Cómo la cerveza y los tacos explican la desigualdad en México

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Los chasquidos, repiqueteos y silbidos de la línea de ensamblaje de la cervecera Minerva, en Guadalajara, representan el llamado del éxito para uno de los principales sectores de la economía manufacturera mexicana del siglo XXI. Porque Guadalajara no sólo está cultivando la escena de las start-ups tecnológicas, sino que también está sacando jugo a sus décadas de experiencia industrial y los empresarios y ejecutivos andan en búsqueda de maneras novedosas para sumar ganancias y triunfar en los nuevos mercados. La presencia de ingenieros relativamente bien remunerados, consultores y otros profesionistas ha propiciado el surgimiento de una clase consumidora y ha ayudado a convertir a Guadalajara en uno de los nuevos epicentros de la cerveza artesanal en México. El centro histórico de la ciudad, colonial y elegante, se ha rodeado de nuevos desarrollos y sitios de construcción, mientras las zonas residenciales de clases medias y altas colindan ahora con centros comerciales e hileras de restaurantes y tiendas.

Sin embargo, Jesús Briseño, fundador y CEO de Minerva, se preocupa constantemente por la sobrevivencia de su compañía. Briseño dirige la cervecera independiente más grande de México, pero sabe que está compitiendo en un terreno de juego muy disparejo. «No podemos quedarnos pequeños porque si no nos comerá el mercado», me dijo.

México es el primer exportador de cerveza a nivel mundial. Pero ese éxito se ha fundado en las prácticas anti-competitivas de un duopolio cuyos fundadores ahorcaron el mercado de cerveza mexicano antes de vender sus imperios a Heineken y Anheuser-Busch InBev, los gigantes cerveceros globales. Durante años, Grupo Modelo y Cervecería Cuauhtémoc, los productores de Corona y DosEquis, firmaron contratos exclusivos con sus vendedores e impidieron a productores independientes vender sus cervezas. Minerva luchó una batalla legal contra esos contratos exclusivos con el propósito de conseguir un sitio para su cerveza en los estantes y los barriles de las tiendas y bares mexicanos. Briseño, quien trabaja cada día para ampliar su presencia en el país, dirige sus estrategias publicitarias a profesionistas urbanos que tengan ingresos que gastar: sabe que las grandes marcas dominan los barrios suburbanos de clase media-baja. En conjunto, Grupo Modelo controla casi dos tercios del mercado de cerveza en México. Si bien Minerva opera actualmente desde una fábrica que tiene el tamaño de una cancha de fútbol, son pocas las probabilidades de que se convierta en un competidor serio para los gigantes cerveceros mexicanos. Cada día, Grupo Modelo fabrica diez veces más cerveza de lo que Minerva produce en un año entero.

 

Grupo Modelo controla casi dos tercios del mercado cervecero en México.

 

Las luchas de esta compañía ilustran las dificultades más amplias que enfrentan los empresarios independientes en México y ayudan a explicar por qué el país tiene una docena de millonarios y no una auténtica clase media. Parte del problema es que México sigue siendo un lugar poco propicio para las iniciativas empresariales, aun cuando en 2018 calificó como el primer país latinoamericano para operar un negocio según el índice Doing Business del Banco Mundial. En teoría y según sus propias regulaciones, el mercado mexicano debería ser un lugar ideal para comenzar a construir un negocio. No obstante, la fortaleza institucional de México ocupa el lugar 123 de 137 según el Foro Económico Mundial. En el país destacan la poca confianza en la clase política así como la influencia del crimen organizado. Además, México es uno de los lugares donde los monopolios ejercen mayor poder y donde la corrupción prevalece: en un análisis de Transparency International sobre los países más corruptos del mundo, el país obtuvo la posición 135, por detrás de Liberia, Filipinas y Rusia. Así, con el fin de evadir impuestos y no atraer la atención de funcionarios públicos en busca de sobornos, la mayoría de los empresarios prefiere mantener un tamaño pequeño así como preservar la propiedad de sus negocios en manos familiares. Aquéllos que buscan expandirse se encuentran con bastantes obstáculos.

En México, los préstamos bancarios apenas representan una tercera parte del PIB, condición similar a la mayoría del África subsahariana y muy por detrás de las economías industrializadas. Casas financieras como Banco Azteca, Inbursa e Interacciones, las cuales pertenecen a familias millonarias, otorgan créditos conservadores y con altas tasas de interés, algo que beneficia a los banqueros pero que es un perjuicio para la economía en general.

La cerveza no es el único mercado en México dominado por los oligarcas. Desde la firma del Tratado de Libre Comercio de América del Norte (TLCAN) en 1994, un pequeño grupo de élites ha consolidado compañías gigantes en el país. En las dos décadas posteriores al TLCAN, las fortunas de las dieciséis familias más ricas de México se quintuplicaron mientras que la economía creció en promedio 0.6% al año y el salario mínimo se estancó aun cuando los costos de vida aumentaron. El PIB per cápita nominal de México se encuentra sobre los 10,000 dólares, pero esta cifra no refleja las realidades de un país en el que casi la mitad de la población vive en condiciones de pobreza.

Actualmente, las familias más ricas de México tienen sus pequeños feudos en distintos sectores de la economía. Cinemex y Cinépolis poseen el 90% de los cines mexicanos; Carlos Slim controla en solitario casi dos tercios de las líneas telefónicas fijas y celulares mientras que Bimbo domina alrededor del 90% del mercado panadero. Si bien hay numerosos monopolios en México, el ejemplo de la cerveza es particularmente apropiado. Las compañías que producen las cervezas Corona y DosEquis controlan casi el 99% del mercado cervecero. A pesar de que la cerveza artesanal está viviendo un auge en el país, incluso los observadores con una mentalidad de «vaso medio lleno» admiten que ese vaso se llena con las cervezas de las grandes marcas. Mientras, los productores independientes apenas se quedan con un chorrito de espuma.

Lo que a México le falta son empresas medianas que tengan éxito. Los gigantes corporativos del país no pueden generar empleo de clase media para las masas. Como si se tratara de una generosa porción de carne servida sobre una tortilla demasiado pequeña, la mayoría de la gente queda fuera del bocado y debe buscar empleo en la economía informal rampante. Más de la mitad de la fuerza laboral mexicana se emplea en esa economía de características amorfas, dentro de la cual se insertan los vendedores ambulantes, los trabajadores domésticos, los taqueros callejeros y otros individuos que ganan en efectivo y no pagan impuestos. Un hecho aún más impactante pero menos discutido es que nueve de cada diez negocios en México operan en el sector informal.

 

La mayoría de los mexicanos debe buscar empleo en la economía informal rampante.

 

En el país, solamente hay diez mil negocios cuyas fuerzas laborales estén compuestas por cincuenta o más empleados contratados formalmente. Por el contrario, existen por lo menos tres millones de micro empresas informales que operan sin locaciones permanentes, así como cientos de miles de negocios informales operando en los pueblos más aislados de México. Si hay un tipo de pequeño negocio que mejor representa a México, no es la start-up del sector tecnológico ni la manufacturera aeroespacial de alta tecnología sino la omnipresente taquería callejera que se encuentra tanto en las grandes ciudades como en los poblados montañosos más remotos.

En Tijuana, un nuevo grupo de restauranteros gourmet ha ayudado a transformar la ciudad fronteriza en un destino para los foodies que buscan los mejores tacos del mundo. En Misión 19, por ejemplo, el chef Javier Plascencia sirve una entrada de tacos de puerco por 170 pesos. Pero pocos habitantes pueden costearse una comida en alguna de esas elegantes taquerías donde un plato de tacos cuesta lo mismo que el sueldo de una jornada. Si bien el gobierno mexicano aumentó el salario mínimo oficial en la región fronteriza de 102 a 176,7 pesos –un incremento notable– no es suficiente para ayudar a que los obreros de bajo salario alcancen un nivel de vida de clase media.

Tijuana es considerada una ciudad fronteriza industrial que ha conseguido dejar atrás la manufactura de televisiones y prendas de vestir en favor de alta tecnología para los sectores médico, automotriz y aeroespacial. Sin embargo, lo que Tijuana no ha conseguido producir todavía es una clase media robusta. En el estado de Baja California, hay 795,130 personas cuyos ingresos se encuentran entre uno y dos salarios mínimos. Menos del 1% de la población del estado, lo que equivale a unos cuantos miles de habitantes, gana más de diez salarios mínimos. En general, a mediados de 2019 el ingreso per cápita promedio en Baja California era de apenas 2,600 pesos mensuales.

 

Al fondo, una nave industrial en Tijuana.

 

En Tijuana conocí a Adrián, un chef profesional con un food truck que sirve a empleados del sector industrial. Adrián sabe que un plato de sus tacos gourmet puede costar más de lo que un obrero gana en un día. «Vendemos a muchos trabajadores. No a los obreros de la línea de montaje sino a los ingenieros, a los gerentes, a los arquitectos», me explicó. Los trabajadores de a pie ganan tan poco que es imposible categorizarlos como parte de la clase media. Casi un tercio de la población del estado vive bajo el umbral oficial de pobreza.

En las afueras de Tijuana también conocí a Guillermo, un obrero que dejó la fábrica ensambladora de Hyundai para ingresar al sector informal vendiendo productos de los monopolios mexicanos a sus vecinos. Guillermo gana más vendiendo Coca-Cola, pan Bimbo y cerveza de Grupo Modelo que lo que ganaba en un turno de doce horas en la planta automotriz. Desde su casa, Guillermo puede ver a un vendedor ambulante que, por un dólar, sirve tacos de filete de porciones generosas a los obreros que viven en casas de tablas contrachapadas, camastros y columnas de viejos neumáticos. Las grandes empresas han construido elegantes fábricas en Tijuana, pero en las afueras de la ciudad los caminos siguen sin pavimentarse. Guillermo sabe cómo describir el México moderno.

«La economía no es pareja», me dijo.

En México, la mayor parte de la gente compra botanas y cervezas producidas por los monopolios del país mientras come sus tacos en puestos, tiendas y otros negocios familiares sin registro. En el México moderno, los grandes monopolios industriales conviven con una economía informal en su mayoría pobre y en expansión. De un lado se encuentran los gigantes de la cerveza y del otro los puestos informales de tacos. Una verdadera clase media sigue ausente.

 

Las afueras de Tijuana, hacia el oeste.

 

Traducción y fotografías de Pablo Argüelles Cattori

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