«Con la intervención militar, Brasil ratifica que el lugar de los negros es la favela; si no es en la favela, en las prisiones; y si no es en las prisiones, en el cementerio». Monica Cunha*

En un país donde cada veintitrés minutos un joven negro es asesinado, la activista y política que denunciaba a las fuerzas de seguridad en la Cámara de Concejales de Río de Janeiro, Marielle Franco, fue asesinada de cuatro tiros, con balas de la policía federal.

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No es exagerado decir que desde el 2015 Brasil se parece más a sí mismo. Al menos al Brasil de los vencedores, el Brasil blanco y colonial. El gobierno del presidente Michel Temer, fruto de un golpe de Estado maquillado de impeachment que destituyó a la presidenta Dilma Rousseff, establece un plan de gobierno jamás sometido al escrutinio popular en las urnas. Las paredes que sustentan la reacción neoliberal impuesta por medio de las medidas de austeridad en conjunto con retrocesos laborales, ambientales y de políticas sociales, son las mismas que aún mantienen en pie un aparato racista de genocidio y exterminio. Austeridad y violencia de Estado se constituyen como un nuevo régimen de gobierno de la vida, que ahora se actualiza con la intervención militar en Río de Janeiro.

La propuesta salió de la chistera de la noche a la mañana, sin un plan claro y causó incomodidad no solo en los medios de comunicación y en círculos próximos a los defensores de derechos humanos, sino también en los altos mandos del ejército —que considera ineficaz la medida para combatir la violencia, aunque no haya dudado en solicitar de manera pública y oficial que crímenes cometidos por las fuerzas armadas eventualmente no fuesen juzgados—. Marielle Franco, mujer negra y favelada,[I] electa con 46,502 votos, era relatora de la comisión legislativa que fiscaliza la intervención, y desde el inicio fue una de las voces más contundentes contra la operación militar.

El miércoles 14 de marzo, a las veintidós horas, Marielle Franco, miembro del Partido Socialismo con Libertad (PSOL), fue asesinada con cuatro disparos en la cabeza, al salir de un debate sobre derechos de las mujeres negras. La munición usada provenía de un lote vendido a la policía federal. Una vez más el Brasil «superior» revela su cara en una escena trágica de ejecución. Pero ahora, el Brasil de las revueltas subterráneas y permanentes atiende al llamado de Marielle e inunda las calles del país, recordándonos que la guerra no ha terminado.

Es en este momento en el que hacemos la entrevista con Monica Cunha, una mujer negra, militante y madre de un joven ejecutado por la policía civil en el 2006. Es desde ese lugar de madre que Monica denuncia un Estado que mata a un joven negro cada veintitrés minutos. Monica y Marielle, dos mujeres negras que se encuentran para dar eco a la voz de un Brasil que todavía no se deja matar. «Al final de cuentas, el cuerpo termina en el piso, baleado, de cualquier forma. Pero no nos vamos a amedrentar».


La intervención militar en Río de Janeiro

Mi comprensión sobre la intervención militar en Río de Janeiro no es igual al de la mayoría. Pero debería serlo, pues la mayoría de las personas en Río son negras, pobres y faveladas, habitantes de la periferia. Es apenas una minoría la que entiende para qué sirve y para qué es esa intervención dentro del estado de Río de Janeiro. Para mí es más una forma de militarizar al negro, al pobre, al favelado. Es una forma más de no darle la oportunidad, de segregar al pueblo dentro de sus espacios y lugares. Es una forma de quitarle a este pueblo el derecho de ir y venir.

Durante la ocupación en Maré[II] (complejo de favelas en la Zona Norte de Rio de Janeiro), que todavía no era una intervención, quien está allá adentro sabe que no fue bueno. Pero es obvio que quien está aquí afuera no tiene esa misma visión. Las personas de fuera creen que la intervención vino para combatir a los jóvenes que están dentro de esa minoría. ¿Por qué yo digo minoría? No digo traficante ni bandido, pues yo tengo otro entendimiento acerca de eso. Si yo me quedara ratificando que esos adolescentes y jóvenes son bandidos y traficantes, tendría que decir que yo parí un bandido. ¡Eso no es verdad! La droga no se hace dentro del cerro, no existen condiciones para tener una central de producción de armas dentro de la favela. Entonces todo eso se trae de fuera.

Tenemos que entender por qué esos niños tuvieron solo esa alternativa de vida para ganar dinero. ¿Ellos quieren estar en la línea de frente? ¿Ellos quieren terminar con el cuerpo en el piso? ¡Te digo con seguridad que no quieren! Pero no tienen oportunidades: las escuelas públicas son una vergüenza en todo Brasil. Puedes contar con los dedos de las manos los días de clases que tienen en la favela.

Esos jóvenes infractores son vistos con un arma en la mano, con una bolsita de marihuana en la mano y entonces muchos creen que necesitan ser abatidos, que es entre ellos o el bandido.  ¿Pero eso fue construido por qué? Brasil fue el último país en abolir la esclavitud y aún no hace ninguna reparación. Con la intervención militar, Brasil ratifica que el lugar del negro es la favela; si no es en la favela, en las prisiones; y si no es en las prisiones, en el cementerio. La militarización viene una vez más a reafirmar esa situación.


Monica Cunha, cincuenta y dos años: mujer, negra y militante

Tengo dieciséis años de militancia en derechos humanos, que comienzan con la situación de mi propio hijo. Soy una mujer negra, habitante de la zona norte de Río de Janeiro y tuve tres hijos. Mi hijo de en medio se llamaba Rafael da Silva Cunha y se convirtió en adolescente infractor. A los quince años de edad, entre 2000-2001, ingresó en el sistema carcelario para cumplir medidas socioeducativas.

Hasta conocer ese lado cruel de la vida yo vivía una situación razonable; con mi marido teníamos pensión, trabajaba en la cocina. Después trabajé en restaurantes y bares. Pero una de las primeras cosas que me pasó cuando empecé a vivir esa experiencia, fue perder mi trabajo por causa de los días de visita a mi hijo, que cumplía las medidas socioeducativas. Al perder mi trabajo, perdí mi sustento y ahí comencé a decaer.

Del 2001 a la fecha comienza mi entendimiento, al principio muy crudo, porque yo nunca había vivido eso en mi familia. Aprendí todo al aventón, con muchos tropiezos, siendo muy maltratada, irrespetada, me quedé sin mi autoridad de madre retirada; no era vista como madre pero sí culpada por haber parido un hijo que está dentro del sistema carcelario.

Yo entendí bien al principio que necesitaba estar junto a esas otras familias (de jóvenes cumpliendo medidas socioeducativas), y principalmente haciendo un corte de género y raza, porque eran las personas que estaban en esa lucha junto a mí desde el inicio. Entonces yo visualicé que mi lucha necesitaba comenzar por ahí. Empecé yo misma a identificarme como mujer negra –en mi generación no era algo que pasaba de inmediato–. Esa identificación ayuda también a entender por lo que estaba pasando, incluso otras mujeres con historias más complicadas que la mía, con una situación de vivienda mucho más compleja, pues yo nunca viví en una favela. Esa separación entre asfalto y favela existe y es real.

Al poco tiempo fui entendiendo mejor las formas de acción, me formé como técnica en asistencia social, coordiné proyectos dentro del gobierno del estado. Actualmente trabajo en la Comisión de Derechos Humanos de la Asamblea Legislativa de Río de Janeiro (ALERJ), presidida por el diputado local Marcelo Freixo (PSOL), y continúo en la Criola (institución de veinticinco años enfocada en la defensa de los derechos de las mujeres negras en el estado de Río de Janeiro). Para poder estar dentro de todo esto y tener una base, fundé el Movimiento Moleque[III], constituido por madres y familiares de adolescentes dentro del sistema penitenciario, en un contexto que debate el derecho de esas madres y familiares a cuidar a esos niños y quitarles la culpabilidad que les es impuesta; la sociedad cree que nosotros los familiares somos los culpables de que los adolescentes cometieran esos actos delictivos.

Lo que ocurre es que el delito cometido por jóvenes crea una percepción de que esos niños pueden ser asesinados: «(muchas personas piensan) yo puedo matar a ese niño porque, al final de cuentas, él ya robó a alguien, ¡él es un ladrón!». El Movimiento Moleque debate que más allá de que Brasil no tenga pena de muerte, los adolescentes no pueden cumplir una pena, pero sí medidas socioeducativas. Por eso es fundamental el apoyo familiar a los jóvenes, pues no solo la madre es responsable; muchas veces no tienen padre. Ellos apenas donaron su espermatozoide. ¿Pero y las abuelas, las tías, las primas? El Estado, frente a los jóvenes cumpliendo estas medidas, lidia solo con las madres, lo que hace que carguemos con todo ese peso en las espaldas.

La culpa no es de ese joven ni de su familia. Toda esta situación se caracteriza por el racismo, que lleva a los adolescentes a estar donde están, a acabar con sus propias vidas, a ser enterrados por cuenta de esto. En un país donde la mayor parte de la población es negra, no tenemos las mismas oportunidades: no tenemos políticas públicas que funcionen, que hagan que ese niño esté en una situación de derechos adquiridos y consiga tener una infancia y una adolescencia con todas las oportunidades que cualquier otro de clase alta tiene.


 

El asesinato de Marielle Franco

Ese asesinato fue muy grave, fue una pérdida muy profunda. Esa relación con las mujeres era lo que ella gritaba con mucho orgullo: «¡yo vine de la favela, yo vine de Maré, yo soy mujer, mujer negra! Yo viví eso». Ella traía en el cuerpo la experiencia que la mayoría de nosotras, mujeres negras, vivimos; pero para tener voz es muy difícil. Construimos a varias manos, y entonces conseguimos colocar a Marielle allá (en la posición de relatora). ¡Esa mujer que gritaba por la pérdida de nuestros hijos, esa mujer que gritaba por el encarcelamiento de nuestros hijos, esa mujer que gritaba las malas condiciones en que vivimos! Ella entendía bien lo que nosotros también gritábamos.

Su asesinato es una pérdida irreparable, fue un golpe duro. Pero como nosotros estamos acostumbrados a llorar y a desesperarnos al ver cómo nuestros hijos son abatidos, nosotros tenemos que limpiar nuestras lágrimas antes del entierro y salir gritando por justicia. Y fue exactamente lo que hicimos a partir de la ejecución de Marielle. Ya estamos al frente gritando por justicia. Ya estamos haciendo eco a sus palabras. Ya estamos no dejando morir su voz y lo que ella pregonaba. Su asesinato es matar otra vez la voz del pueblo negro. Afirmar otra vez que esa mujer es negra, que esa mujer pertenece a la favela.

Cuando Marielle llegó allá (a la Asamblea legislativa), no estaba maquillada. Ella fue para, de hecho, cumplir lo que los electores esperaban de ella. Ella cargaba muchas cosas como negra, favelada y lesbiana –imagina la dificultad que es para tantas chicas dentro de la favela la homofobia y personas queriendo matarlas–. Y ella levantaba el debate «¡La gente si puede! ¡Podemos ser!». Son muchas las demandas que venían en su cuerpo y que su cara mostraba.

Marielle es un símbolo muy fuerte. ¡La voz de Marielle no puede morir! ¡Y la voz de Marielle está en todas nosotras! Desde el miércoles a las diez de la noche, todas nosotras, las mujeres negras, nos llamamos Marielle Franco; levantamos su bandera, que es nuestra bandera. Vamos a dar continuidad a todo lo que en un año y tres meses ella comenzó. Nosotros podemos estar en esos espacios, la Cámara legislativa en Brasilia. Esos espacios son nuestros, no solo como legisladoras y diputadas, pero también ocupándolos como sociedad civil.

Ese fue el legado que esa mujer nos dejó y que no vamos a callar. Cuando me preguntan quién cometió esa brutalidad contra Marielle, yo respondo: ¡fue el racismo! Fue la forma como este país trata a la mayor parte de su población. Ellos dejaron en claro que para un negro no hay diferencia entre si eres un vendedor de dulces, una empleada doméstica o legisladora. Al final de cuentas el cuerpo termina en el piso, baleado, de cualquier forma. Pero no nos van a amedrentar.

*Traducción de Juan Caloca

 


Para saber más sobre el caso:

«Brasil llora por una mujer negra, lesbiana y feminista»

https://elpais.com/elpais/2018/03/20/opinion/1521563964_872691.html

«Cuatro balazos contra Río de Janeiro»

https://www.nytimes.com/es/2018/03/22/opinion-pires-brasil-marielle-franco/?smid=tw-share-es

 

En portugués:

«Nota do PSOL: Marielle Franco, presente!»

Site do Partido Socialismo com Liberdade, março 2018 >>

«Meu guri: a mãe, a avó e a mulher de um dos 250 mil brasileiros presos antes do julgamento» Revista Piauí, setembro 2017 >>

«Mal-estar na caserna: Intervenção no Rio expõe divergências entre generais e empurra o Exército para o centro do processo eleitoral»

Revista Piauí, março 2018 >>

«Homenagem a Marielle de um coronel da PM do Rio: Os sinos dobram por ti»

Geledés, março 2018 >>

https://www.geledes.org.br/homenagem-marielle-de-um-coronel-da-pm-do-rio-os-sinos-dobram-por-ti/


 

[I] Término usado para designar a los habitantes de la favela. N. del T.

[II] Popularmente conocido como Maré, es un barrio en la zona norte de Río de Janeiro con un inmenso aglomerado de favelas, que se constituye como un verdadero complejo urbano, donde se mezclan sub-barrios, viviendas precarias y conjuntos habitacionales sin infraestructura y saneamiento básico. Para el año 2006 contaba con cerca de 130 000 habitantes. N. del T.

[III] Moleque en portugués se refiere a un infante, niño o muchacho. También pude ser usado como término despectivo.  N. del T.

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