Después de Ayotzinapa 11. Democracia y sociedad civil

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La (incompleta) transición democrática y el desencanto social

Mauricio Merino: Nos equivocamos generacionalmente cuando afirmamos que ganando la pluralidad política vendría, en cadena, una serie de cambios que iban a construir una democracia. Ese fue un error estratégico. Fue muy bueno que se ganaran el voto y la pluralidad, fue muy bueno que el entorno cambiara, pero no entendimos que se trataba de dos tareas diferentes: una era pluralidad y otra era construir un espacio democrático, público y propio de la sociedad. Se pensó que este vendría por añadidura, y eso fue un gravísimo error que hoy estamos enfrentando.

El desencanto social de hoy viene muy acumulado; no se trata solo de Ayotzinapa. Es algo que viene acumulándose desde 2003, apenas tres años después de la alternancia, cuando a través de una serie de acontecimientos donde nos dimos cuenta de que la tarea democrática no era repartir el poder sino exigir que el poder se ejerciera democráticamente, lo que es muy diferente.

Claramente Ayotzinapa simboliza el estallido de nuestro desencanto con la vulneración de los derechos humanos y la impunidad. Simultáneamente apareció el tema de la casa blanca, con todas sus casas asociadas, y la pésima forma en que el gobierno del presidente Peña Nieto enfrentó esos hechos puso de manifiesto nuestro hartazgo ante la corrupción.

Ayotzinapa y la casa blanca son dos momentos en los que estalla toda esta inconformidad. Por eso estamos viviendo un movimiento de conciencia que todavía no tiene una articulación, un liderazgo, un partido, ni un programa de acción, pero que uno percibe claramente por todos lados y que sucede en la práctica.


Dialogar con las autoridades

Melissa Ortiz Massó: Empecé a ir a la Cámara de Diputados a los 25 años y recuerdo muchas ocasiones en que las respuestas de los diputadores eran: “¿Y tú que haces aquí? Si yo soy el legislador al que ustedes eligieron ¿para qué vienen a interrumpirme?”. Había, y hay, que cambiar ese discurso para que comprenda que ser elegidos como autoridades solo marca el inicio de sus responsabilidades y que el verdadero trabajo debe hacerse en conjunto con los ciudadanos.

No había posibilidades para entablar un diálogo o una conversación franca y directa con las autoridades, las cuales tenían que entender las necesidades y agendas claras y concretas de la sociedad civil. Hubo un momento, sin embargo, en que las instituciones se aprendieron el diálogo y era frustrante ver cómo usaban términos como “empoderamiento ciudadano”, “participación”, “igualdad de género” y “equidad” para darnos la vuelta y que no pasara nada. Era mucho trabajo empujar todo eso, y nada.


Las nuevas generaciones

Mauricio Merino: Hay una generación que se ha venido incorporando a la vida pública del país con una perspectiva completamente diferente a la que tuvimos en los setenta y ochenta. Esta generación ya está inserta en la cultura de la pluralidad, del ánimo democrático, de la apropiación del espacio público y del activismo cívico. Nosotros no teníamos eso porque experimentábamos un régimen profundamente autoritario donde todo se fraseaba en singular: era el presidente, el partido, el proyecto de nación o el plan de desarrollo. Los jóvenes que nacieron después del fraude del 88, como mi hija, que nació justo ese año, se han incorporado con coordenadas de lectura pública completamente diferentes, y eso es una buena noticia.


Los tres momentos de la sociedad civil

Mauricio Merino: Al hablar de la evolución histórica de la sociedad civil en México podemos ubicar tres momentos.

El primero es lo que pude atestiguar en Tabasco durante los años ochenta, que consistió en una reacción al autoritarismo tradicional pero dentro del régimen autoritario. El gobernador Enrique González Pedrero fomentó los centros integradores, el laboratorio de teatro campesino e indígena, la organización de la comisión para el desarrollo de las zonas petroleras, y todo ese trabajo de base fue muy conmovedor y formativo para quienes tuvimos el gran privilegio de estar allí. Vimos la organización real allá abajo, pero eso solo fue posible en el régimen autoritario de un solo partido, es decir, si hoy quisiéramos reconstruir los centros integradores, o el laboratorio de teatro, o cualquier otro elemento de aquella experiencia tabasqueña, no se podría porque ya tenemos pluralidad.

Un segundo momento viene con la ruptura del régimen hegemónico por dentro, con el Frente Democrático. Ahí arranca el cambio de la liberalización política. Hubo una generación de políticos muy buenos y comprometidos a la que no le hemos agradecido lo suficiente. Ellos hicieron grandes cosas para modificar el marco jurídico que dio lugar a la creación del IFE y se comprometieron con el IFE autónomo. Me consta que fueron muy respetuosos, no cometían estas cosas horrendas que pasan hoy. Hay que recordar que juzgamos a un presidente en funciones: el juicio a los amigos de Fox era un juicio contra el mandatario, quien finalmente fue sancionado. Había que tener una clase política muy hecha para que esas cosas sucedieran, y eso fue lo que se empezó a deteriorar en 2013.

Este proceso de desencanto es el tercer momento. Tras las promesas que no acabaron de cumplirse surge este movimiento cívico que me parece muy poderoso y prometedor. Soy optimista precisamente porque no tiene un líder claro, un solo partido, ni una organización definida o un programa. Me parece que si quisiéramos integrar este movimiento de conciencia en una sola cosa lo llevaríamos al traste porque su gran potencia y fuerza está en la diversidad y pluralidad articulada en función de causas democráticas. Esto significa recuperar el Estado para nosotros, recuperar lo público para nosotros y hacer que las instituciones políticas sean nuestras.


México no estaba dormido

Melissa Ortiz Massó: Odio la frase “México está despertando”, porque no creo que haya estado dormido; nada más no teníamos ni los medios electrónicos ni los espacios para poder manifestarnos de forma contundente. Creo que debemos empezar a repensarnos y ver qué es un movimiento y cuáles son las exigencias que tenemos que darle al movimiento.

Creo que el ejemplo de Podemos sirve para ver cómo a partir de un movimiento de ciudadanos se consiguió llegar al parlamento europeo. Hoy hay críticas y condenas a Podemos porque no están cumpliendo con todas las expectativas que se pusieron en ellos. No entraré a discutir si lo están haciendo bien o mal. A lo que voy es que hoy estamos depositando una exigencia rapaz en los nuevos movimientos políticos debido a nuestra desesperanza y hartazgo con lo demás.

A los chavos del Politécnico o los de #YoSoy132, por ejemplo, se les lanzan unas críticas crudísimas, porque hay unas expectativas enormes sobre ellos. Pero tenemos que entender los términos de las manifestaciones. Es muy cómodo decir que no lograron resultados porque no tenían un líder. Yo siempre le pregunto a esa gente: ¿tú que hiciste desde Twitter y Facebook? ¿Saliste a la calle? ¿Hiciste el ejercicio de proponer? ¿Le planteaste tus ideas a una autoridad?


La política del amor

Mauricio Merino: Me parece que para hacer política no solo se necesita tener una causa romántica. Necesitamos, por ejemplo, ganar la igualdad, pero para conseguirla es necesario trabajar, ver qué es lo que causa la desigualdad, hacer números y sentarnos a diseñar políticas públicas, normas jurídicas y buenos diagnósticos, porque solo se gana el argumento trabajando. No basta con enunciar el dolor que sentimos por lo que está mal; hay que trabajar. Creo que la sociedad civil y la academia hemos aprendido a trabajar juntos nuestros argumentos.

Martha Nussbaum, en su libro Political Emotions, tiene un capítulo sobre la idea del amor. Aunque suene cursi, se trata de la idea del amor para darle sentido a la justicia. El amor es justamente trabajar con otros, y para otros, con el ánimo de construir una convivencia para que podamos sobrevivir como especie. El amor, finalmente, es un asunto neuronal atado a la sobrevivencia de la especie. Sé que sueno raro, pero nos amamos para que la especie sobreviva. Por eso copulamos y construimos el amor romántico pero falta otro pedazo, el amor colectivo. Hacia allá apunta Nussbaum: si no hay amor colectivo, es muy difícil que construyas colectivamente, que confíes y cooperes para colaborar con los demás. Me niego en redondo a aceptar una posición de derrota, no la comparto, ni se tiene evidencia empírica de ello.


(Selección y transcripción de Albinson Linares.)

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