Consolidando la paridad de género. Retos del gobierno de Morena en el empoderamiento político de las mujeres

El nuevo gobierno que encabeza Morena tiene el reto de hacer efectiva la paridad de género y la implementación de los derechos políticos de las mujeres más allá de las cuotas. Los años por venir serán sustanciales para las mujeres que participan de la vida pública política mexicana.

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El movimiento feminista occidental, en particular el de la segunda ola, logró grandes avances al luchar por la inclusión de los derechos de las mujeres. Desde entonces –si observamos uno de los lados de la moneda– alrededor del mundo se han abierto espacios educativos, laborales y político-electorales que han abonado al cambio de percepción sobre nuestro rol social o el deber ser que tenemos en la vida. Como resultado de esto ya no es «tan raro» ver a Cristina Kirchner ocupar un puesto presidencial o a Hillary Clinton competir por una de las posiciones políticas más poderosas del mundo.

En México, una de las apuestas gubernamentales para lograr la inclusión de las mujeres en la esfera política ha sido la implementación del sistema de cuotas de género. La jornada electoral presenciada el pasado 1 de julio dejó claro que por primera vez en la historia del país la participación de hombres y mujeres en los puestos del Senado son equitativos, pero frente a este escenario es necesario preguntarnos: ¿son suficientes las cuotas de genéro en materia electoral para el avance político de las mujeres?


¿Qué ha modificado México para la inclusión político-electoral de las mujeres y por qué no está funcionando?

Los últimos años han traído consigo grandes avances en materia de reconocimiento de derechos políticos en México y América Latina a partir de una multiplicidad de reformas electorales que promueven la inclusión de las mujeres en las instituciones democráticas. Al día de hoy podemos afirmar que existen más mujeres en puestos de decisión e intereses de género representados como nunca antes en la historia democrática de los países latinoamericanos.

Así, la participación política de las mujeres mexicanas ha vivido diferentes transformaciones tanto en dinámicas sociales como en aspectos legales encaminados a la búsqueda de expandir adecuadamente sus derechos civiles y políticos y transitar a una democracia paritaria. Además, los movimientos feministas y grupos políticos que buscan posicionar derechos desde sus agendas tienen más capacidad de influencia que antes.

A lo largo de la historia las mujeres han tenido un reconocimiento lento de su estatus de «ciudadanía», situación que ha tenido como efecto que no participen de la política de forma plena y en condiciones de paridad, entre otras razones porque socialmente seguimos rodeadas de múltiples barreras y obstáculos en el acceso y la permanencia de los espacios ejecutivos de poder, la toma de decisiones y los cargos de representación política.[I]

En ese sentido, las cuotas de género se expandieron de manera extraordinaria en las últimas dos décadas en un contexto internacional y regional de derechos humanos, lo que provocó un impacto en México a principios de la decada pasada. El objetivo era construir una base sólida que garantizara la efectiva integración de las mujeres a los organismos de decisión y a las instancias de poder público por medio de obligar a incluir porcentajes mínimos de participación femenina. [II]

Si bien desde 1993 la legislación electoral incluía algunas recomendaciones para promover la participación de las mujeres en los partidos políticos, no fue hasta el 2002 que se publicó la reforma para establecer la obligatoriedad del sistema de cuotas de género en la legislación electoral nacional. Primero se exigió a los partidos políticos respetar la ecuación 70/30 de candidaturas para ambos sexos en los comicios federales[III], y después incrementarla a cuarenta por ciento. También se volvió obligatorio para los partidos políticos asignar un porcentaje del financiamiento público al desarrollo de liderazgo de las mujeres.

Aunado a lo anterior y con la finalidad de reforzar la participación política en condiciones de igualdad, en el año 2014 se llevó a cabo la reforma constitucional y legal en materia político-electoral, en la cual se reconoció el principio de paridad de género como una obligación de los partidos políticos al ser entidades de interés público y se instó a la postulación paritaria de cualquier candidatura desde una doble dimensión: horizontal y vertical.

Sin embargo, aunque las cuotas han servido como acelerador para la participación política de algunas mujeres, estas no resultan del todo funcionales para el ejercicio político y democrático de todas. Los factores que explican esta carencia son variados, sin embargo, se identifican dos fundamentales: el primero es que las cuotas no consideran por sí mismas elementos de combate al machismo y estrategias de redistribución y reconocimiento de poder sino solo el incremento cuantitativo en los lugares de representación, y el segundo es que la aplicación de las cuotas no ha funcionado igual en todas las entidades federativas y su legislación electoral, puesto que cada una tiene su propia Constitución, leyes y códigos de procedimientos electorales y autoridades locales. Por tanto, la aplicación de las cuotas de género se ha vuelto más bien algo discrecional de cada estado.


¿Cómo lograr la verdadera participación político-electoral de las mujeres?

Una dimensión poco explorada en el no funcionamiento de la participación político-electoral de las mujeres son los aspectos psicoemocionales que estas sufren durante el proceso de insertarse en la vida pública. Como ya se mencionó, aunque es verdad que los movimientos feministas han logrado cambiar  percepciones sobre los roles de género, este cambio de percepción ha beneficiado a muy pocas mujeres en México, sobre todo porque un porcentaje muy grande de ellas sigue viviendo en condiciones de desigualdad y de violencia.

Vivir en estado de opresión o mantenerse en proceso de salir de ella tiene efectos psicológicos y emocionales para las mujeres que intentan integrarse a los espacios públicos, sobre todo a aquellos en donde se construyen niveles altos de poder o en los que hay una predominancia de población masculina.

Según Mariana Caminotti, las cuotas de género no han logrado un impacto relevante precisamente porque al interior de los partidos políticos siguen existiendo grandes limitaciones para remover las diversas barreras que operan en la base de la desigualdad de las mujeres. Por un lado la naturaleza multidimensional de los obstáculos que las mujeres enfrentan para participar en la actividad política, pero también por las dinámicas y reglas informales relacionadas con el desigual reconocimiento y las prácticas sexistas ‒muchas veces de manera velada‒ hacia las mujeres. [IV]

Esto se debe a que la entrada de las mujeres al mundo laboral y al espacio público nunca estuvo acompañada de una renegociación del contracto social , aquel en el que la mujer está a cargo de las tareas domésticas y familiares, aun cuando tenga un trabajo formal.[V] Según datos del Inegi[VI], en el 2016, 75.3% del valor del trabajo no remunerado en labores domésticas y de cuidados en el hogar fue hecho por mujeres; la actividad a la que las mujeres le destinan la mayor cantidad de horas es la de servicios de «alimentación»; con 32.2% de su tiempo; la actividad con la que generaron el mayor valor económico corresponde a los servicios de «cuidados y apoyo» a los miembros del hogar. En promedio, en el 2016 el trabajo en las labores domésticas y de cuidados que hizo cada mujer equivale a haber contribuido con 51,962 pesos anuales, mientras que la contribución por cada hombre que lleva a cabo estas labores asciende a 18,943 pesos por el mismo periodo.

Una implicación importante de esto es que haber ocupado durante tantos años únicamente el espacio privado en labores consideradas secundarias, ha impactado en la percepción y autopercepción que tenemos de nosotras en el espacio público. No solo los hombres sospechan de las capacidades de las mujeres, muchas de ellas también dudan de sus capacidades. Esto es así porque en la vida cotidiana y la práctica profesional tienen aún que luchar con estereotipos y sexismos (el famoso techo de cristal y de cemento), además de invertir una buena parte de energía emocional ‒transformada en estrés y ansiedad‒ en lidiar con el complejo de culpa de no poder cumplir con lo supuestamente atribuido a su rol social: la maternidad, el miedo a estar sola o tener que elegir entre la vida pública y la privada, puesto que las posiciones directivas o de mando exigen una dedicación de tiempo casi completo.

Otro escenario es que al ser pocas las mujeres que ingresan a los puestos públicos, no se ha logrado un cambio con enfoque incluyente para ellas y lo natural es demandar niveles de empoderamiento o liderazgos feroces similares a los que se les piden a los hombres, pero con la diferencia de que a nosotras nunca se nos han enseñado culturalmente cómo ser líderes; es habitual encontrar mujeres con pocos niveles de ambición, situación que resulta reprobable en puestos directivos y, por tanto, se traduce de inmediato como incompetencia de género.[VII]

A la par de los diversos escenarios psicosociales y de roles de género impuestos, una mujer que decide involucrarse en la vida pública suele vivir niveles de violencia distintos a los de su contraparte por el simple hecho de ser mujer. La pregunta que surge ante este escenario es: ¿cómo lograr entonces la paridad de género? Si bien los últimos resultados electorales muestran avances estructurales importantes en la equidad de lugares ocupados por hombres y mujeres en la Cámara de Senadores, los planes de acción para llevarlo a la práctica aún distan mucho del enfoque de redistribución y reconocimiento necesario para lograr la igualdad de oportunidades y de participación.

Por ejemplo, la mayoría de las propuestas de los candidatos aunque incluían temas de  «igualdad de género sustantiva»,[VIII] estas resultaron muy alejadas de la redistribución de poder, se habla mucho del incremento de primarias, guarderías y estancias de tiempo completo para brindar más autonomía a las mujeres, pero casi nada del ajuste a los tiempos de las licencias de paternidad o de estrategias que permitan la responsabilidad compartida de crianza.

En este sentido, es necesario que las estrategias que se planteen para fomentar la participación político-electoral de las mujeres realmente permitan una verdadera expansión de sus derechos políticos. Estas estrategias no solo deberán considerar la representación, por el contrario, deberán partir de una concepción adecuada de la justicia,[IX] buscando acciones transformativas que permitan la redistribución de ingresos y la igualitaria división del trabajo, pero también permitir el reconocimiento de las mujeres desde el cambio cultural y simbólico. Es decir, dejar de pensar que la participación política de las mujeres se resuelve con abrir e incrementar el número de lugares femeninos en los poderes y más bien considerar que para lograr una participación plena de género, es necesaria la redistribución de poder en todas las esferas de su vida.

Sin lugar a dudas, este ejercicio no solo deberá plantearse como un mecanismo de aprendizaje para «normalizar» la presencia de las mujeres en la esfera pública sino como una estrategia de transformación multidimensional, que permita reconocer las diferencias entre mujeres con sus diversos niveles de capacidades y accesos al poder y, por tanto, incentivar el fortalecimiento de sus habilidades de liderazgo a la par de sensibilizar en la construcción de nuevas masculinidades que permitan eliminar la dominación patriarcal y la violencia política contra las mujeres.

 

 


[I] Centro de Estudios para el Adelanto de las Mujeres y la Equidad de Género (CEAMEG), La participación política de las mujeres. De las cuotas de género a la paridad. [Documento PDF]  Febrero 2010, obtenido en http://www.diputados.gob.mx/documentos/Comite_CEAMEG/Libro_Part_Pol.pdfConsultado el 25 de marzo de 2018.

[II] Ibid, pp. 23 y 113.

[III] Ibid, p. 54.

[IV] Mariana Caminotti, Cuotas de género y paridad en América Latina: mujeres, partidos políticos y Estado, Chile, Mimeo, 2015.

[V] Karolina Gilas, Con las cuotas no basta. De las cuotas de género y otras acciones afirmativas, México, TEPJF, 2014

[VI] Inegi, Estadistícas a propósito del día internacional de la mujer [documento PDF], marzo 2018, obtenido en http://www.inegi.org.mx/saladeprensa/aproposito/2018/mujer2018_Nal.pdf . Consultado el 23 de marzo de 2018.

[VII] Flavia Freindenberg, «Por qué a las mujeres les cuesta tanto hacer política? Diagnóstico, barreras y buenas prácticas para mejorar la representación femenina en América Latina», en Karla Valverde, Ciudadanía y Calidad de Vida, México, UNAM, 2016.

[VIII] Meade 18, Propuestas, Para un gobierno de resultados una precampaña de propuestas obtenido de https://meade18.com/propuestas/igualdad-de-genero-sustantiva/. Consultado el 23 de marzo de 2018.

[IX] Nancy Fraser, Iustitia Interrupta: Reflexiones críticas desde la posición «postsocialista», Bogotá, Siglo de Hombres Editores, pp. 17-37. Versión en Word, pp. 1-18, 1997.

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