Chantajes y disculpas: sobre la mala defensa del exabrupto de Lorenzo Córdova

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Juzgar un acto no es cosa fácil. Juzgar un acto como una conversación aislada y filtrada a la prensa ilegalmente por razones políticas, mucho menos. Ha habido varios llamados a contextualizar los desafortunados comentarios de Lorenzo Córdova sobre un par de líderes indígenas. Y sí, en efecto, es muy importante hacerlo. Tenemos pocos elementos para contextualizar la conversación, pero sí tenemos algunos y son muy relevantes. Hay al menos tres: 1) la identidad de los interlocutores de Córdova, 2) los motivos de la reunión que sostuvo y 3) la disculpa y justificación pública que se ha hecho. Con estos tres elementos tratemos de contextualizar y juzgar mejor la desafortunada  conversación.


Los interlocutores: ¿quiénes son?

Se ha dicho que los interlocutores a los que se refiere Córdova eran una suerte de impostores, unos indígenas sobreactuados y chantajistas. Ricardo Raphael ha reproducido estas impresiones y ha advertido que resultan inaceptables; que “peor es extorsionar a la autoridad utilizando como pretexto la vulnerabilidad” y usando “una identidad étnica minoritaria para solapar pulsiones autoritarias”. El propio Córdova, como registra Raphael, deplora que “se ha vuelto moda” chantajear al INE con la amenaza explícita de que se impedirá la instalación de urnas. ¿Quiénes eran en realidad los interlocutores? ¿Es justa esta manera de contextualizar a los actores?

Los interlocutores eran Hipólito Arriaga Pote, Gobernador Nacional Indígena. Y, más importante aún, dado que es justamente de quien Córdova se burla en la llamada telefónica,  Mauricio Mata Soria, un indígena chichimeca de Guanajuato. Sabemos poco de Mauricio Mata Soria, excepto que la comunidad de chichimecas jonaces en Guanajuato está enclavada en las fronteras con Querétaro, en la pequeña parte de Sierra Gorda que le toca al estado de Guanajuato, así como en las planicies aledañas. Uno de sus centros geográficos y culturales es la pequeña comunidad  Misión Chichimeca en el municipio de San Luis de la Paz. Hace unos años, se hicieron varios documentales de esta comunidad retratando cómo mantienen y reinventan sus tradiciones. Acá se puede ver uno de estos documentales. Ponerle rostro a esta comunidad indígena ayuda a contextualizar mejor.

No sabemos si, como bromea Córdova, Mauricio Mata estaba impostando la voz, pero en el video también se puede escuchar los acentos de la región y son acentos marcados, distintivos. Acaso podría acusarse a cualquiera de los que ahí aparecen de impostura ¿merecerían la burla que escuchamos en la grabación del Consejero Presidente? Además, asumiendo que Mauricio Mata en efecto exageraba su propio acento indígena para subrayar su origen étnico de una manera particular, hay otras consideraciones razonables que se pueden hacer al respecto. Uno puede perfectamente imaginar que la exageración lingüística ocurre como estrategia no pocas veces vista para ganar relevancia en un mundo poco abierto, poco amable, poco comprensivo, con las realidades indígenas. El empoderamiento étnico es también un acto de sobrevivencia, de combate a la marginación. Es injusto caricaturizarlo como una impostura y a Mata como un interlocutor impostor. Es injusto cuando uno mira las condiciones de vida, los comportamientos y los acentos de esa comunidad, tal cual existe hoy, en San Luis de la Paz.

Por otro lado, el Gobernador nacional Indígena, Hipólito Arriaga Pote es más conocido. Sabemos más de él y eso nos ayuda a entender, sobre todo, la naturaleza del “chantaje”. Ese “chantaje”, esas “pulsiones autoritarias” de las que el Consejero Presidente se burla, en privado.


La reunión y el chantaje: ¿qué querían?

Sabemos que la reunión tenía por objetivo promover el voto y la normalidad electoral entre comunidades indígenas. Aquí se puede ver una imagen de la pequeña reunión reportada por Proceso.  Jorge Javier Romero, en otro artículo, ha tratado de defender al Consejero Presidente de la “cargada de fariseos” que lo critican sin contextualizar (a la que ahora me sumo a medias)  argumentando en parte que los comentarios de este nada tenían que ver con los pueblos indígenas en general, sino que eran una simple “crítica satírica a un personaje que amenazaba con impedir las elecciones si el INE no cumplía con su despropósito de otorgarle una diputación al representante de su pueblo, seguramente él mismo”.  Nadie siquiera, escribió el querido Jorge Javier, “se ha interesado por conocer  si de verdad el personaje representa a alguna comunidad indígena real”. Buen punto. Hagámoslo ahora.

Hipólito Arriaga Pote ostenta el título de Gobernador Nacional Indígena. El Gobierno Nacional Indígena es una organización informal, pero que está formada por representantes de 62 etnias existentes en 26 estados del país. Arriaga Pote, a quien se le puede mirar y escuchar en esta entrevista de radio, ha emprendido una batalla legal y argumentativa para que a los pueblos indígenas se les otorgue representación legislativa. No solo “chantajea”; de hecho, ha presentado su caso frente al Tribunal Electoral, frente a la Suprema Corte de Justicia de la Nación, así como, ahora lo sabemos bien, frente al Instituto Nacional Electoral. En su lucha y diagnóstico del país, el líder indígena a veces ha alzado la voz y, como es el caso con tantos otros mexicanos, a veces ha advertido que es posible un “estallido social”. Un diagnóstico tan o más viejo que nuestro particular (y muy estable) estancamiento social.  ¿Una amenaza, un lugar común o un diagnóstico razonable? Como en otros casos, seguramente un poquito de las tres. Nada muy característico.

La agenda de Hipólito y el Gobierno Nacional Indígena es más compleja de lo que parece. Ciertamente es más compleja de cómo la han “contextualizado” los que defienden al buen funcionario. Lo que piden es que se permitaregistrar candidatos por la vía de usos y costumbres, sistema que rige a muchas comunidades indígenas. Uno puede no estar de acuerdo con prescindir de los partidos (o en complementarlos) con otras formas de repartir la representación (en este caso por la vía étnica), pero es difícil negar que esta propuesta plantea preguntas hondas y relevantes a nuestro sistema de representación. Preguntas que, aunque uno esté en desacuerdo, merecen ser tomadas con toda seriedad. La agenda de Hipólito consiste, así, en mucho más que pedir “una diputación para él mismo”. Es difícil caracterizarla como un simple “chantaje”; en un sentido amplio, es mucho más que eso.  Decir que solo se trata de eso, es contextualizar mal.

En cuanto a la supuesta amenaza de impedir la instalación de casillas: lejos de ser “una moda”, en términos históricos, es una constante. Una constante que incontable cantidad de actores han utilizado en la historia de México para obtener beneficios (algunos de interés más general que otros). En este caso, la utilización del “chantaje” puede describirse, en un contexto amplio, como una herramienta de los débiles, una que también se puede caracterizar como una “amenaza no creíble” y como una forma de “realpolitik indígena”. ¿Es una estrategia poco cívica en términos de una idea de Ciudadanía con C mayúscula? Sí, sí lo es. ¿Es por ello una acción poco cívica y, por tanto, poco respetable? No, no lo es.

No estoy tratando de presentar una visión idealizada y romántica de los pueblos indígenas; todo lo contrario, lo que quiero es subrayar que la capacidad de “chantaje” de esta “amenaza” que se ha hecho famosa es limitadísima en los hechos y que la agenda de Hipólito Aguirre, y presumiblemente de Mauricio Mata, es mucho más compleja que un simple chantaje, mezquino, egoísta o poco virtuoso en términos de ideal ciudadano. Esa manera de contextualizar es una caricatura.


La disculpa pública: ¿con qué fin?

Lorenzo Córdova hizo muy bien en pedir una disculpa por lo dicho en la conversación filtrada. Es justamente lo que debió haber hecho para seguir con sus deberes indispensables como Consejero Presidente del INE. De ninguna manera debe renunciar y menos en este momento. No debe ceder ante las presiones de quienes filtraron el audio, los que, por cierto, deben ser perseguidos y castigados.

Su disculpa pública fue correcta por dos razones. Sienta un ejemplo fuera de lo común para tantos y tantos que no han pedido disculpas por cosas mucho peores. Y también, al haberlo hecho, Lorenzo Córdova reconoció que la publicación de una conversación privada también puede tener implicaciones públicas (aunque la publicación sea ilegal y las implicaciones no sean legales, sino solo morales). Que haya tratado de corregirlo y disminuir el daño merece ser reconocido. De hecho, el contenido de la disculpa ayuda a contextualizar, aún más, el marco de este acontecimiento, así como sus consecuencias. Me temo que a partir de ahí lo positivo se empieza a desvanecer.

Lo menos positivo de la “disculpa franca” de Córdova fue que 1) en realidad la “ofrece” en vez de “pedirla” (un hábito lingüístico muy propio de la extraña magnanimidad del ego mexicano)  y 2) que no se refirió al meollo de su propia falta, sino que aprovechó la oportunidad solo para criticar a los espías y para defender el derecho a la privacidad. Un acto que lo protege y fortalece políticamente. Sin embargo, le hubiera hecho mucho bien al Consejero Presidente no “ofrecer una disculpa franca” sino simplemente “pedir una disculpa llana”. Lo mismo compartir una reflexión honesta sobre el problema de los estereotipos étnicos en nuestra sociedad. En este sentido, la oportunidad fue desperdiciada.

La defensa que se ha hecho de Córdova, más allá de subrayar el hecho criminal del espionaje, ha contextualizado sus exabruptos con caricaturas de sus interlocutores, presentados como “impostores y chantajistas”. Creo que ha sido un error. Los prejuicios son algo que existen dentro de todos. Son contados los que no caen, de vez en vez, en reproducir uno u otro prejuicio con ligereza. Le pasa a cualquiera. Pero justificarse disminuyendo al sujeto del prejuicio es contraproducente. Ese tipo de defensa ayuda menos de lo que estorba.

Por eso el arte de la disculpa pública es un arte complejo y que también existe de forma contextual. Este caso lo muestra muy bien. La disculpa pública puede ser una herramienta de poder, a la vez que una expresión con utilidad pública que de alguna manera (material o simbólica) resarza el daño hecho. En este caso no fue así. Sirvió más para lo primero que para lo segundo. El contexto de la conversación filtrada, así como de la disculpa pública contienen, de manera velada pero también de forma explícita, una desigualdad estructural donde hay actores que son más fáciles de caricaturizar que otros. El Consejero Presidente no es uno de ellos. Los líderes indígenas sí.

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