Curso elemental de fisiología humana

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De acuerdo con las mediciones de la empresa de tecnología móvil Swiftkey, el Diccionario Oxford determinó que la palabra más usada alrededor del mundo en 2015 fue un emoji o pictograma que representa una “cara con lágrimas de alegría”. ¿De dónde se alzó el clamor bizantino ante el dictamen del Diccionario Oxford? De la ciudadanía analógica, que sólo considera los medios impresos como fuente de aquel dictamen y no los miles de millones de textos que circulan a diario en las redes sociales y en los servicios de mensajería instantánea de los teléfonos móviles. Y, claro está, de Occidente, donde los caracteres latinos de su escritura forman palabras aisladas entre sí y cuyo sentido general asoma gracias a un determinado encadenamiento en la frase u oración —a diferencia de los conceptos o ideas que puede exhibir de golpe un solo ideograma oriental. Sin embargo, una lamentación purista, de tinte metafísico, se ha adueñado del tema: ¿dónde quedaron las llamadas “palabras esenciales”: hola, muerte, Dios, soledad, hombre, tristeza, día, mujer o agua? ¿En verdad no cupieron en la lista? ¿Acaso las palabras de la tribu digital, desde Groenlandia hasta Ciudad del Cabo, están perdiendo no sólo su pretendida pureza, sino enfrentando su extinción?

Por extraño que resulte, estas preguntas parecen más inquietudes literarias —de cierta poesía ortodoxa, cabría especificar, producida en “soportes convencionales” como la palabra, el papel y hasta el procesador de texto— que minucias coyunturales del lenguaje. A diferencia de los usuarios de redes sociales y teléfonos inteligentes, algunos escritores y académicos, en la retaguardia del mundo, consideran que los emoticones (gesticulaciones hechas con caracteres del teclado) y emojis estandarizan la expresión de un estado de ánimo personal e irrepetible. De ser así, las palabras también pasarían por el mismo rasero: hasta que alguien decide emplearlas y darles un sesgo único, no son sino entradas comatosas de un diccionario, recipientes vacíos que guardan polvo en los estantes de la lengua.

De nuevo, la realidad ha superado a la ficción de aquellos aparentes custodios de la comunicación creativa y práctica. Los emoticones y emojis no sólo llegaron para quedarse —tanto así que ahora existe FourMan, un lenguaje de programación computacional basado en los últimos—, sino para cambiar de raíz la manera en que conversamos virtualmente. Al principio, parecían escoltar las charlas escritas con sucedáneos de gestos; ahora, lejos de ser chaperones expresivos, se juzgan entidades autónomas del discurso, al punto que su significado es ya una mera glosa para invidentes. Los usuarios de Facebook, Twitter o Whatsapp administran un vasto repertorio de pictogramas que toma en cuenta la celeridad y concisión de los mensajes transmitidos, pero también la naturaleza intraducible de esas “caras”, sin cuya gramática, dinámica e insubordinada, no obtendríamos ciertos giros y efectos en el arte nuevo de chatear, tuitear o postear. Según Ernest Fenollosa a propósito de la ideografía china en El carácter de la escritura china como medio poético (1918), “las resonancias vibran ante el ojo. La riqueza de la composición en caracteres hace posible una selección de palabras [o, en este caso, de emojis] en las que una sola resonancia dominante colorea cada plano de significación”. Las caras han dejado de adjetivar los rostros de sus portadores para constituir auténticas líneas de expresión en las pantallas de los dispositivos.

Una “cara con lágrimas de alegría” fue la “palabra” más usada este año. La noticia debería alegrarnos y conmovernos hasta el emoji mismo. Manifiesta la inventiva de millones de usuarios como cultores de ideas y emociones, quienes no se detienen ante recurso alguno —palabras, imágenes, instrucciones o teorías ejemplares— para transmitirlas. De igual modo, ofrece un esperanzador retrato de esos muchos millones que manifiestan un anhelo de dicha perdurable más allá de su formulación verbal. (Eso que el poeta galo Francis Ponge bautizó como objoy: la cruza perfecta entre el “objeto” (objet) y la “alegría” (joie), el instante de júbilo que experimenta el artista cuando logra expresar tanto al objeto como a sí mismo.)

Lejos del demérito o la extinción, las “palabras esenciales” son lugares comunes de la humanidad. Con una confianza inmerecida en nuestra supervivencia, las hemos hecho crecer y multiplicarse, perder peso específico, asumirse como los arcángeles de una insípida anunciación en la que nadie cree o, peor aún, que ya nadie recuerda. Grandes palabras que devinieron masivas, transgénicas, para una tierra sobrepoblada de discursos y hablantes. Frente al consumismo verbal, los emojis podrán no ser la panacea —incluso, su proliferación parecería indicar lo contrario—, pero tampoco un placebo. Si, como afirma el chileno Raúl Zurita, vivimos en la época de la “agonía del lenguaje”, los emojis no son su tiro animado de gracia sino sus visibles estertores: luces de estrellas que no terminan de fingir su muerte ante nuestros ojos aliviados e incrédulos.

El lenguaje, pues, atraviesa por uno más de sus desahucios. Este proceso no debería sorprender a nadie. La modernidad y contemporaneidad se han especializado en expedir actas de defunción: la de Dios, la del autor, la del arte, la de la historia… Mientras haya hablantes y usuarios, el acta de defunción del lenguaje seguirá teniendo una infinitud de borradores. Hoy, como última voluntad, el lenguaje parece exigir a sus deudos que aquellos lugares comunes sean de nuevo extraordinarios, fallas y aciertos de origen, materia de bautismo para un mundo sin memoria ni inercia; que los polos opuestos (la risa y el llanto, por ejemplo) se atraigan para urdir una urgente y armónica contradicción. Algo así, a falta de otro símbolo:

ss


(Foto principal: cortesía de Theus Falcão.)

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