¿Contar historias o contar cadáveres?: el Nuevo periodismo de Walsh

Rodolfo Walsh es el nombre de una escritura que tomó postura y puso las manos al fuego por el derecho de las víctimas de la violencia de Estado a la recuperación de la verdad y a la justicia. En 1977 firmó su sentencia de muerte, desde entonces se cuenta entre los miles de detenidos desaparecidos por la última dictadura argentina.

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El basural de José León Suárez, a las afueras de Buenos Aires, recubre una docena de orificios de bala, tiros de gracia y masa encefálica. A su vez, estos esconden miles de nombres enviados al anonimato. Como muchos otros espacios en la Argentina de la dictadura militar, este descampado funcionó como cementerio clandestino, como sede del poder estatal. Ante esto la pregunta para la literatura y el periodismo fue y sigue siendo: ¿qué tiene que hacer la máquina de escribir frente a la picana eléctrica?

Rodolfo Walsh (1927-1977), nacido en Río Negro, Argentina, decía que la máquina de escribir, según cómo la operes, es un abanico o una pistola. Para él el arte no podía estar ya separado de la política; debía ayudar a hacer conciencia del momento sociopolítico. Debía cumplir un papel subversivo. Para ser más específicos: la literatura debía apelar a lo documental, a lo testimonial.

Para llegar a estas conclusiones, Walsh tuvo que pasar por un vertiginoso camino literario, periodístico, histórico y social que culminó con su desaparición forzada. Desde muy joven –entrados los años cuarenta–, Walsh comenzó a trabajar como corrector de pruebas y periodista, un trabajo que mantendría el resto de su vida en distintos periódicos y revistas. En los años cincuenta incursionó en la escritura creativa con relatos policiales. De acuerdo con Sylvia Saítta, los cuentos del argentino pueden dividirse en dos periodos: de 1950-1955, cuando escribe relatos policiales clásicos; y de 1956-1962, cuando hace relatos policiales en los que el policía fracasa.

En su primer periodo de escritura, sus cuentos, protagonizados por el periodista Daniel Hernández y el comisario Jiménez, representan el relato policial clásico que se resuelve por medio de juegos ajedrecísticos. El criminal plantea un desafío que se resuelve por lógica, sin la presencia de elementos azarosos; no hay violencia durante su resolución y cuando se descifra, se restablece la confianza en el orden social.

En cambio, los cuentos del segundo periodo presentan otra construcción. El cuento policial de enigma se va tornando novela negra. En estos relatos se pierde el carácter tranquilizador de la justicia. El detective, ahora representado por el comisario Laurenzi, resuelve el caso, pero termina por empatizar con el delincuente. Laurenzi pierde la certeza de cuál es su lugar y su deber en la sociedad, no por ser corrupto, sino porque se encuentra en un estado en el que es necesario hacer justicia por mano propia debido a la corrupción de las instituciones. En estos relatos se vuelve ambigua la relación víctima-verdugo. Ya no hay un asesino solitario, hay toda una sociedad podrida.

¿A qué responde el tránsito del cuento policial clásico al fracaso del detective? ¿Qué irrumpe en Walsh? El parteaguas que divide estos periodos es un acontecimiento que modifica su visión de la justicia: la primera escritura de Operación Masacre, entre 1956-1957.

El 9 de junio de 1956 en Buenos Aires se produjo un levantamiento militar contra el gobierno de facto que había destituido a Juan Domingo Perón el año anterior, durante su primer mandato. El levantamiento fue rápidamente sofocado. Esa madrugada un grupo de policías invadió un departamento donde alrededor de doce hombres veían una pelea de box. Todos fueron arrestados bajo la sospecha de estar inmiscuidos en la revolución. El arresto ocurrió una hora y media antes de que entrara en vigor la ley marcial. No se les instruyó proceso, no se averiguó quiénes eran, no se les dictó sentencia, solo fueron arrestados y trasladados para fusilarlos en un basural en José León Suárez.

Rodolfo Walsh vivió el levantamiento en La Plata, a un par de cuadras de su casa. Walsh relata que, pegado a las persianas de una ventana, escuchó morir a un hombre en la calle y que, mientras el conscripto agonizaba no gritó «¡Viva la patria!», sino «¡no me dejen solo, hijos de puta!».

Al día siguiente se publicaron en los diarios las listas de los fusilados bajo la ley marcial. En ellas no se incluyeron correctamente los nombres de los doce asesinados del basural. Meses después, en un café, Walsh se enteró de que uno de los fusilados aún vivía. Su búsqueda por este superviviente y su historia generaron Operación Masacre, el trabajo al que Walsh le ofrendó su vida. Junto con Enriqueta Muñiz, se dedicó durante meses a la búsqueda del superviviente Juan Carlos Livraga. Este hombre, desfigurado a tiros, vuelve de la muerte para revivir su historia y exigir justicia; pero no vuelve solo, trae consigo otros seis supervivientes de los cuales no se tenía noticia; supervivientes que ponen en riesgo al régimen que intentó aniquilarlos.

Walsh comienza por redactar una serie de notas respecto a este acontecimiento en distintos diarios; de hecho, las únicas notas que existen en la prensa de la época sobre el tema son suyas. Nadie más se atrevía a decir mucho. Publica en periódicos como Propósitos, de Leónidas Barletta; Mayoría; el periódico Revolución Nacional, y diversos folletines sindicales. Sin embargo, conforme avanza su investigación, entiende que el periodismo no es suficiente para generar una denuncia. Necesitaba otro formato para presentar el caso. No podía ser un texto enteramente literario ni del todo periodístico. Walsh quería una obra que actuara, que tuviera implicaciones jurídicas. No podía hacer una novela de los acontecimientos porque, como le explicó en una entrevista a Ricardo Piglia, «la denuncia traducida al arte de la novela se vuelve inofensiva, no molesta para nada, es decir, se sacraliza como arte». Pero, como sostenía Walter Benjamin, tampoco podía utilizar el periodismo, porque además de que nadie quería publicarlo por miedo, la prensa impermeabiliza el acontecimiento ante la experiencia. El formato del periódico expone un cúmulo de hechos aislados incomunicados entre sí, expresados en un lenguaje impersonal que cumple solo con una condición informativa, pero que no concientiza. Frente a esta problemática, el autor decide crear literatura fáctica, literatura de no-ficción. Al menos tres años antes de que Capote comenzara A sangre fría, Walsh fundó lo que se conocería como Nuevo periodismo.


Operación masacre, Leticia Picot

 

Walsh, al ver la falta de acción de la prensa de cara a un abuso estatal como el del 9 de junio, encuentra en la literatura una manera de cuestionar al periodismo que circula en el régimen y, a su vez, introducir su relato. A diferencia del periodismo en el que se busca realizar una versión oficial de los hechos, Operación… propone una construcción en la que el material documental adquiere diferentes significaciones. Conforme la obra avanza, las dudas y los crímenes se van multiplicando y las pruebas adquieren nuevas dimensiones. Cada capítulo establece nuevos campos de relaciones gracias al montaje con el que se construyen. La constante resignificación de los hechos implica al lector, tal como en los relatos policiales.

Durante toda la obra, Walsh da cuenta del proceso de investigación, ya sea en la narración o en paratextos. Pone de manifiesto que él no busca proyectar una visión transparente y completa del acontecimiento como pretende en general el periodismo común. Al contrario, habla de las encrucijadas del fusilamiento y sus vacíos. Muestra los testimonios que se contradicen, las informaciones faltantes, los misterios.

La honestidad que busca sembrar en su relato alude a la ruptura con discursos oficiales. Walsh puede generar sin miedo un relato literario de un hecho porque busca desmembrar la idea de una unidad del discurso. La crisis de la idea de un relato objetivo, mayormente discutido por la historiografía desde Hayden White (1973), ya ha puesto sobre la mesa la imposibilidad de considerar a la historia como un relato objetivo de los hechos: el historiador elige los hechos y habla por ellos, une los fragmentos del pasado dotándolos de una integridad discursiva que sin narración no tienen, hace una selección que no diverge demasiado de las técnicas de construcción literaria. Walsh comprende que, sin despliegue narrativo, no logrará dar sentido a la clandestinidad del crimen, pero también sabe que no hay tal cosa como una Verdad; por eso expone dudas y pide al lector que desconfíe de los posibles trucos verbales a los que acude cualquier periodista, y entienda que esa es solo una versión de lo ocurrido.

Operación… no busca expresar ni objetividad ni neutralidad, el autor no muestra una escritura desinteresada ni un discurso monológico o apartidista. Expresa sus juicios y objetivos: actuar e inspirar espanto para que jamás vuelvan a repetirse estos actos atroces. Él no quiere generar nuevos héroes o mártires. Su lucha personal es contra la barbarie, nada más.

Walsh hace un montaje de imágenes y declaraciones que se contradicen con violencia para evidenciar la manipulación de los medios, la corrupción del poder y el carácter opaco, autoincriminatorio del lenguaje. La violencia e indignación que genera el texto de Walsh provienen del desajuste y la confrontación de las pruebas con los discursos.

Estas imágenes que enfrentan las declaraciones de las versiones oficiales con las pruebas plagan el texto de espectros, de fantasmas. El libro está lleno de presencias fugaces, de pruebas que aparecen y desaparecen, de muertos vivientes.

Tras la primera publicación de Operación… en 1957, los juicios comenzaron. Quien dio la orden ilícita de fusilamiento fue el jefe de la policía, Desiderio Fernández Suárez. Él fue quien detuvo a la docena de hombres antes de que entrara en vigor la ley marcial y aplicó este decreto de manera retroactiva sin juicio alguno. Cuando Fernández es llevado a confesar, él mismo se incrimina aceptando la hora en la que allanó el departamento, la falta de resistencia de los arrestados y su inactividad revolucionaria. Pero no importa cuántos testigos y pruebas se presentaron, todo lo que el relato de Walsh demostraba fue sistemáticamente desfigurado por el gobierno de la Revolución Libertadora.

Las primeras dos ediciones de Operación Masacre llevaban un epígrafe de T. S. Eliot: «Una lluvia de sangre ha cegado mis ojos. ¿Cómo, cómo podría volver alguna vez a las suaves, tranquilas estaciones?». Esta frase inaugura un tiempo, el tiempo del no retorno del horror: el tiempo del superviviente. No obstante, el epígrafe cambiará tras las declaraciones del inspector mayor Rodolfo Rodríguez Moreno. Su declaración parecía cerrar el caso a favor de los fusilados. El inspector incrimina por accidente al Jefe de Policía al afirmar lo siguiente: «agrega el declarante que la misión encomendada era terriblemente ingrata para el que habla, pues salía de todas las funciones específicas de la policía». Esta frase que reconoce la ilegalidad de las tareas de Rodríguez Suárez será, a partir de la tercera edición y hasta ahora, el epígrafe del libro. Walsh da cabida a todas las voces, incluso la del enemigo.

A pesar de que Walsh refutó con pruebas cada uno de los argumentos de la policía, Rodríguez Suárez y sus secuaces salieron libres al reclamar que su causa era jurisdicción de un tribunal militar, no civil, argumento también falso. Una vez que Walsh pierde el juicio, el epígrafe pasará de ser una prueba que lucha por el restablecimiento de la justicia a una indignante muestra de la impunidad estatal.

Walsh reescribe una y otra vez este texto desde 1956 hasta 1973. Según la acción que va generando Operación…, el autor hace cambios micro o macroestructurales en el texto. Al ser un libro en diálogo con su entorno, Walsh comienza de forma paulatina a perder fe en la posible acción de su libro, como ocurre con el comisario Laurenzi en sus cuentos policiales.

Pasan más de cinco gobiernos y la justicia no se restablece. En las últimas ediciones Walsh escribe en el prólogo que reclamar justicia es ya una ingenuidad, pues el sistema se solidariza con los asesinos: después de los juicios, Fernández Suárez fue promovido por el general Aramburu, el entonces presidente de la nación argentina. Posteriormente, su sucesor, Arturo Frondizi, continuó defendiendo torturadores al ascender a Aramburu y manteniéndose ajeno a las víctimas. El sistema de justicia por mano propia que tanto exponía Laurenzi terminó por quemar a Aramburu, también sin juicio. La obra de Walsh no había cambiado nada.

La literatura, que era la ametralladora de Walsh, termina por hacerlo firmar su sentencia de muerte cuando el 24 de marzo de 1977 escribe Carta abierta de un escritor a la Junta Militar. En ella denuncia la censura de la prensa, la persecución de intelectuales, el allanamiento de su casa, las torturas, el asesinato, los campos de concentración, los desaparecidos, los encarcelados y la pérdida de su hija que militaba contra la Junta. En esta carta, incluida en la primera edición póstuma de Operación Masacre, se presentan las últimas palabras del compromiso de Walsh de dar testimonio y señalar a los verdugos. Él sabe a lo que se atiene, por eso firma con su nombre y número de identificación. Al día siguiente de su publicación, Rodolfo Walsh se sumó a la lista de miles de desaparecidos argentinos durante la dictadura. Pero se sumó como un vocero.

Sacar de entre los escombros los cascos de las balas, las identidades anónimas para narrarlas y darles reconocimiento, esa fue finalmente la labor de Rodolfo Walsh. Él nos mostró que frente al horror, el arte, el periodismo; y que todos tenemos dos opciones: podemos contar historias o contar cadáveres.

 

En portada: documento nacional de identificación de Rodolfo Walsh, tomado de la web del Espacio Memoria y Derechos Humanos [ex Esma].

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