¿De qué hablamos cuando hablamos del socialismo de Bernie Sanders?

El fenómeno Sanders ha mostrado –además de la aversión de la clase política estadounidense al disenso– la existencia de un electorado de izquierda que llegó para quedarse.

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En 1912 y 1920 Eugene Victor Debs recibió casi un millón de votos como candidato presidencial del Partido Socialista de Estados Unidos. El pasado martes 9 de febrero, en New Hampshire, Bernie Sanders se convirtió en el primer candidato autodefinido como socialista que gana las elecciones primarias de uno de los dos mayores partidos políticos. Hay que decir, sin embargo, que Debs y Sanders no son el mismo tipo de socialista. Debs fue a la cárcel por oponerse al involucramiento de Estados Unidos en la Primera Guerra Mundial; Sanders, como senador, ha abogado por los cientos de miles de millones de dólares que se gastan absurdamente en el ejército. Debs creía que los trabajadores debían “ser dueños de sí mismos y hacer de la industria y del producto de su trabajo lo que les venga en gana”. Cuando se le pide que defina el socialismo, Sanders proporciona coordenadas más bien modestas: los Estados de bienestar escandinavos y el liberalismo reformista de Franklin Delano Roosevelt (presidente de Estados Unidos entre 1932 y 1945).

A pesar de que Sanders no es un revolucionario, su identificación con la tradición socialista tiene raíces profundas. Nacido en Brooklyn –justo después de la Gran Depresión– en el seno de una familia de inmigrantes judíos de clase trabajadora, se involucró pronto en la política radical abogando por los derechos civiles de los ciudadanos negros en la década de los sesenta. Como muchos de los que dirigieron y participaron en estas luchas, Sanders pensaba que la lucha por la igualdad racial estaba íntimamente ligada a la lucha contra la explotación capitalista. Así, durante los años setenta y ochenta intentó poner en práctica políticas socialistas a nivel local, convirtiéndose en alcalde de Burlington, Vermont. (En 1984 Burlington se convirtió en ciudad hermana de Puerto Cabezas, Nicaragua, como muestra de solidaridad de Sanders con los sandinistas.) Eventualmente Sanders ganaría un asiento en la Cámara de Representantes y, más tarde, en el Senado, donde –a pesar de identificarse como socialista y haber colgado un retrato de Debs en las paredes de su oficina– trabaja, por razones tácticas, con el Partido Demócrata.

Otros miembros del Partido Demócrata comparten las posiciones políticas de Sanders, pero ninguno de ellos habría representado un verdadero desafío para Hillary Clinton, mucho menos de haberse reconocido públicamente como socialista. Sanders casi no cuenta con el apoyo de otros demócratas, y apenas si tiene apoyo entre los sindicatos. El hecho de que, a pesar de ello, haya representado un desafío de tal magnitud para Clinton es más radical que cualquiera de sus posiciones políticas: Sanders le apostó a que, tras muchos años de agravamiento de la desigualdad y la corrupción, el pueblo estadounidense estaría dispuesto a tomar nuevamente en serio las políticas y los discursos de clase. La campaña inició como una simple protesta, como una mera oportunidad para que Sanders expresara sus opiniones e hiciera un poco más arduo el inevitable camino de Hillary Clinton hacia la Casa Blanca. Pero la apuesta le pagó más de lo que jamás pudo haber imaginado. Sucede que Sanders, de 74 años y veterano de la ola radical que sacudió a Estados Unidos hace más de cincuenta años, se lanzó para presidente justo en el momento en que una generación de jóvenes parece ansiosa por un nuevo radicalismo. Una encuesta de 2011, por ejemplo, reveló que los estadounidenses de entre 18 y 29 años son más propensos a tener una visión positiva del socialismo que del capitalismo. Este año los votantes jóvenes han ofrecido todavía más pruebas: en las dos elecciones demócratas que se han llevado a cabo, Sanders ha ganado más del ochenta por ciento de los votos de los electores menores de treinta años.

Escépticos tanto de la derecha como de la izquierda aseguran que los que votan por Sanders no tienen idea, al final del día, de qué significa el socialismo. Según una hipótesis, los conservadores habrían acusado falsamente y con tanta frecuencia a Barack Obama de ser socialista que los jóvenes sencillamente asumen que el socialismo es sinónimo de un liberalismo-a-la-Obama. Pero, sea lo que sea que piensen (o no piensen) los partidarios de Sanders sobre el socialismo, lo cierto es que saben que están tomando partido en una pelea importante. La rival de Sanders, Hillary Clinton, personifica el ala neoliberal del Partido Demócrata. Públicamente apoyó las prácticas de encarcelamiento masivo y la destrucción de los programas de bienestar social que puso en práctica su esposo mientras era presidente. En 2008 hizo un llamado a “los estadounidenses que trabajan duro, los estadounidenses blancos” en busca de apoyo para vencer a Barack Obama. Desde entonces ha desarrollado su propia carrera política (y una fortuna de millones de dólares) gracias, en parte, a sus estrechas relaciones con los más oscuros bancos de Wall Street. Para dar un solo pero revelador ejemplo: Hillary Clinton cobró 675 mil dólares por haber dado tres discursos a Goldman Sachs. Hasta ahora se ha negado a liberar las transcripciones de tales discursos pero, de acuerdo con un testigo, Clinton “sonaba como un directivo de Goldman Sachs”.

La división entre los demócratas al estilo Franklin Delano Roosevelt, como Sanders, y los neoliberales-sin-remordimientos, como Clinton, es profunda en el Partido Demócrata. Sin embargo, hasta que Sanders se decidió a contender, el conflicto se había mantenido más bien latente. Ahora es ya imposible ocultar las fracturas y la gente está obligada a tomar partido. El desafío completamente inesperado de Sanders desde la izquierda ha arrojado a los demócratas más convencionales a un cierto estado de pánico. Solo por criticar Wall Street y abogar por atención médica y educación universitaria gratuitas para todos los ciudadanos, Sanders ha sido calificado como poco serio, imprudente y destructivo por gente de su propio partido. La élite financiera del país, acostumbrada a jugar golf con políticos de ambos partidos, también parece tener miedo. Lloyd Blankfein, director de Goldman Sachs, ha dicho que la campaña de Sanders tiene “el potencial de ser un momento peligroso”, y Michael Bloomberg, el multimillonario exalcalde de la ciudad de Nueva York, ha amenazado con entrar a la carrera presidencial como candidato de un tercer partido si Sanders gana la nominación demócrata.

El “socialismo” de Sanders alumbra dos fenómenos importantes. En primer lugar, la extrema reacción que suelen generar sus modestas propuestas revela que la clase política –tanto demócrata como republicana– apenas si tolera el disenso. Políticos y comentaristas liberales se han quejado largamente de que los pequeños partidos de izquierda, al quitarle votos a los demócratas, ayudan a los republicanos. Pero su reacción ante este nuevo desafío radical, originado desde dentro del Partido Demócrata, muestra que su verdadero rechazo es hacia la política de izquierda. En segundo lugar, el enorme porcentaje de votantes jóvenes que apoya a Sanders (incluyendo la mayoría de las mujeres jóvenes, a pesar de la posibilidad de que Clinton pueda convertirse en la primera presidente mujer de Estados Unidos) muestra la existencia de un electorado de izquierda que, de una forma u otra, está aquí para quedarse.

Parece aún poco probable que Sanders gane la nominación demócrata, porque el proceso de nominación es en sí mismo profundamente antidemocrático. Clinton tiene una gran ventaja debido a su liderazgo entre los “súper delegados” –esos demócratas prominentes a los que se les permite votar por el candidato que ellos quieran, independientemente del voto popular. (El jefe del Comité Nacional Demócrata explicó recientemente que los súper delegados “existen para asegurarse de que los líderes del partido y los funcionarios electos no estén en una situación en la que tengan que competir contra activistas populares”.) Pero, de un modo u otro, el conflicto que Sanders ha traído a la superficie continuará vivo y provocando estragos. Cualesquiera que sean los resultados de las primarias demócratas, esta nueva apertura proporcionará oportunidades a otros políticos del estilo de Sanders –y tal vez, incluso, para socialistas más radicales.


Foto: cortesía de Alex Hanson.

Traducción de Lorena Marrón.

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