Después de Ayotzinapa 4. Arte y movilización

Share on facebook
Share on twitter
Share on email
Share on facebook
Share on twitter
Share on whatsapp
Share on email

La emergencia de la comunidad

Vivian Abenshushan: Una de las mejores cosas que podemos hacer frente al horror es no quedarnos callados. Giorgio Agamben ha escrito que una de las finalidades últimas del horror es dejarnos sin habla, sin palabras, sin conversación, convertirnos en infrahumanos. Creo que nuestra asamblea, la asamblea Qué Hacer, surgió en un primer momento como una respuesta urgente, casi diría que de supervivencia, frente al horror; es decir, para no convertirnos en infrapersonas atemorizadas, aisladas, llenas de miedo, sin capacidad para reaccionar y organizarnos. Muchos salimos primero a las calles para manifestarnos y protestar, pero luego de manera más o menos espontánea fuimos configurando asambleas, colectivos y reuniones de artistas.

Nosotros nos encontramos en Facebook, a partir de una entrada que tuvo muchas respuestas y que preguntaba qué hacer además de salir a la calle y recuperar la capacidad de reunirnos en el espacio público. Como las respuestas crecían, vimos que había una necesidad colectiva evidente de conversar sobre eso en un foro, y así se fue creando una red, como pasa hoy con las herramientas tecnopolíticas; y en cierto momento nos pareció importante que esa conversación digital se tradujera en un encuentro entre personas.

César Cortés: Yo venía de otras asambleas que habían sido un desmadre, y eso se entiende porque todavía no tenemos todas las herramientas para poder juntarnos y generar modos creativos de interrelacionarnos sin atropellar la palabra del otro, sin paralizar con discursos que nada tienen que ver con lo que ocupa a una asamblea dedicada a un problema específico. Quizás porque también fui participante de las asambleas de la UNAM ya conocía los vicios que tenían, y cuando asistí a otras asambleas de artistas me parecieron una rebatiña terrible de distintas voces, porque todas querían manifestarse. Tienen todo el derecho a hacerlo, pero no encuentran la manera de hacerlo respetando la palabra del otro y, evidentemente, en las asambleas clásicas siempre surge gente infiltrada que quiere romperlas. (…) Debemos ir resolviendo esas pequeñas diferencias, empezando por reencontrar un sentido histórico en las reuniones de cierta línea ideológica que no tienen que ver con el pensamiento hegemónico. Creo que si nos enfrentamos al bloque histórico en términos más tradicionales, si intentamos conformar un pensamiento capaz no solo de revisar temas, autores, teóricos o prácticas planteadas por la disidencia sino también de mantener una acción prolongada en el tiempo, lograremos una cohesión muy importante.

Eugenio Tisselli: Esta es una asamblea signada por la afinidad, el tono afable y una lentitud que ha sido fructífera. Vivimos una situación de emergencia: todos estamos metidos de lleno en esta crisis social, política, ambiental y de muchísimas esferas de nuestra vida. Pienso en estas reuniones como un trabajo artístico porque implican una estrategia que no sigue el mandato de la eficiencia o de la aceleración sino que van explorando, buscando resonancias, ensayando y probando con todos los errores que conlleva la experimentación.


Arte y política

Vivian Abenshushan: Para nosotros ha sido muy importante abrir un espacio para discutir –sin miedo a equivocarnos pero alertas para no ser ingenuos– las relaciones, siempre complejas y tensas, entre arte y política. El presente momento es una condensación o cristalización de tendencias y orientaciones que vienen de unas décadas atrás, desde que el neoliberalismo empezó este proceso de disolución de todo lo existente. Acabó con el ágora, la democracia, el espacio público, la conversación, el cuerpo, y logró integrar los discursos artísticos. En los últimos veinte años, por ejemplo, vimos cómo el carácter inmaterial de cierto tipo de arte conceptual, como bien ha descrito Franco Berardi en su libro Sublevación: poesía y finanzas, se correspondió muy bien con el carácter inmaterial de los grupos financieros.

Yo diría que el arte y la escritura siempre son políticos, aunque eso no significa que siempre sean radicales o tengan una relación crítica frente al estado de las cosas. A veces son políticos porque reproducen y abastecen el sistema de producción, como ocurre con buena parte del mundo del arte, pero no con todo. Desde hace más o menos veinte años ha habido un desbordamiento de la lógica neoliberal y de los mercados en ciertas prácticas, dispositivos o conversaciones que ha emprendido el arte en su relación con la comunidad. La palabra comunidad se volvió central porque precisamente es la comunidad lo que ha sido devastado por la competencia, el aislamiento, el “sálvese quien pueda”, el individualismo recalcitrante, el miedo y también las nuevas tecnologías de la comunicación, que nos permiten estar conectados pero, al mismo tiempo, muy solos.

Eugenio Tisselli: Me gusta esa frase que dice que “el arte no es un espejo para reflejar la realidad, sino un martillo para modelarla”. Se le ha atribuido a Marx, a Brecht, a Maiakovski, y en realidad no se sabe quién la dijo, lo cual es bonito porque, cuando la atribución no es clara, de alguna manera nos pertenece a todos. Creo que es muy potente porque expresa una idea del arte desligado de su mera función estética. Boris Groys, uno de los autores que hemos estudiado en la asamblea, asocia esta función estética con una pasividad en la producción de formas que muchas veces está totalmente inscrita dentro del sistema neoliberal y capitalista. Estas son ideas que han resonado dentro de la asamblea y no necesariamente han generado acuerdos, pero se discute esa visión del arte como un martillo, como una herramienta para modelar la realidad.

Pienso que el arte se inscribe dentro de esta emergencia social que estamos viviendo y tiene mucho que ver con estrategias distintas a las que se elaboran desde la política o desde otras ramas del quehacer humano. No por ser artistas tenemos un privilegio gracias al cual podemos actuar de manera distinta. Lo que sí podemos aportar son alternativas que tienen que ver con la intuición, con una visión lateral. No estamos fijos en un objetivo a cumplir sino que vemos cosas que otros no ven. Podemos descontextualizar, recontextualizar y molestar, lo cual es una tarea bastante necesaria en esta hegemonía de la corrección política y del “ya supérenlo”.


El arte en el campo expandido: Luther Blissett y Antanas Mockus

Vivian Abenshushan: Han ido surgiendo a lo largo de estos veinte años distintas formas de participación en las que las fronteras entre el arte y la acción política son muy porosas. Pienso en colectivos como Luther Blissett, que en los años noventa se pensaron en términos de una guerrilla comunicacional y usaron las herramientas de internet que hacían posible el anonimato para revertirlas y usarlas contra el sistema capitalista. Luther es un seudónimo multiusuario; cualquiera puede ser Luther Blissett con solo usar el nombre, aunque él, Luther Blisset, existía; era un futbolista de Jamaica que jugaba en un equipo inglés, donde padeció una brutal xenofobia, y por eso el grupo adoptó ese nombre. Ejecutaban muchas acciones, desde poner banderas piratas en los castillos de España hasta inventar notas falsas sobre un artista perdido en el bosque, que los medios amarillistas publicaron hasta que Luther los dejó en evidencia revelando que todo era falso. Ellos querían desmontar el sistema de simulación y mentira de los medios de comunicación. Eran escritores, artistas visuales y fanzineros que practicaban una escritura comunal en la que la figura del autor desaparecía.

Eugenio Tisselli: Recuerdo que el exalcalde de Bogotá, Antanas Mockus, decía que cuando se sentía confundido y no sabía qué hacer se preguntaba qué haría un artista. Él implantó muchas políticas inspiradas en fuentes artísticas. Por ejemplo, despidió a los agentes de tránsito de Bogotá y los sustituyó por mimos que ridiculizaban [a los automovilistas que cometían una infracción] porque pensaba que el ridículo iba a ser más efectivo que las multas. También hizo un intercambio de pistolas por juguetes, con la idea de que los niños fueran quienes convencieran a sus padres de entregar las armas. Esas estrategias, planteadas desde el arte, de alguna manera arrojaron resultados positivos, puesto que las tasas de homicidios y accidentes bajaron. Se trata de proponer otra idea del arte que vaya más allá de la creación de formas simbólicas: el arte como proceso y acción, como una manera de incidir en la realidad pero con estrategias alternativas.


La creación radical

Vivian Abenshushan: Hace poco, en el SITAC, donde se debatía sobre el arte y la justicia, Mariana Botey lanzó un problema al preguntar: ¿por qué hoy son los artistas quienes piden justicia si, históricamente, artistas y escritores radicales han sido perseguidos por la justicia? ¿Cuál es el mejor lugar para el artista: el de la transgresión o el de la pancarta bien pensante? Creo que son preguntas muy importantes. También me pregunto quiénes son hoy los artistas que, de algún modo, están desestabilizando, pues creo que el arte radical necesita ser desestabilizador.

Pienso que cualquier artista radical y desestabilizador se pregunta cómo incidir, cómo volver insolente el discurso y cómo interrumpir los procesos de la maquinaria capitalista. En principio, un escritor que solo hace declaraciones públicas y va a las marchas –con toda la importancia que esto tiene– se sigue proponiendo como la figura del intelectual que sintetiza las angustias de la tribu y les dice por dónde ir. Pero no se pregunta cómo, desde el interior del lenguaje, puede producir preguntas e interrogaciones importantes al estado de las cosas. Creo que ese es un arte condenado, a final de cuentas, a abastecer al status quo, a dejarlo intacto.

(Selección y transcripción de Albinson Linares.)

Share on facebook
Share on twitter
Share on email
Share on facebook
Share on twitter
Share on whatsapp
Share on email

ARCHIVO

Shopping Basket