Charlie Sheen y el estigma por el VIH

Entre especulaciones y rumores, el famoso actor Charlie Sheen “confesó” en televisión ser portador de VIH. ¿Los portadores de VIH en verdad tienen que “confesar” su padecimiento? ¿O es, más bien, que seguimos viendo al virus como un delito o un pecado?

| Salud

En 1991, el basquetbolista estrella de los Lakers, Magic Johnson, anunció que vivía con VIH. Las reacción del público, según cuentan los activistas de esa época, fue estigmatizante: “seguramente es gay”, “se va a morir en unos meses”, “se mete muchas drogas”, etcétera. Esta semana el actor norteamericano Charlie Sheen anunció que vive con VIH. 24 años después del anuncio de Magic Johnson, la reacción fue puntualmente la misma —o quizás un poco peor. En esta ocasión, las redes sociales y los medios electrónicos han servido para desenterrar expresiones, palabras y mitos que hace tiempo ya no se solían leer en Facebook o Twitter: sidoso, promiscuo, volteado, libertino, drogadicto.

Las características de la epidemia del VIH en la actualidad son muy diferentes a las de los años ochenta. En primer lugar, hoy en día, gracias a los nuevos tratamientos, las personas que viven con el virus pueden llevar una vida normal durante décadas. Ahora también se sabe que cualquier persona puede contagiarse del virus, sin importar su orientación sexual. Adicionalmente, se ha comprobado de manera definitiva que el virus solo se transmite por contacto sexual, el uso de jeringas o por la transmisión de una madre embarazada a su hijo. Lo único que permanece son los estigmas y la discriminación hacia las personas con VIH —en los días recientes, un periódico mexicano dedicado a las noticias de la farándula publicó como encabezado de su nota sobre Sheen: “Tiene veneno en el pizarrín. Confesará hoy que tiene VIH”.

Resulta llamativa la narración de varios medios: para ellos Charlie Sheen —portador del VIH— “confesó” su enfermedad. En religión o en derecho, una confesión por lo regular implica reconocer una falta, algo negativo, pero ¿acaso es tan malo tener VIH? ¿Acaso uno “confiesa” tener diabetes cuando se le diagnostica la enfermedad y se lo cuenta a su familia? ¿A alguien lo despiden del trabajo cuando “confiesa” que tiene cáncer de garganta? Más bien, uno lo asume, lo comparte, lo hace público, porque no es un delito ni un pecado, como ha afirmado el activista peruano Gio Infante.

Contra la estigmatización está la apertura. Decir que se vive con VIH se ha convertido en una nueva “salida del closet”. La idea detrás de ello es revertir un estigma que, en sus expresiones más radicales, se ha materializado en leyes que criminalizan la transmisión del virus. (Una criminalización que, por cierto, no solo no ayuda sino que empeora la situación: el requisito del delito —que la persona sepa de su condición— crea el efecto perverso de inhibir que las personas conozcan su estatus y accedan a medicamentos ya que, para no incurrir en la falta, mucha gente prefieren no enterarse.) Este estigma social —la idea de confesar una transgresión cometida— fue lo que esta semana permitió que Sheen fuese chantajeado y obligado a confesar “su crimen”.

En el mundo hay más de 30 millones de personas que viven con VIH, las cuales tienen el derecho a decir o no decir que portan el virus, incluso a sus parejas sentimentales y sexuales. El auto-cuidado de la salud es una responsabilidad personal que no se le puede trasladar a otros, sobre todo en una sociedad en la que más del 90% de la población sexualmente activa reconoce que el condón es útil para prevenir el VIH.

Tras las reacciones a la revelación hecha por Sheen sobre su estatus, quedó expuesta la búsqueda social por el morbo y por la imposición de una doble moral que ahora lo señala y descalifica aunque hasta hace un par de días era para muchos, por su participación en la serie Two and A Half Men, el tío más cool de la televisión. Ahora, en cambio, es solo un sidoso que “seguramente se lo buscó” y “recibirá su merecido”. El perfil público de Sheen se ha construido como el de un hombre-heterosexual-blanco-privilegiado-y-macho —quizá ahí encontremos más problemas que en el hecho de ser portador del virus.

De acuerdo con la Encuesta Sobre Discriminación en la Ciudad de México del 2013, elaborada por COPRED, las personas con VIH/SIDA son percibidas como la cuarta población más discriminada, solo por debajo de los indígenas, los pobres y los gays. Esto nos da una idea de cómo un tema de salud, que debería ser tratado como cualquier otra enfermedad crónica, aún no ha dejado de ser percibido en la mente de los mexicanos (y de gran parte de la humanidad) como algo sucio e indeseable.

Existe evidencia científica sobre cómo el estigma y la discriminación hacia las personas que viven con VIH ha frenado enormemente los esfuerzos para los avances en la prevención y el tratamiento, por lo que no solo se trata de un asunto de derechos humanos, sino también de salud pública. Las personas que son menos discriminadas cuentan con más probabilidad de tener acceso al tratamiento antirretroviral y, por lo tanto, menos probabilidad de transmitir el VIH en caso de tener una carga viral indetectable —diversos estudios han demostrado que una persona con VIH que utiliza adecuadamente el tratamiento tiene baja o nula probabilidad de transmitir el VIH, incluso si no se utiliza el condón.

Quizás el caso de Charlie Sheen nos parezca lejano. Pero la realidad es que más de 170 mil personas viven con VIH en México. De acuerdo con una nueva encuesta de la UNAM sobre los valores de los mexicanos, el 20.9% no dejaría entrar a su casa a alguien con SIDA y el 19.9% no dejaría entrar a un homosexual. Con estas cifras escandalosas, resulta sintomático que nuestra prensa escrita y electrónica —que se ocupó del tema como si las décadas entre Sheen y Magic Johnson no hubiesen transcurrido— se haya engolosinado con la noticia del supuesto “crimen”. No cabe duda de que debemos insistir en hablar sobre el VIH desde la perspectiva de la salud, la cultura y la política para finalmente echar abajo esos prejuicios sociales.

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