Del 68 al #YoSoy132: grietas en la historia

A cincuenta años del movimiento estudiantil de 1968 y del golpe que lo disolvió el fatídico 2 de octubre, ¿qué continuidades encuentra con el #YoSoy132?

| Movimientos Sociales

No éramos los primeros. En otros tiempos, alumnos de escuelas privadas se unieron a estudiantes de universidades públicas con horizontes comunes.

Se acercaba otro aniversario de la masacre de estudiantes cometida por el ejército mexicano en la plaza de Tlatelolco, nuestra primera marcha del 2 de octubre como movimiento. Una comisión de quienes conformábamos la asamblea estudiantil Másde131 decidió escarbar en el archivo de la Biblioteca Francisco Xavier Clavijero para encontrar pistas de la participación de alumnos de antropología de la Universidad Iberoamericana en el movimiento estudiantil de 1968.

Posicionamientos, fotografías, notas… al excavar sobre estos vestigios (pongámoslo así, en términos de Walter Benjamin), construimos un pequeño pronunciamiento-ficción en el que un joven de aquella generación hablaba a uno de la nuestra. El texto fue leído ante miles de estudiantes.

Este ejercicio tiene un pequeño interesante valor por su perspectiva histórica. A cincuenta años del movimiento que marcó la segunda mitad del siglo XX mexicano, y después de un sexenio de #YoSoy132, necesitamos grietas en la historia oficial para rehistoriar la genealogía de lucha de los movimientos estudiantiles. Este ejercicio solo es posible desde abajo, sin una versión hegemónica, y fuera del relato que los medios de comunicación masiva, cuyas prácticas detonaron, irónicamente, una de las exigencias centrales del 132, pero también influyeron en los preparativos de la represión del 68.

Y es que el espíritu del 68 no se esfumó el 2 de octubre, ni el de #YoSoy132 acabó con la toma de posesión de Peña Nieto. Durante aquella excavación vimos que quienes nos antecedieron usaban formas de luchar muy parecidas a las empleadas cuarenta y cinco años después, y que se pueden trazar vetas históricas desde entonces. Es decir, de algún lugar vinieron las ideas que nos movieron a organizar marchas nocturnas con antorchas, marchas silenciosas, carnavales en el 2012. «La imaginación al poder» se traducía en «apaga la tele, enciende tu mente».

Los boteos, los grupos de música popular y teatro en los camiones, el apoyo de las familias, la forma en la que en esos meses se difundió el movimiento, con todos los medios de comunicación en contra, nos trae indicios. Pero también es importante pensar cómo se resistió los años subsecuentes.

¿Cómo fueron aquellas décadas de lucha, el paso de sus años, sus días, la cotidianidad, la lucha por la vida diaria? ¿Cómo fue la primera marcha para conmemorar el 2 de octubre? ¿Cómo participaron las madres en la liberación de los hijos presos después de la represión? ¿Cómo se fue construyendo una memoria a pesar de la censura? El modo de encontrar esas vetas es mediante la pregunta detonante. Traer a cuenta las prácticas de quienes hicieron trabajo comunitario y comunicativo después del 68 resulta indispensable.

Lanzo otras preguntas a mis compañeros de generación: ¿qué los movió a involucrarse?, ¿qué aprendimos de entonces a los ojos de estos seis años?

Y es que, después del triunfo electoral del candidato del viejo partido del poder, el movimiento #Yosoy132 estaba en crisis. Antes de julio del 2012, la multitud juvenil había lanzado frases retadoras: «si hay imposición, habrá revolución», «¡Fuera Peña!». Eran frases retóricas, gritos de rabia que sirvieron de algo: ofrecieron el combustible futuro para resistir. El propósito de fondo del movimiento no fue detener a Peña Nieto, sino el combate al Estado del terror que vendría con él.

La Convención Contra la Imposición de San Salvador Atenco, que tuvo quizá una de las últimas participaciones del movimiento como tal, estuvo llena de advertencias: el triunfo de Peña era la cara visible de una agresión a gran escala contra derechos laborales, magisteriales, de salud, de soberanía. La advertencia se quedó corta. Entender la violencia desatada por el Estado mexicano, su capacidad para decidir sobre la vida, de mentir sobre la muerte, de administrar los cuerpos que sobran, será indispensable para conocer «la verdad» sobre esta época. Esta será una tarea de nuestra generación.

De manera invisible, de manera subterránea, las redes surgidas en el 2012 respondieron ante todas las coyunturas originadas durante el gobierno de Peña Nieto. Reforma educativa y represión contra el magisterio, asesinato de periodistas, feminicidios, desapariciones forzadas de estudiantes, leyes autoritarias en materia de comunicación, destrucción del medio ambiente… sin el peso del hashtag, sin la capacidad de convocar a grandes manifestaciones, o no de la misma forma ni con el mismo nombre, es decir, de modo diverso y ramificado, el 132 se hizo responsable de lo que estaba por venir.

Así, cayeron sobre los cuerpos estudiantiles un sinnúmero de corretizas, detenciones arbitrarias, golpes, gaseo, levantones… la violencia general de todo el país. Para que esto ocurriera, el poder tuvo que borrar el rostro amable del movimiento. La utilización de la figura de Antonio Attolini y otros personajes para un programa de jóvenes fue la coartada perfecta para sepultar mediáticamente al 132: «su lucha era contra Televisa y ahora están en ella». La versión pública estaba instalada.

Hecho esto, vino la represión física durante la toma de posesión de Enrique Peña Nieto. Si bien los choques de San Lázaro dejaron claro que habría resistencia contra el gobierno priista, aquel movimiento joven se concentró en liberar a la centena de presos políticos detenidos en diversas partes de la capital. Después de la liberación de aquellos presos, el 132 se disolvió como movimiento visible.

Sin embargo, el dolor y la indignación mantuvieron sensibles a las constelaciones que se formaron después. El asesinato de Nadia Vera, integrante de la asamblea de Xalapa en el movimiento, el 1 de agosto del 2015, sumió a estas luces, a estos espacios remanentes, en la verdad: el Estado del terror nunca dejó de mirar a compañeras y compañeros de aquellos años. Vera tenía varias amenazas de muerte en el Veracruz duartista. Se exilió en la Ciudad de México junto con el fotógrafo Rubén Espinoza. Su feminicidio conmueve profundamente a quienes participaron años antes en el movimiento estudiantil.

Con la desaparición forzada de los estudiantes normalistas de Ayotzinapa hubo un quiebre con el discurso ciudadanista empleado en el 2012. Las redes del 132 se reactivaron y fueron superadas. La masacre de la plaza de Tlatelolco tenía la intención, como Ayotzinapa, de tender un manto negro sobre la alegría. Ayotzinapa fue un punto de no retorno. Como he dicho, las reflexiones sobre el Estado mexicano quedan abiertas. No alcanza la necropolítica para ofrecer explicaciones. Sin embargo, en aquel momento se ganó la capacidad de señalar al causante. No olvidemos que el hashtag #FueElEstado fue pintado en el Zócalo capitalino por un colectivo anónimo surgido de #YoSoy132: Rexiste.

Para resistir aquellos años fue necesario un constante aprendizaje; un aprendizaje surgido muchas veces de rupturas, reconfiguraciones, desencuentros, de frustración y profundo dolor. ¿Valió la pena? «¡Uf!»,me respondió en estos días un amigo de la asamblea de la Ibero. Otro compañero me dijo: «Adquirí mi brújula moral». El movimiento fue también un espacio de encuentro, de preparación; una escuela. Dentro de esas grietas de resistencia queda pendiente hacer una pedagogía de la lucha en las calles. Todos encontramos en la realidad mexicana algo que no había en la universidad. Lo fundamental, con todo y nuestros títulos y posteriores posgrados, lo encontramos en el abrazo de las manifestaciones, de las reuniones para compartir y hasta en las lágrimas compartidas. Justo a partir de esta pedagogía surgió en varios colectivos emanados de 132 la necesidad de crear organizaciones y asambleas comunitarias. Conozco varios en el Estado de México: Nicolás Romero y Ciudad Nezahualcóyotl, por ejemplo. Pero también redes por diversos derechos como los digitales, medios independientes de comunicación, centros de derechos humanos.

Ahora bien, el 2 de octubre mexicano se inscribió en un contexto de protestas que arrancan en mayo, como la primavera mexicana cincuenta años después. #Yosoy132 se inscribió como el capítulo mexicano de las primaveras de las juventudes globales que enfrentaron a gobiernos de corte capitalista imperial, como Occupy Wall Street, a gobiernos nacionalistas como la revolución de Egipto, y a repúblicas neoliberales, como Turquía. La búsqueda de formas de hacer política distinta y de horizontes éticos de estos movimientos será fundamental en los años que viene.

Seis años después, frente a otro proceso electoral, con el peso de Ayotzinapa, del feminicidio de Nadia, de la desaparición de tres estudiantes de cine en Jalisco y de miles de personas más, hay diversas posturas.  El espectro de quienes estuvimos en 132 va desde la participación en partidos políticos (Attolini), la vía independiente (Wikipolítica), hasta la lucha antisistémica (colectivas feministas y cercanas al zapatismo).

Probablemente, el PRI-gobierno como tal saldrá del poder. Pero el PRI es un modo de hacer Estado. Hay que pensar si el PRI como producto cultural, como modelo, no se está renovando, renombrando, regenerando. Reitero, para la generación del 132 viene una etapa de pensamiento crítico tras una gran victoria ética luego de seis años de lucha. Esta victoria es real. Así, como no hay una estación del metro ni estatua para los estudiantes del 68, menos la habrá para una generación que se hizo responsable de lo que ocurrió del 2012 al 2018.

Termino con un recuerdo, una marcha convocada por algunos fundadores de #YoSoy132 el 15 de septiembre del 2016. La marcha no contaba con la festividad del 2012. En un país en luto, el hashtag #RenunciaYa intentaba detonar la rabia acumulada y hacía resonar las viejas consignas de #YoSoy132. La exigencia, quizá, era también simbólica. Pero éramos distintos. Aquel día nacional, las banderas mexicanas dejaron de ser rojas y verdes y se pintaron de negro. La lluvia caía ligera por la ciudad. Una compañera me dijo al oído: «Puro 132, ¿verdad?». Sí, pero distintos por la intensa batalla. Al frente de la manifestación ya no estaban los jóvenes, sino las familias que buscan a sus hijos: Ayotzinapa. Ese día terminó en un forcejeo frente a cientos de policías frente a Bellas Artes. La grieta estaba abierta.

 

En portada: Marcha #RenunciaYa, septiembre del 2016. Al-Dabi Olvera

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