Corredor Cultural Chapultepec: no es urbanismo, es branding

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El 27 de julio la vi por primera vez: una imagen computarizada, un corte vertical de una construcción de tres pisos con terrazas verdes conectadas a otros recintos por medio de un puente. Un metro cruzaba por debajo; autobuses y coches corrían a nivel de suelo.

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Otra imagen mostraba el proyecto desde arriba: líneas de concreto dispuestas por encima de una avenida, anuncios de “Sushi, “Deli”, “Fashion”, “Café” en recintos a nivel del suelo.

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La primera me recordó a una imagen soñada en los años veinte en Nueva York: la verticalidad de una calle divida en pisos, los usos de suelo racionalmente segmentados —la ciudad del futuro, hace más de un siglo.

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Lo que no entendí era dónde se desarrollaría el proyecto. El dibujo no tenía contexto: tan solo parecía aludir a un barrio de clase alta, con edificios de siete o más pisos, modernos, de colores diferentes.

En la revista Chilango me enteré que aquella ficción arquitectónica tendría lugar en la ciudad de México; en la Avenida Chapultepec, para ser exactos. A unas cuadras de mi casa.

Unas semanas después el lenguaje en los medios era ya otro. En la primera plana de la sección “Metrópolis” del periódico Reforma se pasaba del reino de la imaginación al de la necesidad; de la mera posibilidad a la acción inminente: “la avenida tenía que ser intervenida”, “será un nuevo icono de la urbe”, “el proyecto va”.


Un espacio público construido con dinero privado es una contradicción en términos. Pero en la Ciudad de México la iniciativa privada ha destacado en construir recintos que, desde su mismo nombre, alardean justamente una contradicción, apuntan  hacia lo que no está. El Parque en Interlomas no es un parque sino un centro comercial con un espacio abierto con juegos para niños y fuentes para pasear a los perros. Parque Central Toreo es un monumental espacio comercial junto al Periférico que tiene, en el piso superior, algunos jardines techados. Antara y Reforma 222 —otros dos centros comerciales— son atrios abiertos que se vierten sobre la calle, creando la ilusión de un calle prolongada y borrando la distinción entre lo privado y lo público.

Puede que estos espacios sean bonitos, amables y agradables para caminar y pasar el tiempo, pero no son públicos: en ellos el espacio es apenas un medio, una plataforma para comprar y gastar. Los “indeseables” —los que no caben en el estereotipo del consumidor— son excluidos, ya sea por medio del diseño del recinto o por la seguridad.


Tengo una foto de Reforma tomada hace cuatro años desde el Castillo de Chapultepec. La Torre Mayor aparece solitaria, imponente. La avenida acaba en una pequeña aguja: el Ángel.

Si se tomara hoy esa misma foto, la aguja se vería aún más pequeña: dos edificios nuevos —con vistosos anuncios de bancos— han brotado por encima del bulevar. Son, se dice, un mensaje de progreso y modernidad. Pero desde las prístinas oficinas de esos edificios se puede ver, a menos de una cuadra, el desorden de comercio informal del paradero de Chapultepec —un mundo que contradice, de golpe, las aspiraciones primermundistas. Es feo. Se tiene que quitar.

Uno de los efectos de la liberalización de la economía, según Saskia Sassen, ha sido la concentración de oficinas de empresas trasnacionales, de bancos, y de otros servicios financieros en zonas pequeñas de la ciudad. Espacios áridos y desolados como Santa Fe —con centros comerciales dentro de los edificios— junto a mares de miseria. Pero ahora las empresas se están moviendo al centro, ejerciendo poder simbólico en zonas de la ciudad de alta visibilidad. Y los gobiernos están cediendo a la presión, cambiando el uso de suelo de espacios que antes se pensaban intocables, todo con el fin de tener un skyline —los oficinistas de Reforma se tienen que alimentar.


Miércoles 19 de agosto. La reunión ocurre bajo una manta amarilla en el malecón de Álvaro Obregón. Cuando llego, la asamblea apenas ha empezado. Simón Levy —líder del proyecto, que para ese entonces ya lleva el nombre de Corredor Cultural Chapultepec y ha generado una encendida oposición vecinal y en redes sociales— muestra un video en que aparecen imágenes de caos vial en Avenida Chapultepec, gente cruzando las banquetas, un escándalo de cláxones.

A mi lado, un tipo de pelo largo entrega pancartas: “Levy, tu modelo de negocio es privatizador de la consciencia ciudadana y del espacio público.” No me gusta la redacción, pero creo que el mensaje es oportuno. Tomó una y atiendo la presente. Entre el público hay varios sosteniéndolas.

Después de las imágenes del caos, el video muestra un render digital de la avenida vista desde arriba: los edificios alrededor aparecen blanqueados y se cubren de capas y capas de cemento, como si estas fueran mantas de tela.

Quejas y gritos. Unos hombres se colocan detrás de Levy y sostienen una manta con un gran “No”.


El espacio público y la cultura son las últimas fronteras de la privatización. Urbanistas como Richard Florida cobran una millonada para consultar ciudades alrededor del mundo, exaltando el papel de lo que él llama la clase creativa (los artistas) en la generación del nuevo capital. Por todos lados se busca replicar el fenómeno del museo Guggenheim en Bilbao, donde la construcción de un edificio “icónico” trajo un importante flujo de efectivo a una zona en descomposición social. Pero se pierde de vista que en España el modelo del edifico icónico tipo Guggenheim no funcionó: hay muchas ciudades diseñadas con edificios de vanguardia que se encuentran vacías y forman parte de la crisis nacional.

Intervenir en el espacio público de la ciudad con la finalidad de crear iconos no es urbanismo: es branding. La ciudad es concebida como un producto que compite con otros, como una parada más en un circuito global en el que los que pueden van de un lugar a otros, y se toman fotos que circulan por el mundo en las redes sociales.

La administración de Mancera parece estar obsesionada con este tipo de estrategias de mercadotecnia, ya sea alentando la filmación de películas como la de James Bond, ya sea colocando el hashtag #CDMX en camiones, en los carriles de bicis, en la recién renovada fuente de Cibeles y, en letras gigantes, en el Lago de Chapultepec.

Los renders arquitectónicos son en estos casos recursos de relaciones públicas que, como en el proyecto del Corredor Cultural Chapultepec, se presentan a jurados internacionales antes que a los vecinos, con el objetivo de legitimar así la intervención en el lugar.

Ese quiere Mancera que sea su legado: que lo visual adquiera primacía, que los edificios se vean como un producto acabado que vale no por sus valores sociales sino por sus efectos estéticos, “culturales”. “Fuck context”, dijo el arquitecto Rem Koolhaas.


Mientras sucedían las asambleas informativas, los promotores del proyecto improvisaron algunos kioskos “informativos” en la Condesa. Las imágenes ya no eran las mismas: ahora se ponía énfasis en jardines y espacios a ras del piso.

Los parques de bolsillo —intervenciones con las que se le quita espacio al automóvil y se protege al transeúnte por medio de macetas, árboles y sombrillas— son recursos urbanísticos muy buenos y baratos que permiten reapropiarse del espacio y dan primacía al peatón —sin necesidad de una inversión arquitectónica multimillonaria. Pero no son muy glamourosos: la verticalidad del Corredor Cultural Chapultepec surge de la primacía de la visibilidad, de lo icónico y de la presión del capital para hacer un espacio comercial.

En otras palabras, si de verdad se tratara de crear un espacio público, el segundo y el tercer piso están de más.


El que algunos integrantes del proyecto tengan conexiones con Carlos Slim y Rem Koolhaas no debería de sorprendernos: el Soumaya y el Corredor Cultural Chapultepec forman parte de un mismo concepto de ciudad. Al igual que el Soumaya o que la suavicrema del Bicentenario, este proyecto es un simulacro de lo que se cree que es “innovación” y “creatividad”. Sin embargo, por lo menos desde el fracaso modernista de los espacios públicos en Brasilia, se ha puesto en duda la efectividad de las intervenciones urbanísticas en que todos los usos estén planeados de antemano. En esta ciudad, concebida desde su inicio como un proyecto total, espacios públicos son áridos y apenas existe en ellos socialización. La segmentación del suelo en Tlatelolco —otro ejemplo— dejó un espacio público desértico aunque, eso sí, icónico en su austeridad. En este sentido, el Corredor Cultural es retrógrada: se construye con dos o tres usos en mente y con la idea de que se puede predecir cómo será apropiado por la ciudadanía.


Es una estrategia de negocios. Una vez que la inversión está asegurada, se moviliza a un ejército de especialistas que justifiquen la necesidad. Se pasa entonces de la recaudación de fondos a las estrategias de relaciones públicas. Se organizan algunas “asambleas” informativas para “tomar en cuenta” la opinión de los vecinos. Lo que era un fondo de inversión se vuelve ahora un proceso “democrático”. Todos los datos son públicos, se dice. Diversas investigaciones han demostrado la viabilidad del proyecto, se agrega. Etcétera.

Pero, para ser intervenido —o, como gustan decir, “rescatado”—, el espacio tiene que ser concebido primero como enemigo. En su libro sobre el París del siglo XIX, David Harvey explica, por ejemplo, cómo la construcción de grandes bulevares en aquella ciudad supuso, entre otras cosas, una estrategia de la clase alta francesa para segmentar barrios laberínticos con potencial revolucionario. En otras palabras, los mismos intereses económicos que hablan de “rescate” y “democracia” son los que invierten en la narrativa del caos y el crimen organizado.


El solo hecho de que el Corredor Cultural Chapultepec haya desatado tanta polémica da muestra de lo peleado que es el espacio público. Siempre hay alguien excluido, ya sea por narrativa, fuerza o diseño —y siempre alguien se resiste. Y es que el espacio público no es un producto terminado y empaquetado; es un proceso dinámico, en tensión: una arena donde conviven miles de ideas y lenguajes sobre lo que es la buena vida en la ciudad.

Cuando una sola narrativa e imagen se nos impone como la única posible, debemos pelear.

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