Comunidad Horizontal

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En Horizontal creemos que los medios digitales carecen de sentido si no cuentan con una comunidad que los soporte. Es por ello que pretendemos ser un espacio virtual y material en que converjan, fluyan y se conecten personas. Serán esas personas, a su vez, el motor principal de un medio que asume su papel generacional y una clara postura política frente a lo público.

Los medios de comunicación masiva fueron clave para el desarrollo del siglo XX. El auge del radio, la televisión y la prensa (como industria y no como oficio) instauró un paradigma de difusión de mensajes eminentemente vertical: de uno para muchos. Este modelo de control centralizado, de corte capitalista, estranguló el acceso de muchos a la voz pública y privilegió la voz del poder —institucional y fáctico— durante casi todo el siglo pasado. No siempre fue así.

En su libro The Information, James Gleick recorre la historia de la información. Desde los tambores parlantes del Congo, que traducían el idioma kele a sonidos binarios que informaban a comunidades enteras en la selva africana, hasta las redes más modernas, Gleick va y viene en el tiempo demostrando que la información suele estar anclada a una comunidad. Es quizá en el siglo XX cuando se disocian, dado el modelo “uno para muchos”, ambos elementos. Parte del argumento de Gleick descansa en la teoría del científico Claude Shannon, cuya máxima para su teoría sobre la difusión de la información es que “el significado es irrelevante”. Después de una exhaustiva revisión, Gleick acaba por concluir que debemos traer de vuelta la importancia del significado. ¿Cómo? Diversas pistas sugieren que precisamente a través de la construcción de comunidades y de significados colectivos.

Las redes sociales de hoy tienen paralelos históricos con otros modelos que usaron el sistema “de muchos para muchos”. A veces se parecen a los tambores parlantes de la selva; otras veces a las casas de café de la Inglaterra del siglo XVII. El historiador Brian Cowan, en su investigación sobre el fenómeno de las casas de café, describe a estas como “lugares donde las personas se reunían para beber café y aprender la noticia del día, y puntos de encuentro con otros residentes locales para discutir asuntos de interés mutuo”, y apunta ciertos elementos que no distan mucho de lo que hoy vemos en Facebook o Twitter. Primero, esas cafeterías mezclaban clases sociales y se constituían, de facto, en espacios públicos para la discusión. Segundo, las barreras de entrada eran mínimas: comprar un café era todo lo requerido (algunas crónicas de la época dan cuenta del enojo de los académicos de Oxford, quienes pensaban que estos lugares abarataban el conocimiento al ponerlo al alcance de cualquiera). Tercero, en esos cafés se difundía la información del momento: antes de la aparición de la prensa masiva, periódicos como The Spectator tenían en las cafeterías un lugar de deliberación del contenido e incluso de edición del mismo.

Internet de alguna forma volvió de nuevo importante el significado, a la vez que reincorporó a la comunidad a la generación de información. Los individuos no son más consumidores sino también productores de contenido; lo quiera o no, el ciudadano virtual tiene obligaciones comunitarias. Si algo nos han enseñado las redes sociales es que cada nodo de su configuración —es decir, cada persona, menos los bots— ocupa un espacio y tiene a su vez otra red que puede o no estar en línea; redes físicas y virtuales forman una sola para difundir información y generar masa crítica. La traducción espacial de esas redes tiene impactos significativos en la generación de comunidad y en el sentido de pertenencia a un medio. No es casual que medios como The Guardian hoy apuesten a tener un café en el barrio más hipster de Londres, donde parte de sus editores hacen horas de oficina y tienen contacto directo con la gente.

En Horizontal creemos que ser un medio digital que apuesta por comunidades críticas supone contar con espacios físicos para la interacción más allá de lo virtual. Tal como las casas de café de Londres en el siglo XVII, el futuro de los medios en el acelerado tiempo de la red se encuentra en la capacidad de hacer más lento el tiempo virtual y generar espacios que rompan las paredes de los bits para discutir, analizar, criticar y editar. Así, los medios —hoy tan alejados de sus lectores y tan cercanos al poder— podrán recuperar la vida comunitaria como el centro de su acción y, por tanto, tendrán más obligaciones, como ser transparentes y sujetos de rendición de cuentas.

El significado importa, y la comunidad que se apropia esos significados también. En Horizontal nos lo tomamos en serio. Nuestra apuesta es la de crear, a la par de un artefacto editorial, un centro cultural y un café-bar en el que los lectores discutan e intercambien opiniones, un espacio que funcione como una suerte de redacción abierta y social. A diferencia de los nostálgicos que ven una crisis generalizada de los medios, Horizontal solo ve crisis en el modelo vertical, cada vez más costoso y alejado de la realidad.

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