De terrorismo y geografía: ¿está “Occidente” bajo ataque?

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La jefa de servicios de inteligencia comparece frente a un tribunal inglés. Ha habido grandes fallas de seguridad:

–Ustedes me están juzgando, pero no quieren aceptar algo más profundo y que les da pavor: estos son nuevos tiempos. Estamos más vulnerables que nunca: el enemigo se encuentra dentro. No hay manera de distinguirlo. No sabemos dónde va a atacar.

En las últimas dos películas de 007 el servicio de inteligencia procede de una manera esquizofrénica y paranoica. En ambas el villano ya no es un agente extranjero –soviético, chino…– en control de ejércitos y armas nucleares, sino un hacker interno que utiliza las redes para corromper los más altos nichos de poder y cometer atentados terroristas. En pleno Londres. En el siglo XXI.

Cuando grupos clandestinos usan circuitos creados por la Unión Europea para matar a civiles; cuando el pasaporte, la educación secular y la ciudadanía se vuelven pantallas para librar, desde “dentro”, una pelea contra los infieles; cuando un vecino en apariencia tranquilo y ordinario se explota frente a un estadio para volverse mártir en una guerra santa…. entonces, se puede concluir, hay una crisis de orientación generalizada.


Lo mismo en El País que en The New York Times y en prácticamente todos los servicios de noticias, se ha hablado de los atentados de París como de un ataque a Occidente, “the West”, refiriéndose con esta palabra, al parecer, a un espacio geográfico con fronteras establecidas y una ideología en común. (El artículo “Paris Attacks and Other Assaults Seen as Evidence of a Shift by ISIS”, por ejemplo, menciona la palabra “West” seis veces, además de que incluye una declaración de un oficial especializado en terrorismo que apunta que Occidente se encuentra bajo ataque.)

Es verdad: para el Estado Islámico no hay diferencia entre un francés, un inglés o un estadounidense; todos son parte del mismo ente monolítico. Como se lee en “What ISIS really wants”, lo que buscan sus integrantes es restaurar el califato que se perdió hace siglos a toda costa –y, según esta visión del mundo, todos los que no sean sumisos a su particular rama del islam son herejes.

Sin embargo, me parece que se pierde mucho cuando se utiliza la palabra Occidente para localizar el foco de estos ataques terroristas. Cuando menos, se le da la razón a la visión de un grupo extremista que utiliza referentes de tipo religioso para fundamentar la existencia de un bloque monolítico y con ello su cruzada contra la “herejía” de la secularidad y la laicidad.

Además, ¿dónde está ese Occidente del cual se habla?

Últimamente he estado leyendo a Ryszard Kapuściński, el mítico reportero que presenció varias de las revoluciones más importantes del siglo pasado, y he notado que él también tenía una visión geopolítica dicotómica. Su idea de Occidente era, sin embargo, otra. Para él –un polaco en la periferia de la Unión Soviética– Occidente era el sistema capitalista que existía en países como Estados Unidos, Francia Inglaterra, etcétera. Rusia y Polonia definitivamente no eran parte de Occidente.

En aquel periodo casi todos los conflictos se podían ver bajo estos lentes bipolares: occidental y no-occidental. En los países satélites se libraban batallas orquestadas por las dos grandes potencias. Los intereses económicos de éstas y sus recursos militares eran los que alimentaban, en buena parte, dichos conflictos. En América Latina, en África, en Europa Oriental. Todo se dividía en dos. Era la estructura política general.

Pero ¿de qué manera nos orientamos ahora, inmersos como estamos en un sistema de circulación global –de mercancías, de personas, de terroristas? ¿Dónde están las fronteras entre el adentro y el afuera? Una respuesta a esta pregunta la ha dado Samuel Huntington, y ha sido tan influyente que atraviesa nuestra manera de pensar. Su texto, lo sepamos o no, ha creado fronteras que ahora nos parecen usuales y que se expresan en nuestra forma cotidiana de hablar.

Huntington delimitó las nuevas fronteras en términos religiosos. Según él, lo que se venía era un choque de civilizaciones entre las grandes religiones del mundo, una guerra basada en la pasión, no en la ideología económica. Así, en el mundo post-soviético, Occidente ya no es el capitalismo sino un bloque judeo-católico, protestante y secular de “cultura” compartida. Incluso las que fueron colonias de los imperios europeos pasan a formar parte, ahora, de dicha unidad.

Para Huntington los problemas mundiales surgen en las fronteras de las civilizaciones, lugares como el Medio Oriente o el norte de India, donde chocan las religiones más “importantes” del mundo. Ahí, dice, el sectarismo se expresa en la forma del fundamentalismo religioso. Allá, asegura, es donde se va a librar la tercera guerra mundial, en los límites de la “civilización occidental”.

La Unión Europea ha utilizado una y otra vez este tipo de narrativa de bloques civilizatorios para negarle la membresía a países como Turquía (un país mayoritariamente musulmán) o la entrada a migrantes como los refugiados sirios, por no ser culturalmente compatibles. Estas ideas corresponden a una idea de la cultura como bloque monolítico: se juzga al extranjero a partir de criterios de similitud y según su potencial para “contaminar” la pureza de la historia continental.

Considerar a Francia como núcleo geográfico de la civilización occidental, por ejemplo, le permite a políticos de extrema derecha como Marine Le Pen defender la vigencia de ideales de la revolución francesa al mismo tiempo que promueven la expulsión de ciertos seres humanos que al parecer no caben bajo los decretos de igualdad, inaugurados por esa misma revolución siglos atrás.

La visión de Europa como una fortaleza que defiende la cultura laica y judeocristiana no es nueva. Edward Said, en su famoso libro Orientalismo, nos muestra cómo la idea de un Oriente lejano y exótico funcionaba para fundamentar el poder colonial. Aun antes de la Guerra Fría se utilizaban ya las palabras Occidente y Oriente para trazar una línea que dividiera las tierras: separar al administrador –los europeos “civilizados”– del administrado –los “bárbaros”.

Pero, como nos muestra el crítico literario Homi K. Bhabha, las fronteras nunca fueron así de tajantes. Más bien, tenían que ser recreadas de manera un tanto compulsiva y obsesiva como respuesta a la constante “contaminación” y crisis que el comercio y el movimiento de personas creaban en territorio colonial.

Lo irónico es que los terroristas se hayan apropiado de las distinciones que la presencia colonial dejó en el área. Lo que ha hecho ISIS es voltear los papeles bajo una lógica de fundamentalismo islámico: los infieles no-musulmanes están “lejos”; no comparten nuestros valores; son unos bárbaros.


¿Estamos seguros de dónde empieza y dónde acaba The West?

Si por The West uno quiere decir “Europa”, entonces no. Sandro Mazarella y Brett Nielson muestran, en Border as Method, el nuevo rol que algunos países juegan como “fronteras” por conveniencia o contrato. Hoy el continente europeo parecería tener una de sus fronteras en Marruecos, al que Europa le paga para filtrar migrantes. La misma Angela Merkel tuvo que visitar Turquía hace poco para garantizar que el gobierno turco le ayudara a contener la crisis de refugiados desde Turquía –lo mismo que hace Estados Unidos cuando le pide a México apoyo para contener a los migrantes centroamericanos.

El punto es que los elementos que nos imaginamos como “infiltrados” en el cuerpo nacional (o cultural) son parte constitutivo de éste. Eso es lo que nos da más miedo: darnos cuenta de que nunca fueron tan externos como creíamos.

Y es que las fronteras de hoy no se encuentran ni a nivel nacional, ni en las regiones mercantiles, como el Mercosur o la Unión Europea, ni en bloques ideológico-religiosos, como Occidente y Oriente, si alguna vez estuvieron ahí. Las fronteras están dentro. En las mismas ciudades. Como en París, que tiene un núcleo de clase alta rodeado por periferias de inmigrantes –muchos de ellos provenientes de excolonias (africanas, asiáticas) de la misma Francia– que son considerados como “no compatibles” por partidos de extrema derecha y que viven en guetos de miseria.

Así, en este mundo globalizado las fronteras no están desapareciendo, se están multiplicando. Pulverizando el espacio nacional.

El nuevo mapa del mundo no es, así, fácil de imaginar. ¿Cómo entender el hecho de que haya células de ISIS en Ciudad Juárez? ¿De qué manera trazamos la frontera entre el adentro y el afuera cuando quienes atacaron en París y San Bernardino son ciudadanos de Francia y Estados Unidos?

Lo que confunde del ataque ISIS en París es que el conflicto se consideraba “lejano”, cultural y geográficamente. Pero ésta es precisamente la ilusión que se rompe con los ataques en suelo europeo: la idea de estabilidad y lejanía. Si pasó ahí –pensamos–, en el centro de la Unión Europea, en una ciudad de relativa estabilidad, puede suceder donde sea, a quien sea.

Como reacción a esta incertidumbre surgen –en los medios, en la política– esfuerzos para crear nuevamente afueras y así restaurar la ilusión de estabilidad. Como si nada hubiera pasado, nos volvemos a poner los lentes viejos, creyendo en la naturalidad y transparencia de nuestras concepciones geográficas.

(Foto: cortesía de Charles Clegg.)

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