Chequeo necesario: del periodismo a la comunicación diaria

Ilustración @donmarcial
Ilustración @donmarcial

Hablar de periodismo implica necesariamente referir el proceso de la verificación de sucesos y la revisión o chequeo de los datos relacionados con un hecho o fenómeno. Hablar de la comunicación hoy día, también.

En el último lustro -sobre todo en lo que se ha denominado la “era Trump”- parece que se tratara de una nueva corriente o de un ajuste de cuentas al periodismo actual y su transformación frente a las posibilidades narrativas y de formato o no-formato que permite Internet como espacio multimedia para la generación y distribución de contenidos.

Paralelamente, el término fake news ha encontrado espacio en la discusión del entorno infocomunicacional actual como una especie de virus que vulnera la vida de las democracias contemporáneas y atenta con desestabilizarlas, al tiempo que corrompe y distorsiona el debate público, es decir, aquello de lo que la mayoría hablamos, nos afecta, nos interesa, de lo que somos parte, sea a favor o en contra, o que analizamos desde el margen posible.

Del primero, la verificación o el fact-checking, la discusión debería ser breve: se trata de un imperativo ético, un deber ser ineludible -deontología periodística- y un proceso elemental de cualquier método periodístico, desde el más básico hasta el más especializado.

Debe decirse llanamente, y con respaldo de un dicho popular, que nada debería publicarse como una verdad periodística si no tenemos “los pelos de la burra en la mano”. Ni siquiera a través de un artículo de opinión, porque la licencia de plantear hipótesis en el análisis social debe evadir la libertad irresponsable de especular y suponer sin bases.

No obstante, la imposición de la inmediatez como parámetro de éxito, la vaguedad en la marea de datos que surgen de diversas fuentes y la posibilidad de enfrentarse a documentos, imágenes y declaraciones fabricadas a modo y por una causa, han provocado un remolino en el que es fácil confundirse y considerar como real algo falaz y publicarlo tal cual.

Ello implica que la verificación debe ser inevitable, pero por desgracia suele ser ignorada por más de un reportero o de un editor, entendido este último como un especialista con la capacidad de discernir y guiar el proceso periodístico para su más eficiente realización.

A ese problema se suma el hecho de que los periodistas hemos dejado de ser los únicos encargados de comunicar y explicar los hechos y fenómenos que ocurren día con día en la sociedad. Ahora son los integrantes de esta última quienes se han sumado a la generación de contenidos que narran o intentan narrar de primera mano, muchas veces de forma imprecisa o guiados por un impulso básico: su sensibilidad.

Este involucramiento de los ciudadanos en la generación y acceso a los contenidos, facilitado por la tecnología que se concentra en Internet y los dispositivos fijos o móviles a través de los cuales es posible convertirse en parte de la red, ha provocado distorsiones en la forma en la que la información llega a cada uno de los integrantes de la misma sociedad.

De ahí el surgimiento de información poco precisa, engañosa o abiertamente falsa que se genera a partir de la narración menos equilibrada que hace un ciudadano común testigo de un hecho o fenómeno, o de la construcción de un discurso a modo, a favor o en contra de una causa social determinada, ya sea política, ideológica o económica, o la mezcla de las tres, creada por individuos o grupos con intereses particulares.

Ese tipo de contenidos ha encontrado un canal a través de los medios sociodigitales, es decir aquellas tecnologías que la sociedad contemporánea se apropió ya no solo para establecer relaciones personales -su función original- sino también para informar, informarse e involucrarse en el debate público.

Medios como Facebook, Twitter, Whatsapp, Instagram, Snapchat, entre otros, se han convertido en vías idóneas para la información imprecisa, engañosa, o falsa, las llamadas fake news, como resultado de la ausencia de filtros especializados en la verificación de los hechos o datos que ahí se comparten.

Esto ha obligado a un replanteamiento de la función que estas plataformas y los buscadores de contenidos en la red, como Google, Mozilla, Safari, Bing, Yahoo, entre los más populares cumplen como herramientas para la comunicación y la información.

Y de la misma forma implica una reflexión y acciones concretas con base en la forma en la que sus usuarios las operan para compartir datos, información sobre hechos o como fuente de conocimiento para comprender su realidad mediata o inmediata, a corto o largo plazo.

Es ahí donde el papel del periodismo recupera su valor intrínseco: el que investiga, que revisa, trata de comprobar, de contrastar datos, de hallar elementos que le permitan dar certeza a lo que informa para enriquecer las vías de conocimiento de la sociedad.

En medio de ese torbellino de datos provocado por los usuarios el periodista renueva el compromiso de su función social y afirma la verificación como herramienta obligatoria, donde el periodista, cual meme, se convierte en “la vieja confiable”.

Pero es también ahí donde los periodistas debemos construir una alianza con los ciudadanos, con los usuarios de la red, para filtrar los contenidos, a través del trabajo diario y de la generación de procesos de educación sobre cómo funcionan los medios informativos, es decir vía programas de formación y alfabetización mediática.

De lo que se trata, finalmente, es de construir una visión conjunta entre medios informativos y ciudadanía de que hoy día la mejor herramienta para el conocimiento de la realidad es su verificación. Se trata de que los periodistas entendamos que es imposible y peligroso eludirla, y que los ciudadanos puedan comprender el valor de su uso y decidan conformar con el periodismo comunidades de chequeo de lo que estamos discutiendo de forma cotidiana, de nuestro debate público, a fin de contrarrestar la contaminación del mismo y de poner en riesgo no solo el acceso al conocimiento, sino incluso vidas humanas.

Esta publicación/plataforma ha sido posible gracias al apoyo del pueblo de los Estados Unidos a través de la Agencia de los Estados Unidos para el Desarrollo Internacional (USAID). Su contenido es responsabilidad de los autores y no refleja necesariamente el punto de vista de USAID o del Gobierno de los Estados Unidos de América.

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