Crónica de una derrota anunciada

La derrota de Ricardo Anaya en las elecciones presidenciales de este 2018 podría haberse sembrado desde el seno de su campaña por su equívoca dirección de propuestas políticas, sustituidas por descabelladas propuestas tecnológicas.

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Durante el segundo debate presidencial Ricardo Anaya dijo —casi como una proyección— la frase más auténtica y aguda que se le oyera decir durante el proceso electoral: «En política no se cometen errores; se comete un error y los demás son consecuencias». La frase describe nítidamente lo sucedido con su aspiración presidencial en la que, argumento, un error de diagnóstico acarrea los demás. Anaya y sus estrategas tomaron las riendas de una oferta política con muchas posibilidades de ganar y la condujeron a una trágica derrota.

Uso «trágica» en el sentido original de la palabra. Fuimos espectadores de una sucesión de eventos en los que —pese a las advertencias— el protagonista, por una  mezcla entre ceguera y confianza mal fundada, es el único responsable de los errores que lo conducen a un desenlace desastroso. Desde la posición de espectadores vimos cómo la ceguera y esta confianza se conjuntan y  hacen que el desenlace sea tan evitable como fatal, tan sorprendente como predecible.


La ceguera

El principal error de la campaña fue su entendimiento del contexto. Anaya y su equipo fueron incapaces de leer y entender la coyuntura política y lo que estaba en disputa en la elección. El contexto relevante consistía en lo siguiente: lo más importante de la segunda mitad del siglo xx mexicano fue la transición hacia la democracia, que se consumó, en la lectura general, en la alternancia política ocurrida a la entrada del nuevo siglo. A dieciocho años de ese acontecimiento, se dio, contingentemente, el momento de examinar los alcances del régimen postransición. Bastaba un pequeño asomo al debate público o a la realidad nacional, para darse cuenta de que esta contienda fue, en gran medida,  un referéndum sobre los logros y fracasos del sistema político postransición.

En el debate nacional, por ejemplo, Enrique Krauze al inicio de la campaña se preguntaba si llegábamos al fin de la democracia liberal en México. El diagnóstico de Krauze no puede ser más claro: «No será una elección cualquiera. […] lo que podría estar en juego no solo es un cambio de gobierno, sino un cambio en la naturaleza misma de la democracia liberal que México ha venido construyendo en este siglo».[i]

El mismo diagnóstico estaba a la vista en la vida diaria y en la realidad nacional. Las tasas de violencia, el número de candidatos asesinados durante el proceso y los índices de insatisfacción con la democracia, constituyen elementos capaces de alertar a cualquier observador atento de una problemática compleja y cuyos alcances tocan los fundamentos mismos del sistema político y no son solamente superficiales.

Contrario a esta lectura, para los estrategas de la coalición Por México al Frente esta elección se desenvolvía en otro registro. El modo de Anaya y su campaña de aproximarse a la problemática nacional fue de una frivolidad inconmensurable. Para el equipo de Anaya la evaluación fue entre el presidente saliente y el candidato entrante.  Para Anaya y sus estrategas el dato más relevante de la contienda fue la baja popularidad presidencial. Como repitieron los voceros ad nauseam, su estrategia estaba basada en lo siguiente: había una aprobación presidencial de alrededor de veinte por ciento y el reto opositor era tan simple como atraer al la mayor tajada del ochenta por ciento restante. Ninguno de los otros datos entró al diagnóstico. Donde decía cambio entendieron sustitución. Redujeron la situación política a la crisis de un partido y a la baja popularidad de una persona. Vimos a Anaya y a sus asesores hacer una suerte de mansplaining político, alzar la voz, agravar el tono y balbucir sílabas que apenas coincidían con la realidad y que, cuando lo hacían, no era del en los temas más relevantes ni del modo más apto. El discurso del frente no revelaba sino la radical desconexión entre quien hablaba  y lo que se pretendía explicar.

Para ser esquemáticos digamos que hubo dos entendimientos de la temática de la campaña: para el primero, el análisis del entorno y contexto histórico era fundamental; para el segundo, el de los estrategas de Anaya, en el análisis era solamente de índole numérico entre bloques de electores ajenos al contexto histórico.


La certeza mal fundada, la hibris trágica

Pero entonces, con todos esos elementos a la vista, ¿qué puede explicar el diagnóstico de la campaña de Anaya? Un posible motivo puede ser la desestimación de la capacidad de sofisticación de los votantes, el pensar que es imposible leer en la opinión publica mensajes tan severos. En un artículo publicado durante la campaña por el responsable de la estrategia de Anaya, Jorge Castañeda, al respecto de un estudio publicado en Nexos[i] sobre valores de la opinión pública en México, se sale de los linderos de la discusión para escribir: «Aquí vemos algo fundamental, que el estudio no destaca, porque no es su tema: el carácter profundamente aspiracional del mexicano (la lógica de la publicidad de la rubia Superior). Pero una cosa es tener aspiraciones y otra es creer que mágicamente se cumplen».[ii]

Si es la lógica de «la rubia superior» lo que guía las motivaciones de los votantes, esto tiene, necesariamente, implicaciones sustantivas en el diseño estratégico de una campaña política. Si es la lógica aspiracional la que persuade a la intención del voto, entonces, hay que ser capaz de presentar el producto que satisfaga de mejor modo esas aspiraciones. Los ciudadanos votan por su futuro, no por su pasado. Sus criterios de selección son simples: no quieren diagnósticos complejos, quieren satisfactores aspiracionales.  Es de suponerse que es de ahí de donde se desprende haber centrado la campaña de Anaya en una apuesta por la tecnología: automóviles eléctricos en un país sin infraestructura carretera, robots para hacer el súper en un país con la mitad de la población en pobreza son ofertas que hacen perfecto sentido para ganar una contienda presidencial si se considera que los votantes son fundamentalmente aspiracionales.

Hasta aquí podría considerarse a la estrategia de campaña como un error de percepción. El problema se vuelve grave, sin embargo, cuando se entiende que apropiarse en una campaña política de una lógica futurista, conlleva un severo problema. La diatriba tecnológica es el pretexto más adecuado para escapar de presentar un diagnóstico serio sobre los problemas de la realidad nacional y de tomar una postura crítica o aprobatoria del modelo vigente. No es necesario tener un diagnóstico y una propuesta a los problemas educativos cuando se pueden ofrecer tabletas electrónicas.

Puede verse entonces que la estrategia tecnológica es una estrategia de evasión y de escape. El fundamento ético del ideal democrático es la puesta en contienda de diagnósticos y propuestas políticas para su análisis entre ciudadanos racionales, autónomos e iguales que tendrán que elegir con la información completa a la mano. El Frente, con su evasión del presente y fuga al futuro, pretendió gobernar sin presentar la información completa de sus posturas y desestimó no solo a los votantes, si no al proceso deliberativo mismo. Entiendo que algo similar asevera Silva-Herzog cuando dice que «El evangelio tecnológico de Anaya carece de raíz cívica».[iii] La evasión de la temática política es el leitmotiv de la campaña de Anaya y es la causa profunda de su derrota.


La campaña de Anaya y la oposición que viene

Vivimos una jornada electoral que bajo cualquier óptica es histórica. No lo pudo ver el Frente y ese mal diagnóstico acarreó su derrota. La conclusión más funesta y trágica de la campaña de Anaya es que logró minar el camino para la construcción de una oposición política futura. Las elecciones sirven para definir un ganador pero también son la oportunidad para establecer las agendas de la oposición.  Cuando las estrategias de campaña no son evasivas, en los saldos de la elección queda un ganador, desde luego, pero también quedan delimitados de un modo claro los contornos de la oposición. Quienes no se sentían persuadidos por AMLO se quedaron con robots para el súper, automóviles eléctricos o iPhone para campesinos como oferta política opositora. La campaña de Anaya fue incapaz de dejar un diagnostico o una oferta política memorable. Comenzó con un hackaton y cerró con celulares inteligentes para resolver los problemas del campo.  Es muy elocuente que, por ineptitud o por estrategia de evasión, a diferencia de la de Meade y la de AMLO, la campaña de Anaya, para todo efecto práctico, fuera incapaz de publicar el libro de sus propuestas. Desperdiciaron la oportunidad de presentar una oferta política seria.

Ahora, pasados varios meses, lo vemos como natural y equiparamos a Anaya con una propuesta superficial de tecnología. Pero lo que queda claro es que esa estrategia en algún momento, el del establecimiento de la estrategia de campaña,  fue el producto de una decisión. Como toda decisión conlleva un costo de oportunidad. La dimensión de ese costo de oportunidad es histórica.  Si como se ha dicho, en mucho, esta elección era un juicio sobre la democracia liberal, con  sus aciertos y sus defectos, esta merecía una defensa.  La campaña de Anaya pudo darla y optó por no hacerlo. Anaya y su equipo dejaron al liberalismo sin representante y sin defensa, esa es la dimensión histórica de su fracaso y de su deuda…


[I] Enrique Krauze, «¿Adiós a la democracia mexicana?», disponible en: https://www.nytimes.com/es/2018/03/07/opinion-krauze-amlo-adios-democracia/

[II] «El mexicano ahorita: Retrato de un liberal salvaje», disponible en: https://www.nexos.com.mx/?p=14125

[III] Jorge Castañeda «Otra Vez el Liberal Salvaje», disponible en: http://www.elfinanciero.com.mx/opinion/jorge-g-castaneda/otra-vez-el-liberal-salvaje

[IV] Jesús Silva-Herzog Marquez, «Anaya y su iFax», disponible en: http://www.andaryver.mx/lunes/anaya-y-su-ifax/

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