Confused Travolta en la FIL Guadalajara

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El mejor grito de batalla que escuché este año en la FIL Guadalajara es este, proferido por los editores Malcolm Otero (Malpaso) y Miguel Aguilar (Debate): “¡A inmaduros nadie nos gana!” Hablaban de su habilidad compartida para convertir hasta el más soso de los bares en un pequeño paraíso de camaradería y jolgorio. Pero hablaban, incluso sin notarlo, de la niebla de eterna adolescencia en la que nos desenvolvemos muchos de quienes estamos vinculados a la industria editorial.

(No, desde luego, los grandes jefes de consorcios; ellos sí son adultos.)

Sería hipócrita negar que para cientos de personas lo importante de la FIL nunca fue comprar libros (aunque sí que nos importa que nos regalen muchos), ni asistir a presentaciones o amarrar un buen anticipo o tomarnos una selfie con Fernando del Paso: lo importante es o era la fiesta ritualizada hasta extremos que demandan una agenda más precisa que las de prensa o presentaciones públicas. Hay que pasar a tomarse un mezcalito en el stand de Almadía. Ya todos saben que la fiesta de Sexto Piso estará llenísima y no se podrá ni caminar hasta la barra. El lunes toca ir al Veracruz. Punchis punchis en la fiesta de los periodistas: a los veinte te viaja, a los treinta está chido porque ligas niñas entachadas (qué deliciosamente besan), a los cuarenta estás sordo y dejas de pensar que esta es la mejor party de la FIL y te largas temprano al hotel. Ah, el hotel: la gente dice con envidia “Es que tú estás en el Hilton” como si fuera gran cosa. Neta, no (y ahora menos, porque cerraron la diminuta terraza bar del rincón y hasta el estrambótico restaurante Angus con sus meseras y hostess estilo Libro Vaquero en minifalda apretadita, ya no hay moral, carajo): el room service es tan malo como la peor lanchonete de Sao Paulo y las camaristas te regañan si desgarras la bolsita de papel del café porque según ellas eso tapa la cafetera; el único chiste de hospedarse ahí es que el edificio está mero enfrente de la entrada de la Expo y hay agentes de tránsito controlando tu paso peatonal, lucky you. Eventualmente terminaremos en la Mutua o en el Pigalle (antiguo El Gato Verde) o en alguna cantina del centro previamente hipsterizada con aroma sintético a meados de caballo. Los cocteles de los grandes consorcios no son eventos sociales sino mega-reuniones multitasking de trabajo. Y mejor ni mencionar las discretas llamadas telefónicas a doña O., quien pa pronto aparece trepada en sus muletas y dispuesta a nutrir aventureras alforjas con sustancias más complejas que el hielo en sobrecitos rotulados con fondo negro y dorados cráneos. Etcétera.

Tal vez la ocasión en la que más disfruté una FIL Guadalajara (naturalmente, es la perra nostalgia la que habla: en su momento no lo viví de esta manera) fue en 2001. Lo recuerdo porque al dejar el hotel baratón donde me hospedó Tierra Adentro escuché la noticia de que George Harrison había muerto. Yo tenía 30, me había ligado a tres o cuatro chicas, podía decir cualquier imprudencia impunemente y mi cuerpo contaba con una tolerancia gilgaméshida a cualquier tipo de sustancia intoxicante –salvo la marihuana. Poseía además un regalo raro que a veces dura poco: escribía bien pero nadie tenía la menor puta idea de quién era. El talento mezclado con anonimato se parece a los cocteles de bienvenida que te sirven en cualquier fiesta de la FIL: son deliciosos, embriagan enseguida, salen gratis. Uno piensa en ellos con desprecio durante toda la noche (o durante toda la feria), hasta que los extrañas a la mañana siguiente (o diez años más tarde), cuando te pega la cruda y no recuerdas ya cómo demonios se preparaban.

Mi estatus filesco ascendió un poco en 2006, y luego un mucho tras el lanzamiento de Canción de tumba: la FIL es –entre otras cosas– un reality show y un celebrity deathmatch y un american idol. Las ediciones 2012 y 2013 fueron fiesteras, glamorosas, denigrantes, ambiguas, gloriosas, frívolas y tristes: más que a una feria del libro, yo viajaba al lugar donde se pudren los puños de los campeones sin corona. Por eso no asistí en 2014 y por eso este año decidí viajar en compañía de Mónica y Leonardo, mi mujer y mi hijo. Llámenme puta arrepentida: de vez en cuando me canso de que nadie me gane a ser un inmaduro.

Estuvimos tres días. El primero, sábado, fue mi jornada penguin random: pasé el mayor tiempo que pude en compañía de Andrés Ramírez, quien no solo es mi editor sino colega poeta y, sobre todo, mi bróder. Cenamos con autores y editores de la empresa en el Anita Li; qué delicia réproba la comida yucathai. Me enteré de que Mónica Carmona, editora imp(la)[e]cable, renunció a su puesto en Reservoir Books. No especularé acerca de las causas porque no tengo información y porque mi horizonte es parcial: Mónica C. fue la editora original de la historia de la muerte de mi madre. Diré nomás que esta dimisión me parece una patada en la espinilla del gigante Penguin Random House; ustedes se la pierden, chicos.

Ya que estamos, fue un poco raro ver por primera vez dentro de un mismo stand los libros de Alfaguara y los de aquello que alguna vez se llamó Literatura Mondadori. Editores que hace menos de dos años se miraban de reojo e intentaban “robarse” a tal o cual autor ahora departen con alegría moderada en un mismo coctel. Equipos de prensa que antes fueron vagamente enemigos, esta vez trabajan codo a codo para arrear a su establo de autores (casi cada novelista medio muerto de la cruda) a entrevistas y firmas. Vendedores intentan dominar un catálogo que hace poco era solo Moby Dick y de golpe se ha vuelto King Kong versus Godzilla… Fue curioso ver también el gran póster con el que Literatura Random House promociona la última adquisición de la casa: Besar al detective de Élmer Mendoza, un autor que abandonó Tusquets junto con otros narradores del sello y en compañía de la ex editora Verónica Flores, convertida recién en agente literaria: una suerte de meksican Jerry McGuire… Extraña forma de vida, la de escritores y editores: somos apasionados, le damos un profundo y casi siempre sincero valor a la amistad, el amor, la fidelidad, el compromiso. Y, al mismo tiempo, a cada rato estamos yéndonos a la cama con la vecina de junto.

Ah, sí: también vi pasar por el lobby del Hilton a Enrique Vila-Matas y a Salman Rushdie –este último con su impactante dispositivo de seguridad. Por si andaban con el pendiente.

Mi segundo día en la FIL cayó en domingo y estuvo consagrado (no fue adrede de mi parte) a editoriales medianas. Dediqué las primeras horas a entrevistas y charlas de café y, en una pausa, me di una vuelta por los stands de Sexto Piso y Almadía. A Guillermo Quijas lo saludé un poco deprisa. Lamenté no poder presentar (por tiempo y compromisos) Conjunto vacío, la primera novela de Verónica Gerber Bicceci, una de las más radicales escritoras mexicanas que conozco. Al rato vi pasar corriendo por uno de los pasillos a Diego Rabasa, editor de Sexto Piso. Ni nos saludamos: grité en broma Aguas, te caes pero no me escuchó y siguió corriendo. Otro buen libro que me hubiera gustado presentar (y que salió bajo el sello de Sexto) es La memoria de las cosas de Gabriela Jauregui. Espero que le vaya bien, porque tampoco es que una editorial pueda basar eternamente el prestigio de su catálogo mexicano en un cartucho quemado que lleva años prometiendo la novela que le dará carpetazo a Los detectives salvajes, ¿verdad?… Después llegué tarde a la presentación de Norte, la antología de narrativa compilada por Eduardo Antonio Parra para Era. Más que a una presentación literaria, me pareció haber asistido a una reunión de ex alumnos de la prepa: todos los de la mesa han sido mis amigos desde hace un cuarto de siglo; ni siquiera voy a discutir lo obvio, el norte es el nuevo polo de referencia de la literatura mexicana (incluso cuando se trata de hablar de escritores imaginariamente norteños como Yuri Herrera o Juan Pablo Villalobos). Marcelo Uribe, mi otro editor, me acomodó el cuello del saco (todo mundo sabe que soy un malvestido pero qué quieres: últimamente me gustan los sacos) antes de que subiéramos a la mesa. Luego cenamos en La Res Pública (exquisito: ojalá los parrilleros chilangos fueran a verlo para entender de qué se trata asar cortes a la argentina) y volví al Hilton con la intención de ir a la cama temprano. Sucede que ignoraba que ese día era cumpleaños de Malcolm Otero, mi otro editor, a quien me topé en el bar del hotel. Con él y más amigos estuvimos conversando a gritos hasta las cinco de la mañana (inmaduros como somos) de catálogos editoriales, novelas recientes (mi favorita es Las tierras arrasadas de Emiliano Monge), las malas estrategias de las editoriales pequeñitas (ni siquiera se les ocurre proponerte una lectura o una firma en su stand cuando tienes un libro con ellas y ya todos tus gastos los pagó otra persona) y el cinismo salvaje de los emporios impresos. Hablamos también de las buenas intenciones en los proyectos editoriales de gobierno y de su falla básica: el aparato administrativo, o, para decirlo más claro, el tiquismiquis despotismo de las áreas contables, que lo envilecen todo; gente más repugnante no existe en el mundo. Fue la charla más intelectual y borracha que tuve en esta FIL Guadalajara. El alcohol es el aceite con el que lubricamos los engranes de la cultura de los libros.

El tercer día se lo dediqué a México: fui a conversar con una rara prepa de chavitos pobres financiados por burgueses tapatíos democristianos (una especie de Tec de Monterrey para elois), hablé de cuentos con un canal de tv universitario, presenté una mesa de autores latinoamericanos cuyo tema principal fue la balcanización de la literatura de nuestra lengua y continente, presenté Los 43 de Iguala de Sergio González Rodríguez (estuve pésimo: me emocioné y hasta hablé mal del gobierno, soné absolutamente chairo; lo bueno es que estaba ahí Héctor de Mauleón, quien con su cinismo brillante puso las cosas en su sitio) y, nomás pa rematar, asistí a un raro coctel metaburgués en un lugar de Habita que se llama Casa Fayette. Demasiado lujo para mí. Me sentí incómodo con mi saco café estilo Clavillazo entre tanta gente tan guapa y tan lista que se merece un príncipe o un dentista, como reza la canción. Pasé el mayor tiempo que pude muy cerca de la barra.

Y eso es todo. O no: mis amigos están envejeciendo, están volviéndose padres o madres, se quieren divorciar, han mudado de roles laborales al interior de la pareja, se los está cargando el payaso, se quedaron huérfanos de madre este verano, ganaron cien mil dólares en un premio de poesía, tienen que dormir en el piso del baño cuando viajan en familia porque roncan, dicen que ya no beben pero beben, comparten casa con su ex en plan de roomies pero su ex aún las maltrata, están perdiendo el pelo, ganando peso: mis amigos son personas reales “a pesar de la literatura” (como dijo una vez mi compadre León Plascencia Ñol). A pesar de la FIL Guadalajara.

Mónica, Leonardo y yo nos trepamos al carro el martes por la mañana. Durante todo el camino de regreso a Saltillo me resonaban en la cabeza los últimos dos versos de Just Like Tom Thumb’s Blues, la rola de Bob Dylan: “I’m going back to New York City / I do believe I have enough”. También recordaba esa escena en la que un confundido John Travolta en el papel de Vincent Vega le dice a una Mia Wallace casi tan bella como la FIL: “Ahora, si me disculpas, me voy a mi casa a que me dé un infarto”. Mi amiga Mabel Garza me mandó un mensajito: “Qué envidia, que anden en la FIL”. Recordé una anécdota que ella misma me contó: cuando Julian Schnabel expuso en el MARCO, en Monterrey, asistió acompañado de su esposa. Todas las señoras de la alta sociedad regiomontana le decían a la mujer algo así como: “Debe ser maravilloso estar casada con un genio”. Dice Mabel que la esposa de Schnabel sonreía y contestaba, en español: “Clarou, cuerrida; perro vivi coun él”.

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