Cincuenta sombras de género

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El 14 de febrero, a las diez de la noche, entré a una sala de cine para ver Fifty Shades of Grey. No me sorprendió encontrar a varias parejas heterosexuales entre los espectadores. En la edición castellana del libro, la contraportada asegura que “[esta] novela está avivando el fuego de muchos matrimonios”. Al lado de mí, una mujer acompañada por su marido devoraba un hot dogmientras la mostaza escurría por sus labios; imaginé el olor de cebolla de su aliento. Siguiendo a Laura Kipnis y siendo proclives, como somos, a extrapolar la ética laboral al ámbito de los noviazgos y matrimonios, pensé que esta película y el libro en el que está basada podrían convertirse en una herramienta más, la más novedosa, para “trabajar” las relaciones de pareja.[1]Volví a mirar a los espectadores. Detrás de mí, madre e hija cuchicheaban y sonreían.

Comencemos por señalar que los protagonistas de Fifty Shades of Greyinteractúan eróticamente dentro de los esquemas de las relaciones de clase y género. Al mismo tiempo mencionemos (contra el fantasma de Andrea Dworkin, quien denunciaría la película como otro ejemplo de la erotización de la violencia patriarcal)[2] que Anastasia Steele no es una esclava sexual de Christian Grey. Sin realmente liberarse de las normas habituales de lo femenino, Anastasia, a pesar de todo, toma activamente algunas decisiones: durante la negociación del contrato que Grey propone para explicar su arreglo sadomasoquista, por ejemplo, Anastasia suprime lo que no quiere probar. Menciono lo anterior porque de alguna manera ilustra la posición de Gayle Rubin y Sadiah Qudeshi,[3] a saber: que incluso dentro de regímenes restrictivos, como el sistema de sexo-género o el racismo, siempre negociamos y convenimos, ejercemos algo de libertad.

En Fifty Shades of Grey, sin embargo, las relaciones de género se manifiestan más fuera del sadomasoquismo que dentro de él. En la película no se cede a este tipo de placeres por culpa de una falsa conciencia o de una liberación sexual fraudulenta. La opresión se hace patente en otros dominios. Es Grey quien elige el método anticonceptivo a utilizar y quien paga por la visita al ginecólogo; la investigación que Anastasia realiza sobre las prácticas sadomasoquistas es tan limitada que, a pesar de las ventajas informativas de internet, no se llega a enterar de que el intercambio de papeles entre la dominación y la sumisión es algo frecuente en estas prácticas. Esta falta de iniciativa es lo que identifica a Anastasia con el prototipo de la mujer abnegada. La principal sombra de género en el filme está en este personaje, quien, como dirían Los Ángeles Azules “es callada, tímida, [e] inocente tiene la mirada”.

Otro tema llama la atención: Anastasia se escandaliza por la afición sádica de Grey sin que le inquiete su propia compulsión por explicar la “desviación sexual” de su compañero. Un pedazo de biografía se asoma: Christian es el hijo de una mujer adicta al crack. La confesión, aunque breve, favorece una lectura que enjuicia las sexualidades alternativas—la idea de que “algo tuvo que haber pasado en su infancia para que desarrollara esas preferencias como adulto”.

Al respecto, y para aclarar que no existe un acto sexual “natural” distinto de otros “patológicos”, Gayle Rubin ha escrito que “el hambre del estómago no revela la complejidad de la gastronomía”.[4] Los genes, los genitales y la biología no deberían ser los criterios para definir cuál es el sexo virtuoso, bueno o sano. Diferentes corrientes feministas han señalado que le damos una importancia exagerada al sexo. Una ligera diferencia con respecto de lo “normal” desata una retahíla de explicaciones, consecuencias y catástrofes que supuestamente nos esperan a la vuelta de la esquina.

La contraparte de la actitud de Anastasia es la convicción antiromántica de Christian. Para Anastasia, el conflicto se resolvería si él aceptara participar en las prácticas de las relaciones convencionales, como dormir en la misma cama. Si bien la película no pretende redimir al sadomasoquismo a través del matrimonio, la protagonista intenta hacerlo por medio del amor y la intimidad. Es una justificación de los deseos sexuales que también está presente, por ejemplo, en películas pornográficas producidas por empresasqueer. (Recuerdo haber visto unas cuantas en las que, tras las cuerdas y las heridas en la espalda, los involucrados declaran su amor mutuo mirando hacia la cámara.) Todavía nos resistimos al placer por sí mismo; aún somos incapaces de afirmar que una práctica nos excita sin confesarnos ni justificarnos.

Tanto los personajes como la trama de Fifty Shades of Grey tienen sus precedentes en las novelas “filosóficas” censuradas en siglo XVIII en Francia: en ellas, una mujer es “iluminada” e introducida en el placer sexual por un hombre mayor o, al menos, más experimentado. Cuando Anastasia le dice a Christian: enlighten me, recordé enseguida la trama de Thérèse Philosophe, la novela escrita en 1748 por Jean-Baptiste de Boyer y redescubierta en el siglo XX por Robert Darnton. El objetivo del protagonista de Thérèse Philosophe es parecido al de Grey, claramente establecido en el contrato: “que la sumisa explore su sexualidad y sus límites”. Esta suerte de pedagogía sexual, que el hombre regala generosamente a la mujer, es una más de las muchas sombras de género presentadas en el filme. Pero a diferencia de Thérèse Philosophe, que intercala el sexo y el debate filosófico, el orgasmo y la crítica política, Fifty Shades of Grey no sugiere reflexiones radicales ni auténticamente transgresoras para nuestro contexto actual.

Fifty Shades of Grey es, en suma, una película que confirma más de lo que subvierte, reitera más de lo que profana: una chick flick con unos cuantos fragmentos de softcore, más cerca de Twilight que de La pianiste. Hay que mencionar, sin embargo, que el filme ha favorecido otros mercados, como el de la venta de juguetes sadomasoquistas, que se incrementó después de su estreno. Pero, más que incitar a la aventura en las alcobas de los espectadores, ¿puede esta película llevarnos a tolerar la expresión pública de otras sexualidades?, ¿a entender las prácticas sexuales como actos y no como indicios de la moral o como determinantes de una identidad? Estas son las apuestas que me gustaría ver en un filme con pretensiones de transgresión, y no solo la promesa de una secuela.


Notas

[1] Laura Kipnis, crítica cultural, identificó los esfuerzos por mantener una relación de pareja como una continuación de la ética laboral. Véase su Contra el amor (Tumbona Ediciones, México, 2008).

[2] Durante los años setenta y ochenta, Andrea Dworkin fue, junto con Catharine MacKinnon, portavoz del movimiento antipornografía en Estados Unidos. De acuerdo con ambas, los hombres se excitan cuando lastiman o degradan a las mujeres, quienes han asumido ese deseo sexual como propio—en otras palabras, una falsa conciencia nos hace pensar que nos gusta ser maltratadas.

[3] Gayle Rubin, teórica queer, y Sadiah Qudeshi, historiadora, proponen que tanto las mujeres como los africanos y afrodescendientes siempre cuentan con un grado de libertad que les permite negociar con hombres y occidentales, incluso en las peores circunstancias de dominación. Si bien el poder restringe nuestras opciones, nunca somos sus víctimas absolutas.

[4] Rubin es una de las más lúcidas teóricas queer. Su teoría radical sobre el sexo desmanteló las premisas que sostienen la discriminación y los prejuicios contra todos los que no son heterosexuales. También defendió el sadomasoquismo como una práctica valiosa para algunas subculturas lésbicas en Estados Unidos.

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