Debatiendo el ingreso básico

David Calnitsky repasa las objeciones de la izquierda al ingreso básico universal, que resultan en un debate muy interesante que ha crecido en los últimos años.

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Este ensayo examina el debate acerca del ingreso básico universal (UBI, por sus siglas en inglés) que ha surgido en los últimos años, centrándose en las principales objeciones de la izquierda. En él evalúo los temas normativos del corazón de la propuesta y analizo una gama de posibles efectos empíricos, desde el impacto sobre los salarios y la participación en la fuerza laboral hasta el género y la acción colectiva. En última instancia, defiendo el UBI sobre la base de la libertad y el poder: en la medida en que permite a las personas escapar de la «doble libertad» de Marx, el ingreso básico universal fomenta tanto la «salida» como la «voz» y tiene una afinidad real con el proyecto socialista.


En, relativamente, poco tiempo el ingreso básico universal (UBI, por sus siglas en inglés) se ha transformado de lo que era poco más que un experimento de pensamiento glorificado en una opción de política concreta, y la discusión en los medios se ha multiplicado en consecuencia. El debate también se ha intensificado en la izquierda, en la que ha adquirido un tenor a veces productivo, a veces áspero. Las razones de esto último son obvias, pero cuando es productiva, la discusión ha procedido como un debate entre aquellos que comparten un conjunto de compromisos morales, aunque no están de acuerdo en cuestiones de estrategia o análisis. En el caso del UBI, una medida de política abstracta sin historia de implementación genuina, es natural ver un buen número de intuiciones diferentes, hipótesis transversales y preocupaciones de amplio alcance respecto de las consecuencias involuntarias. De hecho, el debate desde la izquierda puede descansar en última instancia sobre resultados empíricos. ¿El UBI mejorará las vidas de las personas? ¿Facilitará transformaciones más amplias y profundas? O ¿solo es un espejismo neoliberal?

Este ensayo examina el debate en torno al UBI que ha surgido en los últimos años y se centra en las principales objeciones de la izquierda. Esto implica analizar una gama de posibles efectos empíricos, desde el impacto sobre los salarios y la participación en la fuerza de trabajo hasta el género y la acción colectiva. Debe señalarse que el debate sobre estas cuestiones empíricas está decididamente sin resolver. Al igual que con cualquier transformación social importante, el efecto de ofrecer transferencias sustanciales de efectivo a todos, podría generar resultados que son imposibles de prever. Afirmar lo contrario −que tenemos una comprensión clara de todo el conjunto de consecuencias− sería temerario. Con esta advertencia, debería decirse que por fortuna sabemos algo sobre el impacto del UBI, y basados en la evidencia disponible podemos decir algo significativo de sus consecuencias en múltiples esferas de la vida social.

El concepto de ingreso básico universal se refiere a un ingreso mensual en efectivo pagado a cada miembro de la sociedad sin importar los ingresos de otras fuentes y sin condiciones.[I] No se incluye un nivel de pago preciso en la definición. Las propuestas del orden de catorce mil dólares por persona −un número que excede la línea de pobreza oficial para individuos solteros en Estados Unidos (EUA) (doce mil dólares) y que suman alrededor de una cuarta parte del PIB de EUA– se consideran comúnmente entre modestas y sustanciales. Las propuestas que son más generosas tienden a rondar los dieciocho mil o veinte mil dólares por persona. Tengo en mente el número de catorce mil dólares, más o menos, el nivel mínimo de pago requerido para alcanzar los objetivos normativos discutidos en este documento; en particular, esta suma se entiende como el umbral del límite inferior que ofrece a las personas una posición de salida por arriba del nivel de pobreza, lo que proporciona a todos una medida de libertad del trabajo y, por lo tanto, de poder en el trabajo.

Comprender el ingreso básico requiere una consideración de sus probables consecuencias empíricas, así como aclarar la agenda normativa subyacente. En algunos casos hay pruebas empíricas pragmáticas que cualquier visión normativa debe pasar para que se realice; en otros, los argumentos normativos pueden sostenerse con independencia de las consecuencias empíricas. Teniendo en cuenta todo, incluidas algunas ambigüedades que se discuten a continuación, existe un poderoso argumento socialista para el ingreso básico. Este ensayo muestra que el esquema, si fuera lo suficientemente generoso y universal, ayudaría a realizar la visión moral que los socialistas deberían tener. Vale la pena volver a lo básico, por así decirlo, para tener alguna noción de este debate.


Los extremos de la política social

Uno de los aspectos constitutivos de la política de izquierda es que las políticas defendidas no son meros fines en sí mismas, sino más bien son instrumentos para llevar a cabo un amplio conjunto de compromisos normativos que prevén cómo debe ser el mundo. A veces la izquierda –equivocadamente, en mi opinión– evade estos elevados compromisos porque están muy alejados de la rutina de la lucha política o porque los argumentos morales son vistos como el dominio de la política liberal y conservadora. Aunque esta posición nunca ha sido persuasiva. Para evaluar la política y las políticas públicas debemos comprometernos con una visión moral, incluso si se la caracteriza un tanto como un futuro definido por el florecimiento humano y la libertad real y sustantiva.

Cuando se trata del impacto de las políticas reales es útil distinguir las reformas paliativas de las emancipatorias. Las reformas paliativas, como las políticas de bienestar tradicionales, son valiosas porque proporcionan beneficios materiales directos y mejoran la vida de las personas, que es un fin normativo en sí mismo. Si una visión política pierde de vista las reformas que mejoran la vida, será abandonada por la gente pobre y trabajadora; verían con razón esa visión insensible a sus necesidades. Aun así, es difícil para los agentes políticos de izquierda entusiasmarse demasiado con las reformas puramente atenuantes. Si bien hacen que las vidas de las personas sean menos dolorosas, dichas políticas por definición no ayudan a movilizar a las personas ni a expandir su poder. El concepto de reforma emancipatoria, por otro lado, se refiere a alguna política social que puede mejorar una privación particular, pero lo hace de una manera que nos acerca a una visión moral subyacente. Estas son políticas que inclinan la balanza del poder y fortalecen la posición de las personas pobres y trabajadoras cuando se enfrentan con jefes, cónyuges y otras personas poderosas en sus vidas.

La principal razón por la que el UBI debe ser parte de una visión normativa de izquierda es porque facilita la salida de las relaciones de explotación y dominación: el poder de salida tiene un significado tanto de mejora como de emancipación, como lo demostraré. La objeción marxista fundamental a la estructura de los mercados de trabajo capitalistas es que son superficialmente libres, mas en su sustancia no lo son. Desposeídos de los medios de producción, y por lo tanto de la subsistencia, los trabajadores pueden elegir entre capitalistas, aunque se ven obligados finalmente a elegir uno. Esto es lo que Marx llamó «doble libertad»: nuestra libertad para ser explotados por el empleador de nuestra elección se combina con la libertad de permanecer hambrientos si no elegimos ninguno. Para quienes objetan la obligatoriedad del mercado laboral capitalista, el ingreso básico es atractivo porque garantiza que las personas no solo tengan el derecho abstracto a la libertad, sino también a los recursos materiales para hacer de la libertad una realidad concreta. Da a las personas el poder de decir no: a los empleadores abusivos, al trabajo desagradable o al dominio patriarcal en el hogar.

La gente usa ese poder con frecuencia. En el caso del experimento canadiense Mincome de fines de la década de 1970, algunos participantes de hecho retomaron su nueva habilidad para renunciar. En la ciudad de Dauphin, Manitoba, un ingreso anual garantizado de tres años provocó una caída de once puntos porcentuales en la participación de la fuerza de trabajo.[II] En los cinco principales experimentos de ingresos anuales garantizados que se llevaron a cabo con anterioridad en EUA y Canadá, hubo una amplia gama de reducciones de la oferta laboral promedio para hombres y mujeres, desde un mínimo de casi cero en algunos casos, hasta un máximo de alrededor de treinta por ciento.[III] El ingreso anual garantizado no es idéntico al UBI; el primero se retira de forma progresiva por encima de un cierto umbral de ingresos, lo que reduce su universalidad y, hasta cierto punto, su conveniencia. Sin embargo, incluso esta versión afecta a una gran parte de la población: un alto nivel de garantía y una baja tasa de eliminación progresiva se extenderían profundamente hasta la clase media. Además, hace que la opción de renunciar al trabajo esté disponible de forma universal y permite una buena cantidad de inferencias sobre un modelo por completo universalista. Como se analiza a continuación, también encontré evidencia que sugiere que en el caso de Mincome el ingreso garantizado redujo la violencia doméstica. Al proporcionar a las personas una posición decente como alternativa, dicha política afecta las relaciones de poder subyacentes y cambia las condiciones básicas bajo las cuales se lleva a cabo la negociación, tanto en el trabajo como en el hogar.

Aquí hay un punto más fuerte acerca de las reformas emancipatorias: como política social, el ingreso básico puede allanar el camino hacia transformaciones sociales más amplias. En particular, el UBI puede ayudar a poner en marcha un proceso dinámico que empodere a las personas para luchar por construir una sociedad mejor. Lo logra de dos formas: el poder de la salida, mencionado antes, y la institucionalización de la solidaridad. El primero permite a las personas pobres y trabajadoras una mejor posición para negociar, lo que instiga ganancias más amplias y de mayor alcance. El segundo, redibujando las fronteras sociales esculpidas por estados de bienestar categóricos y reduciendo el atractivo de la «deserción» de la acción colectiva, lo que mejora las probabilidades de que actúen de modo colectivo en lugar de individual. En el fondo, la visión del ingreso básico es atractiva debido a su doble función como una medida de política favorable y emancipadora.

En esta descripción esperanzadora, el ingreso básico articula tanto una alternativa económica como una teoría del cambio social. No obstante, existe la preocupación de que el cambio social ocurra no cuando a las personas se les dan opciones de salida, sino cuando las circunstancias las bloquean en una interacción inevitable, cuando la falta de alternativas deja la colaboración y la lucha como la única opción viable. Para estar seguros a veces se argumenta que la izquierda no debe permitirle a la gente una opción de salida; es decir, si aspiramos a construir el poder y movilizar a la gente, debemos alentar la «voz» sobre la «salida».[IV] Como cuestión empírica, este argumento no puede descartarse.

De hecho, siempre existe la posibilidad de que darles a las personas la libertad y la capacidad de hacer lo que quieran pueda significar que hagan cosas que preferiríamos que no hicieran. Quizá el ingreso básico sería emancipatorio para las personas, pero inadvertidamente nos fragmenta como colectivo. Después de todo, algunos podrían elegir retirarse del mundo social por completo.

Por el contrario, hay buenas razones para creer que es la posibilidad de salida lo que facilita la voz. Si un flujo estable de efectivo te da el poder de amenazar con abandonar un matrimonio o un trabajo, es decir, si tu amenaza de salir tiene credibilidad real, estás en una mejor posición para decir lo que piensas. A continuación intento construir este argumento, aunque adelanto al ingreso básico como una reforma deseable incluso si falla esta prueba empírica. En otras palabras, el ingreso básico puede proporcionar recursos para facilitar la acción colectiva, como se analizará a continuación, pero lo hace sin excluir las rutas de escape más solitarias. Esta posición debe ser vista como perfectamente coherente con una ética socialista: queremos nutrir la acción colectiva fomentando sus condiciones de posibilidad en un sentido positivo, no por medio de la obstrucción activa de vías alternativas y sin dejar a la acción colectiva como el único camino a la supervivencia individual.

De esta forma, los ingresos básicos mejoran tanto la libertad negativa de las personas de la coacción y como su libertad positiva para hacer lo que quieren. Hay pocos en la izquierda que estarían en desacuerdo con estos principios. ¿Deseamos, por ejemplo, impedir que una trabajadora de Walmart deje su trabajo si ella así lo desea? Si estamos a favor de la autonomía humana básica, la respuesta es no. La respuesta debería ser así, incluso si mi argumento sobre la relación positiva entre el ingreso básico y la acción colectiva no logra ser persuasivo, incluso si la acción colectiva se nutre solo cuando las personas están encerradas en relaciones conflictivas. Rapunzel podría sobrevivir mejor en su torre, pero eso apenas la convencería de su valor. Hay un sentido real en el que la oposición de la izquierda al principio subyacente del ingreso básico supone abogar por cierto grado de coacción. Esto podría ser filosóficamente defendible pese a que no cuadra con un compromiso de desacoplamiento de la doble libertad de Marx, ni con compromisos sociales profundos para expandir el dominio de la autonomía humana. Volvemos a estos temas filosóficos centrales después de hacer inventario de una serie de preguntas normativas y empíricas, y abordar las principales críticas izquierdistas al ingreso básico.


¿Neoliberal en la práctica?

Las objeciones de la izquierda para otorgar de forma incondicional dinero a las personas han proliferado últimamente, sin duda causadas por los «extraños compañeros de cama» del UBI en la derecha. Algunas de estas son pertinentes en alto grado y han llevado el debate en direcciones positivas; otras son menos persuasivas. Con el ingreso básico en la agenda política en una serie de países de todo el mundo, es necesario apreciar el contexto más amplio de la discusión.

La primera y más importante objeción ha sido destacada a últimas fechas por John Clarke, de la Coalición de Ontario contra la Pobreza, entre otros: dada la constelación de fuerzas y los compromisos políticos de muchos proponentes, las probabilidades son que el ingreso básico, si se implementa, vendrá en un disfraz neoliberal, repartiendo los pagos escasos y acompañado de severas medidas de austeridad.[V] De hecho, como toda política social, el ingreso básico podría implementarse de manera neoliberal, y en las últimas cuatro décadas no ha habido escasez de propuestas regresivas en Canadá y EUA.

Esta es una preocupación legítima, y es en la implementación de la política donde se resolverá el problema de estos «extraños compañeros de cama», de una forma u otra. La lista negra de partidarios de derecha, desde Milton Friedman hasta Charles Murray, a menudo es inequívoca en su deseo de utilizar los ingresos básicos como un cuchillo para destripar los costos internos del estado de bienestar. En diferentes grados, el apoyo reciente dentro de los círculos tec-chovinistas de élite, de Peter Thiel a Mark Zuckerberg, podría ser entendido de modo similar. ¿Cómo demonios podrían los marxistas formar una alianza política con el niño rey de Silicon Valley? Tal vez algunas élites ven el ingreso básico como un medio pragmático para evitar la radicalización de una población que ha visto poca mejora en los niveles de vida en los últimos años, pero otros imaginan un caballo de Troya diseñado para atacar las ciudadelas de la seguridad social, Medicare[VI] y el gasto en educación.

Si el ingreso básico es poco más que una política neoliberal disfrazada no hay duda: debe ser resistido. Sin embargo, ¿por qué no trabajar hacia una mejor versión del ingreso básico? Hay visiones muy diferentes de cómo se vería un ingreso básico; y uno pequeño desplegado de forma libertaria para reemplazar el estado de bienestar no solo es diferente de una versión generosa incorporada en el estado de bienestar existente, sino que está activamente enraizado en la visión filosófica opuesta. Donde el primero está diseñado para reducir la carga impositiva sobre los ricos y evitar las políticas sociales supuestamente paternalistas, este último está diseñado para negar la naturaleza coercitiva del mercado laboral capitalista y empoderar a las fuerzas populares. Los cambios cuantitativos en la generosidad inducen cambios cualitativos en el resultado. Existen variedades cualitativamente diferentes de ingresos básicos y es muy posible que en el contexto político contemporáneo una visión indeseable se convierta en realidad. Mas no debe decirse que ninguna visión política pueda escapar de la incertidumbre incorporada en el paso de la teoría a la práctica.

Una comparación instructiva aquí es la llamada del trabajo garantizado. Si se puso en funcionamiento una garantía de empleo en el contexto contemporáneo, es fácil imaginar una versión que esté lejos de ser liberadora, en la que los trabajos serían abruptos y los descansos, pocos. El politólogo Adam Przeworski argumentó en contra de esta desagradable pero plausible visión de garantía de trabajo: «Hacer que la gente trabaje innecesariamente solo para que les paguen algo sin que los demás se quejen y para que no se queden sin nada que hacer, es sustituir una privación por otra».[VII] Esto no es para afirmar que una visión progresiva de una garantía de empleo es inimaginable; por el contrario, un esquema viable de ese tipo tiene un gran potencial, y si se aplica con éxito sería una gran mejora en la configuración actual de las políticas sociales. Aunque las fuerzas que podrían sabotear un ingreso básico operarían de manera similar en el caso de una garantía de empleo.[VIII] Además, existe un conocido ejemplo histórico de una mala implementación de la garantía de empleo; se llama workhouse.[IX] Durante siglos, el antiguo workhouse inglés vinculó los beneficios de la asistencia pública al trabajo y funcionó bajo el principio de «menor elegibilidad», una doctrina que garantiza que las condiciones del workhouse empeoren más que las externas para desalentar su uso. También se debe notar que los defensores altamente desconfiados se sintieron atraídos por este sistema de alivio al pobre. Por ejemplo, Jeremy Bentham abogó por el workhouse, porque era «un molino para triturar a los pícaros y hacerlos honestos».[X]

Por lo tanto, el problema es general. Como regla, la izquierda se opone al escaso seguro de desempleo y demanda uno generoso. La mala política de atención médica es mala y una buena política de atención médica es buena. La estrategia de izquierda siempre ha implicado la lucha para mejorar esas políticas y cualquier modelo del mundo que sugiera que un seguro de desempleo decente o una buena asistencia médica se gana mediante la lucha se aplicaría por igual al UBI. La crítica a la idea abstracta debería ser distinguida de la crítica de su implementación concreta —este punto de conversación debería ser el saco viejo para los socialistas, al menos aquellos que tienen la edad suficiente para recordar la desagradable aplicación de sus ideas más queridas—. Al igual que con todas las medidas de política social, un ingreso básico podría implementarse de una manera espantosa. ¿Entonces deberíamos rechazar la idea sin pensarlo dos veces? Como argumento en contra del impulso de suavizar la naturaleza obligatoria de los mercados laborales capitalistas, esta línea de razonamiento es difícilmente sostenible.

Una crítica relacionada es que el ingreso básico es una política social tecnocrática sin derramamiento de sangre: muchos defensores del UBI parecen imaginar que una vez que se aprueba la legislación apropiada, el trabajo está hecho. Imagina una política que se impone con torpeza, fuera del contexto de las luchas sociales, como si la política y el poder existieran en mundos separados. Si bien aquí la crítica es principalmente a los defensores, no a la idea en sí misma. Es más, si se abandona el ingreso básico a los tecnócratas, nos aseguraremos de obtener un conjunto de políticas sociales tibio o incluso regresivo; una versión deseable y radical encontrará muchos oponentes, en particular empleadores, y requerirá una movilización popular masiva. Sería extraño creer que este problema sea exclusivo del ingreso básico.


 

 

 

¿Neoliberal incluso en teoría?

Además de las ansiedades acerca de que los políticos de derecha implementen su versión preferida del ingreso básico, hay una serie de críticas incluso a un ingreso básico generoso y en verdad universal. A pesar de que este ensayo evalúa una gama de argumentos empíricos sobre género, capitalismo y acción colectiva, en esta sección me concentro en dos argumentos normativos hechos a menudo: (1) que debemos expandir la provisión pública de servicios clave antes de considerar el mantenimiento del ingreso, y (2) que no deberíamos tener un ingreso básico porque tenemos la obligación de trabajar, contribuir a la comunidad y no vivir del trabajo productivo de los demás.

Para empezar, algunos argumentan que el dinero destinado a un UBI debería gastarse en la desmercantilización de servicios importantes como vivienda, cuidado de niños, transporte y más. Esta objeción al ingreso básico, hecha por primera vez por la economista Barbara Bergmann, es poderosa, pero al final no es persuasiva.[XI]

El problema se enmarca a veces de la siguiente manera: si tuviera un dólar adicional para gastar ¿dónde debería gastarse primero? El argumento de los servicios sobre el ingreso es quizá el más poderoso en la forma de una hipótesis utilitarista. Usar un dólar marginal de ingresos tributarios extra para expandir el transporte público o los sistemas de salud existentes o para proporcionar nuevos tipos de servicios públicos, podría mejorar la vida de las personas más que ofrecer a las personas el equivalente en efectivo.[XII] Tal vez extendería de manera más efectiva la esperanza de vida promedio o mejoraría el bienestar subjetivo de las personas. Esta es una pregunta empírica sin respuesta y, si es verdad, sería difícil ignorarla. No obstante, al formular la pregunta en términos estrechamente economicistas, se postula una opción falsa entre la desmovilización de la fuerza de trabajo y la desmercantilización de los servicios —como si no se pudieran perseguir ambos a la vez. En una sociedad rica y productiva, debemos ser capaces de pagar tanto un ingreso básico como bienes públicos de alta calidad. Si las fuerzas populares fueran lo suficientemente poderosas para progresar en una, muy bien podrían serlo para progresar en la otra.

Pero al conceder el encuadre, el cálculo todavía comete dos errores. Primero, ignora el objetivo de la libertad real como un objetivo moral no instrumental. Sobre la base de la libertad —en particular la libertad positiva para decidir sobre las actividades que queremos seguir y cómo pasar nuestros días— vale la pena defender una estrategia que erosione de forma directa y enérgica la condición de fondo de los trabajadores de la dependencia del mercado. Es decir, es una buena idea poder abandonar su trabajo en Walmart sin importar las consecuencias a largo plazo. En segundo lugar, el argumento de Bergmann ignora el proceso mediante el cual la reducción de la coerción en el mercado de trabajo y la provisión de un retroceso genuino posicionan mejor a las personas para lograr objetivos más amplios.

Existe, por supuesto, un grado de simetría entre la opción de salida proporcionada por el ingreso básico, por un lado, y un conjunto integral de bienes y servicios provistos públicamente, por el otro. Pero creo que la expansión de la libertad y el poder es más débil en este último caso. Como enfatizan Offe y Wiesenthal en un conocido ensayo, las necesidades y preferencias de las personas pobres y trabajadoras son profundamente heterogéneas: las necesidades de un joven que vive en un pequeño pueblo rural, una madre soltera en un gran centro de la ciudad y una pareja suburbana más vieja es ineludiblemente diversa.[XIII] Sobre esta base, el dinero, un bien altamente fungible, puede satisfacer el mejoramiento de las diversas necesidades y preferencias subjetivas que, incluso, un conjunto bastante completo de bienes y servicios específicos.[XIV] Esto significa que el ingreso básico reduciría de manera más efectiva los costos de ser despedido y crearía una mejor alternativa al mercado laboral para una amplia franja de la sociedad; al construir de modo más efectiva una posición de respaldo, sería mejor expandir el apalancamiento de los trabajadores en el trabajo.

Si debemos elegir entre ampliar la provisión pública de servicios y proporcionar un ingreso básico, y vamos con el primero, debemos tener claro el significado de esta opción. Implica que preferimos un sistema en el que las personas permanecen algo más dependientes del mercado laboral para sobrevivir, que preferimos retener, con toda probabilidad, la doble libertad de Marx. Por el contrario, un ingreso básico insiste en que es importante desmercantilizar no solo una gama de bienes y servicios, sino también la fuerza de trabajo.[XV] Es decir, eliminar la coerción del mercado laboral y abolir lo que el movimiento laboral una vez llamó «esclavitud asalariada» puede ser en última instancia más liberador que retirar del mercado una amplia gama de productos. En otras palabras, que debemos tener la libertad positiva de pasar nuestro tiempo como lo deseamos. En lugar de mejorar nuestra capacidad para llegar al trabajo, el UBI proporciona los medios para evitarlo si es necesario.

Hay otra cara de la objeción de los servicios sobre el ingreso. John Clarke sostiene que incluso en el mejor de los casos, dar dinero a las personas fomentará una sociedad consumista. El poder laboral podría desmercantilizarse, pero si todo lo demás se debe comprar, terminaremos gastando todo nuestro tiempo como «clientes en una sociedad injusta».[XVI]

Vale la pena señalar dos puntos como respuesta. Primero, un mundo con un mercado abierto en la mayoría de los bienes, pero sin un mercado laboral capitalista obligatorio, de hecho podría ser una visión decente de transición de socialismo de mercado. Las injusticias del capitalismo tienen mucho más que ver con la naturaleza coercitiva del mercado laboral que con la existencia de mercados para artículos de consumo. En realidad, el argumento anticonsumista identifica erróneamente las fuentes de la injusticia en el capitalismo. El mercado de bienes no es tan malo en sí mismo; el problema es más bien que las personas tienen un poder adquisitivo insuficiente para hacer que la demanda efectiva corresponda a la necesidad y el deseo reales.[XVII] Una distribución más igualitaria del poder adquisitivo ayudaría a llevar la fantasía neoclásica de que la demanda del mercado iguala la necesidad a la alineación con la realidad.[XVIII]

En segundo lugar, parece perfectamente razonable esperar un ingreso básico para una vida mucho menos consumista. Como se señaló antes, el experimento Dauphin generó una caída no trivial en la participación en la fuerza de trabajo. Para algunas personas el ingreso básico también puede significar salir de la fuerza laboral remunerada, cobrar un ingreso más bajo y, por lo tanto, tener menos, no más, para gastar. A menudo se espera e hipotetiza que las actividades socialmente valiosas se fomenten si las necesidades básicas de las personas se aseguran fuera del mercado laboral. Además, la virtud del ingreso básico es su potencial para expandir las actividades de ocio de las personas. Podemos analizar los datos de la parte urbana del experimento Mincome —un ensayo controlado aleatorio basado en Winnipeg elaborado en conjunto con la parte Dauphin del experimento— para analizar esta misma pregunta. En Mincome se investigaron las actividades cotidianas de los beneficiarios de ingresos básicos que abandonaron la fuerza de trabajo; en relación con los controles, la intervención llevó al crecimiento en una gama de actividades socialmente valiosas, incluido el trabajo de cuidado y la educación (véase Tabla 1). La intervención también condujo al crecimiento en la porción de hombres y mujeres que informaron que no estaban trabajando simplemente porque «no querían trabajar». En una sociedad libre, esta decisión debería estar disponible tanto para los pobres como para los ricos.

Tabla 1: Efectos del tratamiento para la pregunta de la encuesta: «¿Cuál es la razón principal por la que no estaba trabajando?»*

Nota: Los «efectos del tratamiento» se refieren al efecto aislado del experimento o la «diferencia en la diferencia». Esta consiste en tomar el cambio del periodo de referencia o periodo de estudio del grupo de control y restarle el cambio en el periodo de referencia o periodo de estudio en el grupo de tratamiento. Por ejemplo, el efecto de tratamiento del experimento para responder a «educación» es de 2.6 puntos porcentuales. En este caso, el porcentaje de sujetos de control que reportaron que no estaban trabajando debido a la educación aumentó de 4.6% en la línea base a 5.7% durante el experimento, y el porcentaje de sujetos tratados con Mincome que informaron las mismas respuestas aumentó de 4% en la línea de base a 7.7% durante el periodo de estudio, dejando el efecto de tratamiento completo en 2.6 puntos porcentuales. Ver también D. Calnitsky, J. Latner y E. Forget, 2017. Working Paper. Life after work: The impact of basic income on non-employment activities. Disponible bajo pedido.
* Datos del ensayo controlado aleatorizado, muestra de Winnipeg, experimento de Mincome; la columna de la derecha es un punto porcentual

 

Si bien es posible que algunas personas gasten más de su tiempo recién liberado en compras —sin mencionar hacer teatro experimental o patinaje en línea, la más subestimada de todas las críticas del ingreso básico— también pueden pasar tiempo libre con otros, buscando proyectos sociales y políticos, haciendo trabajos de cuidado o participando en una amplia gama de otras actividades no relacionadas con el consumo.

Antes de continuar, vale la pena tomar nota de una segunda crítica normativa del ingreso básico, que se extiende desde Rosa Luxemburgo a Jon Elster, y que está anclada en una buena parte de la teoría política liberal y de izquierda: que no tenemos derecho a vivir de las ganancias de otra persona.[XI] Más bien, según el argumento, tenemos la obligación moral de contribuir a la comunidad y, por lo tanto, de trabajar. En parte, esto es lo que llevó a Tony Atkinson a proponer un «ingreso de participación» en lugar del ingreso básico: los ingresos por participación proporcionarían un flujo de ingresos condicionado a la participación en alguna actividad socialmente valiosa, ya sea dentro o fuera del mercado laboral formal.[XX]

Aquí veo dos cuestiones que vale la pena considerar. En primer lugar, desde el punto de vista de la libertad socialista, hay muchas razones para creer que, en lugar de igualar los niveles de trabajo y los ingresos, deberíamos ofrecer a las personas una opción entre mayores ingresos y más ocio. Esto es consistente con lo que G. A. Cohen ha llamado «igualdad socialista de oportunidades».[XXI] En un mundo así, las desigualdades en el ingreso y el ocio no reflejan más que diferencias en los gustos personales por ingresos y trabajo, es decir, diferencias consistentes con la justicia socialista. Para Cohen, una sociedad en la que cada persona tiene canastas aproximadamente iguales de trabajo/sueldo es inferior a una que permite elegir entre diversos grupos de ingresos y ocio. El ingreso básico de alguna manera permite a las personas que pueden elegir una canasta de ingresos básicos/máximo ocio o una canasta de alto ingreso/ocio mínimo. Vuelvo a la cuestión del socialismo y la libertad en la conclusión.

En segundo lugar, el argumento normativo según el cual las personas no tienen derecho a vivir de las ganancias de otro —y por implicación, que solo aquellos que trabajan deben comer, que solo aquellos que se dedican al trabajo productivo deben ser compensados— es inaceptablemente libertario en su teoría subyacente de la remuneración. La teoría ignora la no imputabilidad de los productos a los insumos de producción: la producción es una actividad profundamente interdependiente y, en particular en un mundo de rendimientos no constantes a escala, el proceso abstracto de vincular el esfuerzo productivo de una persona con su compensación final es siempre un ejercicio ambiguo. Esto significa que el concepto mismo de las ganancias apropiadas de un individuo está mal definido. Aún más importante, el principio que sugiere que no debemos vivir del esfuerzo laboral de los demás da demasiado peso al trabajo productivo actual —es decir, el trabajo de los trabajadores vivos en lugar de toda la historia del trabajo— como la fuerza motriz del ingreso corriente. Como ha argumentado Herbert Simon, los altos niveles de productividad individual en las sociedades ricas son, en su mayor parte, consecuencias de la fortuna de haber nacido en una sociedad rica.[XXII] Los altos ingresos y la alta productividad son atribuibles menos al esfuerzo laboral actual y más al esfuerzo laboral pasado, y todos los miembros de la sociedad deberían beneficiarse del trabajo de generaciones anteriores y de la riqueza y el desarrollo general de la sociedad. Para la generación actual esto significa que mediante ninguna contribución propia hemos sido dotados de tecnologías, infraestructura, lenguaje y cultura altamente desarrollados, y esto le da a los ingresos actuales, en gran parte, un carácter moralmente arbitrario. Por lo tanto, esta es una poderosa razón para redistribuir una buena cantidad de ella a las personas, ya sea que trabajen o no.


Ingreso básico y capitalismo

Un conjunto separado de críticas de la izquierda se refiere a las consecuencias involuntarias del ingreso básico en el mercado laboral, el comportamiento del empleador y el capitalismo de manera más amplia. Estos argumentos a menudo se enmarcan en términos de los límites aparentes del capitalismo y las fuerzas económicas subyacentes que comprometen la transformación social progresiva. Como regla general, los argumentos que toman la forma de «un ingreso básico decente es imposible bajo el capitalismo» deben tratarse con la misma sospecha que tenemos para los reclamos sobre la incompatibilidad fundamental del capitalismo con un estado de bienestar digno. La historia ha demostrado que el capitalismo es un sistema altamente flexible; lo que una vez se dijo que era imposible en el capitalismo se dice luego que es una característica esencial de su legitimación. En tales argumentos, es proforma aludir a un impasse económico profundo e inamovible (y no político), pero la idea de que un ingreso básico decente es imposible bajo el capitalismo se reduce a la afirmación de que la reforma real del capitalismo es imposible.

Sin embargo, una restricción de viabilidad muy real se refiere a la participación en el mercado laboral: si el ingreso básico saca a la mayoría de la fuerza de trabajo del mercado laboral, la principal fuente de ingresos del plan se agotará. Empero, como se señaló ya, la evidencia experimental sugiere que los pagos de ingresos básicos que rondan la mitad del ingreso familiar medio inducen cierta retirada del mercado laboral, mas no en niveles catastróficos. En mi opinión, este resultado es más o menos deseable: ninguna reducción del trabajo significaría que no se expandiría la libertad y no se reduciría la fatiga, sino que la reducción extrema del trabajo a corto plazo correría el riesgo de desentrañar el programa. Contrariamente a la opinión común, el ingreso básico no debe entenderse por sí solo como una utopía posterior al trabajo: en realidad, si la mayoría dejara de trabajar, no habría ingresos para financiar el plan. La apuesta es que a pesar de que el trabajo sería una opción más que una necesidad económica, la gente en general continuaría encontrando el trabajo atractivo, aunque menos; los trabajos pobremente remunerados serían ofertados (en sí mismo un proceso que hace el trabajo más atractivo, compensando parcialmente las salidas en otros lugares) y los lugares de trabajo caracterizados por las peores formas de dominación serían menos sostenibles.

Una nueva predicción hecha por David Purdy es que los trabajadores que reducen las horas de trabajo o salen del mercado laboral facilitarán que los trabajadores subempleados o desempleados encuentren trabajo.[XXIII] Si es cierto que los empleadores requieren la contratación de reemplazos para los trabajadores que salen del país —y se debe decir que no existen pruebas a favor o en contra de esta hipótesis debido a las limitaciones de datos— este mecanismo en particular no predice tanto un aumento o disminución, sino más bien una redistribución del trabajo disponible. Por ello, hay razones para esperar aumentos en la participación en el mercado laboral en algunos casos, incluso si el esquema genera disminuciones netas.

Si bien, y a pesar de la evidencia de lo contrario, puede ser que el ingreso básico drene a la mayoría de los trabajadores del mercado laboral. O tal vez estos efectos perversos eventualmente se materializarían con un ingreso básico masivo. Si es así, el argumento de la no sostenibilidad tiene fuerza, y significa que hay un nivel «ricitos de oro» de ingreso básico, por encima del cual las personas abandonan en masa. Mi propia estimación es que si existe tal nivel, es considerablemente más alto que las cifras planteadas antes: ninguna de las pruebas de una amplia gama de niveles de beneficios en los diversos experimentos está cerca de inducir un colapso en el mercado laboral. Debido a los beneficios de los ingresos adicionales, el atractivo inherente del trabajo y su creciente atractivo potencial debido a las cambiantes relaciones de poder, me parece que un ingreso básico cada vez más generoso enfrentará otros problemas de sostenibilidad mucho antes de que un éxodo masivo de trabajo cierre la economía.

Esto nos lleva a una segunda restricción de viabilidad: un ingreso básico decente podría ser imposible en el capitalismo debido a la fuga de capitales. En esta historia, los altos impuestos o los altos salarios llevarán a los capitalistas a desinvertir, lo que socavará los ingresos necesarios para financiar un ingreso básico caro. ¿Cuán estrechos son los límites de un estado de bienestar progresivo dentro del contexto del capitalismo? ¿El ingreso básico provocaría niveles debilitantes de fuga de capitales, agotando así la base impositiva necesaria para financiar el esquema?[XXIV] Aunque el UBI es innegablemente costoso, esta crítica es exagerada. Una forma de pensar sobre el problema es la siguiente: en el nivel más elevado de abstracción es claro que un país como EUA está lejos del umbral donde los ingresos fiscales, como porcentaje del PIB, alcanzan su límite teórico dentro de una economía más o menos capitalista. Si el límite inferior para este límite superior teórico es el nivel danés de alrededor del 51%, EUA, que se encuentra alrededor del 26%, pueden permitirse duplicar sus gastos. Con base en la factibilidad abstracta, hay mucho espacio para hacer crecer la porción de recursos que dedicamos a fines públicos antes de que la teoría marxista del estado comience a insistir en un límite estricto a la formulación de políticas izquierdistas dentro del capitalismo.[XXV] Este contraargumento oscurece muchos detalles importantes, por ejemplo, los tipos de instrumentos tributarios utilizados pueden tener un impacto significativo en la probabilidad de fuga de capitales, pero vale la pena recordar que la amenaza es a menudo solo eso: una amenaza.[XXVI] Si se les impone a la fuerza un mayor gasto social, hay buenas razones para creer que la mayoría de los capitalistas lo aceptarían, aunque por desgracia, en lugar de abandonar sus empresas.

Incluso si hay buenas razones para creer que la amenaza de fuga de capitales paralizante está en si misma lejos, puede llegar a ser fatal en algún momento. En este punto, sin embargo, es probable que las condiciones sociales y políticas también comiencen a cambiar. De hecho, a medida que crece el ingreso básico —debido a las crecientes expectativas, la ascendente popularidad del programa y una población cada vez más empoderada— habrá una mayor necesidad de encontrar nuevos fondos gravando directamente el capital por medio de una gama de mecanismos. Tal vez los esquemas de financiamiento que gravan fuertemente al capital se evitan al principio debido a la sensibilidad de la inversión, pero poco a poco se convierte en una fuente de ingresos inevitable, lo que agrava la amenaza de fuga de capitales. Una solución que puede llegar a ser viable para los líderes políticos es —en forma y comienzo, y en industrias específicas— un programa para socializar varios medios de producción. El riesgo inicial que plantea la fuga de capitales puede convertirse en una oportunidad. Esto ayudará a resolver el problema económico subyacente de reducir las necesidades de capital del capital privado, al tiempo que sirve como una nueva fuente de financiamiento. Por ejemplo, el modelo de socialismo cupón de John Roemer es en esencia un dividendo de tipo de ingreso básico financiado por la propiedad universal de todos los activos de capital.[XXVII] Esta historia es, por supuesto, en alto grado especulativa, aunque como un esbozo de la transición al socialismo parece una manera plausible de superar el problema de la fuga de capitales como cualquiera. Llamémosle el camino del ingreso básico hacia el socialismo.

Para concluir esta sección, vale la pena tomar nota de una crítica económica final más puntillosa del ingreso básico, a saber, que la política no es más que una subvención del empleador. Una versión del argumento es la siguiente: hay un salario de subsistencia en el mundo que está determinado históricamente, pero es más o menos fijo, y si se puede hacer que el estado cubra parte de ese salario, los empleadores pagarán menos por ello.[XXVIII] Además de apoyarse en un argumento funcionalista insostenible sobre la fijación de los salarios, la lógica interna está ausente. Las bajas salariales no ocurren por magia, deben ser impuestas. Pero cuando los trabajadores tienen una opción de salida, una moneda de cambio, es probable que los salarios aumenten en lugar de disminuir.[XXIX] En el caso de Mincome de hecho podemos observar este mismo efecto: en relación con las empresas en las ciudades de control, el ingreso básico obligó a las empresas Dauphin a aumentar las ofertas salariales para atraer mejor a los trabajadores que ahora tenían una alternativa decente.[XXX]

El argumento va más allá. Incluso un ingreso básico pequeño e incondicional no sería un subsidio del empleador. Para aclarar, tomemos un caso en apariencia similar: el Crédito Tributario por Ingreso Laboral (Earned Income Tax Credit) de EUA es un subsidio del empleador, pero no debido a algún mecanismo funcionalista sobre los salarios de subsistencia; es un subsidio del empleador porque es una transferencia de ingresos condicionada al trabajo y, por lo tanto, aumenta la oferta de mano de obra, lo que hace bajar los salarios.[XXXI] Por el contrario, un pequeño ingreso básico incondicional elevaría, en pequeña medida, el salario de reserva del trabajo, así como los cupones de alimentos, en pequeña medida, lo elevan y reducen las horas de trabajo —permiten que las personas sean justamente un poco más exigentes—.[XXXII] Siempre que una política de ingresos básicos no esté condicionada por el trabajo, incluso una versión modesta añadida al estado de bienestar actual haría que sea marginalmente más fácil decir no a los jefes porque ofrece una alternativa mínima.

Es importante colocar la posición de subsidio al empleador —un caso de verdad clásico de la tesis de la perversidad de Albert O. Hirschman— en cuestión porque, en primer lugar, no hay evidencia que lo respalde, y segundo, excluye la razonable estrategia que considera un pequeño ingreso básico como una estación de paso a uno más grande.


Ingreso básico, acción colectiva y solidaridad

Si el argumento anterior respecto al crecimiento salarial es correcto, junto con el apoyo público, un ingreso básico insuficiente e incondicional, presenta un camino viable hacia uno más generoso. Mientras construyo este argumento a continuación, primero vale la pena exponer un argumento dirigido contra el impacto potencial del ingreso básico en la solidaridad: el UBI no solo aumentará de forma drástica la carga tributaria en algunos y redistribuirá una buena cantidad a otros, sino que lo hará de una manera socialmente reconocible de inmediato como una transferencia; a diferencia de, por ejemplo, la atención médica y la vivienda, es evidente la transferencia del efectivo real de una parte a otra. Como consecuencia, es fácil imaginar que un grupo vulnerable sea acusado públicamente de pereza y dependencia. ¿Es posible que los contribuyentes netos al programa se diferencien fuertemente de los receptores de la red e incluso les envidien?

En respuesta, es útil distinguir entre diferentes tipos de programas de transferencia de ingresos. Por ejemplo, a diferencia de un impuesto sobre la renta negativo, en el que algunas personas —las que están por debajo de un umbral determinado— cobran los pagos y otros no, el ingreso básico universal hace que todos sean destinatarios. El cálculo del impacto neto de un UBI es mucho menos visible que bajo un impuesto negativo sobre la renta en el que usted recibe pagos físicos o no. El cálculo del UBI requiere comparar el monto que recibe con la parte de su contribución tributaria asignada al programa. Los ganadores y perdedores después de impuestos y transferencias son mucho menos visibles, incluso si los dos esquemas logran la misma distribución de ingresos después de impuestos y transferencias. También vale la pena mencionar que las prestaciones familiares (family allowances), en Canadá, Francia y el Reino Unido, son (o fueron) programas de transferencia de efectivo casi universales y una de las políticas sociales más populares en esos países. Es más, hay muchas transferencias de efectivo que son robustas y populares. Aquellas que lo son, como lo analizo a continuación, tienden a evitar distinciones entre los pobres «merecedores» y «no merecedores», y así escapar del ciclo de estigma y culpar a las víctimas que tantos programas de asistencia social son vulnerables.[XXXIII]

Por el contrario, las políticas de bienestar tradicionales adolecen de límites inherentes a la movilización política: tienen un impacto solo en un grupo pequeño, pobre y marginado y están consistentemente en la parte superior de la lista de las políticas sociales más impopulares. Debido a que muy pocas personas se conmueven con las políticas de bienestar dirigidas a las poblaciones más pobres, organizar los aumentos de los beneficios es siempre una batalla cuesta arriba y requiere una dependencia desproporcionada de los argumentos morales, en lugar de los materiales. Es por la misma razón que tales políticas son en casos excepcionales vulnerables a la austeridad. Sin embargo, incluso un ingreso básico débil podría afectar a una amplia gama de personas y ayudar a construir una base sólida para apoyar su continuo crecimiento y expansión. A medida que más personas se integran en un programa, suceden dos cosas. Primero, la calidad mejora. Y segundo, se convierte en un tercer carril político. Los programas con beneficios dispersos ampliamente en diversas capas sociales tienden a ser muy populares y pueden empezar a verse como un derecho cívico, lo que genera efectos de freno o trinquete donde las ganancias se vuelven irreversibles.

De hecho, este efecto de popularidad se desprende del comentario cualitativo de los participantes de Mincome en Dauphin. Este ayudó a difuminar las líneas habituales de demarcación entre los pobres merecedores y los que no lo merecían. Para muchos, el bienestar se veía en términos moralistas; era una señal de un carácter moral empañado y con frecuencia demasiado humillante para la mayoría como para considerar unirse. No obstante, Mincome fue visto como un programa neutral, pragmático y su amplia disponibilidad significaba que no se interpretaba como un sistema para «otras» personas. Las personas tomaron actitudes casuales y positivas hacia Mincome y participaron porque simplemente «necesitaban dinero», mientras que la gran mayoría despreciaba el bienestar porque, entre otras cosas, era para los «necesitados y vagabundos». A menudo distinguían su propio recibo de Mincome, que se basaba simplemente en la necesidad de efectivo en una economía con oportunidades de empleo precarias, a partir de las circunstancias del recibo de bienestar, que fueron causadas por fallas morales de los beneficiarios. Incluso los participantes [Mincomers] con una fuerte ética de autosuficiencia o actitudes negativas hacia la asistencia del gobierno se sintieron capaces de cobrar los pagos del Mincome sin una sensación de contradicción.[XXXIV]

Existe, por lo tanto, un poderoso argumento de que el universalismo del UBI facilitaría la solidaridad que de otro modo se vería obstaculizada en un estado de bienestar altamente fragmentado y categórico marcado por profundas tensiones entre trabajadores de bajos salarios, trabajadores desempleados y receptores de asistencia social. Las experiencias de vida similares son fundamentales para facilitar la comunicación y la solidaridad (para Marx, fue la similitud de vida dentro de los muros de la fábrica lo que galvanizó la solidaridad). Como mínimo, incluso si un UBI no fomenta de manera activa la solidaridad, romper la naturaleza categórica del aprovisionamiento social puede reducir las barreras a las alianzas entre los grupos de gente pobre y trabajadora que de otro modo estarían separados.

Hay otros aspectos a considerar cuando se piensa en el impacto del ingreso básico en la acción colectiva y la solidaridad. En verdad, puede ser que el impacto global del ingreso básico en la solidaridad sea algo indeterminado, por ciertas fuerzas que lo facilitan y otros que van a contracorriente. Aunque hemos visto que es probable que el impacto en los salarios sea favorable, ¿qué podemos decir sobre la manera en que se hacen esos aumentos salariales? En otras palabras, si los aumentos salariales se pueden ganar mediante individuales o colectivas ¿cómo podría jugar el UBI en este sentido? El hecho básico de una opción de salida puede significar que los individuos usen sus nuevos poderes para negociar por sí mismos, no en colectivo. Además, podría permitirles optar por salir por completo. Después de todo, el ingreso básico aumenta el poder de negociación de los trabajadores con sus jefes y también incrementa su poder con respecto a sus sindicatos. Ofrecer a las personas alternativas a la dependencia económica de los empleadores significa por igual alternativas a la dependencia económica de las soluciones colectivas.[XXXV]

La visión optimista propone que el ingreso básico facilitaría en su mayor parte la acción colectiva. A veces se sugiere que un UBI podría funcionar como un fondo de huelga inagotable; en realidad, la Asociación Nacional de Fabricantes (NAM, por sus silgas en inglés) fue la primera en reconocer esto en su testimonio ante el Congreso sobre el Plan de Asistencia Familiar de Nixon, un ingreso garantizado que casi se aprobó en el Congreso en 1970. El grupo empresarial estaba dispuesto a apoyar el plan siempre que fue una variante significativamente suavizada de la propuesta original, bastante radical y sin condiciones de trabajo. En audiencias del Congreso, el NAM insistió en que apoyarían el programa solo «si el subsidio básico es un mínimo realista y si el desconocimiento de las ganancias proporciona un verdadero incentivo para el trabajo y el progreso y si el requisito de trabajo es fuerte». Al final, expresaron preocupación sobre el vínculo entre el ingreso garantizado y la agitación laboral: «Sugerimos que cualquier persona directamente involucrada en una disputa laboral no sea elegible para recibir los beneficios del plan de asistencia familiar».[XXXVI] Esta preocupación de su parte parece perfectamente razonable.

En esta visión, un UBI ayuda a la acción colectiva porque proporciona los recursos positivos para facilitarla. Asimismo, la política reduciría la tentación de «desertar» de la acción colectiva. Los trabajadores desesperados, individuos con pocas alternativas, estarían menos inclinados a ser esquiroles si tuvieran otra opción de supervivencia decente. Si bien el ingreso básico proporciona el sustento positivo para la acción colectiva, debilita las motivaciones negativas que lo estimulan. Mucha de la acción colectiva ocurre porque los trabajadores no tienen otra alternativa que luchar en conjunto con otros. El ingreso básico elimina la condición externa de inanición, la condición que fuerza la acción colectiva sobre las personas como el único camino viable para el avance. Por ello, si bien socava el factor de empuje, fortalece el factor de atracción proporcionando el apoyo material que vuelve a la acción colectiva más probable y exitosa.

Por supuesto, es del todo razonable imaginar que el ingreso básico podría empoderar a las personas como individuos y como actores colectivos, facilitando las luchas tanto solitarias como colectivas contra los poderosos actores sociales. Desde la perspectiva de la libertad socialista, este enfoque de la acción colectiva me parece deseable. Además, como se señala en la Tabla 1, los datos de encuestas acerca de por qué las personas no estaban en la fuerza laboral durante el experimento Mincome revela cierta evidencia que sugiere que algunas personas actuaron individualmente y otras en acción colectiva. Anoté antes que los datos de la encuesta mostraron que el trabajo de cuidado y la educación fueron citados, pero la razón más fuerte para no trabajar se relacionó con la insatisfacción con las condiciones de trabajo. Se pueden ver respuestas relacionadas tanto con las luchas en el lugar de trabajo como con la exclusión voluntaria en los datos; otra respuesta común, como se indicó, fue «no quería trabajar».

Pero, ¿y si, en contra de mis argumentos, el mantenimiento universal de los ingresos en última instancia, obstaculiza la solidaridad? Si el ingreso básico mejora algunas de las razones positivas de la acción colectiva y socava algunas de las razones negativas, el efecto neto podría ser aún negativo. Puede darse el caso de que la única forma de alimentar la solidaridad es dejar a los trabajadores sin opción de salida y sin alternativa a la acción colectiva. Tal vez las personas libres (o más libres) no elegirán estrategias solidarias y prefieren hacerlo solos. ¿Deberíamos decidir que es preferible mantener una restricción de hambre externa para asegurar mejor la solidaridad grupal? Incluso en este caso límite, sería extraño que la izquierda argumentara a favor de la dependencia económica de la clase capitalista. Ciertamente, la tradición de la libertad en el socialismo encontraría muy poco en el camino del argumento para justificar un caso instrumental contra la autonomía actual en la anticipación de una mayor autonomía en un futuro lejano. La intuición que sugiere que los trabajadores no deberían tener un ingreso básico porque podrían comportarse de una manera que no nos gusta es la misma intuición que recomienda que el Jardín del Edén debería ser destruido en caso de que un día sea descubierto en la Tierra. Un lugar como el Edén, donde nuestras necesidades de subsistencia pueden satisfacerse arrancando fruta de los árboles, donde podemos llegar a fin de mes por nuestra cuenta, puede corromper nuestros impulsos de otro tipo. Mas ese sería un mal argumento contra el Edén. El tema se concibe mejor como una apuesta socialista: esperamos y planteamos la hipótesis de que las personas libres preferirían una acción cooperativa y colectiva, pero si no lo hacen entonces no lo harán. Ese triste contrafactual es una razón insuficiente para limitar su libertad.


Ingresos básicos y género

Entre las preguntas abiertas en torno a las consecuencias empíricas del ingreso básico, el tema del género a veces se considera como el más ambiguo. Antes de interrogar la evidencia sobre este asunto vale la pena recordar la campaña feminista marxista de los años setenta para «salarios para el trabajo doméstico», un movimiento social (y una demanda) con mucha afinidad por el ingreso básico, como lo demostró Kathi Weeks.[XXXVII] Los salarios para el trabajo doméstico eran, en parte, una demanda real de remuneración por una actividad económica valiosa y, en parte, un intento de reconocer socialmente el trabajo de cuidado no remunerado hecho por las mujeres de forma desproporcionada. Estaba destinado a hacer un trabajo visible que de otro modo sería invisible. La demanda en sí misma era sencilla: las mujeres hacen un trabajo doméstico valioso y productivo, no remunerado, y deberían recibir un pago por ello.[XXXVIII] Existe una «fábrica social» que es en gran medida invisible, aunque facilita la existencia de la fábrica industrial en la medida en que la primera produce (o «reproduce») de modo parcial los insumos humanos para la segunda.

Pero incluso los principales proponentes en el movimiento dudaban en comprometerse con la demanda normativa como una política social concreta. Ellen Malos señaló que «no estaba claro si los activistas por los salarios para las tareas domésticas realmente quieren lo que están pidiendo».[XXXIX] Como una demanda normativa seria no era un comienzo. Pocas feministas podrían unirse a un esquema que es peligrosamente esencialista y, en el fondo, una política social categórica solo disponible para las mujeres —o mujeres que hacen el trabajo del hogar. Tal como fue diseñado, fortalecería una división del trabajo en alto grado inequitativa en cuanto al género— a decir verdad, el trabajo doméstico masculino a veces se consideraba como un trabajo esquirol en el ambiente de la época. Además, la perspectiva considera que la asignación de tareas domésticas a las mujeres es más o menos apropiada. Los salarios para la demanda de trabajo doméstico pueden hacer que las tareas domésticas hechas por las mujeres sean visibles y reconocer que son socialmente valiosas, aunque también lo naturalizan y respaldan una división del trabajo por género. Por estas razones, los salarios para las tareas domésticas tomados como un intento genuino de reorganizar la vida social y concebir un sistema justo de remuneración, eran indefendibles.

En el resumen del debate de Weeks, ella dibuja una línea recta desde los salarios para las tareas del hogar hasta el ingreso básico, al argumentar que este último logra mejor los objetivos subyacentes del primero. Weeks escribe que los proponentes de los salarios de las tareas domésticas buscaban una «medida de independencia», un cierto nivel de autonomía —y el poder que fluye de ella— era el objetivo subyacente y estos salarios eran los medios para lograrlo. El problema era que era una política social categórica que realiza mal su propia visión normativa central. Para Weeks, «[p]recisamente porque no aborda a sus receptores potenciales como miembros de familias con género, la demanda de ingresos básicos podría decirse que es más capaz de servir como una perspectiva y provocación feminista».[XL] A mdiferencia de los salarios para el trabajo doméstico, el ingreso básico no está atado a las tareas domésticas reales: por esa razón, socava más la dependencia económica y da cuenta mejor de los objetivos gemelos de autonomía y poder.

Desde un punto de vista marxista, una de las condiciones centrales que menoscaba la autonomía y facilita la explotación en el mercado laboral es la doble libertad discutida antes. Aquí hay un paralelo claro con las condiciones históricas que aseguran la subordinación de las mujeres a sus maridos. En un matrimonio tradicional, sin acceso a medios de subsistencia externos, las mujeres siguen dependiendo económicamente del sostén masculino de la familia. Como consecuencia, su poder tanto dentro como fuera del contexto del matrimonio está restringido.

Si la doble libertad es un hecho estilizado del capitalismo, desde el punto de vista marxista-feminista ¿qué ocurre cuando una política social rompe la segunda mitad —la libertad para morir de hambre— de esa máxima? La hipótesis marxista es que las relaciones de poder entre trabajadores y empleadores se transformarán. La correspondiente problemática marxista-feminista se centra en las formas en que la política social debilita o afianza la dependencia de las mujeres de sus maridos. El ingreso básico funciona como una opción externa que puede modificar la dinámica interna de los matrimonios. Si tiene una opción de salida viable, su poder dentro de un matrimonio puede mejorar. Si no tiene opciones externas, es más probable que siga siendo un socio subordinado.

Estos temas fueron debatidos en el contexto de los experimentos de ingresos garantizados de EUA. Los debates se desarrollaron en las páginas del American Journal of Sociology y se encuadraron de una manera muy limitada: ¿los ingresos garantizados socavarían la «estabilidad matrimonial»?— pero las implicaciones para el poder y la autonomía de las mujeres acechaban en el fondo. Algunas pruebas parecían mostrar que las mujeres dejarían a sus maridos, pues podían arreglárselas sin ellos (esto se denominó el «efecto de independencia») y algunas pruebas parecían mostrar que los ingresos adicionales mejorarían la estabilidad matrimonial (el «efecto ingreso»).[XLI] El debate generó una inmensa controversia sobre bases empíricas y metodológicas, pero una debilidad de igual importancia fue que las preguntas centrales no estaban teorizadas. En ningún momento los investigadores intentaron investigar las formas en que una opción externa afectaría las relaciones de poder internas de los matrimonios.

Rara vez se reconoció que si algunos matrimonios se disolvían, tal vez eran matrimonios malos o abusivos, formados y sostenidos en el contexto de alternativas limitadas. Del mismo modo, si algunos matrimonios se estabilizaron, como otros encontraron, entonces tal vez fue porque los ingresos garantizados mejoraron los factores de estrés financieros subyacentes. Empero, hay otras hipótesis que fueron ignoradas. En lugar de simplemente hacer que las salidas sean más probables, el ingreso básico puede afectar el equilibrio de poder y la toma de decisiones dentro de las relaciones haciendo que la amenaza de salida sea creíble. También puede significar que las relaciones propensas a grandes desigualdades en el poder tenían menos probabilidades de formarse y solidificarse. Se puede plantear la hipótesis de que estos cambios en el poder posicional de las mujeres y su capacidad expandida para plantear sus demandas tienen efectos más amplios, incluyendo posibles reducciones en el riesgo de violencia. Esta visión desvía la atención de la disolución del matrimonio a los cambios en las relaciones de poder interiores, desde la salida real a la amenaza de salida, y plantea una hipótesis empírica adicional: el ingreso básico podría aumentar el poder de negociación de las esposas frente a los maridos y de ese modo reducir el riesgo de violencia al hacer creíble la amenaza de salida. En el caso Dauphin encuentro algunas pruebas preliminares de una disminución de la violencia doméstica y varios mecanismos: salidas reales del matrimonio tales que la exposición a la violencia potencial disminuye, cambiando las relaciones de poder debido a la disponibilidad de la amenaza de salida y una disminución del riesgo de violencia causada por la reducción del estrés financiero, todos pueden haber jugado un papel.

No obstante, si el impacto en el poder y la autonomía es positivo ¿qué vamos a hacer con las implicaciones potencialmente negativas para las mujeres? Con frecuencia se argumenta que un ingreso básico universal reduciría desproporcionadamente la participación del mercado de trabajo femenino y consolidaría una división del trabajo por género. Esto en sí mismo podría tener implicaciones para el poder reducido de las mujeres en las relaciones [de pareja]. De hecho, la evidencia experimental de la década de 1970 muestra que las mujeres redujeron su oferta de trabajo mucho más que los hombres. ¿Tendría un UBI implementado en la actualidad los mismos efectos desproporcionados?

Si bien puede ser cierto que las mujeres reduzcan el trabajo más que los hombres, es muy poco probable que el efecto sea tan desproporcionado como en los años setenta. Con una brecha salarial de género mucho más estrecha, muchas mujeres de hoy encontrarán que los costos de oportunidad de retirarse del mercado laboral son demasiado altos y, por lo tanto, deciden continuar trabajando, como la mayoría de los hombres. Aun así, todavía es posible que las mujeres presenten un impacto algo mayor que los hombres en este frente, con lo que generan algunos resultados empíricos negativos, incluido el afianzamiento de una división del trabajo por género. Una respuesta sería decir que si bien esto podría ser cierto, en general, y en especial teniendo en cuenta la evidencia sobre el poder, la autonomía y la violencia, un UBI tendría consecuencias netas de igualdad de género. Una segunda respuesta sería admitir que algunos resultados pueden ser negativos y, como cualquier medida de política social con efectos negativos involuntarios, debe ser contrarrestada por otras políticas complementarias que refuercen una división del trabajo más igualitaria de género. Una tercera respuesta enfatizaría los límites de la vieja estrategia de reemplazar la dominación de los maridos con la dominación de los patrones. Tal sustitución puede haber tenido un atractivo bajo ciertas circunstancias alguna vez, pero es preferible debilitar la dependencia económica como tal. No obstante, una vez que se cae en esta cuestión, debe preguntarse si estas ambigüedades empíricas y teóricas deberían impulsarnos a renunciar a la libertad de renunciar [al trabajo]. De nuevo: ¿deseamos no permitir que una trabajadora de Walmart deje su trabajo si ella así lo desea?


Ingreso básico y el proyecto socialista

Con las variantes derechistas de ingresos básicos sobre la mesa, es natural ver una ráfaga de críticas izquierdistas. No obstante, debe reconocerse que el concepto de UBI encaja con una visión normativa que tiene profundas raíces en la izquierda. Los objetivos fundamentales de la izquierda socialista se han fijado durante mucho tiempo en la emancipación, la autorrealización y la satisfacción, e incluso en la expansión de las necesidades humanas. Como escribe Adam Przeworski, «el socialismo no era un movimiento para el pleno empleo sino para la abolición de la esclavitud asalariada… no era un movimiento por la igualdad, sino por la libertad».[XLII] Solo cuando esos objetivos parecían estar cerrados por circunstancias políticas y económicas, estrechamos nuestros horizontes y nos conformamos con una alternativa productivista, caracterizada por más trabajo en lugar de menos. Habiendo encontrado que era inviable a mediano plazo erradicar la explotación y la alienación, los socialistas se propusieron universalizarlos.

El socialismo perdió algo en la reorientación de una visión definida por la abolición de la relación salarial a una que nos sujeta a todos. Un ingreso básico generoso definido por una opción genuina de salida del mercado laboral en última instancia tiene una afinidad real con el proyecto socialista. La pregunta moral en primer plano es si queremos o no conservar la calidad coercitiva y obligatoria del mercado laboral capitalista. Pelear por una opción de salida debería ser una prioridad porque, primero, le da a la gente el poder de confrontar a sus jefes o cónyuges; la posibilidad de salir facilita la voz; y segundo, porque le da a la gente libertad real para implementar sus planes de vida, sin trabas por la aburrida compulsión de las relaciones económicas.

La expansión de la libertad real de las personas y la erosión de las condiciones de fondo de la dependencia del mercado son características fundamentales del ingreso básico y, en el mejor de los casos, de los objetivos secundarios de la estrategia de empleo y servicios. El objetivo es liberar a los trabajadores no solo de un capitalista dado, sino también de los capitalistas como clase. Esta es la razón por la cual un ingreso básico generoso y verdaderamente universal debería ser una pieza clave en cualquier agenda socialista amplia. Es decir, el orden social a menudo se asegura mediante ciertas medidas de coacción y las formas de organización social que luchan por reducir la coerción y ampliar la libertad de las personas siempre corren el riesgo de ser disfuncionales. Este es un peligro relacionado con el proyecto socialista. Del mismo modo, el riesgo de que el ingreso básico sea cooptado y vuelto contra sí mismo es un problema que enfrenta cualquier propuesta de política abstracta. Es un peligro inherente en el paso de la teoría a la práctica y se presenta cada vez que una idea se acerca a la realidad. Si eso sucede o no depende de nosotros.

Este ensayo debe mucho a los comentarios y críticas sobre varios borradores a Maddie Ritts, Asher Dupuy-Spencer, Martin Danyluk, Erik Wright, Rachel Tennenhouse, Jeffrey Malecki y a los editores de Catalyst.


[I] Este ensayo también discute el ingreso anual garantizado, una propuesta similar al UBI en que no hay requisitos de trabajo y diferente en cuanto a que está condicionada por los ingresos: a medida que aumenta el ingreso del mercado, el ingreso garantizado se retira de forma paulatina. Cuando se paga el UBI a cada miembro de la sociedad y luego se recupera parcialmente mediante impuestos, el ingreso garantizado se paga a cualquier persona cuyos ingresos, por cualquier razón, caigan por debajo de un umbral. Creo que muchas, pero no todas las virtudes de UBI también están disponibles con el ingreso garantizado. Por ejemplo, como expondré a continuación, ambas políticas brindan la libertad de salir del mercado laboral, pero el UBI, como política de verdad universal, está mejor posicionada para fortalecer la solidaridad social.

[II] Debido a que Mincome se analiza a lo largo del documento, vale la pena proporcionar algunos detalles básicos sobre el experimento, ya que operaba en Dauphin. Los pagos de ingresos anuales garantizados estuvieron disponibles para todos los hogares Dauphin durante los tres años del experimento (1975-1977) con un nivel de garantía de $19,500 (dólares canadienses CDN) para una familia de cuatro personas: en Dauphin al momento en que este nivel de garantía la mitad del ingreso familiar medio local. Los pagos se eliminarían a cincuenta centavos por cada dólar ganado en el mercado. El sistema funcionaba de la siguiente manera: si no trabajaba en absoluto, por cualquier razón, su pago sería de $19,500; si ingresa en el mercado laboral y obtiene, digamos, $6,000, su pago sería de $16,500 (19,500-6,000 x 0.5) dejando su ingreso final en $22,500 (16,500 + 6,000). A diferencia del bienestar tradicional, nunca se empeora al decidir trabajar. El efecto de la participación en el mercado laboral del experimento Dauphin se obtiene restando el cambio del período de estudio de referencia en el grupo de control, es decir, los no participantes ubicados en Manitoba, desde el cambio del periodo de estudio de referencia en el grupo Dauphin.

[III] Véase David Calnitsky y Jonathan Latner, «Basic Income in a Small Town: Understanding the Elusive Effects on Work», Social Problems 64, no. 3 (2017), 1-25; y Karl Widerquist; «A Failure to Communicate: What (if anything) Can We Learn from the Negative Income Tax Experiments?», Journal of Socio-Economics 34, no. 1 (2005), 49-81.

[IV] Véase por ejemplo, David R. Howell, «Block and Manza on the Negative Income Tax», Politics & Society 25, no. 4 (1997), 533-540.

[V] John Clarke, «Looking the Basic Income Gift Horse in the Mouth», Socialist Bullet 1241, 1 de abril del 2016.

[VI] Seguro médico [N. del T.].

[VII] Adam Przeworski, «The Feasibility of Universal Grants under Democratic Capitalism», Theory and Society 15, no. 5 (1986), 695-707.

[VIII] El mundo de la tecnología comenzó a tomar nota de la garantía de empleo. Por ejemplo, la influyente start-up de Silicon Valley, Y Combinator, está ejecutando un proyecto piloto de ingresos básicos, pero de acuerdo con su grupo de investigación, también están interesados en alternativas, incluida la garantía de empleos.

[IX] Asilos de pobres, [N. del T].

[X] Citado en Karl Polanyi, The Great Transformation, Boston: Beacon Press, 2001, 126.

[XI] Barbara Bergmann, «A Swedish-Style Welfare State or Basic Income: Which Should Have Priority?», Politics & Society 32 no. 1 (2004), 107-118

[XII] Los argumentos que presento en esta sección dan por sentada la importancia de la provisión de servicios públicos en muchas áreas, de ahí el énfasis en un dólar «adicional» de gasto. La atención de salud pública, por poner un ejemplo obvio, es altamente eficiente, conlleva importantes externalidades positivas, se caracteriza por asimetrías generalizadas de información y, por lo tanto, es un caso claro en el que la provisión de servicio público es preferible al efectivo.

[XIII] Claus Offe y Helmet Wiesenthal, «Two Logics of Collective Action: Theoretical Notes on Social Class and Organizational Form», Political Power and Social Theory 1, no. 1 (1980), 67-115.

[XIV] Es difícil imaginar que cualquier programa de desmercantilización pueda desmercantilizar todos los bienes diversos que la gente siente que necesita, a los que podrían acceder usando dinero—desde marihuana hasta lecciones de piano, desde alimentos halal hasta garantías de préstamos— y es por eso que el UBI les daría más libertad efectiva de salir del mercado laboral si así lo desean. Además, cuanto más completo sea el programa de desmercantilización, yendo más allá de la educación, el transporte y el cuidado de la salud y en una gama de artículos de consumo cotidiano, cuanto más se acerque el sistema a una economía dirigida, más ineficiencias veremos. y, en los terrenos socialistas del mercado, es menos probable que sea así.

[XV] Estrictamente hablando, el ingreso básico no desmercantilizaría por completo la fuerza de trabajo en el sentido de abolir todos los mercados para los trabajadores. Del mismo modo, proporcionar viviendas públicas de alta calidad no es equivalente a abolir el mercado de viviendas (la mayoría de las propuestas aquí continúan incluyendo pruebas de ingresos). La desmercantilización debe verse como una variable continua, en la que ofrecer alternativas decentes al mercado se ubica en algún lugar entre la dependencia del mercado y la abolición total del intercambio en un producto en particular.

[XVI] John Clarke, «Basic Income: Progressive Dreams Meet Neoliberal Realities», Socialist Bullet 1350, 2 de enero del 2017.

[XVII] Además, decididamente no es neoliberal sospechar que ningún sistema de planificación integral podría producir y asignar con éxito cientos de millones de bienes de consumo únicos. Véase Alec Nove, The Economics of Feasible Socialism Revisited, New York: Routledge, 2003. Esta es la razón por la cual los modelos más sensibles del socialismo incorporan algún tipo de mercado de consumo, o mecanismo similar al del mercado de consumo: toman en serio el hecho de que los seres humanos tienen una hostilidad ilimitada hacia inconvenientes, alineaciones y reuniones interminables. Esto es cierto para el socialismo cupón de Roemer, pero es incluso cierto para Cottrell y el plan mucho más ambicioso de Cockshott para el socialismo matemático matricial. Véase, John Roemer, A Future for Socialism, London: Verso, 1994; y Allin Cottrell and W.P. Cockshott, Towards a New Socialism, Nottingham: Bertrand Russell Press, 1992.

[XVIII] Para aclarar, hay dos mecanismos principales mediante los cuales el ingreso básico crea una distribución del ingreso más igualitaria, uno directo y el otro indirecto. En primer lugar, la redistribución surge del propio esquema de impuestos y transferencias. En la medida en que el ingreso básico se paga por medio del impuesto sobre la renta, aunque todos son destinatarios, la carga impositiva aumenta con los ingresos del mercado, y los que ganan mucho se convierten en contribuyentes netos. Cuanto más se basa un esquema de pago en formas regresivas de impuestos, como los impuestos al consumo, menos redistributivo se vuelve el esquema, y más se convierte en una forma de acumulación de riesgos. En segundo lugar, y de manera más general, la redistribución surge indirectamente de los cambios en el poder de negociación que produce el ingreso básico, como se verá más adelante.

[XIX] Luxemburgo: «Un requisito general para trabajar para todos los que pueden hacerlo, de la cual los niños pequeños, los ancianos y los enfermos están exentos, es una cuestión natural en una economía socialista». Rosa Luxemburgo, «The Socialisation of Society» diciembre de 1918 (énfasis del original). Elster: «En contra de una noción de justicia ampliamente aceptada… es injusto para las personas sanas vivir del trabajo de los demás. La mayoría de los trabajadores considerarían, correctamente en mi opinión, la propuesta como una receta para la explotación de los trabajadores por los perezosos». Jon Elster, «Comentario sobre Van der Veen y Van Parijs», Theory and Society 15 no. 5 (1986), 719. David Schweickart también argumenta: «No tenemos un derecho moral a un IB. Tenemos la obligación moral de trabajar. Cuando consumimos, tomamos de la sociedad. La justicia exige que demos algo a cambio». Citado en Michael W. Howard, «Basic Income, Liberal Neutrality, Socialism, and Work», en Karl Widerquist (ed. ) et al., The Ethics and Economics of the Basic Income Guarantee, ,London: Routledge, 2005.

[XX] A .B. Atkinson, «The Case for a Participation Income», The Political Quarterly 67, no.1 (1996), 67-70.

[XXI] G. A. Cohen, Why Not Socialism?, Princeton University Press, 2009.

[XXII] Herbert Simon, «UBI and the Flat Tax», en Philippe Van Parijs (ed.)et al.Whats Wrong with a Free Lunch?, Boston: Beacon Press, 2001, 34-38.

[XXIII] David Purdy, Social Power and the Labour Market: A Radical Approach to Labour Economics, Londres: Palgrave Macmillan, 1988. El libro cautivador, peculiar y poco conocido de Purdy merece una audiencia más amplia.

[XXIV] Para un intento de construir este argumento, véase Erik Olin Wright, «Why Something like Socialism Is Necessary for the Transition to Something like Communism», Theory and Society 15 no. 5 (1986), 657-672.

[XXV] En términos generales, utilizo la frase «teoría marxista del Estado» para identificar la siguiente cadena causal: un mayor gasto social implica una carga mayor, en última instancia, sobre la rentabilidad; si se perjudica la rentabilidad, los capitalistas pueden huir o atacar; si huyen o atacan, los ingresos del Estado se desvanecerán, lo que socavará cualquier política social que pueda haberse logrado; si esas políticas se socavan, el gobierno que las promovió será abandonado por las mismas personas que alguna vez las apoyaron. Mi punto es no negar este mecanismo, sino decir que no hay razón para verlo en términos hidráulicos; tampoco hay buena evidencia para argumentar que sabemos dónde se encuentran los límites máximos de la incursión democrática en la rentabilidad capitalista. Además, incluso si este mecanismo está en funcionamiento, podría entenderse mejor como una contratendencia en lugar de una tendencia. Durante la mayor parte de los últimos cien años, incluso los últimos cuarenta, el gasto social como porcentaje del PIB en la OCDE ha tenido una tendencia a aumentar, no a disminuir. Veáse data.oecd.org, datos agregados del gasto social, y Peter Lindert, Growing Public: Social Spending and Economic Growth since the Eighteenth Century, vol. 1, Cambridge University Press, 2004.

[XXVI] La combinación particular de impuestos probablemente es relevante para la pregunta de la fuga de capitales, ya que los impuestos al valor agregado, impuestos a la propiedad e impuestos a la renta serán menos vulnerables que, por ejemplo, los impuestos corporativos.

[XXVII] Roemer, A Future for Socialism. En las oportunidades que las fugas de capitales abren para la socialización de los medios de producción, véase Wright, «Why Something like Socialism is Necessary».

[XXVIII] Téngase en cuenta que este argumento se puede expandir fácilmente a cualquier aspecto del estado de bienestar que mejore el nivel de vida de las personas. Puede funcionar, por ejemplo, como un argumento en contra de los cupones de alimentos.

[XXIX] Este punto está relacionado con otra crítica del UBI, a saber, que la política convocará al espectro de la inflación. Si nos preocupa la inflación, esta crítica es válida para prácticamente todas las políticas económicas de izquierda cuyo objetivo subyacente es un mercado laboral más estricto. Más fundamentalmente, sin embargo, el ingreso básico no se produce mediante la expansión monetaria; más bien, es redistributivo. Toma un dólar de un lugar en la distribución del ingreso y lo mueve a otro lugar más bajo.

[XXX] Los datos de las encuestas enviadas a todas las empresas Dauphin y a todas las firmas en siete ciudades de control muestran que los salarios medios por hora en las vacantes y los salarios medios por hora en todas las nuevas contrataciones aumentaron entre la línea de base y el período de estudio en Dauphin, pero cambiaron poco en las ciudades de control. Véase David Calnitsky, “The Employer Response to the Guaranteed Annual Income,” 2017, Working paper.

[XXXI] Austin Nichols and Jesse Rothstein, The Earned Income Tax Credit (EITC), no. w21211, National Bureau of Economic Research, 2015.

[XXXII] Hilary Hoynes y Diane Whitmore Schanzenbach. «Work Incentives and the Food Stamp Program», Journal of Public Economics 96, no. 1 (2012), 151-162. De hecho, esta es la razón por la cual la incondicionalidad laboral es una característica del ingreso básico que es incluso más importante que la cantidad.

[XXXIII] Véase Michael B. Katz, The Undeserving Poor: Americas Enduring Confrontation with Poverty, Oxford University Press, 2013; y Walter Korpi and Joachim Palme, “The Paradox of Redistribution and Strategies of Equality,” American Sociological Review, 63, no. 5 (1998), 661-687. Tal vez el punto se pueda expresar de manera aún más contundente, siguiendo la cita anterior de Elster: «es injusto para las personas sanas vivir del trabajo de los demás». La mayoría de los trabajadores, acertadamente en mi opinión, ven la propuesta como una receta para la explotación de los trabajadores por los perezosos». Si bien esto podría tener algo de verdad, será menos cierto que en el sistema de bienestar tradicional donde las actividades y los ingresos y las fuentes de las personas son fácilmente discernibles. En un mundo de ingresos básicos, las líneas divisorias entre las personas que no trabajan porque no pueden encontrar trabajo, porque se han comprometido con otras actividades productivas o porque quieren relajarse en casa, se vuelven borrosas. Asimismo, aunque hasta cierto punto los resultados dependen de las actividades reales de los receptores (el logro educativo, la capacitación laboral y el trabajo de cuidado no se parecen al puro ocio), el vínculo entre los esfuerzos diarios de las personas y su dependencia del UBI será algo opaco. Finalmente, este mecanismo diferirá en función de la fuente de financiación del plan; los impuestos sobre la renta son diferentes de los impuestos a las ventas, los impuestos sobre el capital y los impuestos sobre las rentas a este respecto.

[XXXIV] Las encuestas citadas antes se llevan a cabo en Library and Archives Canada, Winnipeg, MB; Department of Health fonds, RG-29; and Policy, Planning and Information Branch sous-fonds, número de acceso a la sucursal 2004-01167- X, Operational Files of Manitoba Basic Annual Income Project (Mincome).

[XXXV] Aunque el ingreso básico mejora los salarios, esta es una de las razones principales por las cuales la respuesta de los sindicatos ha sido moderada. Sin embargo, vale la pena señalar que la posición del sindicato ha cambiado a lo largo de los años: en 1970, los sindicatos canadienses se mostraron abrumadoramente a favor de la política. La Federación de Trabajadores de Ontario y el Consejo Laboral de Canadá produjeron afiches y anuncios en radiofónicos defendiendo la política. Un anuncio radiofónico demandó con confianza: «Un ingreso anual garantizado para todos los canadienses… Eso es lo que la Federación del Trabajo de Ontario dice que se necesita hoy. …No podemos permitirnos que más del 20 por ciento de nuestra gente viva en la pobreza mientras el resto de nosotros disfrutamos de todas las cosas buenas de la vida. Es por eso que lo instamos a apoyar nuestra campaña para un ingreso anual garantizado para todos los canadienses». Library and Archives Canada, Ottawa: Guaranteed Annual Income. General files (R5699-67-3-E). Microfilm reels H-725 (1969, 1971).  No obstante, el movimiento laboral canadiense cambió su tono después de la experiencia con planes neoliberales diseñados para eviscerar el estado de bienestar, como el Plan de Seguridad de Ingreso Universal de la Comisión MacDonald de 1984, quizás el mejor caso de la historia para el ingreso básico como un caballo de Troya neoliberal. Por lo tanto, la experiencia histórica particular es, en parte, lo que explica la respuesta sindical desigual. Además, vale la pena señalar que los sindicatos pueden oponerse a los ingresos básicos por la sencilla razón de que los aumentos de impuestos generales podrían dejar a los miembros como perdedores netos. El financiamiento de un costoso UBI requerirá recaudar ingresos de las clases medias, no solo de la élite, y si los ingresos de las personas más acomodadas son lo suficientemente altos, el aumento de impuestos que enfrentan podría afectar los beneficios que reciben.

[XXXVI] US Congress, 1970. Family Assistance Act of 1970: Hearings, Ninety-First Congress, Second Session on H.R. 16311. Senate Committee on Finance. U.S. Government Printing Office (1928).

[XXXVII] Kathi Weeks, The Problem with Work: Feminism, Marxism, Antiwork Politics, and Postwork Imaginaries, Durham: Duke University Press, 2011.

[XXXVIII] Conceptualmente, el análisis descansaba en el debate sobre el trabajo doméstico: o bien el trabajo doméstico producía directamente plusvalía, o no, pero era «necesario». Además de la cuestión distante de estar resuelta de si el trabajo doméstico era en efecto necesario (o necesariamente sin igualdad de género), la configuración teórica presentó desafíos. Si aceptas que el trabajo doméstico contribuye al valor de la fuerza de trabajo, tienes que violar un axioma marxista clave: que en equilibrio la fuerza de trabajo se vende a su valor. Para muchos participantes en el debate, este fue un puente demasiado lejos. Sin embargo, si negaba que el trabajo doméstico producía «valor», pero aceptaba que, no obstante, debía ser remunerado, se acercaba de forma peligrosa a la cosmovisión neoclásica. Después de todo, si el trabajo doméstico debe ser remunerado, ¿sobre qué base debería ser remunerado? Debería ser remunerado no porque contribuyera, como lo haría el trabajo «productivo», a cualquier valor de cambio, sino porque producía valores de uso o utilidad.

[XXXIX] Ellen Malos, «The Politics of Household Labour in the 1990s: Old Debates, New Contexts», en The Politics of Housework, Cheltenham: New Clarion, 1995, 21.

[XL] Weeks, The Problem with Work, 149.

[XLI] Véase, por ejemplo, Michael Hannan y Nancy Brandon Tuma, and Lyle P. Groeneveld, «Income and Marital Events: Evidence from an Income-Maintenance Experiment», American Journal of Sociology 82, no, 6 (1977), 1186-1211, y Glen Cain and Douglas Wissoker, «A Reanalyis of Marital Stability in the Seattle-Denver Income-Maintenance Experiment», American Journal of Sociology 95, no. 5 (1990), 1235-69.

[XLII] Adam Przeworski, Capitalism and Social Democracy, Cambridge University Press, 1985, 243.

 


Publicado originalmente en Catalyst Journal, volumen 1, número 3, verano de 2018. Agradecemos al autor, Daivd Calnitsky, y a los editores de Catalyst Journal por facilitar el texto para su traducción.


Traducción: Salvador Medina Ramírez

Revisión de la traducción: Isaura Leonardo

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