El arte como acontecimiento: Mario García Torres en el Museo Tamayo

La última exposición de García Torres –al mismo tiempo atlas de territorios y colección de anécdotas– pretende, antes que descifrar qué es el arte, explorar su sitio, los espacios que permiten su gestación.

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I.

Lo primero que hay que decir sobre Caminar juntos –exposición de la obra de Mario García Torres producida a lo largo de los últimos quince años– es que se trata de una experiencia de largo aliento. Su propuesta curatorial se despliega en seis sedes situadas dentro de un perímetro hexagonal de 1,814 hectáreas, la misma superficie que abarca el Museo de Arte Sacramento, proyecto utópico que fundó García Torres en el desierto de Coahuila en 2004 con la intención de dar vida ahí a ciertas ideas.

Caminar juntos es una exposición ambiciosa. A partir de los tres ejes temáticos que propone la curaduría (la correspondencia, la apropiación empática y la arqueología contemporánea), demanda del espectador disposición a desplazarse por una cartografía de conceptos y lugares: de las salas del Museo Tamayo a las del Museo de Geología; de las calles del Centro Histórico a la ruta Clavería-Reforma-Pensil-Panteón Español-Chapultepec para rastrear en el camino las mojoneras que sugieren un desierto en la ciudad, un museo imaginario sin muros, como el que propusiera André Malraux y que García Torres hizo posible con el Museo de Arte Sacramento.

El espectador se enfrenta así a dos retos: recorrer el territorio dispuesto en la zona norponiente de la Ciudad de México, tomando como punto de partida la muestra en las salas del Museo Tamayo, y dedicar largas jornadas a ver cada una de las treinta piezas que conforman toda la exposición, muchas de ellas en formato video de entre cinco y sesenta minutos de duración. Tan solo la muestra en el Tamayo demanda más de cuatro horas a los espectadores que pretendan ver todas las piezas que incluye.


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II.

En el momento en que la modernidad quiso volverlo anacrónico, caminar se volvió un acto contestatario. En una sociedad sumisa a la dictadura del reloj y de la técnica para realizar largos desplazamientos, físicos y virtuales, andar a pie es una expresión que subvierte, o al menos esquiva, los valores y las condiciones de la cotidianeidad.

El ritmo de vida del sujeto urbano contemporáneo, siempre deprisa, ha afectado su manera de experimentar el arte. En una época en la que cualquiera con una conexión a internet puede “entrar” a Google Art Project y conocer algunas de las colecciones de arte más importantes del mundo, recorrer a pie durante horas las salas de un museo implica un desafío: renunciar a la experiencia efímera y contemplar.

(Si bien tiene otras lecturas y motivaciones, la pieza Breve historia del legado de Jimmie Johnson, de García Torres, sugiere la experiencia opuesta: la recreación a lo largo de los años de una de las escenas de la película Bande à part, en la que tres jóvenes corren por las salas del museo para recorrer la historia del arte en tiempo récord.)

Para el sociólogo David Le Breton, caminar es la actividad antropológica por excelencia, ya que “despierta el interés del hombre por comprender y reconocer su lugar en el mundo, por preguntarse acerca de los lazos que lo unen a los otros”. En ese sentido, Caminar juntos es un atlas sugerido de los viajes de García Torres (Monclova, 1975) en sus indagaciones como artista: en su búsqueda por entender su lugar en el mundo del arte, por preguntarse acerca de los lazos que lo unen a otros artistas.


No soy un fracaso (2)

III.

García Torres ha construido gran parte de su obra a partir de anécdotas de la historia reciente del arte. Usualmente inicia con un pretexto: historias poco claras o poco documentadas que despiertan su curiosidad, rumores o episodios casi olvidados sobre la vida y la obra de artistas que lo antecedieron. Al final siempre termina explorando, reconstruyendo, apropiándose y resignificando esas historias a la luz de la actualidad.

Uno de esos pretextos se llama Robert Smithson. En el video The Schlieren Plot, que podemos observar en las salas del Tamayo, García Torres reimagina las ideas y preocupaciones artísticas de Smithson mediante un personaje que recorre el paisaje texano rastreando la obra de este artista estadounidense como quien inicia un viaje con un destino incierto. Vemos al personaje –un trabajador de un museo– ver una pieza de Smithson en la Menil Collection de Houston; lo vemos dibujar –en una sala con vista a unas pistas de aterrizaje– bocetos de una pieza que Smithson planeó, y no realizó, para el aeropuerto de Dallas; lo vemos manejar durante una noche en una carretera hacia el oeste de Texas hasta llegar al desierto; lo vemos caminar por el terreno de tierra rojiza hasta alcanzar, como al final de una peregrinación a un sitio sagrado, el insólito monumento al imparable paso del tiempo que es Amarillo Ramp, la última pieza de land art de Smithson, realizada por Richard Serra, Nancy Holt y Tony Shafrazi después de la muerte de Smithson en un accidente aéreo mientras sobrevolaba ese mismo sitio. “¿Cuándo termina un rayo? ¿Cuando la luz toca la tierra o cuando este hace escuchar el estruendo de su trueno?” La narración en off que acompaña las imágenes de The Schlieren Plot (podría ser la voz del personaje filmado, la de García Torres o la del mismo Smithson) habla de Texas como escenario de intensos dramas, un territorio remoto y extremo donde el clima deforma nuestra percepción del tiempo y de la verdad.

El trabajo de García Torres evoca, así, los misterios del arte y del tiempo: su trascendencia, su inmaterialidad, su permanencia, sus efectos en la memoria. En la historia del arte, no solo las imágenes forman parte del imaginario colectivo; también están las narrativas que dan significado a esas imágenes. Decidimos voluntaria o involuntariamente no disociar el arte del mito. Como dice Abraham Cruzvillegas, “el hombre, el mito, el artista, componen una trinidad enfáticamente falseada sobre hechos que probablemente fueron accidentales”.

En Lo que sucede en Halifax se queda en Halifax, García Torres intenta recrear una pieza creada por Robert Barry y sus estudiantes de arte en 1969, una obra producida en el inusual formato de un secreto: la pieza solo existe si algunas de sus acciones se mantienen en secreto entre los participantes (otra pregunta: ¿cuándo muere un secreto?, ¿cuando alguien lo revela o cuando se olvida?). Asimismo, García Torres crea la instalación No sé si eso sea la causa (que integra fotos documentales en diapositiva y una grabación con canciones compuestas por él mismo) a partir de su viaje a la la isla de Saint Croix para buscar los murales que Daniel Buren pintó en un lujoso hotel, hoy en decadencia después de haber sido abandonado por el golpe devastador de un huracán en 1989. Lo mismo con Lo que no te mata te hace más fuerte: aquí García Torres trabaja a partir del intento del artista alemán Martin Kippenberger por abrir un museo en la isla de Syros.

En Caminar juntos también seguimos a García Torres en sus búsquedas imaginarias tras los rastros de On Kawara en el centro de la Ciudad de México, del Dr. Atl en la sierra de Jalisco y de Robert Rauschenberg en el trópico de Florida.


Have you ever see (2)

IV.

Quizá la mejor forma de entender la motivación de García Torres por la intriga que suscitan esos episodios en la historia es recordando la primera de las oraciones del manifiesto de arte de Sol Lewitt: “Los artistas conceptuales son místicos, más que racionalistas. Saltan a conclusiones que la lógica no puede alcanzar”.

Pero García Torres no es un cazador de mitos en busca de la verdad. Su peregrinaje por la historia no tiene como objetivo el descubrimiento sino el diálogo a través del tiempo. Toma hechos verídicos y los reajusta para crear nuevas narrativas que desdibujan la línea que divide la ficción y la realidad; la línea entre la vida y el arte.

Tal vez el proyecto que mejor ejemplifica el dispositivo de García Torres sea el que realizó a partir de la estancia de Alighiero Boetti en Afganistán, en el One Hotel. Sabemos que entre 1971 y 1977 Alighiero Boetti (o Alighiero e Boetti, como eventualmente se autonombró para reafirmar la ambivalencia y dualidad de la existencia) vivió largas temporadas en el One Hotel, una pequeña pensión en Kabul que él administraba; sabemos que el One Hotel estaba localizado en Shahr-E-Naw, el barrio más exclusivo de la ciudad; sabemos que fue ahí donde nacieron algunas de las piezas más memorables de Boetti, como la serie Mappa. Sabemos también que cuando Boetti llegó a Afganistán en 1971 el rey Zahir Shah gobernaba el país en un régimen de democracia parlamentaria limitada. Bajo su mandato, el país vivió un periodo de reformas progresistas; se reconocieron derechos civiles, el derecho al trabajo y a la educación y el voto a las mujeres, y se promulgó la primera constitución del país. En 1973 sucedió, sin embargo, el golpe de Estado que derivaría en la invasión de la URSS.

La ficción inicia con el viaje de García Torres en busca del One Hotel, de Boetti y de una ciudad en eterna tensión entre la memoria y la amnesia colectiva, que se construye, se erosiona y se reconstruye para ser, en sí misma, la materialización de la belleza que hay en lo que se desvanece. La pieza, Aventuras en Share-e-Naw (un tratamiento cinematográfico), es una serie de diecinueve cartas en forma de fax que García Torres escribe a Boetti desde Kabul, fechadas entre noviembre y diciembre de 2001, un mes después de que iniciara la invasión de Estados Unidos en Afganistán para derrocar al régimen talibán. García Torres le cuenta sus impresiones sobre el significado de hacer arte, comenta sobre la vida diaria en una ciudad ocupada y, sobre todo, narra cómo busca el hotel sin encontrarlo: sigue coordenadas, testimonios y fotografías de la época, pero parece no existir rastro alguno del lugar. Ese vacío siembra dudas: o el hotel fue destruido y olvidado o Boetti manipuló su registro en la historia.

Esta pieza es de 2004, Boetti murió en 1994 y García Torres no viajó en realidad a Kabul sino hasta 2010 –entonces encontró el One Hotel y, como Boetti, fue su administrador y vivió ahí. El engaño es evidente, pero necesario para dar nueva vida al mito.

Con gran libertad disciplinaria García Torres se traslada por diferentes formatos (video, instalación, correspondencia, monólogos y hasta canciones), y su concepción del arte, no tanto como objeto sino como acontecimiento, lo lleva a cambiar la pregunta sobre qué es el arte por la de dónde sucede el arte: qué sucede en esa confluencia entre el tiempo y el espacio para que una idea, una acción, un objeto, tomen vida como creación artística.

El triunfo de este peregrino del arte no es lograr una imagen de la reliquia sagrada –la pieza de arte–; es darle nueva vida.


Caminar juntos

Artista: Mario García Torres

Curaduría: Sofía Hernández Chong Cuy

Museo Tamayo Arte Contemporáneo

Paseo de la Reforma #51, Bosque de Chapultepec, Ciudad de México

Hasta el 19 de junio

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