¿Por qué ganó “El Bronco” en Nuevo León?

El triunfo de Jaime Rodríguez Calderón presenta lo mismo rupturas que continuidades con un sistema político que suele supeditar los principios de la democracia a los valores del mercado.

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El momento democrático —quizás el único posible— es un momento populista que recupera por algunos instantes los significados de vivir en sociedad. Este fugaz cometa pasó por Nuevo León hace apenas unas semanas. Surcó el cielo más contaminado de América, mientras una multitud boquiabierta de electores aplaudía el espectáculo. La noche del siete de junio se vivió un ambiente sin paralelo en la historia regiomontana. Por primera vez, un político consiguió lo que hasta entonces solo las autoridades empresariales habían logrado en Monterrey: hacer creer.

El escenario menos pensable para la elección de gobernador terminó por imponerse: con más de un millón de votos, Jaime Rodríguez Calderón “El Bronco” se convirtió en el primer gobernador sin registro de un partido político en la historia moderna del país. Con esto, Nuevo León envió un mensaje difícil de digerir, un contrasentido teórico que necesariamente merecerá ser desmontado: ¿Cómo pudo una sociedad industrial, en plena picada, producir un acontecimiento “democrático”?

En las democracias representativas modernas, las elecciones son, por encima de cualquier cosa, una actividad económica que ata y desata alianzas comerciales y que hace circular miles de millones en circuitos cerrados. Desde este punto de vista, la “ciudadanía” tiene algo de mercado cautivo, obligado a elegir al mejor “producto” político. Por esta razón, en Nuevo León las prácticas de consumo locales fueron un factor decisivo en la conformación del público “bronco” que,  por sobre de cualquier discurso político, defendió su derecho a “estrenar”.

El éxito de la campaña de Jaime Rodríguez se debió a su oferta de una “experiencia de compra”: una recompensa psicológica total, que valiera el riesgo de votar por un político con 33 años de servicio al PRI y un cúmulo de denuncias en su contra —entre amenazas de muerte, despojo de tierras y fraudes electorales. Travestir a “El Bronco” de novedad no fue tarea sencilla para su publicista Guillermo Rentería. Sin embargo, su producto político se situó en Monterrey como un verdadero acontecimiento, bendecido lo mismo por el cura que por el empresario y el obrero. La seducción masiva tuvo que ver con la promesa de una experiencia que ningún otro competidor ofrecía: la revancha.

A principios de abril, en un pequeño acto de campaña en una colonia del municipio metropolitano de Apodaca, apenas con un templete, una lona y un austero equipo de sonido, el candidato se dirigía a las ochenta personas ahí congregadas. El video de este evento retrata su estrategia de venta. Ante las promesas clásicas “a las madres que trabajan” y “a los estudiantes que no pueden ir a la escuela”, los aplausos se notan forzados, producto de un rancio escepticismo. Pero el público se entrega de inmediato ante la epifanía del bronco vengador: “Tú vas al baño de un restaurant y estás haciendo pipí y te encuentras a Ivonne [Álvarez, la candidata del PRI a la gubernatura] ahí, en la pantalla —el candidato hace el gesto de estar orinando al mismo tiempo que mira la imagen de la candidata, lo que ocasiona risas del público. Y luego dice Felipe de Jesús [el candidato del PAN] que soy un palero de Ivonne, ¡si es a la que me quiero chingar!” El público grita y se estremece: ha encontrado a su representante.

A partir de esta declaratoria de guerra, que se repite en todas y cada una de sus presentaciones públicas, al candidato lo siguió un ejército espontáneo de vengadores. (El empresariado inconforme con la candidatura impuesta de Ivonne Álvarez también jugó un papel clave en la campaña, pero a eso llegaremos después.) Creado el enemigo interno y bautizado con el nombre de “el bipartidismo”, la campaña de “El Bronco” creció como la espuma porque amplificaba y daba cauce al encabronamiento acumulado contra la clase política. Jaime Rodríguez capitalizó el desprestigio del sistema y lo sintetizó en el slogan: “Si ya estás hasta el tronco, vota por el Bronco”.

Además de entenderse en clave de consumo, el triunfo de “El Bronco” puede explicarse desde la perspectiva de una despolitización masiva, cristalizada en la imagen de un switch maravilloso que, de activarse, es capaz por sí mismo de encender otra realidad. El electorado aceptó como válida —más aún: como única posibilidad real de cambio— la ilusión de que ese switch pudiera ser un “dispositivo” emanado del propio sistema (“Solo quien conoce al sistema puede reformarlo”).

La inmensa mayoría que vive “al día” cuestiona por su sola existencia al mito del “progreso”. Sin embargo, la crítica del capitalismo, que debería ser el eje de cualquier política que pretendiera revertir la precarización de la vida, es una cuestión que los regiomontanos preferimos eludir. Esta es una actitud razonable, si tomamos en cuenta que no sabemos vivir fuera de este sistema. El Monterrey preindustrial fue borrado de la memoria colectiva a base de demoliciones físicas e ideológicas. Durante casi un siglo, la sociedad regiomontana peleó contra el enemigo del “atraso” sin calcular los riesgos. Hoy este sistema está tan encarnado en nuestros cuerpos —Nuevo León es el primer lugar nacional en obesidad— que resultó conveniente y fácil de creer que votando por un candidato podríamos enmendar una historia de progreso que devino en fracaso.

“El Bronco” funcionó como una poderosa metáfora del sistema que se salva a sí mismo. En este sentido, los aspectos más cuestionables de su pasado como legislador local y federal, así como los despojos que cometió como dirigente del PRI y como alcalde del municipio conurbado de García, fueron acomodados dentro de un discurso de conversión casi religiosa. Para creer que un personaje como Jaime Rodríguez podía convertirse en “El Bronco independiente” hubo que construir un relato similar al de Paulo de Tarso, el perseguidor de cristianos que, tocado por un rayo, cayó de su caballo para levantarse convertido en San Pablo, el apóstol de Jesucristo.

De esta forma, algunos episodios en la vida del político cobraron gran relevancia. El primero fue el atentado que catapultara su fama a nivel nacional. Haber sobrevivido a 2,800 disparos —según su publicista— no fue tomado como elemento para pensar en este hecho con sospecha (un cable filtrado del consulado de Estados Unidos en Monterrey a la DEA señaló este atentado como falso), sino que convirtió a su protagonista en el sobreviviente de una experiencia atroz y transformadora. La muerte de uno de sus hijos fue otra tragedia personal que lo acercó a miles de personas. Lo mismo sucedió con el supuesto secuestro, del que después él mismo se desdijo, de una de sus hijas a la edad de dos años.

Ninguno de estos episodios quedó al final bien esclarecido y, por ser materia tan delicada, tampoco hubo quién se animara a exigir explicaciones. Sin embargo, más allá de las circunstancias concretas del evento (¿se trató de un accidente automovilístico o de una ejecución premeditada?), la muerte de su hijo fue retomada como el momento de quiebre a partir del cual el candidato renacería “independiente”. “El Bronco” nunca negó las partes más oscuras de su pasado priista (el cual incluye denuncias públicas, incluso por maltrato familiar), pero decidió resaltar los elementos de ese pasado que sustentaban la verosimilitud de su conversión. Esta posibilidad ganó fuerza por esperanzadora. Montó en el imaginario la posibilidad de la salvación a partir de la transformación de un priista de pura cepa, a quien documentos filtrados por Wikileaks lo han vinculado “a los cárteles de la droga y de la cerveza en México”.

Otro tema recurrente de la campaña de Jaime Rodríguez fue la reivindicación del espíritu emprendedor regiomontano. Pocas historias conmueven tanto a nivel local como la lucha del trabajador que, a base de esfuerzo (“de aguacates”, diría el candidato) consigue superar todos los obstáculos hasta convertirse en empresario. Ese es el único héroe posible en el imaginario industrial. “El Bronco” se presentó como la encarnación de esa historia: el candidato que, de no tener ninguna posibilidad de triunfo frente a la candidata oficial, la priista Ivonne Álvarez, pasó a revertir todas las adversidades y encabezar las encuestas de preferencias electorales. El éxito del candidato “independiente” parecía confirmar el principio capitalista de que es la voluntad del individuo lo que asegura su triunfo sobre las circunstancias. En un contexto de violencia sistémica, en donde solo unos pocos nacen en condiciones para ganar, este relato resultó tremendamente contagioso.

Estas fábulas capitalistas se impusieron y evitaron a toda costa que el análisis objetivo del candidato aguara la fiesta. Si bien no se puede negar que Rodríguez Calderón es una persona voluntariosa, que trabajó afanosamente por su triunfo, tampoco puede dejarse de ver que 33 años de relaciones con el poder contaron a la hora del arranque. La independencia fue la mentira más repetida en su campaña publicitaria. Mientras la aplastante mayoría de los candidatos sin registro de partido no lograron superar la falta de recursos y de redes para competir, al Bronco no le hizo falta dinero (de hecho, dijo que no cobraría el cheque de la Comisión Estatal Electoral) ni mucho menos le faltó una estructura de apoyo. De hecho, Disfuncionarios, un ejercicio de hacktivismo local, reveló mediante gráficos cómo las relaciones de poder que sostenían a “El Bronco” eran casi igual de preocupantes que las de la candidata del PRI. Sin embargo, como estrategia de publicidad, el discurso independentista alegó no tener dinero para competir contra el PRI y el PAN, por lo que mucha gente entregaba donaciones al candidato. Supe de un grupo de taxistas obligados por su sindicato a votar por el PRI que, sin embargo, apoyaron en lo individual a su candidato “independiente” con mil pesos. Estas donaciones alimentaron el slogan más exitoso de la campaña: “La raza paga, la raza manda”.

Esta frase, refrito del principio capitalista “el que paga manda”, fue adoptado acríticamente por los votantes que quisieron creerse los patrocinadores oficiales del candidato y de su virtual gobierno. Hasta el día de hoy, sin embargo, “El Bronco” se ha negado a transparentar sus gastos de campaña y a declarar los nombres de los empresarios que lo apoyaron decididamente desde antes de que iniciara el tiempo electoral. Ante esta exigencia, la respuesta del gobernador electo siempre ha sido esquiva. En su respuesta a una pregunta sobre este tema en su página de Facebook, el “usuario” Jaime Rodríguez contestó: “Compadre, no puedo revelar sus nombres pero te aseguro que lo hicieron a cambio de nada, son empresarios que también se preocupan por el futuro de NL”.

Otra forma de explicarnos el triunfo de “El Bronco” es a partir del surgimiento de poderes emergentes en el tránsito de Monterrey hacia su etapa postindustrial. El empresariado regiomontano ha ido perdiendo su autoridad a partir de la venta de las industrias locales a conglomerados extranjeros y del cambio paulatino hacia una economía de servicios. Además, la precarización de los empleos ha desdibujado el antiguo rostro paternalista de la élite empresarial, que durante décadas pagó la fidelidad de sus empleados con vivienda y seguridad social. Hoy el escenario es muy diferente. A partir del 2010, con la tormenta “Álex” como parteaguas, la ausencia del liderazgo tradicional empresarial se hizo patente ante la destrucción urbana y ambiental.

Y si bien este vacío facilitó las condiciones para el arribo del “El Bronco” al poder estatal, también es cierto que una parte substancial de su triunfo se debe a la declinación del candidato empresarial, el ex panista Fernando Elizondo, a su favor. Quince días antes de las elecciones, los grandes empresarios regiomontanos —el grupo más crítico del proyecto “bronco”— decidieron replantear su estrategia toda vez que su candidato, Elizondo, no lograba superar el cuatro por ciento de preferencia en las encuestas. Así, contra todo pronóstico, Jaime Rodríguez, quien forjó su carrera política en la Confederación Nacional Campesina, se convirtió en el candidato de los electores de San Pedro Garza García, el municipio más rico del estado. Aunque en un primer momento el anuncio provocó indignación, al cabo de una reunión a puerta cerrada el grupo cercano a Elizondo salió con la camiseta de “El Bronco” puesta y, comiéndose sus palabras, anunció “la alianza por la grandeza de Nuevo León”.

Sumado todo lo anterior, llegó un momento en el que la idea de la victoria de “El Bronco” fue sobrerrepresentada de tal forma (sobre todo en redes sociales, cuyo manejo merecería un análisis aparte) que su campaña se convirtió en un movimiento político capaz de reunir a un repertorio de clases sociales que jamás se habían encontrado en el mismo proyecto político. Ante este fenómeno, solo un desquiciado permanecería indiferente: había que montarse en la ola ganadora. Este apremio acrítico, fundado en el miedo al fracaso o en el cálculo de un costo político, acabó por multiplicar los apoyos públicos, lo cual se verificó días después, con el histórico millón de votos alcanzados.

El triunfo de “El Bronco” representó, sin duda, un verdadero momento populista, pero de él no surgirá una nueva organización democrática. Como ha advertido el sociólogo portugués Boaventura de Sousa Santos, en la actualidad el momento populista tiende a ser travestido como movimiento crítico: construye un enemigo público, pero, instrumentalizado por las oligarquías, es en lo profundo capitalista y patriarcal porque convierte a una población diversa en un solo pueblo, sin distinciones, sin pesos políticos diferenciados, restando toda importancia a la crítica de la distribución inequitativa de la riqueza y la representación política.

El triunfo de un candidato sin registro de partido en las elecciones para la gubernatura de Nuevo León prolongará la vida de la democracia representativa en México sin que esto constituya un cambio de paradigma político. Cambiar todo para que no cambie nada, es el slogan de las revoluciones falsas. Lo que se estrenó en Nuevo León fue una nueva forma de asaltar el poder de la manera más rentable posible: invirtiendo poco para darle verosimilitud al relato de la austeridad y sin la monserga (y los costos) de pactar con los partidos políticos, aprovechando el desprestigio de la clase política pero distinguiéndose de ella rompiendo el libreto tradicional. Nuevo León no protagonizó más momento democrático que la unión de un millón de votos. En la lógica del mercado, nuestro verdadero aporte fue a la industria electoral con el lanzamiento de un nuevo producto que sostendrá el negocio político hasta su siguiente innovación.

 

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