Eduardo Galeano o la inminencia de lo político

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En una rueda de prensa ofrecida en Brasil en abril de 2014, Eduardo Galeano declaró sentirse incapaz de releer Las venas abiertas de América Latina (1971), su más celebrado libro y una de las intervenciones más representativas del pensamiento político latinoamericano de toda una época.

“No sería capaz de leerlo de nuevo. Caería desmayado”, dijo durante la Segunda Bienal del Libro en Brasilia. “Para mí, esa prosa de la izquierda tradicional es aburridísima. Mi físico no aguantaría. Sería ingresado al hospital.”

La obra de Galeano acompañó a una generación de intelectuales en lo que fue el periodo de mayor efervescencia política latinoamericana en el siglo XX después de la Revolución cubana de 1959. Desde luego, como admitió el propio Galeano en esa entrevista que circuló ampliamente en los medios masivos y en las redes sociales, mucho ha cambiado en el panorama político de la región desde entonces. La “izquierda tradicional” a la que se refiere puede claramente parecer agotada, rebasada por un contexto neoliberal que desborda los parámetros mismos de toda formación de Estado en Latinoamérica.

Así fue leído, de hecho, el insólito momento en que Hugo Chávez regaló un ejemplar de Las venas abiertas de América Latina a Barack Obama durante la V Cumbre de las Américas en 2009. El mercado hizo lo suyo y transformó el que fuera el mayor alegato antiimperialista y anticapitalista de los setenta en un objeto de consumo: del sitio 60,280 Las venas pasó al número 10 de los libros más vendidos de Amazon (el top ten actualmente incluye el libro para niñosOh, The Places You’ll Go! del Dr. Seuss, un libro de cocina y uno de calcomanías de la película animada Frozen). Cuando el propio Galeano se distanció con ironía de su libro, Carlos Alberto Montaner, coautor junto a Álvaro Vargas Llosa y Plinio Apuleyo Mendoza del panfleto Manual del perfecto idiota latinoamericano, declaró triunfal en una entrada de blog: “Galeano rectifica y los idiotas pierden su biblia.”

Pese a los vaticinios que reiteran la consabida tesis del fin de la historia propuesta por Francis Fukuyama, la agenda post-política no acaba por disolver la irrupción de lo político que tercamente reaparece en Latinoamérica, incluso cuando uno de los más influyentes pensadores de la izquierda sudamericana lo declara muerto. Ante las nociones de post-hegemonía (Jon Beasley-Murray), guerra global (Carlo Galli) o infrapolítica (Alberto Moreiras) que deconstruyen toda articulación positiva de Estado y de antagonismo político, una multiplicidad de intervenciones repolitizan constantemente los imaginarios culturales latinoamericanos. Es curioso, pero incluso en Europa y Estados Unidos se registra un renovado interés por la geopolítica propia de la guerra fría. Así, aunque la crítica post-estatal insiste en pensar la situación global como una permanente crisis trasnacional entre el terrorismo, el narco y los poderes fácticos del capitalismo salvaje, la pulsión de lo político no llega nunca a extinguirse. Cuando podría creerse que ha sido por fin rebasado, el pensamiento político de figuras como Antonio Gramsci y Carl Schmitt vuelve a ocupar ese lugar central que le reservan pensadores como Ernesto Laclau y Chantal Mouffe y que también resuena con la oleada neomarxista en la obra de Slavoj Žižek y Alain Badiou.

Consideremos, por ejemplo, los regímenes de representación que reiteraban el imaginario del cine estadounidense y europeo con películas sobre el fin de la Unión Soviética, como Goodbye Lenin! (2003) y La vida de los otros (2006). Ya entrada la segunda década del siglo XXI, y con un nuevo conflicto entre Rusia y Estados Unidos en el contexto de las más recientes tensiones geopolíticas entre ambos, resurge el imaginario de la guerra fría que se creía difunto en películas como Tinker, Tailor, Soldier Spy (2011), Argo (2012), A Most Wanted Man(2014) y Kill the Messenger (2014); y en televisión con las series The Americans, Homeland, State of Affairs, Allegiance y House of Cards. Casi sobra decir que las revelaciones de Edward Snowden sobre los masivos programas de espionaje que conducen las agencias de inteligencia de Estados Unidos nos devuelven a las preguntas esenciales formuladas antes de 1989, incluso, con mayor precisión, al orwelliano 1984.

En esa misma dirección, el intelectual francés Régis Debray pide una pausa para repensar la geopolítica mundial en su ensayo Elogio de las fronteras (2010). Según Debray, la teorías post-nacionales de esa “Internacional universitaria” de “teóricos de gran conocimiento pero de escasa experiencia” se contrasta con la concreta proliferación de fronteras. Y explica:

nunca se habían creado tantas fronteras como en los últimos cincuenta años. Veintisiete mil kilómetros de nuestra fronteras se han trazado desde 1991, especialmente en Europa y Eurasia. Diez mil más de muros, barreras y sofisticadas cerca están programadas para los próximos años. Entre 2009 y 2010, Michel Foucher, experto en geopolítica, pudo contar 26 casos de conflictos fronterizos serios entre Estados. Lo real es aquello que nos resiste y que se burla de nuestros castillos en el aire. La frontera puede bien parecer un fósil obsceno, pero se nos resiste como un hombre enloquecido. Le saca la lengua a Google Earth e incendia las planicies –los Balcanes, Asia Central, el Cáucaso, el Cuerno de África, incluso la pacífica Bélgica.

En este contexto, pese a que Galeano llegó a afirmar que ni Obama ni Chávez podrían comprender realmente Las venas abiertas, el oportuno gesto simbólico por medio del cual Chávez reactivó el legado político de ese pensamiento latinoamericano no debe subestimarse. Siguiendo aquí las ideas de John Beverley, conviene preguntarse si lo que permite la emergencia de la marea rosada sea precisamente la posibilidad de afirmar un latinoamericanismo que, a pesar de sus contradicciones y limitaciones, pueda plantear nuevas formas políticas de acción. Así, mientras una gran parte de la crítica intelectual sobre la izquierda latinoamericana solo prefiere someter a examen los límites epistemológicos de las políticas identitarias, Beverley se pregunta, en su libro Latinoamericanismo después del 9/11 (2011), si hacer política identitaria para la región puede al mismo tiempo ser una forma efectiva de lo político llanamente. En su punto más esencial, lo político que nombra ese latinoamericanismo no ha cesado nunca.

La obra misma de Galeano, observada en el arco definitivo que produce su muerte acaecida este lunes 12 de abril, permite el trazo continuo de esa corriente política que inaugura Las venas abiertas de América Latina. El espesor literario no renuncia nunca a una significación política que sustenta, por ejemplo, su novela La canción de nosotros (1975) o, con mayor complejidad, la trilogía de Memoria del fuego (publicada entre 1982 y 86), donde es ya notable la mezcla de géneros que descentra el realismo habitual de izquierda. Incluso El libro de los abrazos (1989) mantiene esa marca política pese a su memorable dispersión literaria de géneros y objetivos narrativos.

Vuelvo a uno de sus más recordados relatos incluido en El siglo del viento (1986), el tercer tomo de Memoria del fuego. Allí, Galeano narra la historia de Didaskó Pérez, un maestro de escuela “torturado y preso por tener ideas ideológicas” como tantos otros presos políticos uruguayos en la década de 1970. Su hija Milay, de cinco años de edad, lo visita un domingo con un dibujo de pájaros que los guardias de la prisión le impiden llevar a su padre rompiéndolo en la entrada de la cárcel.

“Al domingo siguiente”, narra Galeano, “Milay le trae un dibujo de árboles. Los árboles no están prohibidos, y el dibujo pasa. Didaskó le elogia la obra y le pregunta por los circulitos de colores que aparecen en las copas de los árboles, muchos pequeños círculos entre las ramas.” Didaskó cree que son naranjas. Su hija lo corrige: “¿No ves que son ojos? Los ojos de los pájaros que traje a escondidas.”

Galeano, el intelectual cansado de pensar desde “la izquierda tradicional” latinoamericana en apariencia derrotada, recupera en estos párrafos una metáfora entrañable de lo político. Independientemente de nuestro cansancio, de la implacable fuerza del capitalismo tardío y de los gobiernos neoliberales, el regreso de lo político es inminente. Está en la imaginación viva de una niña de cinco años, en las ideas ideológicas de su terco padre, en los ojos encendidos de los pájaros que aguardan la oportunidad correcta para emprender el vuelo. Está también en ese viejo libro de ensayos que, aún después de haber sido abandonado por su propio autor, vuelve a leerse, una y otra vez.

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