Cuando el tigre llegó a soldado, Zabludovsky ya estaba ahí

Durante casi treinta años Jacobo Zabludovsky fue el periodista más influyente –y el más ligado al poder– en México.

| Periodismo

“¡Buenos días! Hoy le informo que en las semifinales del Mundial México 70 jugarán Italia y Alemania, y en Jalisco se enfrentarán Brasil y Uruguay.” Jacobo Zabludovsky saludó así al público del noticiero Su Diario Nescafé, el miércoles 17 de junio de 1970, una chorcha alrededor de una mesa para discutir las noticias frescas de la mañana. Un día después abrió el programa con dos notas principales: la victoria del equipo liderado por Pelé y un recuento detallado de las actividades del candidato del PRI a la presidencia, Luis Echeverría, a menos de un mes de las elecciones.

Era un noticiario que conducía por las mañanas, desde un año antes de las olimpiadas de México 1968, en Telesistema Mexicano, un pulpo que extendía sus tentáculos en distintos territorios de la televisión de entretenimiento, una empresa creada en 1955 por Emilio Azcárraga Vidaurreta –padre de Emilio Azcárraga Milmo y abuelo de Emilio Azcárraga Jean– a partir de la fusión de las concesionarias de los canales 2, 4 y 5 de televisión. En los años siguientes el consorcio televisivo sería la casa de programas muy populares, comoSiempre en Domingo, con Raúl Velasco, Sonrisas Colgate y TV Musical Ossart, así como de la mesa dirigida por Zabludovsky.

Tenía 42 años y ya había acumulado un camino importante como reportero de televisión. El flaco rubio y de ojos azules que creció en La Merced no comenzó a ser un periodista influyente hasta el gobierno de Luis Echeverría, con el lanzamiento del noticiero 24 Horas en el otoño de 1970 –tres meses antes del ascenso del presidente de las guayaberas blancas–, sino dos décadas atrás.

En sus tempranos veinte obtuvo un puesto de redactor de cinco noticieros en la XEX, una estación de radio a donde llegó en 1947. Ahí conoció a un personaje esencial para comprender la construcción de Zabludovsky y la política editorial que enarbolaría las décadas siguientes: Miguel Alemán Velasco, hijo del presidente Miguel Alemán Valdés, cuyo gobierno había otorgado ese año la concesión de la frecuencia a Rómulo O’Farril, un empresario al que la voz popular señalaba como prestanombres del mandatario nacido en Veracruz.

Alonso Sordo Noriega fundó la XEX en una casona de la calle de Córdoba, en la colonia Roma. “Solía acompañar a Jacobo porque me emocionaba cuando narraba los toros o entrevistaba a los artistas en las carpas. Yo era medio desvelado”, recuerda Alemán Velasco, que conoció a Zabludovsky –mayor que él por cuatro años– cuando era un muchacho de 20, en la misma época en la que obtuvo su primera credencial como miembro del Partido Revolucionario Institucional.

En 1950 Zabludovsky asumió la producción y dirección del noticiero General Motors, el primero que se transmitía por televisión, en Canal 4, también propiedad de O’Farril. Había permanecido dos años en ese cargo cuando en 1952, al ascenso del presidente Adolfo Ruiz Cortines –secretario de Gobernación antes de ser escogido por Alemán como candidato del PRI a la presidencia–, comenzó a atender las actividades de Los Pinos de manera habitual.

La relación que mantenían O’Farril y su Canal 4 con Ruiz Cortines era estrecha, y desde el sitio privilegiado de su amistad con el joven Alemán, Zabludovsky comenzó a ascender en los círculos del poder y llegó a ser muy cercano al presidente. Era un periodista de todas las confianzas en Los Pinos, pero nada que se comparara con la amistad que forjaría más tarde con el presidente Adolfo López Mateos.

La cercanía entre ambos llegó a ser íntima; con frecuencia le acompañaba en sus viajes por el país y el extranjero, y no era raro que el presidente y el periodista pasaran mucho tiempo conversando en el día, y cantando alrededor de una mesa por la noche.

“Era todo un bohemio y se hizo muy amigo de López Mateos y de artistas como Wello Rivas, autor de Cenizas, esa canción que decía: ‘Después de tanto soportar la pena de sentir tu olvido/después de que todo te lo dio mi corazón herido’”, tararea Francisca Saavedra, una periodista lírica con poliomielitis a quien Zabludovsky tuvo a su lado más de treinta y tres años, a cargo entre otras cosas de la jefatura de corresponsales en el extranjero en el noticiero 24 Horas.

En esa época Zabludovsky recibió quizá su mayor entrenamiento en el conocimiento hondo de ese sendero oscuro en el que irremediablemente se encuentran los intereses del periodismo y la política: al mismo tiempo que desempeñaba su trabajo de entrevistador, productor y conductor del noticiero en Canal 4, se desenvolvía también como servidor público, a cargo de la Coordinación de Radio y Televisión del gobierno de López Mateos.

A ese puesto lo había llevado Humberto Romero, otro amigo procedente de la familia de políticos priístas que decidía los destinos del país. Lo había conocido en el gobierno de Ruiz Cortines, donde cumplía la misión de secretario de prensa de la Presidencia. Un sexenio después, López Mateos nombró a Romero su secretario particular, un sitio de influencia desde donde tomó decisiones estratégicas, entre ellas la de sumar al titular del noticiero General Motors a la administración federal.

“Es inteligente y va a despuntar”, dijo Romero. “Nos va a ser de mucha utilidad.” Zabludovsky no debía tener más de 30 años.

Pragmático, culto e inteligente, con un pie en el gobierno y el otro en Canal 4, Zabludovsky conoció desde dentro los mundos a la vez distantes y cercanos de la política y el periodismo.

En el noticiero Zabludovsky era el capitán al frente que conducía acercándose como única fuente el periódico Novedades, también propiedad de O’Farrill, y sin dejar de moverse con destreza en la cámara y el micrófono, recorriendo plazas y carpas con su amigo, el influyente joven Miguel Alemán; en el servicio público era el funcionario que se sentaba al otro lado del escritorio para mirar desde una perspectiva distinta la forma en la que los concesionarios de la radio y la  televisión gobernaban sus empresas y llegaban con sus frecuencias a núcleos importantes de la población, al mismo tiempo que se hacía de una importante red de contactos desde el sitio privilegiado que le permitía su cercanía al presidente de la República.


En 1967 un maduro Zabludovsky, con un conocimiento y un dominio profundos de esos dos mundos, fundó Su Diario Nescafé. Inquieto, caminaba por la pequeña redacción –como haría años más tarde en los pasadizos de 24 Horas–, rascándose la cabeza, siempre con un lápiz en la mano, repasando ideas, creando nuevos segmentos en el noticiero, y ocasionalmente cantando tangos en voz alta hasta que alguien lo sorprendía, y entonces, un poco avergonzado, sonreía y se callaba.

Tras casi veinte años en la escritura y producción de noticieros, contaba con una base sólida de la cual partió para estructurar Su Diario Nescafé, un programa distinto a todo lo que se había hecho en la televisión. El programa comenzaba alrededor de las 7 de la mañana. Lo había diseñado él mismo y se convertiría en el primero de varios proyectos semejantes –una mesa y alrededor un grupo de comentaristas– que conductores como José Gutiérrez Vivó, Carmen Aristegui y el payaso Brozo presentarían décadas después.

Era él quien elegía todos los días el tema sobre el cual conversarían. Se hacía acompañar por Mario Agredano, un joven locutor de Monterrey que con una voz modulada y grave anunciaba todas las mañanas: “Su  Diario Nescafé, con el licenciado Jacobo Zabludovsky”; por Alfonso Herrera, otro profesional del micrófono a cargo de hacer los cortes comerciales; por Norma Philippe, una chica de verdes ojos como de Betty Davis, nacida en Ecuador e hija de un diplomático mexicano, que había ganado un concurso de modelaje y representaba el lado “femenino” del programa; por Rosa María Campos, una talentosa reportera, y por Raúl Hernández, jefe de información.

En 1969 ocurrió un episodio determinante en la consolidación de una línea editorial claramente identificada con los principios de un régimen surgido de la Revolución ocurrida seis décadas atrás: la creación de la Dirección General de Noticieros de Telesistema Mexicano, el importante consorcio de noticias propiedad de Emilio Azcárraga Vidaurreta.

¿Quién se haría cargo del proyecto?

El querido amigo de Zabludovsky, el licenciado Miguel Alemán Velasco.

El hijo del ex presidente había trabado una extraordinaria amistad con Azcárraga Vidaurreta y, sobre todo, con su hijo, Emilio Azcárraga Milmo, y desde años atrás había acercado a Zabludovsky a la familia de empresarios de la televisión.

Alemán Velasco fue director y fundador de la división de noticieros, acompañado desde luego por Zabludovsky, un eficaz operador en esos espacios. Ambos tomaron decisiones capitales y una de ellas fue la construcción de una gran redacción. Telesistema Mexicano ya no sería más una replicadora de las noticias que recibía de la agencia de Pepe Guindi, un inmigrante sirio que, como el conductor de 24 Horas, provenía de una familia de comerciantes de telas. La línea editorial del grupo ahora tendría cimiento en un núcleo de periodistas que en los años siguientes también tendería unos lazos sólidos con el poder en turno: Joaquín López Dóriga, Ricardo Rocha, Félix Cortes Camarillo y Miguel Reyes Razo, entre otros.

Zabludovsky practicó casi dos sexenios el intrincado ejercicio de malabarismo en el que fundía las tareas de periodista y funcionario público. Después de servir como coordinador de radio y televisión en el gobierno de López Mateos, aceptó un cargo de asesor en difusión y relaciones públicas en la administración de Gustavo Díaz Ordaz.


En septiembre de 1970 Alemán Velasco y Zabludovsky lanzaron la más audaz de sus decisiones, cuando se transmitió por primera vez el programa 24 Horas. Mucho antes de que Emilio Azcárraga Milmo tomara el mando de la empresa en 1973 –cuando Telesistema Mexicano se fusionó con Televisión Independiente para crear Televisa– y de que se declarara un soldado del PRI y del presidente, Zabludovsky, el influyente conductor que un mismo día alternaba el traje de periodista con el de hombre del poder, ya estaba ahí.

Con el hombre de rostro enjuto coronado por unos audífonos gigantes surgió el primero y el más paradigmático de los liderazgos de la mediocracia mexicana ligada a la clase gobernante. Apoyado en la enorme catapulta que le representaba ser la única ventana de información del país hacia el mundo, Jacobo, como lo llamaban con veneración padres, madres y abuelas, se convirtió en poseedor de la verdad. Lo que pasaba o no pasaba en el país, verdad o mentira, partía de lo que él proclamaba en la pantalla del televisor.

Al paso de los años y de las décadas, el periodista construyó 24 Horas como una gran telenovela en la que él decidía cuál era la noticia más importante de la noche, en un programa donde el periodismo jamás penetró más allá de la superficie de los problemas del país. Su capacidad de adaptación en una familia de inmigrantes debió influir en el frío pragmatismo con el que cumplía su misión: era un profesional que prestaba al régimen un servicio de información. No era un periodista comprometido con las causas sociales. ¿Hasta dónde podía llegar en la función que cumplía? Hasta donde se lo permitían los límites que pudo conocer como nadie más, en sus responsabilidades de funcionario de la comunicación del régimen sobre el cual informaba.

Los límites de Zabludovsky: tres años después de la matanza en Tlatelolco, en una de las marchas estudiantiles de junio de 1971, un grupo de los llamados halcones reprimía a los asistentes a la protesta –recuerda la periodista Saavedra– cuando descubrió filmando todo a un camarógrafo de Televisa, que vestía una chamarra roja con dos gotas de agua encontradas en el pecho, el logotipo de la Dirección de Noticieros de Telesistema Mexicano. Forcejearon con él y entre varios lo sometieron por los rumbos de Cuchilla del Tesoro. “Se llevaron a Ricardo Cámara”, llegó a contar, sudoroso y con la lengua de fuera, Mario Delgado, que asistía a sus compañeros.

Eran las tres de la tarde. El camarógrafo fue liberado a las 11 de la noche, cuando Zabludovsky transmitía en vivo. Su equipo le informó que Cámara había aparecido con el carrete de la película que contenía lo que había filmado: decenas de halcones golpeando y secuestrando estudiantes al final de la marcha. Lo había salvado al esconderlo en una lata, debajo del asiento del vocho blanco que conducía.

“Guarden la cinta”, ordenó el titular del único noticiero de la televisión mexicana.

Sin hacer ni recibir una llamada, el periodista de los dos trajes tenía plena certeza sobre lo que debía hacer. Si Emilio Azcárraga Milmo era un soldado del PRI y del presidente, Zabludovsky era su general en el arte de mover –presentar y omitir información, o editorializar con un gesto histriónico de asentimiento o reprobación– piezas fundamentales del tablero del poder, desde 24 Horas.


Zabludovsky lideró el noticiero de las once de la noche, a lo largo de 27 años. Después, en Radio Centro, volvió a sus orígenes, la radio, con un programa –La red de 1 a 3– en el que dio sus primeros pasos fuera de la televisión. Le abrió el micrófono a Andrés Manuel López Obrador, un contraste evidente con decisiones que había tomado en 1988 –cuando llevó al estudio a dos personas que presentó como hijos de Cuauhtémoc Cárdenas para que se declararan enemigos del candidato opositor– e informó con puntualidad sobre hechos del México convulso de estos últimos años. Se inauguró en el ejercicio de la crítica, pero nunca en los sexenios recientes, ni en la administración panista de Calderón, ni más tarde en la del presidente Peña, llegó a elevarse como un periodista incómodo para el gobierno en turno. A semejanza de lo que había ocurrido en 24 Horas, su equipo de reporteros en la estación de radio hacía entrevistas, crónicas y relataba noticias, sin escarbar a fondo en asuntos de corrupción o impunidad, y en los escándalos que eventualmente otros medios publicaban sobre el presidente y Los Pinos.

“Era un artesano de la noticia. Sabía qué no decir y lo que decía lo elaboraba con el cuidado y la maestría que aprendió durante décadas escribiendo y conduciendo noticieros en Televisa”, dijo un funcionario peñista del área de comunicación que pidió no ser citado. Su relación con los dos coordinadores de Comunicación Social de la Presidencia peñista, David López y Eduardo Sánchez, era muy cercana, marcada por largas conversaciones y comidas de amigos.

Cuando se celebraban los diez años su programa De 1 a 3, Miguel Reyes Razo, cronista de los viajes del presidente Peña para El Sol de México y de otros presidentes priístas en el último medio siglo, le hizo una entrevista a Zabludovsky, su maestro en 24 Horas. Un día otoñal de 2011 le preguntó si de algo se arrepentía:

“De nada me avergüenzo. Me fascina este momento. Estoy en la época más feliz de mi vida profesional. Disfruto mucho lo que hago. Conozco las herramientas de mi oficio. Sus resortes.”

“¿Qué cómo veo a México? ¡Pues lo veo muy bien! Se vive un buen momento nacional. Con problemas. Se ven corrientes políticas y personajes políticos, exhiben sus facetas, quizá discutibles. Pero nadie nos dijo que el camino de la democracia es fácil. Hay que caminarlo. ¿Quién dijo que se hace camino al andar? Ja, ja, ja. Vamos muy bien.”

Hay anécdotas que superan la condición de la temporalidad y retratan, más que un hecho circunstancial, patrones de conducta: una tarde a mediados de 2012, en el programa La red de 1 a 3, Zabludovsky entrevistó a Jacobo García, el corresponsal del diario El Mundo en España que hizo al presidente Peña la famosa pregunta sobre los tres libros que habían marcado su vida, en la Feria Internacional del Libro de Guadalajara.

En los días anteriores García había concedido cientos de entrevistas a periodistas de todas partes del mundo que deseaban preguntarle sobre ese episodio. “Hasta antes de ese momento –recordó el reportero en una de esas conversaciones– la presentación del libro escrito por Peña había sido impresionante: su cadencia, las miradas, todo muy bien hilado.” Después el candidato caminó a otra sala para dar una conferencia de prensa. Respondió una pregunta sobre las acusaciones de corrupción contra el ex gobernador Humberto Moreira y habló del programa de cultura de su administración. Enseguida, cuando García le pidió que conversara sobre sus tres libros, Peña comenzó a tropezar. “En la sala comenzaron a escucharse risas –relató el periodista–. Yo estaba acongojado. Daba pena ver cómo el presidente se metía en un lodazal. Miraba a los asesores, cinco o seis en la primera fila, y uno de ellos le hacía señas para que cortara.”

La tarde en la que lo entrevistó en su programa Zabludovsky le lanzó al periodista:

“¿Qué oscuras intenciones escondía su pregunta al presidente Enrique Peña Nieto?”

Recuerda que las palabras de Zabludovsky lo hundieron en un estado de conmoción. Después de un breve silencio, atinó a responder:

“Su pregunta me ofende.”

“Después –relata García–, conforme la conversación avanzó, descubrí el tipo de trabajo que estaba haciendo. Es la entrevista más repugnante que jamás tuve con otro periodista.”

Un año y medio después, Peña y Zabludovsky se abrazaban con emoción. Un mediodía de diciembre de 2013 el presidente había llegado a encabezar una ceremonia en homenaje a los 70 años de Zabludovsky en el periodismo, en la Escuela España, su primer aula.


A las 12:28 del 2 de julio de 2015, una camioneta se detuvo en la calle sur 138, a media calle del Cementerio Israelita donde ocurrían los funerales de Jacobo Zabludovsky. Una de las puertas se abrió sin estruendo y se hizo visible la figura de Emilio Azcárraga Jean. Un instante después lo siguieron sus acompañantes: Miguel Alemán Velasco, el hijo del presidente Alemán, y Joaquín López Dóriga, conductor del noticiero nocturno de Televisa.

“He perdido a un hermano”, diría más tarde Alemán, ahora un hombre de 84 años, en una entrevista con López Dóriga. Tras muchos años de hacer mancuerna en Televisa con Jacobo Zabludovsky, en 1998 renunció a la empresa propiedad de Azcárraga Milmo. Los dos viejos amigos partieron en la misma época. Alemán se separó de la televisora y unos meses después se convirtió en gobernador de Veracruz, bajo las siglas del PRI.

El cuerpo de Zabludovsky yacía en un catafalco negro, cubierto con un estandarte con la Estrella de David. Azcárraga Jean, Alemán y López Dóriga abrazaron a la viuda del periodista y a sus tres hijos. Un rato después se les unieron el secretario de Gobernación, Miguel Ángel Osorio Chong, Eduardo Sánchez, coordinador de Comunicación Social de la Presidencia, y otros periodistas y propietarios de medios que se formaron en la escuela del viejo conductor. Todos de negro, Rafael Cardona, Juan Francisco Ealy –dueño de El Universal, uno de los diarios más cercanos al gobierno– y Jorge Berry, que lloraba desconsolado. Solo llegaron a despedirlo unos pocos de los cientos de políticos que desfilaron ante su micrófono, en más de siete décadas. Desde Perú, Reyes Razo escribió un relato que publicaría al día siguiente en El Sol de México:

“Hoy Jacobo Zabludovsky se hizo noticia. Y desapareció.”

“¿Formó, enseñó usted a algunos de los muchos que trabajaron con usted, licenciado?”, citó una entrevista con el conductor.

“Yo no soy maestro de nadie, de ninguno. No me vayas a echar la culpa de tus errores”.

“Gracias, querido maestro”, escribió Reyes Razo al final del texto.

Eduardo Sánchez, principal estratega de medios de Peña, declaró con ojos tristes: “Ha muerto uno de los pilares del periodismo en México.”

Antes de las 2 de la tarde, Zabludovsky, lector voraz, apasionado de los toros y el tango, eficaz operador del sistema político, fue sepultado bajo una tormenta.


 

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