLO, como el ex secretario de Gobernación y de Desarrollo Social de Ernesto Zedillo, Esteban Moctezuma. Incluso dentro de aquellos políticos relacionados con Zedillo podría situarse al ex rector de la UNAM y ex secretario de Salud, Juan Ramón de la Fuente, propuesto para representar a México ante la ONU y que había sido contemplado en la campaña de 2012 como futuro Secretario de Educación. Sin dejar de lado también al próximo canciller, Marcelo Ebrard, vinculado al PRD y a López Obrador desde la jefatura de gobierno de la Ciudad de México en el año 2000.

En donde la elite del proyecto de López Obrador deja atrás la disputa entre neocardenistas y antisalinistas y se arraiga a la visión de un proyecto de corte popular, hay un grupo quizá hoy poco visible pero muy relevante. Como ejemplo de este grupo estaría María Luisa Albores, propuesta como titular de la nueva Secretaría de Bienestar Social, o Cuitláhuac García en la gubernatura de Veracruz, por citar sólo a algunos.

Diferencias de la nueva elite con las pasadas.

Pareciera que la supremacía técnica para ocupar las posiciones de los cargos de las finanzas y la economía, así como de los organismos autónomos, sufrirá un reacomodo. Las propuestas de AMLO para encabezar Economía, Hacienda, la negociación del acuerdo de libre comercio con América del Norte, entre otras, no son especialistas técnicos como los miembros de la elite precedente, pero su origen es diferente: no provienen necesariamente del ITAM y no han realizado su carrera en un escalafón burocrático al interior de las dependencias para las que han sido propuestos. El tema no serán las habilidades técnicas de este equipo, sino cómo estas capacidades pueden darle estabilidad y generarle recursos al proyecto político y social de AMLO.

En la vertiente de los integrantes del equipo de AMLO que tienen un en la disputa por la nación de 1988, pareciera que el mandato de sus cargos es claro: hacer posible una visión nacionalista y soberana con un enfoque desarrollista y de crecimiento, tanto en el manejo de las empresas públicas, la energía, las comunicaciones y transportes, así como la misión social con relación a la educación, el campo, el trabajo y el medio ambiente.

El núcleo duro de la nueva elite podría estar en el segmento de los excluidos de los beneficios de la globalización y del modelo neoliberal; tienen arraigo territorial, así como trabajo político de bases y organización social.

La de la “Cuarta Transformación” podría ser una elite cuyo centro de gravedad este en la gente y no sólo en los indicadores económicos. No se puede dejar de ver el papel que tendrán los súper delegados o los subdelegados. Con un Congreso que podría fungir como “oficialía de partes” del nuevo gobierno, pero vital para cuidar la legalidad y, sobre todo, la legitimidad del proyecto y garantizar una gobernabilidad democrática que fuera del “Pacto por México” no se veía desde antes de 1997.

Otra forma de entender a la nueva elite, será asignarle un rol protagónico al papel de los subsecretarios, ya desde la Jefatura de Gobierno, Ortiz Pinchetti tenía por debajo de él a Alejandro Encinas; pareciera que el diseño se repite como ya lo hizo hace doce años, con subsecretarios fuertes como Alejandro Encinas y Zoé Robledo con Olga Sánchez en Gobernación; o como Horacio Duarte con Luisa María Alcalde en Trabajo, así como la importancia que tiene su staff: Romo, Yáñez, Ramírez y Cárdenas.

Pero será en su visión de la democracia en la que la nueva elite nos ofrece una mirada hasta ahora distinta con la de la transición: la consulta a la gente, las revocaciones de mandato, el salto de la intermediación de las organizaciones de la sociedad civil hacia la organización política, territorial y de comités de base como ya lo quiso hacer cuando dirigió el PRI en Tabasco durante el gobierno de Enrique González Pedrero (1983-1987).

Pareciera ser que en el proyecto de la “Cuarta Transformación” la legitimidad y legalidad de las acciones de gobierno se sustentan en la gente, en los votos, las consultas a la ciudadanía y la aprobación en los estudios de opinión. La gobernabilidad y credibilidad, en los resultados, el cumplimiento de las promesas de campaña y en la disminución o crecimiento de los indicadores. Y, de forma crucial, en los próximos resultados electorales.

 

 

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