Dos noticias literarias

Este abril Mircea Cărtărescu obtuvo el Premio Formentor de las Letras 2018 y este mismo mes murió el narrador mexicano Sergio Pitol. Víctor Santana repasa estas dos noticias literarias.

| Literatura

1. Indomable divino Sergio

El jueves murió a los ochenta y cinco años Sergio Pitol (1933-2018), el último (o penúltimo o antepenúltimo) gran narrador mexicano de su generación. El primer libro de Pitol que leí fue El desfile del amor (1984), una novela que inicia con una certeza y termina en la suma de muchas dudas. No he vuelto a leerla completa, pero de cuando en cuando releo páginas salteadas, y siempre, tras admirar esa prosa con la que Pitol organizaba escenas perfectas y desafiaba cualquier escollo intelectivo, no dejo de preguntarme por el tema de la novela: ¿es una sátira de la extrema derecha y la izquierda en México? ¿Una novela de espías que multiplica misterios? ¿Una visión de México como melting pot de posguerra? Pues ese es el no-centro de la literatura de Pitol: la concatenación de lógicas dispares, de formas de narrar contrapuestas.

En «Vals de Mefisto» (1979), uno de sus mejores cuentos, la protagonista describe el estilo literario de su esposo, que es una síntesis perfecta del arte pitoliano:

«[…] la anécdota, como en casi todo lo que escribía, era un mero pretexto para establecer un tejido de asociaciones y reflexiones que explicaban el sentido que para él revestía el acto mismo de narrar.»

De inmediato leí Domar a la divina garza (1988), un título que podría haber elegido Tennessee Williams o soñado Stanley Kowalski, y en el que el centro móvil de la trama es un enfrentamiento psicótico con una femineidad burlona. Lo que más suele celebrarse de este libro es la conclusión escatológica (en el mal sentido de la palabra) del relato de Dante de la Estrella, arquetípico visitante indeseable, pero su valor más alto es la revitalización de la novela monólogo-matrioshka, a la que Pitol somete a numerosas vueltas de tuerca.

En su reseña de Domar a la divina garza, el crítico literario Christopher Domínguez Michael titubea al llamar cosmopolitas a Pitol y Juan García Ponce:

«Llamarlos “cosmopolitas” sería, a estas alturas, una consideración anticuada e inútil. Hablar de cosmopolitismo es aceptar una exclusión, asumirla o condenarla.»

Asumido o condenado, Pitol se movió en muchos países, tradujo, ensayó y prologó literatura polaca, rusa e inglesa (y eso nada más entre los libros a la vista de mi biblioteca), y saqueó sin piedad tramas y matices de literaturas canónicas (pero absolutamente excéntricas en México) para tejer sus narraciones protagonizadas por mexicanos en el exilio o vueltos de él.

Para los lectores de Pitol ya debe estar clarísimo que eludo la esencia de sus libros. Más que el terror al spoiler me mueve señalar, a quienes no lo han leído, la libertad creadora (es decir: el redoble de la angustia de las influencias) que heredó la narrativa mexicana gracias a la heterodoxia lectora de Pitol. Estas cosas hay que decirlas, porque suelen darse por eternas, como los derechos de las minorías, pero siempre hay alguien atrás con un cincel y una pala que escarba la tierra para volvernos salvos o modernos, o, por lo menos, otra vez, mayores de edad en el panorama literario mundial.

Otros libros y otras formas me atrajeron por un tiempo, hasta que el destino me hizo darme de bruces con El arte de la fuga (1996), una recopilación de ensayos y crónicas que debiera ser la Biblia de la cuadrilla de la no ficción, la autoficción y anexos; ahí hay más posibilidades que en casi todos los popes gringos del género. El relato al que más he vuelto es una crónica-sin-lentes de Venecia que podría haber concebido Italo Calvino, así de imaginativo y formal era Pitol. Con El arte de la fuga no solo se corrobora la valía de su obra, sino que se pone en evidencia la condición de puente que supone Pitol al interior de las narrativas europeas. Permítanme esta exageración: Pitol fue tan importante para Enrique Vila-Matas como Alfonso Reyes para Borges.

Este fin de semana en Twitter los neoexpertos denunciaron a los villamelones por compartir la mítica foto de Pitol: sentado en el piso y flanqueado por dos de sus mejores amigos: José Emilio Pacheco y Carlos Monsiváis. Los tres tienen lugares de honor en la lista larga de la mejor literatura mexicana. Pitol es el segundo más importante de los tres.


2. El Formentor y la justicia

En su primera encarnación (1961-1967) el Premio Formentor se propuso subsanar las errancias de la Academia Sueca, y para Samuel Beckett y Saul Bellow supuso un peldaño camino al Nobel. En su reaparición (2011-) el premio se abocó a palomear con acierto y sentido común el quién-es-quién de la narrativa hispana. En 2016, por primera vez el premio fue concedido a un escritor en otra lengua, el italiano Roberto Calasso, y ahora tocó el turno a Mircea Cărtărescu, el rumano que a fuerza de popularidad va camino a convertirse en el Haruki Murakami de la haute culture.

La alta literatura fantástica (que no tiene nada que ver con la alta fantasía) que viene después de la psicodelia y sigue viva tiene de cabezas de lista a Thomas Pynchon, Don DeLillo, Salman Rushdie y a algunos más jóvenes y en general abiertamente techies, como Neal Stephenson. El primero en advertir el callejón sin salida fue David Foster Wallace, y para escapar dotó a sus ficciones de una honestidad emotiva inédita en el género. En la retaguardia se encontraban un estadounidense y un argentino con la biblioteca estadounidense más envidiable: Jonathan Lethem y Rodrigo Fresán, y sus tentativas para darle la vuelta al maximalismo coincidieron en la idealización de las amistades de la infancia. En sus mejores novelas Lethem es la consagración de un híbrido que exigía Estados Unidos: Marcel Proust meets Philip K. Dick. Fresán es, desde donde se le mire, un escritor más sobresaliente, y alguien comprometido con la naturaleza de su arte.

Y ese es el club en el que compite Cărtărescu. Tras la importación fallida de sus libros en traducciones de las versiones alemanas, la editorial Impedimenta y la traductora Marián Ochoa de Eribe asumieron la diligencia de acercar a los lectores en español a Cărtărescu. Lo menciono porque es la constante de reseñas, prólogos e inserciones pagadas: la traductora y la editorial como ejes de un club del libro sin sede. ¿Y cómo resistirse a solicitar membresía? Cuando me escucho hablar de Cărtărescu descubro que no soy muy distinto a aquellos niños fanáticos de Harry Potter que iban a los estrenos de las películas disfrazados de aprendices de mago. Las reseñas de sus libros padecen el mismo síndrome: derrochan name dropping (Julio Cortázar, Vladimir Nabokov, Stanislaw Lem) porque se antoja el procedimiento más sencillo para señalar la profundidad de una obra a la que, también, solo podemos referirnos del modo más reverencial y adjetivado.

De entre sus libros que he leído ninguno mejor que Nostalgia, una colección de cinco cuentos sorprendentes y profundamente enternecedores (pero enternecedores a la manera de Chéjov y Dickens: una mezcla de dolor y felicidad). El primer cuento, «El ruletista» está escrito a la manera de los cuentos ingleses que le gustaban a Borges. Los tres cuentos centrales, «El Mendébil», «Los gemelos» y «REM» son complejos y están repletos de planos narrativos, y fueron escritos con una pasión estilística febril y proustiana. El último cuento del libro, «El arquitecto» arranca como una historia de Roald Dahl y al final se convierte en una pieza de humor casi metafísico.

El cuento de los gemelos es el punto de partida de Lulu (publicada en rumano bajo el título de Travesti, que es exacto), un trabajo extraordinario de ocultamiento de una trama que se presume sórdida, injusta y terrible, y cuya ausencia es sustituida por sueños arácnidos.

El poema El levante, un ejercicio joyceano que disfruté mucho y comprendí poco, supuso la consagración nacional de Cărtărescu como poeta. Los semiautobiográficos Las bellas extranjeras y El ojo castaño de nuestro amor deben ser leídos después, ya en función del fanatismo, y lo mismo puede decirse de sus Correspondencias con la escritora Luisa Etxenike.

Apenas me he asomado a Solenoide, el libro del año en infinitud de listas de 2017, y al que se juzga de obra total. Su tamaño (ochocientas páginas) me ha hecho postergar la lectura para días con una calma que no tuve cuando leí sus otros libros.

No recomiendo a ningún escritor vivo por encima de Cărtărescu, salvo, en ocasiones, a William T. Vollmann.

 

http://www.materialdelectura.unam.mx/index.php/cuento-contemporaneo/13-cuento-contemporaneo-cat/29-009-sergio-pitol?showall=&start=4

http://www.letraslibres.com/vuelta/domar-la-divina-garza-sergio-pitol

https://twitter.com/Milenio/status/985184417328058369

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