Censura y autocensura: la policía interior

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Este viernes 8 de febrero la actriz Angélica Rivera anunció que se divorciará del expresidente Enrique Peña Nieto. La noticia podría haber sido irrelevante para mí sino fuera porque, de algún modo, su matrimonio y su impacto en la vida pública fueron algo que viví de cerca como periodista. En noviembre de 2014, formé parte del equipo que publicó el reportaje ‘La casa blanca de Enrique Peña Nieto’, una investigación que nos trajo gratificaciones, muchos problemas y nos hizo ver cómo aún operan la censura y la autocensura en México.

Haré aquí una breve recapitulación de algunos incidentes que tuvimos que sortear para que saliera el reportaje:

Junio, 2014. A inicios de aquel mes, pedí la versión del DIF y la Presidencia sobre la casa que investigaba en Sierra Gorda 150, en Lomas de Chapultepec. Me identifiqué como reportero del equipo de Carmen Aristegui en MVS y dejé un mensaje en la oficina de Roberto Calleja, quien trabajaba en el área de prensa del presidente. Pasaron unos minutos cuando la jefa de redacción de la estación, Sheila Amador, salió corriendo tras de mi jefe, Daniel Lizárraga, y de mí para preguntar qué estábamos haciendo.

— Me llamaron de la dirección de MVS porque les llamaron de la Presidencia para preguntar qué están investigando sobre la casa de la primera dama y quién es Rafael Cabrera.

Palabras más, palabras menos. Fue el primer foco rojo de un camino cuesta arriba. Al día siguiente, Aristegui nos citó para hablar del tema: los directivos de MVS le habían dicho que no sacara el tema en su programa de radio. Le dijeron que la empresa pasaba por un momento delicado en sus finanzas y no era conveniente confrontarse con el presidente. Ella les dijo que lo pensaría y, en ese momento, comenzamos a trabajar de tiempo completo en el reportaje.

Agosto, 2014. El primer día de aquel mes, Aristegui tuvo una junta con los directivos de MVS para decidir qué pasaría con el reportaje. Recuerdo que se reunieron en el restaurante El Lago. Ella propuso que el reportaje no saliera en MVS, pero que se publicara en el portal Aristegui Noticias, pues sólo es propiedad de ella. Ellos aceptaron. Luz verde, dijimos.

Sin embargo, para entonces el ambiente era hostil en la estación de radio. Dejamos de usar las computadoras de trabajo y optamos por las personales. No hablábamos del tema en la oficina. Temíamos que hubiera micrófonos, así que las juntas las hacíamos caminando en la colonia Anzures, tomando un café o consumiendo un cigarro. Dejamos de decir “la casa blanca” y nos referíamos al proyecto con la palabra “Tepoztlán”. La censura y la autocensura se manifiestan de forma cotidiana, adquieren formas insulsas, nos podemos acostumbrar a convivir con ellas.

Aclaro que entre el equipo de Aristegui nunca hubo la intención de frenar el reportaje. Todos decidimos tomar el riesgo y eso siempre lo voy a agradecer. Cargar el peso de esa responsabilidad, en lo personal, me generó mucho estrés. No tengo la intención de hacerme la víctima, pero esa tensión me llevó a tomar antidepresivos e ir a terapia psiquiátrica.

Noviembre, 2014. Cuando salió el reportaje, habíamos pasado una semana llena de trabajo y estrés. Pero el día 9 de noviembre logramos publicar el reportaje. Pensamos que habíamos ganado. Y lo hicimos en términos periodísticos. Cinco años después, no le pueden cuestionar al texto ni una coma. Quisimos ser pulcros y que fuera un texto limpio, contundente, sin adjetivos ni calificaciones. Que el público formara su propio juicio. Pero lo peor faltaba por venir.

Marzo, 2015. La historia del despido de Carmen Aristegui y su equipo es muy conocida. Estuvimos en el ojo público y fue, la verdad, horrible. Ver cómo compañeros que no tenían la culpa se quedaban sin trabajo y que Carmen perdía su espacio, me deprimió. MVS y el Gobierno quisieron hacer pasar el incidente como un “conflicto comercial”. Pero quienes conocemos los medios en México sabemos que lo político es comercial. Basta recordar que la estrategia para sacarnos de la radio se dio unos días después de que Eduardo Sánchez, ex abogado de MVS, fue nombrado vocero de la Presidencia de México. No hay casualidades.

Después vino la demanda de Joaquín Vargas, presidente de MVS, en contra del prólogo que Aristegui escribió para el libro. En su demanda inicial, básicamente pedía que el prólogo se destruyera. Como si fuera la época de la inquisición, pedía quemar libros. Una locura. El caso ahora está en la Suprema Corte de Justicia de la Nación y debe interesarnos a todos.

No daré detalles aquí. Aún no es tiempo. Pero el despido y todo el estrés me llevaron a tomar decisiones contra mi propia salud. Había culpa en mi interior. Cuando le conté a un amigo, él me respondió de manera sabia: “Querido, tú pensabas que el despido era tu culpa, cuando era todo el aparato político en su contra”. Tenía razón. Pero hay veces que la razón se nubla.

En su libro Diario de bicicleta, el músico David Byrne retoma la idea del “policía interior” que, en un inicio, fue desarrollada por el escritor beat William Burroughs para hablar de la censura interna como un mecanismo de control. Cito a Byrne: “Burroughs comprendió que acabamos alcanzando un punto en el que la autocensura de ciertas ideas, no sólo las que podríamos llamar groseras, se interiorizan. Llegan a un momento en que lo “malo”, lo inapropiado, lo políticamente incorrecto o los pensamientos poco convencionales ni siquiera afloran, ni se nos ocurren”.

Para Burroughs, agrega Byrne, “esta censura es la evidencia de algún tipo de control mental, de un modelo de sociedad que limita no sólo lo que decimos y hacemos, sino también lo que nos permitimos pensar». Según él, es un ejemplo de cómo la policía religiosa o de seguridad nacional penetra finalmente en nuestra mente e instala allí su pequeño polizonte. Y es un tipo de censura perfecta: cuando autocensuras ciertas ideas, no necesitas una organización exterior que te controle.

El periodismo en México no sólo enfrenta problemas económicos y de seguridad. De inicio, enfrenta la propia autocensura que los periodistas (y los empresarios del periodismo) nos ponemos para no buscar problemas. Hacer periodismo es, de algún modo, un acto de rebeldía, un acto irreverente. Como aquel cuento del rey desnudo, pero en nuestro caso era un presidente metido en un gran problema de corrupción.

Hay dos frases de Elena Garro, mi escritora favorita, que me han marcado: “¿Por qué no decir en voz alta lo que todo mundo dice en voz baja?”. La segunda la llevo tatuada, literal, en un brazo: “Al hombre se le rescata con la palabra”. En eso creo.

Esta publicación/plataforma ha sido posible gracias al apoyo del pueblo de los Estados Unidos a través de la Agencia de los Estados Unidos para el Desarrollo Internacional (USAID). Su contenido es responsabilidad de los autores y no refleja necesariamente el punto de vista de USAID o del Gobierno de los Estados Unidos de América.

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