De ética, suadero, acceso a la justicia y derecho a la información

¿Qué hay detrás de la ética periodística? ¿Es una cuestión de forma o de fondo? El periodista y académico Marco Lara Klahr explica los dilemas deontológicos a los que nos enfrentamos.

| Ética periodística

Ética periodística

 

A veces los santos miran como demonios

José Lezama Lima

La deontología, es decir, la ética profesional, no es consecuencia ni producto de un recetario genérico preestablecido como acto de bondad, ni mucho menos simple guarnitura —así llaman los cantineros, con comicidad involuntaria, los adornos de la coctelería—. Y en periodismo, que de eso hablaremos aquí, tampoco implica autocensura.

Como ciencia del bien hacer —definición que evoca su fundamento aristotélico—, la deontología es un sistema menos o más complejo, derivado de referentes morales individuales, modelos mentales institucionales —en sentido de toda empresa humana—, y reglas y mecanismos procedimentales que contemplan también el accountability social.

En periodismo, como en cualquier otra profesión —a despecho de quienes, atrapados en la mentalidad decimonónica, siguen considerando que lo que ejercemos las y los periodistas es un oficio, como decir “acá le van, jovenazo, sus dos de suadero” o “A 20 varitos la boleada, jefe”—, la deontología hace indivisibles forma y fondo, por más que esto sea negado por gran parte de nuestro gremio, lo que tampoco es tan original: entre las y los abogados o médicos, por caso, predomina igualmente la convicción de que el buen litigante o médico no siempre es el más ético, y aún al revés —al fin territorios profesionales donde pululan listillos.

Así, paradójicamente predomina la disociación entre forma y fondo. Y acá dos muestras recientes —cuyos diálogos se reproducen de la manera más leal posible:

1) Una persona experimentada en periodismo policial defendía con vehemencia que la función del buen reportero policial y su medio es “tener la nota”, por ejemplo, de “presuntos” a quienes la policía o el ministerio público atribuye haber cometido delitos. “Pero legalmente esa persona es inocente”, se le hace notar. Responde de primera intención: “Ah, ¡eso que lo decidan las autoridades, no nos toca a nosotros, porque, además, si las esperamos, tardan demasiado y no habría notas”.

2) En un debate académico, una de las personas participantes reivindicaba como buen periodismo un reportaje sobre el caso judicial de cierto personaje controversial. El moderador acotó, con base en lo que había dicho otra debatiente: “¿Esta pieza consuma un tribunal mediático, tiene un enfoque misógino, no verifica la información y se basa predominantemente en fuentes anónimas?”. La persona interpelada: “Sí”. El moderador: “¿Pudo haberse hecho ciñéndose a la deontología periodística?”. “No, si se hubiera hecho así no habría periodismo”, concluyó la debatiente, dejando perplejo al auditorio.

Hoy quizá la mayoría de periodistas de ciudad posee estudios universitarios, tanto como acceso a Tecnologías de la Comunicación y la Información superior al del resto de su comunidad. ¿Por qué entonces su resistencia a asumir la deontología profesional, disociando forma y fondo?

En nuestro gremio y el entorno de los medios noticiosos donde se desenvuelve —ambos notoriamente endogámicos, con fuerte esprit de corps— esa resistencia hace que siga regateándose el respeto a la legalidad y los derechos humanos. Dentro y fuera suele explicarse lo anterior arguyendo que los medios son empresas motivadas solo por “intereses” económicos o políticos. Pero no es tan sencillo.

No hay manera, por ahora, de demostrar teóricamente lo siguiente, pero convendría buscar maneras de producir evidencia empírica al respecto: siempre en la lógica de los denominados modelos mentales, es altamente posible que en nuestro gremio no haya consenso sobre el respeto a los derechos humanos porque predomina la ideología positivista de la seguridad y la justicia como mecanismos legítimos e indispensables de control social, o sea, represivos del Estado —¡al margen de que justo los mayores perpetradores de los peores ataques contra periodistas sean actores institucionales!

Esto explicaría por qué la deontología profesional es esgrimida retóricamente, pero siempre termina supeditada a ese modelo mental autoritario, lo que desde luego no excluye lo de los intereses, aunque no solo de las empresas: no es infrecuente que colegas periodistas de seguridad y justicia reciban apoyos para gastos y obsequios, gocen de empleos en instituciones del sistema penal, sean contratistas de gobierno o tengan periódicamente ingresos provenientes de poderes fácticos, incluidos los de grupos delincuenciales.

¿Esto llevaría automáticamente al reproche moral? El gremio periodístico suele moralizar a quienes protagonizan el conflicto penal ya sea como víctimas o imputados, criminalizándolos, estigmatizándolos y satanizándolos, pero al mismo tiempo es hipersensible al reproche externo o interno. No obstante, el objetivo de esta reflexión no es moralizante.

Quiere visibilizar un problema estructural, comprendiendo que el periodismo jamás se regirá por la deontología profesional mientras tal orden prevalezca y la comunidad no actúe asumiéndolo como asunto propio, empeñándose en revertirlo convencida de que de ello dependerá inevitablemente el goce pleno de bienes jurídicos tan preciados para su calidad de vida como el acceso a la justicia y el derecho a la información.

Ilustración: @donmarcial

 


Esta publicación/plataforma ha sido posible gracias al apoyo del pueblo de los Estados Unidos a través de la Agencia de los Estados Unidos para el Desarrollo Internacional (USAID). Su contenido es responsabilidad de los autores y no refleja necesariamente el punto de vista de USAID o del Gobierno de los Estados Unidos de América.

Artículos relacionados