Crónica desde Sudáfrica: en busca de una identidad

Desde el fin del ‘apartheid’ el país ha sido ejemplo de reconciliación y crecimiento económico, pero la desigualdad, la crisis del agua, la violencia y disputas históricas sin resolver hacen que su presente sea incierto

| Internacional

El taxi que recorre la autopista entre el Aeropuerto Internacional de Johannesburgo y mi hotel atraviesa un paisaje lleno de montañas y chimeneas gigantes de empresas mineras. Sé —porque nací en la historia minera de Pachuca— que el viento esparce metales pesados altamente tóxicos.

He llegado a la capital de Sudáfrica pensando ‘¿qué hay después del apartheid?’ De inmediato leo el artículo Bye-Bye Babar, de Taiye Selasi, que reflexiona sobre afropolitanismo, un término para referirse a las identidades móviles de los hijos de las diásporas que se asumen africanos del mundo frente a la realidad regional. En el caso sudafricano es una realidad llena de contradicciones históricas sin resolver que, según el Índice Gini (2016), hacen al “país del arcoíris” el más desigual del mundo.

El primer día resisto al impulso de salir de prisa al safari más cercano con los compañeros de la ONG —pagaron ochenta dólares y regresaron decepcionados—. En vez de eso, doy un paseo de reconocimiento por las calles cercanas al hotel, que está en el barrio universitario y comercial de Braamfontein. Cruzo la frontera “prohibida” para los turistas delimitada por un Kentucky Fried Chicken. La calle se vuelve cada vez más oscura y la banqueta está llena de dealers que ofrecen marihuana. Cuando regreso al vestíbulo del hotel, lleno de turistas que se preparan para salir a cenar, alguien me roba el celular del bolsillo izquierdo de mi chaqueta. Para presentar la denuncia y que el seguro de viaje pague el celular, debo ir a la comisaria.

“¿Cómo le ha pasado esto a alguien que viene de México?”, me preguntan los policías en la patrulla y explican que estamos entrando al barrio de Hillbrow, donde por las noches hay tiroteos cada tres horas.

La estación de policía es un recibidor enorme y un pasillo con escritorios separados por mamparas. Ahí espero a que traigan los papeles para abrir el caso. Detrás de mí hay un mapa gigante de Johannesburgo: basta echarle un vistazo para caer en cuenta de las dimensiones de la ciudad y entender cómo lo que antes era un campamento alrededor de unas minas descubiertas por los colonizadores ha crecido sin ningún tipo de planeación.

Los policías me piden anotar mi nombre, edad, número de identificación y, también, tipo de raza: blanco o negro. Les digo que no puedo contestar esa pregunta, que soy mexicano; es más, les digo, soy negro. Sueltan una carcajada mientras pienso en que la broma tal vez no lo sea tanto.

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Durante los años setenta al centro de Johannesburgo se le llamaba el Manhattan africano por su “moderno” crecimiento, exclusivo para los blancos. Hoy es un cúmulo de edificios entre los que destacan la Hillbrow Tower, una gigantesca antena de telecomunicaciones, y Ponte City, conocida actualmente como la Vodacom Tower —por el anuncio de la compañía de telefonía móvil instalado en su techo—, un símbolo en el skyline de los nuevos poderes digitales y extractivistas. Es un enorme cilindro de 52 pisos que fue construido para que la elite blanca lo habitara. En 1992, cuando se decretó el fin de la segregación racial que impedía a la población negra vivir en esta parte de la ciudad, fue abandonado.

El edificio se convirtió en un refugio, principalmente para inmigrantes que llegaban de diferentes partes de África, hasta que fue remodelado en 2007. Durante ese periodo, era llamaba “Ciudad Suicidio” por ser el lugar predilecto para lanzarse al vacío. En aquel entonces la acumulación de basura en el interior del cilindro llegó hasta el piso 14 y solo pudo ser removida a mano en un trabajo que duró tres años. Entre los desechos encontraron 23 cuerpos.

Ponte City ha sido repoblada por familias de Hillbrow. Las calles del barrio son esto: pandillas alrededor de autos, música afrohouse por todas partes, casas en ruinas y edificios en pleitos legales o a punto de ser demolidos. Cantinas clandestinas donde los negros bebían durante el apartheid. Puestos ambulantes con frutas exóticas. Los turistas caminamos siempre en grupo. En las zonas con mayor flujo de peatones es común ver cómo algunas personas chocan casualmente, intentando robar con discreción.

Volvemos a Ponte City. Entramos por una escalera oscura del estacionamiento y llegamos a la base del edificio, una montaña de piedra. La vista es similar a un set de la Estrella de la Muerte de Star Wars. Efectivamente, la guía nos dice que ahí se han filmado películas como Resident Evil.

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En los videos de la última etapa del apartheid se ve a Eugène Terre’Blanche, el líder supremacista blanco, fundador de la Afrikaaner Resistance Movement (AWB), lanzando discursos a sus seguidores y sus paramilitares aludiendo al Dios protector que los ayudaba a defender la tierra prometida. Sorprende que un discurso nacido hace más de 300 años sobreviviera con tanta fuerza hasta el final del XX, ayer en tiempo histórico.

En el siglo XVII la región que ahora conocemos como Sudáfrica fue la tierra prometida de los afrikaaners o boers, cristianos calvinistas que llegaron de Holanda y — a diferencia de los portugueses que se establecieron en las costas con factorías— penetraron en tierra y se enfrentaron a tribus como los Xulu, Xhosa y Khoi, a quienes impusieron su credo pues se sentían los verdaderos hijos de Dios (sic). En 1797, los boers fueron derrotados por el Imperio Británico, que buscaba sobre todo diamantes y oro.

De las boers wars surgió la Unión Sudafricana como colonia inglesa. En ella creció el Partido Nacionalista Afrikaner, impulsado por las reverberaciones nazis de la época y el resentimiento al dominio británico. Ese fue el comienzo del apartheid que desde 1948 —mismo año de la Declaración Universal de los Derechos Humanos—, avanzó durante cuatro décadas, a través de políticas segregacionistas vendidas como “una forma específica de democracia y buena convivencia”, que derivaron, por ejemplo, en la creación de banstustanes: territorios aislados para la “población tribal” no blanca, sin capacidad de voto, ubicados en áreas sin reservas minerales importantes como reservas de mano de obra esclava.

En el libro House of Bondage del fotoperiodista Ernest Cole, quién durante los años sesenta y setenta documentó el apartheid, se pueden ver algunas escenas reveladoras de una época llena de atrocidades como la de una señora blanca de unos sesenta años, con un vestido floreado con medias blancas, sentada en el respaldo de una banca donde puede leerse Europeans only; o la del interior de un autobús en el que los pasajeros blancos viajan de pie y los pasajeros negros en el piso, hacinados bajo un caos de bultos y maletas.

El apartheid acabó en 1992, con la liberación de Nelson Mandela rodeado por un aura mítica de unidad y la reconciliación mientras en la región caían varias dictaduras y en el mundo terminaba la Guerra Fría. Se trató de un régimen político precedido por una genealogía de esclavitud y colonización que llega a un presente incierto.

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En cuanto llego a Cape Town voy a Table Mountain, la montaña sobre la que se recarga la ciudad frente a la línea de cruce de los océanos Índico y Atlántico. En el taxi le pregunto al conductor sobre la grave crisis del agua resultado de las sequias y la posición geográfica de la ciudad. Me dice que están tranquilos porque llovió la semana pasada, lo cual, además de los esfuerzos implementados por la alcaldía por ahorrar agua, ha prolongado la llegada del “día cero”.

En la montaña conozco a un grupo de brasileños que son voluntarios de una ONG local. Kim, una rubia de unos cincuenta años, dirige la organización y afirma que la vida era más eficiente durante el apartheid porque los trámites en el gobierno eran rápidos. Se ofrece a llevarnos como guía a los viñedos de Stelenbosch, donde Richard Branson, el dueño de Virgin Records, tiene varias propiedades. Nos detenemos en un viñedo en el que además de la producción de vino conservan leopardos. Kim aprovecha el viaje para conectar donantes. Le entrega folletos a uno de los directores.

Durante el último día en Cape Town voy al Zeizt Museum, que fue construido sobre antiguos silos de granos por el Heatherwick Studio. Hay una exposición sobre arte contemporáneo, como la obra del fotógrafo Kudazanai Chiurai. Una de sus imágenes caracteriza a un ministro de educación que porta un frac con moño y un revólver en el cinturón. En la mano derecha carga un portafolio de dinero y bajo el brazo izquierdo tres libros: The Empire, Democrazy y Democrazy. La imagen pertenece a la serie: Popular mechanisims, que juega con las representaciones del poder y la masculinidad en África.

Las fotos de Chiurai reflejan al postcolonialismo, aquella constelación de ideas que el filósofo camerunés Achille Mbembe desarrolló a principios del siglo XXI para pensar los tiempos luego del apartheid y la Guerra Fría.

If it’s yellow let it mellow if it’s brown flush it down sign, dicen los letreros que no dejan de aparecer e invitan a ahorrar el agua. Son las últimas horas en Cape Town. Ya es de noche y desde el taxi que va al aeropuerto veo el cuerpo espectral de un planeta oscuro: es Table Mountain con fuego en sus laderas.

 

 

 

 

 

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