Democracia sin neoliberalismo

Carta abierta de Irmgard Emmelhainz a José Woldenberg con motivo de la publicación de su libro «Cartas a una joven desencantada con la democracia»

| Sociedad Civil

Ciudad de México, noviembre de 2017, entre el 19S y las elecciones por venir

Estimado Doctor José Woldenberg:

Me sentí interpelada e hice un ejercicio de identificación con la «joven desencantada» a quien le dirige la serie de misivas en Cartas a una joven desencantada con la democracia. En este libro de cien páginas que recién publicó la editorial Sexto Piso, usted describe la teoría e historia de la democracia y, desde su punto de vista, la relevancia de dicho marco de gobierno en el contexto actual de nuestro país. Usted es miembro de la generación que tanto vivió la decepción de la alternativa socialista y los autoritarismos del siglo XX en México y en otros lados; cómo pugnó incansablemente por instaurar la democracia junto con las herramientas necesarias para hacerla operativa en México. Empezando por la libertad de expresión y siguiendo por lograr el subsidio gubernamental para la fundamental difusión del debate que resultó en publicaciones críticas del Estado, algo sin precedentes en México. La tarea de su generación no fue de ninguna manera desestimable, más bien titánica: haber creado (verdaderos) partidos políticos, gobierno, un Congreso, vida pública, instituciones que aseguren la transparencia, espacios de expresión de disidencia en México. Para ustedes la democracia como aparato de gobierno representó una alternativa al impasse en el que se encontraba la izquierda mundial tras el desencanto con los proyectos revolucionarios de Estados socialistas. Haber logrado desmoronar al rancio autoritarismo del PRI seguramente no fue ninguna cena de gala. Sin embargo, la defensa de la democracia en su serie de misivas me recordó las reflexiones de Enrique Krauze sobre la relación de los jóvenes con la política mexicana, por ejemplo, sobre el #YoSoy132. Tanto Jorge Cano, Carla Medina como yo y otros hemos intentado ampliar este debate. Pero Krauze ha expresado desdén hacia «los jóvenes» porque para él, en vez de unirnos al debate racional y a proponer alternativas y tomar acciones, hemos «quedado a deber». Al contrario, yo lo invito junto con Krauze, Jorge G. Castañeda y Héctor Aguilar Camín[I] a reconsiderar a los interlocutores jóvenes que descalifican por «desencantados» y apolíticos, y en buen espíritu democrático, a tener en cuenta nuestras reflexiones.

Está claro que como principio o modo de gobierno la democracia es un ideal por alcanzar, un horizonte utópico, una forma idónea de gobierno al que debemos aspirar. El advenimiento de Donald Trump y de los autoritarismos del siglo XXI al poder nos obligan más que nunca a luchar por la democracia como ideal de gobierno en el sentido de la coexistencia pacífica en una sociedad plural de poblaciones antagónicas, en la cual la democracia funciona como bozal del racismo y de la intolerancia. Teniendo esto en cuenta yo no me siento precisamente ‘desencantada’ con la democracia. Más bien cuestiono el estatus que esta ha adquirido como ícono o símbolo de modernidad en las sociedades contemporáneas regidas por el absolutismo capitalista. La democracia –más allá de ser una alternativa al totalitarismo– me parece ser una fantasía de la Modernidad Occidental en nombre de la cual se están librando guerras de aniquilación en el país y en lugares lejanos para sostener la economía mundial basada en la extracción de recursos naturales[II] y quema de combustibles fósiles. Desde mi punto de vista, reflexionar en torno a la democracia hoy implica pensarla por fuerza en relación con la política económica neoliberal. Históricamente, la neoliberalización de los mercados es paralela e indisociable de la instauración de la democracia como marco de gobierno, y por eso es indispensable pensarlas juntas. Este paralelismo –que podríamos calificar de interdependiente– es la raíz de una serie de contradicciones que exigen articularse y analizarse cuando se habla de las democracias en el mundo globalizado.

1. El kratos sin demos

Al haberse hecho indisociable de la política económica neoliberal, en este momento histórico la democracia se ha convertido en un aparato de poder: en kratos sin demos, y de legitimación del absolutismo capitalista que rige al globo. En su actualización, la democracia actual es un régimen esquizofrénico que permite libertad de expresión y promueve la coexistencia pacífica como valor mientras que gobierna a la población de manera claramente diferenciada. Por un lado, están los que son gobernados como ciudadanos, que viven en enclaves modernizados y de progreso, en un tejido social plural y con un conjunto de derechos de acceso a bienes de consumo, créditos, educación, trabajo, alimentos, cuidados médicos de calidad e inclusive de «participación» ciudadana.[III] Para los sectores más privilegiados de la población el gobierno es el garante de seguridad y de la salvaguarda de sus derechos humanos. Por otro lado, están los que son gobernados como no-ciudadanos. Son las poblaciones redundantes que no tienen acceso ni a los circuitos globales de consumo ni a los de explotación: están condenados a no poder producir ni consumir, ya que para el capitalismo es más redituable destruir estas poblaciones y a sus formas de vivir y de ganarse la vida (lo que se conoce como necropolítica o capitalismo gore[IV]) que incorporarlas al sistema. De este modo, la democracia neoliberal contrapone al ideal de una sociedad plural e inclusiva con derecho a visibilizar sus demandas la realidad del darwinismo social que crea sistémicamente poblaciones redundantes.[V]

En México uno de los signos de la modernización neoliberal fue la instauración del ciudadano como figura histórica. Para usted, el ciudadano recuerda al proletariado o al «pueblo», ya que esta figura es «el manantial del que florecen todos los valores cívicos: honradez, solidaridad, trabajo, moralidad, lealtad».[VI] Sin embargo, yo diría que la figura del ciudadano u homo democraticus abarca necesariamente la del homo oeconomicus o el emprendedor/consumidor. Lo que liga a ambos es el deseo y la búsqueda de la autosatisfacción y la demanda al gobierno de que salvaguarde sus derechos. Sin lugar a dudas, es través de la conjunción del homo oeconomicus y el homo democraticus, que podemos desvelar la esencia despótica de la existencia de la democracia como emblema. El homo oeconomicus representa el sentido común de regir todos los ámbitos y las acciones humanas de acuerdo con una imagen de lo económico. Es decir, en las democracias neoliberales toda la conducta es económica y todas las esferas de existencia se encuadran y se miden en términos y métricas económicos evitando precisamente la posibilidad del gobierno del pueblo, transformando a la democracia en un emblema.[VII]

2. La puesta en escena-simulación de la democracia

La existencia de la democracia como emblema implica que la política se ha transformado en un mundo de apariencias que encarnan mercancías, transmitiendo mensajes redundantes y vacuos. Por ejemplo: justicia social, democracia, respeto a los derechos humanos, reforzamiento de las instituciones han sido elementos comunes a las plataformas de gobierno de todos los partidos políticos en México. Pero en vez de materializar estos mensajes en la realidad, el aparato político tiende a legitimarse por medio de una sucesión interminable de escándalos consolidándose mediante la figura del político celebrity[VIII]. Discutiblemente, el PRI se reinventó con la figura del político celebrity en la brecha entre la política real y la esfera pública como el sitio de acción política potencial. La brecha está llena de espectáculo y producción cultural mientras que en el ámbito de la acción política esta forma de representatividad implica que el acceso a los políticos esté ahora mediado por los medios de comunicación masiva. Esta nueva forma de representatividad hace evidente la brecha que hay entre las decisiones que toman los políticos y representantes de corporaciones y de la oligarquía a puertas cerradas y la posibilidad de injerencia de la sociedad en las decisiones que conciernen al bien común. Al mismo tiempo, los políticos celebrity se convirtieron en presencias ubicuas en las plataformas mediáticas que se encuentran distantes, pero cargadas afectivamente. De este modo, la política se transformó en un mundo de apariencias –de simulación de democracia– que le dan cuerpo a mercancías, fusionándose con el ámbito de la farándula. Indudablemente, el actual colapso de Televisa se debe tanto a la pluralización de la verdad y el entretenimiento traídos por las plataformas digitales de difusión de contenidos como a la pérdida de credibilidad del monopolio de la narrativa de nación que quiso encarnar la figura de Peña Nieto.

Al igual que las figuras de Hilary Clinton o Emmanuel Macron, la «democracia» en México es un ícono vacío en el cual los ciudadanos pueden proyectar sus sueños y deseos mientras que los poderes Ejecutivo y Legislativo, en colusión con la oligarquía y las corporaciones, continúan un proyecto neoliberal de expansión neocolonialista cuyo efecto colateral son las poblaciones redundantes. Por su parte, el advenimiento de Donald Trump al poder implica dos cosas: primero, Trump encarna al mal absoluto al que se le opone la figura del ciudadano. Es decir, la figura de Trump es un performance con un guión preestablecido del capitalismo absolutista desnudo y, por lo tanto, lo peor de lo malo del mal absoluto. El peligro que representa Trump es que en su dejar florecer la intolerancia desde la esfera pública hegemónica, esta se materializa en la vida real justificando moral y racialmente el darwinismo social y la destrucción sistemática de poblaciones redundantes creadas por la implementación de las políticas neoliberales. Es decir, con CEO de grandes corporaciones en su gabinete, el gobierno de Trump representa la política económica neoliberal sin el barniz liberal a las aspiraciones democráticas de un gobierno y sociedad plurales en coexistencia pacífica y con visibilidad, con las oportunidades igualitarias de prosperar que representaba el gobierno de Obama. Si Obama enmascaró la pobreza y el militarismo derivados de las políticas neoliberales con tolerancia, multiculturalismo y la fantasía del emprendedor exitoso, Trump lo hace con propaganda racista, vigilancia y censura, y con nuevas formas de represión de libertad de expresión y de acceso por medio de un aparato de control de pensamiento a partir de los contenidos que los usuarios consultan en internet. De esta manera, Trump elimina sistemáticamente los derechos de libertad de expresión de la ciudadanía, aunque su programa político-económico continúa el de Obama y sus antecesores.

3. El cercamiento de la posibilidad de la representación

Señor Woldenberg, no es que esté ‘desencantada’ del sistema. Me ocupo rigurosamente de analizarlo más allá de la idealización de aquello a lo que se aspira con la democracia como principio de gobierno y en su actualización contemporánea. A mi modo de ver, el poder fascista representado por Trump no solo implica el monopolio de producción de verdades, sino el despojo de los representados de su capacidad de decidir sobre temas comunes. De ese modo, la política se convierte en algo ajeno, externo, inalcanzable y separado del individuo y de la capacidad colectiva de autodeterminación. Pero la democracia neoliberal no es mucho mejor, ya que reduce lo político a la institucionalización, conflicto, disenso y agonismo, y se enfoca en la salvaguarda de derechos y en la potencial disrupción de los arreglos institucionales de la sociedad. Pero, ¿hasta qué punto puede la sociedad instituirse continuamente y escapar de la autoperpetuación de lo instituido? Hay que considerar también que la diversidad validada por las democracias neoliberales solo permite diferencias que estén en conformidad con el sistema, representando alteridades consumibles, por medio de una pluralidad aparente y superficial. Es decir, la pluralidad y la libre elección fingen una alteridad que en realidad no existe. De otro modo, ¿por qué siguen siendo perseguidos líderes y movimientos indígenas que luchan por su autodeterminación cultural –ni siquiera política– en México? En ese sentido, el proyecto mexicano de democracia  es indisociable del ejercicio sistemático de la violencia de Estado en contra de los ciudadanos y de destrucción de los comunes, lo cual claramente representa una paradoja que ha señalado el arquitecto y teórico israelí Eyal Weizman, quien al haber trabajado en el caso de Ayotzinapa concluye que en México observó una contradicción: mientras que la violencia de Estado se ejerce constantemente a nivel de guerra, un «Estado fallido» se contrapone a una sociedad civil robusta y una cultura intelectual progresiva. ¿Qué es lo que esto implica?

Usted define a los llamados «derechos civiles» como aquellos que «intentan ofrecer al ciudadano una protección frente al Estado o contra la  invasión del Estado en zonas que les corresponden en exclusiva a los ciudadanos (libertad de expresión, de pensamiento, de religión)»[IX]. Sin embargo, su definición de los «derechos civiles» pasa por alto el derecho a la defensa de los ciudadanos de la violencia de Estado mediante el marco de los derechos humanos. Si bien recientemente salió a la luz que el gobierno de México espía a activistas, periodistas y políticos con el programa Pegasus, y la persecución y represión contra activistas y voceros de luchas civiles es bien conocida, al igual que los asesinatos a periodistas, los derechos de libertad de expresión y el rol del gobierno como garante de la seguridad y derechos humanos de los ciudadanos representan una contradicción adicional: mientras que amplios sectores de la ciudadanía se están convirtiendo en poblaciones redundantes (que abarcan desde los indígenas marginados hasta los normalistas revoltosos o la población creciente de ninis en todo México, la underclass), como ciudadanos, la población detenta derechos: al trabajo, a la seguridad, a la libertad de expresión, al acceso a los bienes de consumo, educación, salud, etcétera. Los ciudadanos tienen, por lo tanto, derecho a exigir que estas garantías sean respetadas y en caso de haber sido violentadas, restituidas. Desde esta perspectiva, las democracias neoliberales presuponen una tercera figura histórica: la del «ciudadano-como-víctima-del-Estado» o el no-ciudadano, gobernado a partir del Estado de excepción que se aglutina (o no) en la sociedad civil doliente pidiéndole al Estado: No+violencia, rendición de cuentas, restitución y acceso a la economía. Sintomáticamente, en el contexto de la salvaguarda y de la exigencia de la restitución de los derechos violados, comienza a borrarse la distinción entre lo público y lo privado: tanto las ordalías privadas se hacen públicas, como lo público se privatiza. Como bien lo describe Antonio Martínez Velázquez: «Cuando los derechos humanos se convierten en la representación triunfante de las políticas de los gobiernos –en su coartada diplomática– entonces se derrotan las prioridades colectivas». Es decir, en el momento en el que los derechos humanos se privatizan, la sociedad se fragmenta y se hace indiferente al bien común.

Por ejemplo, bajo la premisa de que el gobierno «no se da abasto» o que las instituciones están corrompidas y coludidas con la violación de derechos humanos, se han creado organizaciones de familiares de desaparecidos agrupadas en una variedad de ONG, como el Movimiento por Nuestros Desaparecidos en México. Este tipo de grupos necesitan herramientas para armar sus casos y presentar denuncias en contra del Estado. En este contexto, Forensic Architecture ‒un equipo interdisciplinario que brinda dichas herramientas de peritaje‒, fue invitado a crear la Plataforma Ayotzinapa. Esta plataforma es un aparato de ‘contrapruebas’ que, a partir de arquitectura, medios de comunicación y testimonios investigan a los organismos estatales para confrontarlos con sus crímenes partiendo de la premisa de que el Estado se evade y niega las denuncias desdeñándolas como propaganda o chisme.[X] ¿Pueden los «aparatos de visibilidad» o las máquinas de verdad – el fundamento de la democracia neoliberal – ayudar a la transformación política?

Aquí podemos debatir que la metástasis de nuestra llamada ‘sociedad de la transparencia’ florece en la denuncia como herramienta para luchar por la igualdad, pues esta establece un conflicto entre víctimas y victimarios sustituyendo falsamente la lucha de clases como marco de acción política. Asimismo, la igualdad se convierte en el derecho a detentar la verdad propia, pero ello no implica emancipación de la precariedad laboral, endeudamiento, o un vehículo para catalizar la solidaridad. Hay que considerar también dentro del panorama de reclamo de derechos, del ataque al monopolio de verdades del Estado al cual nos da derecho la democracia, que la violencia es considerada una anomalía que pudiera corregirse visibilizándola y denunciando, aunque claramente la norma es la violencia sistémica. Parte del problema es que el Poder Ejecutivo no reside ya en el gobierno sino en la economía política neoliberal, misma que genera plusvalía en la destrucción y muerte, y se encuentra bien por encima de la soberanía popular –como lo indica la contradicción señalada por Eyal Weizman entre «sociedad civil sana» (o la manifestación de la soberanía popular) y «Estado de excepción y fallido permanente». De este modo, la soberanía popular encarnada en las manifestaciones de la sociedad civil no es más que un suplemento de la democracia.[XI] En el caso de Ayotzinapa la voz de los testigos se circunscribe al régimen de verdad que brinda el gobierno: el discurso de los derechos humanos y sus violaciones. Así, por ejemplo, perdimos de vista los efectos de la política económica en el campo mexicano y la manera como las vidas de los estudiantes de la Normal Rural Isidro Burgos son afectadas por las políticas neoliberales. Ante las desapariciones de Ayotzinapa, el Estado elaboró su famosa «verdad histórica», y a pesar del sofisticado peritaje de Weizman y su equipo, la contrainformación de los hechos ya la teníamos en el libro de John Gibler que recoge testimonios orales.[XII] Como si la única manera de interpelar a la tecnocracia del Estado fuera por medio de más tecnocracia (la del peritaje privatizado), descorporeizando aún más a los no-ciudadanos al despojarlos de la capacidad propia de hacer visibles y decibles sus verdades. ¿No es la visibilidad –la base de las democracias neoliberales– una nueva y retorcida forma de propaganda?

Usted admite que la democracia no impacta en la desigualdad, que tampoco produce cohesión social, y que parte de lo que «queda por hacer» es lograr la equidad de la sociedad.[XIII] Sabemos que el neoliberalismo, además de ser la lógica que rige la economía política, gobierna las relaciones sociales, haciendo que la lucha de clases haya sido sustituida también por la competitividad darwinista en el campo de trabajo. El problema es que uno de los efectos del neoliberalismo es la individuación de lo social –es decir, la responsabilización del individuo por los problemas sociales y sus efectos y su codificación como defectos individuales de carácter, falta de responsabilidad individual, hasta patologías–. Por eso no es que el proceso electoral nos dé sopor,[IV] sino que vivimos en la realidad de la competencia perpetua por sobrevivir en condiciones precarias de trabajo. Existimos, por lo tanto, en un estado de excepción permanente de precariedad laboral y de inseguridad que nos desmoviliza, aunado al control de la atención vía los medios y la industria de la cultura, lo que motiva la distracción, no la apatía. Al mismo tiempo, la inseguridad laboral convierte a los ciudadanos en empresarios de sí mismos aislándonos y haciendo que solo podamos concentrarnos en los intereses privados. En este contexto, ¿qué preferimos los ciudadanos? ¿Libertad de elección o pan y un futuro de tranquilidad asegurada?

4. La posible organización social más allá del statu quo

Tal vez un medidor acertado del estatus de la democracia en relación con los lazos entre sociedad civil, corporaciones y Estado sean los terremotos recientes. En una resonancia fantasmática, los terremotos del 7 y 19 de septiembre fueron comparados al de 1985, con la diferencia de que en el más reciente las características particulares de nuestra sociedad permearon la reacción colectiva al temblor. Primero está el sentimiento de crisis permanente que fue interrumpido o, más bien, al que se le sumó otro estado de excepción suplementario (el terremoto). Están también la obsesión con la seguridad, la histeria con la salud, el miedo colectivo y la epidemia de ataques de pánico. ¿Usted percibe estos rasgos de nuestra sociedad, Señor Woldenberg? Estas patologías han sido atribuidas a la obsesión con la productividad y con el hecho de que el sistema neoliberal elimina las estructuras temporales estables, fragmenta el tiempo de vida y hace que lo vinculante y obligatorio se hayan vuelto obsoletos. Una sociedad que está todo el tiempo al borde del ataque de nervios, azuzada por la catástrofe de la individualización absoluta que acompaña la pérdida de solidaridad y la competencia total, está completamente volcada a la productividad por puro miedo (de quedarse atrás o afuera en la carrera neoliberal, de ser menos que el de junto, de no tener cómo saldar las deudas).

La intensificación del pánico cotidiano por el terremoto del 19S, de ninguna manera escindido del trauma del terremoto del ’85, resultó en olas de histeria traducidas a la hiperproductividad en la solidaridad con los atrapados en edificios, damnificados y afectados por el sismo de otras maneras. Durante los primeros momentos después del terremoto se percibió una clara ausencia de Estado y de un protocolo centralizado que dictaminara qué se debe hacer y qué no. De este modo, «la mejor solución» y los canales de ayuda se privatizaron y diversificaron estableciendo varias maneras de «hacer las cosas bien» y «hacer las cosas mal». Por ejemplo, ¿cuándo retomar las actividades normales y con base en qué criterios? ¿Qué bienes básicos acumular en los centros de acopio? ¿Dónde hay prioridad para mandarlos? ¿Qué eventos clausurar y con qué actividades seguir? ¿Qué negocios cerrar y cuáles abrir? Ya que vivimos con la conciencia del Estado fallido, parte de lo que impulsó a los ciudadanos a volcarse a ayudar compulsivamente a los afectados fue la idea –y base de la justificación de las privatizaciones de funciones que eran antes del Estado–  que «la situación rebasa al gobierno y la sociedad civil es más fuerte». Sin embargo, el gobierno federal de Enrique Peña Nieto se ocupó de inmediato de circunscribir y apropiarse de las acciones solidarias de los ciudadanos. El desvío, la centralización y la apropiación de los canales de ayuda ciudadana no tuvieron el objetivo de hacerla más eficiente, sino que fue una estrategia para suprimir o limitar la participación ciudadana en las labores de rescate y alivio de afectados. Son bien sabidos los casos en los que antes de que se completaran los protocolos de búsqueda de supervivientes, la marina empezó a demoler edificios, incluso oponiéndose con violencia a los ciudadanos presentes (por ejemplo, en la fábrica colapsada en Bolívar y Chimalpopoca, donde quedaron atrapadas obreras asiáticas). O cuando la ayuda transportada en camiones en dirección a áreas afectadas del estado de Morelos fue detenida por soldados y enviada a bodegas, controladas por Elena Cepeda, la esposa del gobernador Graco Ramírez, del PRD. O el caso del teatro mediático en Televisa –que pasará a la historia como uno de los últimos esfuerzos del monopolio por mantenerse a flote– para poner al centro del imaginario colectivo la participación de la marina en un rescate escandalosamente falso.

El Estado siguió cooptando los esfuerzos de ayuda de los ciudadanos al día siguiente del terremoto con el establecimiento del Fonden, un fondo de ayuda privado y público destinado como programa de Apoyo Parcial Inmediato para la atención a la emergencia y en vistas a la fase de reconstrucción. Al mismo tiempo, hizo un despliegue de seguridad pública a lo largo del territorio: ejército, marina, Protección Civil. De este modo, el Estado se posicionó como nodo de unión entre los esfuerzos del sector privado y de la sociedad civil. Aunado a ello, creó un fideicomiso para evitar que las necesidades se atendieran dos veces o quedaran descuidadas. En respuesta a esta medida, la sociedad civil creó la plataforma #Epicentro para vigilar la inversión de los recursos y que los afectados por actos de corrupción reciban la reparación del daño, así como para darle seguimiento al origen y uso de los recursos destinados para la reconstrucción. La ciudadanía pasó de la autonomía y autoorganización a colocarse obedientemente en el lugar que le prescribe la democracia neoliberal. Este lugar es el de exigencia de rendición de cuentas o inclusive de la contrainformación y gestión de data, con la plataforma de verificación de información #Verificado19s. ¿Estaría usted de acuerdo Señor Woldenberg? o ¿estoy reduciendo demasiado a la democracia bajo el estado de excepción que fue el terremoto?

Profesor Woldenberg, como usted bien lo recordará, la cifra oficial de muertos del terremoto de 1985 fue de veinte mil personas fallecidas. En 2017, el saldo oficial de víctimas de los dos temblores llegó casi a las ochocientas personas, la mayoría en la Ciudad de México y el estado de Oaxaca. La proporción de damnificados y daños materiales en edificios públicos, comerciales y particulares en las ciudades fue significativamente menor en el terremoto de este año. Otra diferencia que resalta es el grado de devastación de comunidades en áreas rurales en los estados de Oaxaca, Morelos y Puebla en relación con la destrucción en los centros urbanos. Comparando la destrucción en el campo y en las ciudades, uno de los aspectos de nuestra democracia neoliberal que hizo resaltar el 19S es el patrón diferenciado del gobierno entre ciudadanos y no-ciudadanos: las delegaciones más afluentes de la Ciudad de México que fueron afectadas se rehabilitaron lo antes posible para preservar la burbuja inmobiliaria con eslóganes como #nodejomibarrio. De este modo, ciertas zonas se reafirmaron como de alta especulación de bienes raíces, incluso generando más demanda y un aumento en los precios de rentas y ventas de inmuebles. Por su parte, comunidades enteras en zonas rurales como el municipio de Jojutla en Morelos no han recibido aún ningún tipo de ayuda para reconstruir. O alumnos de escuelas públicas en delegaciones como la Magdalena Contreras se encuentran indefinidamente sin clases, ya que no se sabe cuándo se van a reconstruir las aulas destruidas por los sismos. Así, el terremoto reveló los patrones de privilegio y despojo en la ciudad, los sitios de limpieza social, y las regiones donde el Estado se sustrae creando no-ciudadanos (o poblaciones redundantes).

5. Democracia de demandas de emergencia

A mi modo de ver, a treinta y dos años del primer terremoto, los estragos y efectos del 19S en la capacidad de demanda de la «sociedad civil» es más comparable a la «desaparición» de los estudiantes de Ayotzinapa que con la incipiente sociedad civil que puso a temblar al PRI en septiembre de 1985. Tanto Ayotzinapa como el 19S son oportunidades de demandas al Estado o reivindicaciones ante él, propiciadas por la emergencia. Esto quiere decir que hoy el único marco en el que se pueden hacer demandas al Estado es en una situación de emergencia. Es decir, ya que el Estado no es responsable del colectivo, sino que uno mismo debe rascarse con sus propias uñas, la situación de emergencia –provocada por fenómenos naturales o por violencia de Estado– rebasa al individuo y constituye una amenaza para la agencia propia. Si las injusticias sociales comunes dejaron de ser asunto del Estado, bajo el actual régimen de la política de emergencia, la necesidad de intervención inmediata es oportunidad para exigir ayuda al Estado. De este modo, las instancias de emergencia tienen una cualidad doble: son casi la única herramienta para que los débiles puedan exigir atención para dirigir recursos hacia ellos, al tiempo que son oportunidades para que los poderosos afinquen su poder. Sin embargo, individual o colectiva, en emergencia o normalizada: la crisis permanente es una sola. ¿Cómo lograr cambio social en este contexto, democratizar los patrones de privilegio revelados por los temblores recientes?

De acuerdo con Monsiváis, después del temblor de 1985 la sociedad se «concretó desembocando en el rechazo del régimen, su corrupción, su falta de voluntad y de competencia de hacerse cargo de las víctimas, damnificados y deudos»[XV], creando una sociedad civil como un espacio de independencia política y mental. Si el terremoto de 1985 fue una victoria social en cuanto que fue el catalizador de la oposición real al Estado, el 19S demostró que la sociedad civil en México no dice que no, que no se opone a que el Estado afinque su poder en la demanda de derechos en estado de emergencia –el único marco brindado por el Estado para responder a sus abusos o a los desastres naturales–; la sociedad civil tampoco dice no a la manera en la que funciona la economía. Nos podemos felicitar por haber juntado x toneladas de ayuda, por haber movido x cubetas de escombro, por haberle dado albergue a algún conocido que se quedó sin casa, por participar en labores de reconstrucción de casas en áreas rurales con materiales reciclados subsidiados por corporaciones benévolas. Pero a diferencia del ’85, esta vez no pudimos apropiarnos colectivamente de la obvia banalidad o redundancia del gobierno. Aunque nos hayamos dado cuenta de que la autonomía está en nuestras manos y de la posibilidad de una sociedad equitativa más allá de lo ideología o de las políticas de Estado. Si el terremoto del ’85 reveló que el PRI tenía el monopolio del espacio público, de la infraestructura, y los ciudadanos empezaron a ejercer funciones y a ocupar espacios antes solo a disposición del régimen, hoy no hay visión posible del cambio social, y detrás de las demandas de emergencia al Estado, se libra una guerra nacional de suelo, de territorio, de bienes raíces, de recursos naturales.

Mientras que en México hacer «política» sigue implicando el viejo esquema partidista, ante la incertidumbre en el acceso a la vivienda exacerbada por el terremoto, se hace claro que la gestión y protección del suelo y territorio será el problema político más importante en los próximos veinte años, para el cual las formas actuales de hacer política se han quedado cortas. En ese sentido, los ejercicios de autonomía indígena que están abriendo camino para gestionar sus propios asuntos políticos y económicos son el horizonte actualizado de subversión contra el orden dominante. Su capacidad de interrumpir o inhibir la imposición de la acumulación capitalista reside en el hecho de comprender que la emancipación es un camino por elucidar, que parte de subjetivaciones otras, más allá de las neoliberales, y que las solidaridades son necesariamente transitorias, en permanente proceso de construcción, y que los avances se dan a pasos minúsculos (o en proporción directa a la percepción de la amenaza del calentamiento global). ¿Podríamos ceder el deseo y la debilidad de ser gobernados? ¿Podríamos salir de la apatía de la vida representativa e hipermediatizada, perder el miedo y recuperar la libertad para estar y ser con los otros? ¿Podríamos volver a darle voz colectiva al trabajo? Claramente nos queda reaprender las lecciones de las luchas por la colectivización del siglo XIX, y hacer conciencia colectiva de que no necesitamos democracia, sino buscar un sistema alterno al neoliberalismo más allá de las narrativas destructivas de progreso, bienestar y desarrollo.

 

Atentamente,

Irmgard Emmelhainz

 


[I] Autores de Un futuro para México (2009), otra defensa de la democracia.

[II] Un eufemismo moderno para nombrar la actual ola de acumulación primitiva basada en la destrucción de los comunes. En su libro The New Imperialism (2003), el filósofo marxista David Harvey expande el concepto de «acumulación primitiva» para abarcar la depredación y explotación de la naturaleza. La acumulación por despojo abarata la materia prima y lo que está en juego es la centralización, privatización y financiación de la riqueza derivada de los comunes.

[III] Que me parece bastante problemática. Véase mi texto: «Participación, antagonismo y nuevas formas de poder», Paradigmas políticos y culturales en el México neoliberal (en preparación, Taurus México, 2018), donde argumento que lo que está en juego en la noción de participación brindada por la democracia neoliberal son los rangos de posibilidad, no solo de participación, sino de injerencia concreta en los procesos y las decisiones políticas y los grados de autonomía en las formas de organización por venir. Mientras que el esquema de la democracia neoliberal invita a la participación ciudadana en ámbitos triviales como arreglos urbanos, las decisiones que nos afectan como colectivo compartiendo un territorio se están llevando a cabo por medio de negociaciones y tratados secretos mediante agentes políticos invisibles (por ejemplo, el TPP) fuera de cualquier arena o institución en las que pudieran construirse relaciones antagónicas, sostener las diferencias o llegar al consenso.

[IV] Véase Sayak Valencia, Capitalismo gore y necropolítica en México, Madrid: Melusina, 2010; y Achille Mbembe Necropolítica, trad. Elisabeth Falomir Archambault, Madrid: Melusina, 2011.

[V] Hago un análisis más detallado de la diferenciación de la soberanía de los gobiernos neoliberales en mi libro La tiranía del sentido común: La reconversión neoliberal de México, Ciudad de México: Paradiso Editores, 2016.

[VI] Woldenberg, Cartas…, p. 33.

[VII] Wendy Brown, Undoing the Demos: Neoliberalism’s Stealth Revolution, Nueva York y Londres: Zone Books, 2015), p. 9.

[VIII] Véase mi texto «La herencia de la izquierda bajo el Neo-PRI: La culturalización de la política y la inminente obsolescencia de la crítica», disponible en: http://comiteinvisiblejaltenco.blogspot.mx/2015/09/.

[IX] Woldenberg, Cartas…, p. 35.

[X] Eyal Weizman et al., Forensic Architecture: Hacia una estética investigativa, Ciudad de México y Barcelona: MUAC-UNAM, MALBA y RM, 2017.

[XI] En el sentido derrideano de supplément o algo que supuestamente siendo secundario viene a servir de ayuda a algo ‘original’ o ‘natural’. Cfr. Jacques Derrida, De la grammatologie, París: Éditions de Minuit, 1967.

[XII] John Gibler, Una historia oral de la infamia, México: Grijalbo/Sur+, 2016.

[XIII] Woldenberg, Cartas…, p. 58.

[XIV] Íbidem, p. 77.

[XV] Carlos Monsiváis, No sin nosotros: Los días del terremoto 1985-2005, Ciudad de México: Era, 2005, p. 74.


Referencias

Agamben, Giorgio, «Introductory Note on the Concept of Democracy», En Agamben et al., Democracy in What State?, Nueva York: Columbia University Press, 2011.

Alain Badiou, «The Democratic Emblem». En Agamben et al., Democracy in What State? Nueva York, Columbia University Press, 2011.

Brown, Wendy, «We are all democrats now», En Agamben et al. Democracy in What State?, Nueva York, Columbia University Press, 2011.

           , Undoing the Demos: Neoliberalism’s Stealth Revolution, Nueva York y Londres: Zone Books, 2015.

Byung-Chul Han, «Miedo», Campo de relámpagos, 25 de junio de 2017, disponible en: http://campoderelampagos.org/critica-y-reviews/24/6/2017.

Monsiváis, Carlos, No sin nosotros: Los días del terremoto 1985-2005, Ciudad de México: Era, 2005.

Orizaga Inzunza, Isabel Anayanssi, «Martes 19 de septiembre: el derecho a conocer la verdad y el acceso a la información», Horizontal, 3 de octubre de 2017, disponible en: https://horizontal.mx/martes-19-de-septiembre-el-derecho-a-conocer-la-verdad-y-el-acceso-a-la-informacion/.

Scarry, Elaine, Thinking in an Emergency, Nueva York: W.W. Norton & Company, 2012.

Weizman, Eyal et al., Forensic Architecture: Hacia una estética investigativa, Ciudad de México y Barcelona: MUAC-UNAM, MALBA y RM, 2017.

Woldenberg, José, Cartas a una joven desencantada con la democracia, México: Sexto Piso, 2017.

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