De masacres y verdades históricas: La casa del dolor ajeno, de Julián Herbert

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Julián Herbert, La casa del dolor ajeno

México, Random House, 2015, 305 pp.


La casa del dolor ajeno no solo nos proporciona una nueva versión de la matanza de 303 migrantes chinos ocurrida en una región norteña de México en tiempos de la Revolución; de principio a fin, es también un ejemplo del método de la microhistoria que nos propuso Luis González y González con su Pueblo en vilo (1968). Así como Luis González redactó la historia universal de San José de Gracia, en esta obra Julián Herbert relata la historia universal de la región de Torreón. Cuánta razón tenía Luis González cuando dijo que “el redactor de la historia local debiera ser un hombre de letras”; sin duda, con este libro, el narrador y poeta Herbert ejerce ese “oficio de historiar”.

En trescientas páginas, Herbert nos provee de resúmenes y fragmentos de una amplia bibliografía sobre la vida cotidiana en la región de Torreón en los primeros años del siglo XX, al tiempo que resume la historia de la diáspora china en América. Pero aún más importante es el análisis que ofrece de la “economía de la crueldad”, algo que nos parece tan familiar en el México contemporáneo.

Con un lenguaje coloquial, Herbert narra el escalofriante crimen de odio: más de trescientos chinos que habitaban en Torreón y sus alrededores fueron masacrados, tanto por tropas revolucionarias como por ciudadanos, entre el 13 y 15 de mayo de 1911. Su relato no se limita a lo ocurrido durante la masacre; son igualmente importantes los hechos anteriores y posteriores. Herbert expone, además, los prejuicios de los historiadores que contaron la matanza como un mero acto de odio, como un hecho aislado, en teoría realizado de manera espontánea en medio del caos de la revuelta revolucionaria, minimizando de ese modo el significado de la matanza. En otras palabras, nos descubre la manera en que se construyó la “verdad histórica” que en esos tiempos convenía a los grupos en el poder.

También Enrique Florescano tenía razón. Con su microhistoria, Luis González amplió y democratizó las fronteras de la historia, algo que también parece hacer Herbert en este libro. Mediante el análisis de documentos historiográficos –libros de historia, prensa, novelas, narraciones, etc.–, Herbert va desenmascarando el discurso imperante sobre este terrible evento para mostrarnos la responsabilidad directa de los maderistas que tomaron Torreón en esos días. Esta versión, la de la responsabilidad maderista, concuerda con testimonios e indagaciones de aquellos días pero, en vez de ella, se difundió entonces la vaga versión de que la masacre había sido cometida por las clases pobres (“la masa”) sin contar con apoyo de la clase dominante. Como si la apuesta aquellos días hubiera sido dejar las cosas difusas, como campo fértil para que corrieran distintas versiones, difuminando así responsabilidades.

Además de recordarnos la autoría del frente maderista en esta matanza, Herbert exhibe cómo el sentimiento antichino “campeó en la prensa, las conversaciones de café, los chistes, en las leyes, la segregación, las manifestaciones públicas y el vituperio” hasta llegar a los golpes y la matanza; incluso, se alimentó de la misma fobia presente en Estados Unidos (especialmente California) hacia este grupo de población extranjera. El crimen de Torreón no fue, así, un hecho aislado: fue consecuencia de un sentimiento construido y alimentado día con día en todos los rincones de la sociedad.

Por si fuera poco, nos dice Herbert, tras la masacre no hubo arrepentimiento alguno, y ni siquiera autocrítica, sino, por el contrario, un “permiso simbólico de transgresión”. Así, el libro nos remite a distintos eventos en que este “permiso” parece haber estado en práctica, desde un discurso xenófobo en una ceremonia maderista, apenas unos días después de la masacre en Torreón, hasta un baile, también organizado por grupos maderistas, en uno de los locales donde habían sido brutalmente asesinados los extranjeros. Fue como “danzar sobre los cráneos de los muertos”, dijo un testigo en un testimonio retomado ahora por Herbert.

Todavía encuentra espacio Herbert, en estas trescientas páginas, para mostrar que el gobierno mexicano ha sido omiso a la hora de indagar y asumir responsabilidades frente a este tipo de eventos. Herbert compara las indagatorias oficiales de aquel suceso con las realizadas en 2014 y 2015 en torno a Ayotzinapa, en las que el ex procurador de la República quiso imponer una “verdad histórica” sobre la desaparición de los 43 estudiantes, basándose en una “investigación” de carácter político (no técnico ni metodológico). Así, el autor ilustra un patrón oficial: negar los hechos, calumniar a las víctimas (los chinos, se decía, murieron por atentar contra el Ejercito Libertador de la República), privilegiar las versiones de los soldados, falsificar y mutilar testimonios de extranjeros y de periodistas o civiles que tuvieran una versión distinta, convocar documentos que nunca existieron (falsas declaraciones); todo esto con el fin de establecer como verdad histórica una versión política, en aquel caso la de los maderistas. A la negación y a la calumnia le siguieron, y le siguen, además, el ninguneo, el menosprecio, la verdad a medias y la traición de la palabra empeñada. (En aquel entonces México nunca pagó las indemnizaciones acordadas con el gobierno chino.)

Esta obra de Herbert, que no debería pasar desapercibida, nos invita a preguntarnos si, como en tiempos de la Revolución, en el México actual no está presente una “ilusión esquizoide: la legalización subrepticia del caos”. Por lo pronto es necesario reconocer que hoy, más de un siglo después de la brutal matanza de Torreón, continuamos ejerciendo la misma crueldad contra grupos determinados de la población, en especial contra otros extranjeros, como los centroamericanos y las centroamericanas que intentan cruzar el territorio mexicano para llegar a Estados Unidos.

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