De fronteras y migrantes: Angela Merkel y la crisis europea

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Mi vida laboral me obliga a viajar entre Budapest y Berlín. En Budapest vivo a cuatro cuadras de la ahora infame estación Keleti, donde durante las semanas pasadas se concentraron miles de refugiados que intentaban tomar trenes hacia Viena o Múnich. Después de haber dejado pasar por unos días a quienes tenían boletos comprados, la policía húngara impidió por días el paso a los refugiados; aparentemente el gobierno alemán había ejercido presión para que Hungría asumiera su deber –según los acuerdos de Dublín y Schengen– de procesar las solicitudes de asilo y registrar a quienes entran a la Unión Europea por su frontera.

Las fotografías de Keleti muestran una valla de policías que solo se abría para los viajantes blancos y con documentos de identidad europeos. Llevados por el coraje, grupos de refugiados protestaron ante la policía. El gobierno húngaro los dejó a la deriva, sin cuidado ni información. Afortunadamente docenas de voluntarios residentes de Budapest se apresuraron para acompañar a los refugiados. Durante semanas satisficieron incansablemente las necesidades mínimas en la plaza que conduce a la estación, convertida en un infierno de hedores, hambre y desesperación. La iglesia católica húngara estuvo ausente.

Frente a esta situación, algo extraordinario ocurrió en Alemania: Angela Merkel tomó una posición. Más extraordinario aún: tomó una posición a favor de ignorar una regla europea y en contra de un ala importante de su propio partido (la unión cristiano-demócrata, CDU), especialmente su veta regional, la unión social-cristiana de Baviera (CSU).

Antes de septiembre ni Merkel (jefa de gobierno) ni Gauck (jefe de Estado) habían puesto atención a las muchas tragedias de los últimos meses. Las más de novecientas vidas perdidas en el mar Mediterráneo apenas en el primer semestre de 2015 no merecieron ningún pronunciamiento. No era todavía la “crisis de refugiados”. Merkel estaba ocupada con otra crisis: la de Grecia. Famosa por su capacidad de evadir preguntas y evitar tomar una posición clara (“merkeln” se usa como verbo coloquialmente para cuando alguien habla sin decir nada), Merkel dejaba a su ministro de finanzas, Wolfgang Schäuble, comunicar los detalles más desagradables. Aun así, en manifestaciones en Grecia se veían posters de ambos con bigote hitleriano y en España se les criticaba por su posición poco solidaria.

Apenas en julio el exministro alemán de relaciones exteriores, Joschka Fischer, escribía sobre “The Return of the Ugly German”, poniendo en palabras el malestar de muchos alemanes al encontrarse de nuevo siendo los malos de Europa. Para quienes vivimos en Alemania, las noticias sobre la dura posición de los representantes alemanes en las negociaciones sobre Grecia se sumaban a un malestar mucho mayor: los crecientes episodios de violencia de grupos de extrema derecha. Tan solo en el primer semestre de 2015 hubo 150 ataques a centros de recepción de refugiados en Alemania.

Las cosas no eran así antes de 2014: cada vez que se manifestaba un grupo de neonazis se manifestaba un grupo exponencialmente mayor en su contra. En 2014 todo cambió debido a las manifestaciones masivas de la Patriotische Europäer gegen die Islamisierung des Abendlandes (Pegida). El nombre se traduce como “Europeos Patriotas contra la Islamización de Occidente” –en serio. Pegida organizaba sus “caminatas nocturnas” los lunes, tratando de hacer eco a las manifestaciones masivas de los que peleaban por la libertad de expresión y la democracia en la República Democrática Alemana poco antes de la caída del muro. Pegida está principalmente activa justo en la región de la vieja Alemania del Este. A la vista de todos, bajo la luz de sus antorchas (en serio): cabezas rapadas y símbolos apenas disfrazados para evadir la prohibición de mostrar símbolos neonazis explícitos.

Mientras tanto, los episodios de violencia contra refugiados se han reportado con un lenguaje burocrático y distante: “se sospecha de intento de incendio en un centro de recepción de solicitantes de asilo”. Algunos comentaristas presionan por nombrar estos episodios de otra forma: intento de asesinato, crímenes de odio y racismo, terrorismo. Lo peor es que estos ataques suceden en toda Alemania, tanto en la vieja Alemania del Este como en la liberal, protestante y progresista del noroeste, y en la rica y católica del suroeste. Ante todo esto, Merkel y Gauck habían guardado silencio. En el corazón de muchos crecía la impotencia al ver que el odio, el resentimiento y la violencia estaban creciendo sin freno alguno.


La conmoción de Reem

Algo inesperado y casi increíble ocurrió el 16 de julio en una escuela de Rostock: Merkel erró. En un evento televisado en vivo llamado “diálogo con los ciudadanos”, el objetivo de Merkel era interactuar con la gente, demostrar su cercanía con el pueblo y también su consabida destreza para enfrentar preguntas espontáneas. Todo iba bien hasta que tomó el micrófono Reem, una niña palestina de 14 años que, en alemán perfecto, describió la incertidumbre de su familia, proveniente de un campo de refugiados de Líbano, ante un proceso de solicitud de asilo que en cuatro años no se ha resuelto en su favor y que los amenaza con deportación. En su reacción a la intervención de Reem, Merkel no titubeó, y afirmó que la política es dura, las reglas claras, y que Alemania no podía aceptar a todos. Reem se soltó en llanto y recibió de Merkel caricias en la cabeza y, en un tono condescendiente, un “no llores, hablaste muy bien”.

Lo que siguió fue una conmoción nacional. Comenzando por el propio moderador del diálogo, medios de comunicación, intelectuales y organizaciones civiles criticaron la falta de compasión de Merkel y lo indignante de su respuesta. Lo que nadie creyó fue lo que Merkel respondió a la crítica del moderador: “sé que es duro, pero la quiero consolar porque no queremos ponerlos en esa situación, y ella expuso muy bien no solo cómo le puede ir a su familia, sino a muchos otros en situaciones similares”.

No sé si fue Reem con su elocuencia y sus lágrimas, o si fue la debacle mediática, pero quizá esa tarde Merkel entendió lo que estaba pasando.


La conmoción en las fronteras de la Unión Europea

Entre julio y agosto las noticias sobre refugiados cambiaron de tono. Desde Alemania, los náufragos y muertos en el mediterráneo todavía se percibían lejanos –incluso los que llegaban a duras penas a Grecia para ser ignorados por un Estado en quiebra. Se sabía que querían llegar al norte del continente, pero todavía no se hablaba de crisis. Todavía eran el problema de otros.

En junio visité un centro de recepción de refugiados en Hungría: Bicske. Ya entonces el mejor de los centros de recepción de ese país, y el único que su gobierno nos permitió ver, estaba rebasado al doble de su capacidad y no ofrecía nada más que un lugar para pasar la noche, una comida y una muda de ropa a cambio de tomar las huellas digitales que condenaban a los que ahí se registraban a volver a Hungría para procesar su petición de asilo, según el acuerdo de Dublín 2. Aun así, la mayoría de los solicitantes de asilo partían después de uno o dos días para intentar llegar a Austria, Alemania o Suecia.

Similar a Grecia, pero peor, la política de Hungría para ejercer presión sobre el resto de Europa era registrarlos y dejarlos seguir, o incluso incentivarlos a irse comunicándoles que el proceso sería larguísimo y que a menos del 8% se les permite quedarse (que no es lo mismo a darles asilo). Me consta que los trabajadores sociales a cargo de Bicske daban lo mejor de sí, agotados, sin ningún tipo de apoyo psicológico, y tristemente conscientes de que los pocos recursos que tenían pronto se harían más escasos. Y se cumplió. En los dos últimos meses el gobierno húngaro de Viktor Orbán dejó de hacer siquiera esto, y en su lugar hizo algo peor.

Hungría comenzó a levantar una barda en su frontera con Serbia, la frontera de la Unión Europea hacia los Balcanes, en junio. Desde entonces, los refugiados se apresuran a cruzar los Balcanes en camino a Hungría, intentando llegar antes del cierre de la frontera. Mientras tanto, en Alemania, en la ciudad sajona de Heidenau, un centenar de neonazis atacó un centro de recepción de refugiados y a los policías que intentaba proteger el edificio. Haciendo referencia al artículo 1º de la Constitución alemana, Merkel se limitó a decir que “los ataques a la dignidad de las personas no se tolerarán”. El presidente Gauck, un ex pastor protestante, aludió de forma moralina en un discurso a dos Alemanias: una “clara”, de quienes ayudan y reciben a los refugiados, y otra “oscura”, de quienes los atacan.

En este contexto sucedieron en un solo día de agosto dos horribles tragedias: 71 refugiados murieron asfixiados dentro de la caja de un autobús de carga estacionado en una autopista austriaca, y 200 murieron ahogados cerca de la costa de Libia.

Todo esto precedió a la sorpresiva decisión de Merkel, el pasado 5 de septiembre, de permitir, e incluso facilitar, el paso libre e inmediato de los refugiados atrancados en Hungría y de ignorar exclusivamente para los sirios las reglas de Dublín, con la finalidad de evitar una catástrofe humanitaria. Inicialmente negociado con los gobiernos de Austria y Hungría como un corredor con duración de tres días, el corredor funcionó más de una semana, dejando pasar más refugiados hasta Baviera que en todo 2014.

Ayer, 13 de septiembre, Alemania reintrodujo, sin embargo, controles fronterizos en las carreteras y trenes entre Hungría, Austria y Alemania, con el objetivo de desacelerar la llegada de refugiados. Se trata de otra excepción (esta vez en sentido contrario y en línea con los controles que Hungría y Dinamarca ya comenzaron) al acuerdo de Schengen. A decir del ministro federal del Interior, Thomas de Maizière (a quien le tocó ser la cara de la decepción), esta medida se justifica porque era necesario reordenar la entrada de refugiados y mandar la señal a Europa y a los refugiados de que “la carga” debe distribuirse solidariamente.

Con esto se hacen palpables los efectos de la división dentro de la CDU y, sobre todo, la fuerte repulsión de su ala regional bávara (la CSU) ante la posición de Merkel. La presión del primer ministro Orbán desde Hungría remontó también. Apenas aliviada la situación de Keleti, quedó claro que el maltrato a los refugiados tan solo se había desplazado, pues el flujo de refugiados hacia Hungría no ha cesado y se ha acelerado conforme su frontera se ha ido sellando. Los refugiados que han entrado a Hungría en la última semana han sido detenidos en condiciones todavía más denigrantes en un centro de recepción en la frontera con Serbia, en el único hueco que queda a lo largo de la barda: Rözske.

Hasta ahora Merkel ha persistido en su posición, defendida por el partido socialdemócrata (SPD), con el que gobierna actualmente en coalición. Después de ser llamada “traidora a la patria” en su visita a Heidenau, por fin ha prometido toda la dureza del Estado de derecho contra quienes ataquen a refugiados, y cero tolerancia para el odio y la xenofobia. Ante una persona que le reclamó en otro “diálogo ciudadano” que su posición ante los refugiados es inadmisible porque su primera responsabilidad es proteger a los alemanes y su cultura ante la “inminente islamización de Alemania”, Merkel respondió que Alemania se responsabiliza también por la forma en la que ha contribuido con muchos militantes radicales al estado islámico, y que su respuesta como canciller no debe venir del miedo. La canciller de las reglas claras habla de una “Alemania flexible” y presiona al aparato estatal para que las decisiones sobre solicitudes de asilo se tomen más rápidamente, y también para que los centros de recepción se apresuren a prepararse para más refugiados. Ante la magnitud del reto, simplemente asegura que “hemos logrado tanto, que esto también lo lograremos. Donde haya obstáculos, los superaremos”.


Entre la (momentánea) alegría y la suspicacia

En un marco legal endeble, por consistir de excepciones, y en un proceso caracterizado por medidas erráticas y un vaivén de controles, Alemania sigue tolerando hasta hoy el paso de los refugiados sirios.

Obviamente, el mérito que se le atribuyó en los últimos días no es de Merkel. Su respuesta, aunque bienvenida, ha sido muy tardía y sigue siendo ambivalente. El mérito es de los miles que en toda Europa han mostrado solidaridad y humanidad mucho antes de que sus gobiernos lo hicieran, y de los que –como en Hungría, Austria, Macedonia, Grecia, etc.– lo siguen haciendo a pesar de sus gobiernos. Es, también, de los muchos periodistas que sagazmente se colaron entre los refugiados para que nos enteráramos de que el gobierno húngaro estaba metiendo a trenes y autobuses a refugiados para llevarlos a campos. Gracias a sus extraordinarios reportajes muchos ciudadanos austriacos y alemanes se prepararon para monitorear el trayecto de los autobuses cuando se abrieron las fronteras, y para ir en autos particulares desde sus hogares a recoger a refugiados hasta la estación Keleti en Budapest, escoltados por organizaciones que garantizarían a las policías que no se trataba de tráfico de personas. El mérito es de los que están reportando hoy desde Röszke. El mérito es de los húngaros que los han escoltado con agua y comida en la travesía a pie, a lo largo de las vías del tren; de los cientos de austriacos y alemanes en Viena, Múnich y Berlín que se han apresurado a ir a las estaciones de trenes para recibir a los refugiados con aplausos, comida, regalos y abrazos… De quienes los alojan en sus casas e invitan a sus mesas. Muchos otros han estado contribuyendo desde hace mucho tiempo a las iniciativas locales que ayudan a los recién llegados a establecerse y a navegar el laberinto burocrático que implica pedir asilo.

Aunque se le haya celebrado por unos días como la madre de los refugiados, el mérito no es de Merkel, pero sí tiene mérito que hubiera cambiado, en un momento crítico, su posición. Generó euforia por buenas razones. Conociendo el trato inhumano de refugiados que sanciona el primer ministro húngaro y sabiendo que países prósperos como Dinamarca están cambiando sus leyes velozmente para sellarse, la alegría no era para menos. Merkel había sobresalido por su rigidez y falta de solidaridad ante la situación de España, Portugal y Grecia. Mucho peor es que, por omisión, el gobierno alemán estaba encaminándose a la corresponsabilidad en muchas tragedias, vidas perdidas en el exterior y movimientos de neonazis resurrectos en el interior.

Se espera que hoy se apresuren más refugiados a alcanzar el sórdido centro de recepción de Röszke porque a partir de mañana, martes 15 de septiembre, cruzar la frontera de Hungría ilegalmente será considerado un acto criminal y no solo una infracción. Otra vez trenes y autobuses especiales están transportando refugiados hacia Alemania, interrumpidos por lapsos de cierre de fronteras y suspensión de trenes. Las medidas parecen esquizofrénicas, pero la situación ante la presión puesta por las acciones de Orbán parece exigirlas. El viernes pasado Orbán ya envió 3,000 soldados a completar la barda fronteriza cuanto antes y el parlamento húngaro decidirá pronto si deben quedarse a resguardarla. Austria utiliza a su ejército hasta ahora solo para asistencia humanitaria, mientras que Alemania utiliza al suyo, por lo pronto, para acondicionar, a toda prisa, espacios cada vez más precarios para recibirlos.

Sin duda, no todos están felices en Alemania por la llegada de los refugiados y es evidente que la “flexibilidad” que anunció Merkel autoriza medidas versátiles, pero sobre todo inconsistentes. Con todo, muchos sí nos alegramos de que el gobierno por fin se haya pronunciado y actuado respecto a los refugiados, y que comprometa recursos federales en lo que sin duda será una tarea de largo plazo. No sé si se lo debemos a Reem, o más bien a la política deleznable de Orbán, y tampoco sé cuánto durará el compromiso de acoger dignamente a los refugiados, pero estando en Alemania sí descansé al leer que son tantos los manifestantes a favor de los refugiados, a favor de una “cultura de tolerancia y bienvenida”, que la última “caminata” de Pegida en Múnich se tuvo que cancelar por falta de participantes.

(Foro cortesía de Christliches Medienmagazin.)

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