Cuando los márgenes arden: Adela Goldbard en Casa del Lago

La nueva exposición de la fotógrafa Adela Goldbard, al escenificar la violencia, nos permite re-pensarla y re-construirla: dos acciones estimuladas por la imaginación que, precisamente, la violencia ha querido aniquilar.

| Arte

De una manera consistente y provocadora dentro del panorama de la fotografía que se produce actualmente en este país, el trabajo más reciente de Adela Goldbard (ciudad de México, 1979) se ha separado de la ruta por la cual transitó años atrás: la fotografía ha dejado de ser el soporte primordial de sus exploraciones sobre la naturaleza de la ficción y la percepción (En el camino, 2010; Non Reflex, 2009; Ficciones, 2006) y se ha incorporado en una práctica que reviste una complejidad mayor, en tanto ahí se dan cita el cine, la instalación, la escultura y la activación conceptual de la artesanía popular. Si bien su proyecto previo ya ofrecía síntomas claros de esta separación, su muestra Paraalegorías, presentada en Casa del Lago como parte del Festival FotoMéxico, organizado por Centro de la Imagen, constituye una prueba fehaciente de ello. La extrañeza que rodea a su título es solo el detonador de un montaje asociativo de sucesos violentos ocurridos en este país –montaje en que el sentido literal de los hechos trágicos da lugar a otro que, si bien corresponde al de la propia alegoría, en esta exhibición se encuentra sometido a una traslación metafórica más.

Paraalegorías se apropia, con destreza dentro de las operaciones del arte contemporáneo, del sentido que la teoría del discurso ha dado al concepto de “paratextualidad”, una de las categorías propuestas por Mijaíl Bajtín para destacar cómo un texto forja su significación a través del acompañamiento de elementos que se encuentran en su periferia (título, prólogo, epílogo, entre otros). En la recopilación de acontecimientos signados por la violencia que realiza, Goldbard selecciona una serie de datos registrados en la prensa escrita, los sustrae de dicho contexto editorial y los desplaza hacia una puesta en escena que, aunque familiar en el orden de lo informativo, se torna ambigua en el de lo simbólico. Así, la noticia en que la compañía Ford reconoció que las ventas de la pick up Lobo habían decaído debido a la asociación de este vehículo con el narcotráfico es tomada como pretexto por la artista para fabricar una camioneta hechiza, dimensionada a escala real, y hacerla explotar en un escenario árido donde se desdibuja la frontera entre realidad y ficción. Víctor Palacios, curador de la muestra, sintetiza este efecto a partir de la siguiente interrogante: “¿por qué aquello que apreciamos en sus obras nos resulta cercano, reconocible, y simultáneamente, ajeno e indefinible?” Paraalegorías complejiza este cuestionamiento a través de la fabricación de una puesta en escena inusual, lejana –por ejemplo– de la espectacularidad desarrollada por el fotógrafo Gregory Crewdson, la cual ha sido adoptada con entusiasmo entre algunos fotógrafos de este país.

b“Helicopterazo” (2013)

Instalada en el polo opuesto al del preciosismo visual, para la creación de los ocho videos que componen esta instalación en tres canales, Goldbard trabajó de la mano con artesanos pirotécnicos del municipio de Tultepec, en el Estado de México. El objetivo fue preciso: construir a escala real y con materiales como cartón y carrizo diferentes vehículos, edificaciones y objetos cuyas figuras de referencia fueron extraídas de las notas periodísticas. Cada una de ellas está cargada de un simbolismo específico (la pick-up Lobo como epítome del narcotráfico, el Oxxo como síntoma de un capitalismo que se muerde la cola), y además de una dosis real de pirotecnia. Posteriormente, con el apoyo de un equipo técnico y cinematográfico, se grabaron las diferentes escenas que dan forma a los ocho videos. En Paraalegorías (casi) todo estalla: el ardor está sembrado en el corazón de los artefactos y su estallido se hace corresponder, en una temporalidad simbólica, con la práctica ritual de la quema de Judas –aquella en la que la colectividad purga su malestar social a través del apedreamiento, linchamiento o quema de un monigote que encarna la maldad y el envilecimiento.

No habría que perder de vista que lo relevante de este ardor no reside en una tendencia patológica a la provocación de incendios o estallidos (nada más superfluo que reducir esta instalación a algo puramente “explosivo”). Las descargas de Paraalegorías se producen en los márgenes de ese otro gran ardor que envuelve a este país. El narcotráfico, la militarización, el anarquismo, el capitalismo, las desapariciones forzadas son asuntos que en esta muestra son convocados desde una ficción sustractiva y anti-monumental. Las locaciones austeras, el registro sonoro apenas audible (salvo en el momento de las explosiones), el tempo cinematográfico que se impone sobre el “tiempo real”, la hechura precaria, totalmente ficticia, de los artefactos…: todo esto converge en una museografía que apuesta por la extrañeza antes que por la aprehensión totalmente legible del proceso creativo, pues es ahí –en la perplejidad– donde Paraalegorías despliega su eficacia como proyecto artístico. La escenificación de una violencia desterrada hacia los márgenes permite re-pensar y re-construir: dos acciones estimuladas por la imaginación que, precisamente, la violencia ha querido aniquilar de raíz.

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Goldbard pertenece a una generación de fotógrafos jóvenes que han desarrollado una producción notable a partir de intereses bastante precisos (la relación entre arquitectura y paisaje en Pablo López Luz, los procesos de abstracción de la naturaleza en Alex Dorfsman, las travesías de un México de altos contrastes en Mauricio Palos, por citar algunos casos destacados). El tránsito que esta artista ha hecho al lenguaje tridimensional con la instalación y la escultura, y su marcado interés por las posibilidades que le brinda el medio cinematográfico, reflejan una madurez creativa desde el momento en que lo fotográfico, más que haber sido desplazado o abandonado, reaparece en Paraalegorías bajo una nueva tensión creativa. Donde lo singular de la manufactura artesanal de las piezas cargadas de pirotecnia subraya su aspecto de piezas únicas e irrepetibles, lo múltiple despliega su reproducción a través del registro en cámara fotográfica y cinematográfica: un revés novedoso en torno a la discusión, siempre vigente, de la pérdida del “aura” debido a las técnicas de reproductibilidad generadas por diferentes dispositivos mecánicos.

Así, con esta muestra que reúne piezas elaboradas en los últimos tres años (algunas de ellas fabricadas ex profeso para esta ocasión), Adela Goldbard confirma su presencia como una de las artistas que con mayor perspicacia ha reintegrado la fotografía en las dinámicas y problemáticas del arte contemporáneo.


Paraalegorías

Artista: Adela Goldbard

Curaduría: Víctor Palacios

Casa del Lago

Bosque de Chapultepec S/N, Miguel Hidalgo, C.P. 11850

22 de octubre, 2015 – 14 de febrero, 2016


Imagen principal: “Lobo” (2013), de Adela Goldbard.

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