Donald Trump y la construcción del inmigrante “ilegal”

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Las declaraciones del improbable candidato presidencial Donald Trump en contra de los inmigrantes mexicanos han movilizado a gran parte de la comunidad latina en Estados Unidos. Ante acusaciones conocidas de que los inmigrantes son criminales, traficantes de drogas o violadores, esta vez empresas y figuras públicas como Univisión, NBC, ESPN, NASCAR, Macy’s, los chefs José Andrés y Geoffrey Zakarian, participantes del concurso Miss USA y el alcalde de la ciudad de Nueva York, Bill de Blasio, tomaron acciones concretas para boicotear al empresario multimillonario y anfitrión de unreality show. Artistas como América Ferreira, Ricky Martin, entre otros, han denunciado públicamente las repetidas afirmaciones de Trump, acusándolo de racista y mal informado.

Días después de las primeras declaraciones del magnate de bienes raíces, ahora precandidato republicano para la presidencia, un inmigrante mexicano indocumentado –quien había cumplido una sentencia por haber entrado al país de manera ilegal– mató a una mujer en San Francisco, en circunstancias que aún no están claras. Un solo incidente como este, difundido mucho más ampliamente en los medios que los estudios que comprueban que la tendencia general de la relación entre crimen y migración es la contraria, ha servido a Trump y a otros republicanos para defender argumentos y políticas que por décadas han contribuido a la construcción de los migrantes como sujetos “ilegales”, asociados con la violencia y la inseguridad.

Aunque el debate sobre migración y crimen es recurrente, la discusión encendida por las palabras de Trump revela dos tendencias importantes pero opuestas:

1) Los argumentos anti-inmigrantes tienen costos políticos cada vez más altos frente a la comunidad latina. La movilización en contra de Trump señala un consenso cada vez mayor que lleva tiempo gestándose entre los latinos. Las desafortunadas propuestas del candidato presidencial Mitt Romney sobre la auto-deportación de los inmigrantes “ilegales” le costaron un alto porcentaje del voto latino (obtuvo el 27% en comparación con el 31% de John McCain en 2008 o el 44% de George W. Bush en 2004, los candidatos republicanos anteriores). En 2009 CNN canceló el programa de Lou Dobbs –conocido por reportajes difamatorios en contra de los inmigrantes–, respondiendo a críticas de una comunidad latina a la cual la empresa buscaba acercarse con la serie de programas especiales Latino in America. Un ejemplo más es el cambio de lenguaje por parte de los principales medios de comunicación del país para dejar de utilizar la frase “inmigrante ilegal” o el sustantivo “ilegal/es” para referirse a la población de personas nacidas fuera de Estados Unidos que residen en el país sin autorización.

Aunque la mayoría de los republicanos se pronuncia a favor de más controles migratorios y presenta el tema como parte de la agenda de seguridad, cada vez es más claro que posturas extremas como las de Trump tienen más costos que ganancias en el terreno electoral en el ámbito nacional. Así lo demuestra el llamado del Comité Nacional Republicano a Donald Trump para pedirle que baje el tono de sus declaraciones contra los inmigrantes porque están dañando los esfuerzos del partido para modificar su imagen frente al electorado latino.

2) Contra todas las expectativas, a raíz de sus declaraciones, la popularidad de Trump se elevó en las encuestas. Esto es una evidencia más de lo que ya sabemos: hay un segmento de la población que coincide con los planteamientos negativos sobre la inmigración como una amenaza a su seguridad y a su identidad. La idea de la ilegalidad de los inmigrantes se ha construido durante años por medio de leyes, políticas, una industria carcelera que se beneficia de las detenciones, y un discurso mediático que contrapone a los inmigrantes deseables y a los indeseables. Por su acento, su nivel de educación, sus creencias y cultura y, sobre todo, por su color, a lo largo de la historia de Estados Unidos, inmigrantes chinos, del este de Europa, irlandeses, italianos, alemanes y ahora latinos se han considerado no solo inferiores sino una amenaza a la seguridad, a la salud pública y a la identidad.

Aunque ese discurso es cada vez menos aceptado, las propuestas de leyes anti-inmigrantes en el ámbito local continúan siendo redituables en muchos lugares de Estados Unidos. Esto es notorio sobre todo en zonas del centro y sureste del país que han visto crecer la población de inmigrantes latinos en años recientes. Y aunque la opinión pública en general apoya medidas para regularizar la situación de los inmigrantes indocumentados que cumplan con estándares de buen comportamiento (good moral standing), 26 estados se opusieron a las medidas para ampliar el acceso al programa de acción diferidaque permitiría a los jóvenes que llegaron antes de los quince años al país y a los inmigrantes indocumentados con hijos residentes y ciudadanos americanos, obtener un permiso temporal para residir y trabajar en el país. La demanda que interpusieron ha detenido medidas que beneficiarían a millones de migrantes, sin que esto implique costos (al menos no todavía) para quienes se han opuesto a su entrada en vigor.


¿Por qué prevalece entre un sector importante de la población, la idea de que los inmigrantes, y sobre todo, los inmigrantes latinos, están asociados con el crimen? ¿Más allá de los datos que prueban lo contrario, qué se puede hacer para cambiar estas percepciones?

Cientos de estudios se publican reconociendo las contribuciones de los migrantes a la economía por medio de sus impuestos, su consumo, los nichos laborales que llenan, sus inversiones, o las empresas chicas, medianas y grandes que han creado. El blog Crimmigration documenta decenas de reportes en los que se comprueba que el vínculo entre criminalidad y migración es solo una herramienta política y, que en realidad, la inmigración lleva a la tendencia contraria: a mayor migración, menor crimen. Este reporte delImmigration Policy Center sostiene que el crecimiento de la población inmigrante indocumentada entre 1990 y 2013 coincidió con un declive del 48% en la comisión de delitos. Se ha comprobado, además, que la mayoría de los inmigrantes que han sido deportados en años recientes, considerados como criminales, no fueron acusados por delitos graves, sino por faltas migratorias como ingreso o reingreso ilegal, o por delitos menores como posesión de drogas o violaciones de tránsito.

Recientemente, un grupo de inmigrantes latinos en Canadá me decía lo mismo que he oído muchas veces en Estados Unidos: su principal preocupación (independientemente de su estatus) es respetar las leyes –desde cruzar la calle cuando les corresponde, hasta usar todo el equipo de seguridad al andar en bicicleta o separar la basura correctamente–, para evitar que alguna autoridad tenga pretextos para cuestionar la validez de su estatus migratorio. Aún así, los prejuicios raciales en muchos casos han sido causa suficiente para la detención y la deportación de latinos que no tienen antecedentes penales.

La construcción de la ilegalidad de los migrantes no puede escapar el tema de la discriminación racial y necesariamente tiene que enmarcarse en el contexto del encarcelamiento masivo de poblaciones de color en Estados Unidos, políticas que están en el centro del círculo de marginación, criminalización y violencia. Un dato revelador es que entre la segunda generación de hijos de inmigrantes con bajos niveles de educación –en el caso de los latinos, tienen los niveles más altos de deserción escolar– los índices de encarcelamiento son mayores a los de inmigrantes nacidos fuera del país.


Las respuestas y acciones en contra de Trump demuestran que, al actuar conjuntamente, la comunidad latina y sus aliados pueden ejercer ese peso político que por años se ha anticipado, sobre todo con el apoyo de empresarios y figuras públicas que poco a poco se involucran más en el debate y en las acciones a favor de los inmigrantes. Pero ¿cómo cambiar las percepciones de la sociedad en general? Este estudio de Irene Bloemraad, Kim Voss y Fabiana Silva es poco esperanzador porque demuestra que es muy difícil modificar la postura de las personas sobre la inmigración, prescindiendo del tipo de argumento que se utilice: ya sea hablando de la protección de los derechos humanos, de valores como la unidad familiar o de las contribuciones económicas de los migrantes, las percepciones sobre los migrantes, positivas o negativas, cambian poco.

Ante este escenario, un paso fundamental para disociar la migración de la criminalidad es dejar de vincular a las personas migrantes con la palabra ilegal. Mucho se ha avanzado para cambiar este lenguaje en los medios, pero diarios influyentes como el New York Times y cadenas televisivas de amplio alcance siguen defendiendo el uso del término “inmigrante ilegal”. Hace ya varios años, en 2008, activistas mexicanos en Estados Unidos crearon una liga anti-difamación apoyándose en ejemplos como el de la Liga Antidifamación judía (ADL) y la Alianza Antidifamación de Gays y Lesbianas (GLAAD). La Alianza Mexicana y Americana Antidifamación (AMADA, por sus siglas en inglés) fue un primer intento por responder de manera sistemática a estos ataques, imponer costos a medios de comunicación y a personas que difamaran a la comunidad, y plantear estrategias conjuntas para difundir información que contrarrestara estos ataques.

Como muchos otros intentos fallidos de la comunidad mexicana por crear alianzas nacionales, AMADA desapareció muy pronto. Valdría la pena retomar este tipo de coaliciones para que la reacción de los latinos en contra de acusaciones como las de Trump no termine ahí, ni se haga visible solo en casos de alto impacto mediático. Los Dreamers han dado una buena lección de que es posible unir a comunidades diversas y trascender divisiones internas para construir un nuevo vocabulario que se opone al de la ilegalidad, y usar el peso de sus propias historias de vida para cambiar el discurso y la política. Si hay algo de esperanza, está en la voz de estas nuevas generaciones.


Y, por cierto, ante tanta indignación por parte de los mexicanos (de aquí y de allá) frente a las declaraciones de Trump, ¿en México cómo percibimos y tratamos a los migrantes?

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