Corona Capital o de cómo el slam es un crimen contra el outfit de los jóvenes

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Justo cuando los Primal Scream empezaron a tocar su emblemático sencillo Movin’ On Up, desenrosqué la tapa y le di un fuerte jalón al popper. Esa canción me provoca calambres de lo buena que es. Es como ir a misa en versión góspel-acid rock. El popper te detona una euforia que extrañamente sincroniza muy bien con la velocidad del beat del Screamadelica.

Empecé a saltar desorbitado. No era el único. Había un considerable público fanático de la banda escocesa. La mayoría éramos treintones cuarentones que no estábamos muy dispuestos a renunciar al desmadre punzante, aunque nos viéramos ridículos. La multitud hacía que los pies trastabillaran. Yo di unos pasos de espaldas sin control y me estampé con un par de gays que me quitaron de encima con una agresividad amanerada y soberbia.

Según yo eran homosexuales porque traían los jeans arremangados por arriba de las pantorrillas, como si prepararan el músculo para inyectarse heroína o algo así, y por los tenis de colores pastel con suela delgada, las barbas, y esa tendencia a fusilarse los modelitos de blogs de moda sin complicaciones arriesgadas: uno llevaba una sudadera con estampado de rostros de tigres y el otro una camisa rosa con cuello Mao bajo una chamarra Members Only. No se sabían ni una rola de los Primal y llevaban hablando horas. Creo que esperaban con ansias a Chromeo. Uno de ellos dijo: “¡Ay ya! ¿Sí sabías que esto no es el Vive Latino, verdad?” Su comentario nos dio risa a unos cuantos y empezamos a armar un pequeño círculo de slam, como si en realidad estuvieran tocando «Country Girl«, solo para molestarlos o un poco. O darles una razón real para molestarse.

Más o menos lo mismo me sucedió cuando salió al escenario Pete Doherty y compañía. Para mí los Libertines significaban un grado de deuda parecido al de los Postal Service. Cuando verlos en vivo se convirtió en una realidad, yo parecía porrista marginal en cocaína.

Recuerdo que cuando los Primal Scream tocaron en La Boom, frente al Toreo de Cuatro Caminos, en septiembre del 2011, como parte de la gira donde solo interpretaron el Screamadelica de principio a fin,  la pista de la disco se invadió de un pogo desenfrenado en el que hasta las chicas se llevaron sus buenos chingadazos, pues no querían quedarse fuera de la adrenalina. Un par intentamos protegerlas pero ellas mismas nos aventaban. Para mí y varios críticos que estuvieron presentes, ese fue uno de los mejores conciertos de la historia del rock en México.


El precio de la pose

La pareja de barbones terminó por moverse a otro sitio. Para muchos asistentes el outfit del festival era un propósito tan indispensable como no perderse el espectáculo visual de Fatboy Slim. En lo personal, creo que fue el show más plano de todo el Corona Capital. Aquello me recordó justo ese momento de la historia en que los raves valieron verga en el DF, cuando se perdió la destreza y el romanticismo por los viniles y solo había prioridad para los subidones más evidentes con los cuales detonar la tacha. Lo más miserable de mi parte fue que tenía un enorme morbo por ver su set. Tuvo momentos buenos, pero en general me pareció un extended mix psycho de Star 69.

Mucha gente se ha quejado, en las redes sociales y en los comentarios de otras crónicas y reportajes, que buena parte de la raza solo va al Corona Capital a pavonearse y no prestan mucha atención a los grupos.

Había muchas chicas insistiendo en usar coronas de flores en el cabello y jóvenes batos hipsters que hacen de cosas tan insignificantes como sacudir el hombro u orinar un acto de pretensión exhibicionista; ensayan como si todo les provocara hueva, se la pasan diciendo cuánto odian las multitudes y extrañan los foros pequeños, se sientan a retacar sus instagrams y solo van a gritar con bandas del tipo Beirut o Father John Misty. Supongo que pertenecen a esa generación digital sobreexpuesta a la redes sociales; esa para la que su hedonismo autodestructivo y sosegado no sirve de mucho en su fractal de 15 minutos de fama.

Así como desatar el slam no es una obligación, porque justo el rock no requiere de reglas y ese ha sido uno de sus más fanfarrones fundamentos, no habría por qué exigir un respeto pseudo-militar al comportamiento. Pareciera que algunos quisieran darse a la labor de, además de examinar los mapas de ubicación de los escenarios y el horario de las bandas, incluir algunos puntos del Manual de Carreño para eventos masivos. No hay nada más patético y timorato que exigir buenos modales en un concierto de rock. Ahí se la mamó Richard Ashcroft cuando se quejó del escándalo que estaban echando los hip-hoperos de Run the Jewels: “No se si ustedes lo oigan, pero yo aquí arriba estoy escuchando pura basura. Ojalá tuvieran los huevos de pararse como yo, en un escenario, en un festival, solo con una guitarra y cantar en un festival.” Un amigo me dijo que su show parecía como el de Fernando Delgadillo o Mexicanto en versión britpop.

Como sea. Si te molestan los codazos en los riñones, los apartas en camaradería o de plano te mueves. Pero echarte en cara que no estás en otro festival (según la perspectiva, uno más “chacalón”) y torcer la boca es payaso. Te despiertan las ganas de bulearlo. Después de todo, menospreciar al Vive Latino es un tipo de bullying, según yo. Uno clasista.

Quizás el hecho de que sea un evento en donde los billetes de 200 pesos desaparecen con cada sensación de sed les genera a muchos la idea de que están en un área de la que saldrán sin una arruga en sus shorts de pinzas. El Corona Capital es un festival caro. Lo más barato ahí adentro eran las nieves y los esquites de 30 pesos. De ahí en adelante todos los precios se disparaban hasta los 100 o los 150 pesos. Era bueno saberlo de antemano, por si se te antojaba una cerveza preparada en michelada. Los shots de mezcales fueron un robo y resultaba más barato beber vodka con más azúcar que alcohol. Un vaso de Smirnoff te salía en 70 pesos. Ni se diga la comida, proporcionada en su mayoría por food trucks que ofrecían cualquier arroz hervido o hamburguesa en versión gourmet. Se agradece un poco que no pululen las opciones prefabricadas. En cualquier caso, había que tener un par de billetes apartados para no dejar el estómago vacío.


¿El Corona Capital más vacío?

La edición de este año me pareció que ha sido el Corona Capital con menos gente y olor a mariguana hasta la fecha. La  venta de boletos ni siquiera llegó a la fase 3, cuando antes se agotaban en la 2. Una teoría que trata de explicar la baja audiencia al Corona Capital 2015 apunta a que le gente quedó algo traumada con la lluvia, el lodo y las bronquitis del año pasado. Pagar por una bronquitis ya no es algo rentable. Otros lo atribuyen a lo flojo del cartel. Puede ser. En estos tiempos donde cualquiera se presenta como “curador”, resultó un tanto chocante la forma como “curaron” el festival.  ¿A quién se le ocurre encaramar a las históricas y geniales Sleater Kinney, pioneras del movimiento feminista «riot grrrl«, con Primal Scream? Leo en la página de sopitas.com que el  show de las profetas de Olympia, Washington, estuvo casi vacío. Nunca las he visto en vivo y de verdad lamento perdérmelas. Pero simplemente no podía dejar de ver la enigmática presencia de Bobby Gillespie en el escenario. Es uno de los mejores frontman del rock contemporáneo. No me arrepiento.

Otro error: colocar a los Run the Jewels (cuyo desafiante flow ha despertado un inesperado interés en el hip-hop) con los Death From Above 1979 te echaba en cara un sentimiento de conformismo redundante. En cualquier caso, habría que hacérsela de pedo a los organizadores que hábilmente empalmaron bandas sin conocer el sonido de sus últimas presentaciones, o su posición en el gusto mexicano.

En general, las bandas seleccionadas para el cartel del 2015 abrieron un  boquete generacional antagónico. Por ejemplo, la diferencia entre bandas como Chairlfit o Halsey (electropop/trap light)  y DIIV o Psychedelic Furs resultaba injusta en cuanto a audiencias. Las primeras llenaban bajo la lógica de una fiesta adolescente mientras que las segundas se entregaban a una secuencia más elaborada. También sentí algo vacía la presentación de los Psychedelic Furs, cuando su concierto estaba destinado a ser leyenda; después de todo, la voz y letras de Richard Butler son pilares de la new wave con los que tanto el electropop como la psicodelia del nuevo milenio están endeudadas. Butler ya no alcanzaba ciertas notas y los fans no éramos muchos como para corear y hacerle el paro con los estribillos de «Pretty in Pink«.

Definitivamente el house retro y andrógino de Shamir nada tenía que hacer en el escenario Doritos; su presentación era más bien ideal para la carpa electrónica. Y haber traído a los Pixies, sin Kim Deal y después de su colosal presentación en el primer Corona Capital del 2010, era una apuesta arriesgada.


¿Fue el Corona Capital 2015 un festival malo?

En lo personal, tuve que esperar quince años para escuchar a los Libertines con Pete Doherty y otros 25 para por fin ver a los Charlatans UK en vivo, banda que sobrevivió al groove de Madchester y mantiene una vigencia de doce álbumes de estudio, mientras el britpop se resiste a descansar en la historia en paz y con dignidad. Los Charlatans han sabido construirse un sonido propio gracias al inconfundible teclado Hammond en manos de Rob Collins y el viaje vocal de Tim Burgess con sus hipnóticos movimientos pachecos. Su concierto fue más que perfecto, a pesar de que no cantaron himnos como «Telling Stories» o «No Shoes«. Tampoco había tanta gente.

Quizás la única banda que unificaba recuerdos generacionales fue Death From Above 1979 y su sanguinario despliegue de electropunk tirándole a episodio de hardcore, digno preámbulo para la llegada del garage destilado de los Libertines.

Pertenezco a una generación donde los conciertos representaban una extensión en forma de ritual de los cassettes y los compactos. La música y las drogas eran las únicas posibilidades de paliar un futuro sofocante, las bandas no venían con la frecuencia de hoy, y lo que menos nos interesaba era ser las personas más populares en una red social, porque eso ni se imaginaba en el panorama cercano. O al menos eso me pasó a mí y por eso disfruto los conciertos con una entrega desbordante.

Mas allá de las poses y las confrontaciones clasistas, el Corona Capital ofrece la posibilidad de ver a esas bandas que han conformado el soundtrack de nuestras vidas, de comprobar su talento o darse cuenta de si son una mera casualidad del estudio de grabación.

El Corona Capital es un festival donde el fanatismo, el revival o el foreverismo oportunista, el talento y la pasarela de la pretensión convergen durante dos días para dar rienda suelta a toda clase de fantasías. O frustraciones.

Así lo volvió a ser.


(Foto: cortesía de Mariel A. M..)

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