El carisma no se hereda: la maldición de Nicolás Maduro

Incapaz de mantener el equilibrio civil del chavismo, el régimen de Nicolás Maduro ha destacado por sus carencias democráticas.

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Con este texto continúa nuestra breve revisión del estado de los gobiernos bolivarianos en el presente: Bolivia, Venezuela, Ecuador.

Resulta extraño imaginarse vivir en un lugar donde los productos básicos para la vida solo se encuentran luego de hacer largas filas de horas para comprar algunas mercancías reguladas y racionadas por unidades mensuales. Es decir: cuando finalmente se accede al establecimiento comercial uno no adquiere lo que se le antoja, y en las cantidades que se necesita, sino lo poco que se consigue. Esa imagen desoladora y orwelliana refleja la actual situación de los habitantes de Venezuela.

En el primer semestre de 2015, Venezuela ha vivido una inflación promedio mensual de 9,7% y una acumulada de 74,4%. Según los economistas Asdrúbal Oliveros y Carlos Miguel Álvarez de la firma Econalítica, esto implica una variación interanual de 128,8%. Todo parece indicar que el desastroso resultado de las políticas económicas de la revolución bolivariana se traducirá en un segundo año de contracción que podría sobrepasar el 7% del Producto Interno Bruto (PIB) y una aceleración de los precios que se elevará hasta el 200% o más.

Así las cosas, Venezuela decide cerrar parte de su frontera con Colombia, con el fin de frenar la derrama económica del contrabando; y sin embargo, el presidente Nicolás Maduro no sube en las encuestas. El mes pasado, el presidente de la firma Datanálisis, Luis Vicente León, reveló un dato que explica la magnitud de la crisis política venezolana: Hugo Chávez, el presidente fallecido, tiene 30 puntos más en conexión y popularidad que su heredero y actual mandatario.


Algunos líderes acaban convertidos en “hombres-dioses” para sus seguidores y la influencia que detentan perfila nuevos horizontes en las sociedades que los ven surgir. Sir James George Frazer era un escocés cabeza dura que llevó su obsesión por la semejanza entre magia y religión al punto de abrir nuevas sendas en la antropología moderna. Trabajaba trece horas al día, siete días a la semana hasta durante cincuenta semanas al año y se quedó ciego escribiendo sobre los ritos de tribus aborígenes a las que nunca visitó. Frazer le dedica a estos líderes especiales una infinidad de juicios en La rama dorada, obra seminal de la antropología moderna, y se refiere a ellos como los magos públicos: “El hombre-dios de la clase mágica no es otra cosa que un hombre que posee en grados inusitados los altos poderes que la mayoría de sus compañeros se arrogan […] el mago público, si es hombre prudente y hábil, puede avanzar poco a poco al rango de jefe o rey”.

El carisma es una fuerza telúrica, revolucionaria, que en su clímax funciona como el proceso de formateo que los informáticos usan con los disco duros: limpian la memoria para empezar a usarla desde cero. El sabio alemán Max Weber, sin usar una imagen tan posmo, le dedicó decenas de páginas a la “dominación carismática” en su libro Economía y sociedad, donde señala que este fenómeno “es de carácter específicamente extraordinario y fuera de lo cotidiano”. Para la estudiosa Margarita López Maya, volver a la obra de Weber es una forma de entender el legado de Chávez: “Ese tipo de dominación no es racional; los vínculos que unen a las personas con ese ser que ellos consideran extraordinario, superdotado, fuera de lo humano, son vínculos de tipo emocional y [a partir de él] se desarrollan valores sobre todo en ese orden político: valores de lealtad, amistad, cariño, amor y ese tipo de cosas”.

El carisma es ese je ne sais quoi que logra subvertir los intereses individuales en pos de una tarea colectiva. Crea las condiciones para el surgimiento de un líder excepcional, capaz de forjar nuevos ritos sociales o de desenterrar viejas tradiciones.  Incorporando estos ritos o tradiciones a su discurso, el líder carismático puede llegar a una reorientación “completa de todas las actitudes frente a las formas de vida anteriores o frente al mundo en general” —apunta Weber en su obra monumental que parece haber sido publicada en 1921 para interpretar la Venezuela del siglo XXI.

Las palabras de Weber, asevera López Maya, “explican mucho lo que ha sido el orden político venezolano en el sentido de que a la gente, aparentemente, no le importa que se viole la ley, no le importa que las reglas del juego no estén claras, ni les interesa la corrupción. Había [entre la gente y el líder] un vínculo que no era racional al punto de que pueden pasar trabajo y seguían votando porque no es un orden político moderno de la racionalidad económica y el bienestar nacional. Claro que el ser carismático tiene que proveer [algún] bienestar tangible o intangible, simbólico o material, y cuando él se va tiene que encontrarse otras formas de suplirlo. Allí me parece que el chavismo ha desarrollado unas estrategias que hasta ahora han probado ser exitosas”.


Los altos personeros del gobierno constantemente hablan de una guerra económica instigada por la derecha mundial que busca el naufragio de los sueños de Hugo Chávez, mientras que los líderes opositores no dudan en calificar la actual problemática como una crisis humanitaria que pide la intervención de organismos supranacionales como la ONU o la OEA.

Sin embargo, todos los datos anteriores son solo fútiles cifras que no alcanzan a reflejar el dramatismo y la terrible soledad del consumidor venezolano incapaz de conseguir alimentos, medicinas y productos. Con múltiples consignas en contra del consumismo y a favor del ahorro, las autoridades del país exigen disciplina y paciencia, pero no cuentan con el poder de lo insólito que se propaga en cada noticia cubierta en el país.

Se ha visto de todo. Un anciano llamado Alberto Álvarez murió de un infarto en una cola infinita para comprar un detergente; Jimmy Vallen fue asesinado por pelear en otra fila. En el estado de Guárico, centenares de personas esperaban para entrar a un establecimiento cuando un automóvil arrolló a la multitud causando cuatro heridos y dos muertos. Y debido a los sistemas biométricos instalados en el país, los brotes de mafias corruptas burlan los controles para adquirir productos que luego revenderán hasta cinco veces por encima de su valor.


¿Cómo heredar el carisma si nadie puede muy bien definir qué es con exactitud? ¿Qué define a la dominación carismática y cómo perpetuarla? Weber dedica un capítulo entero a la “rutinización del carisma”, donde explica los diversos métodos empleados desde la antigüedad para intentar transmitir el vasto poder de los líderes carismáticos a sus herederos:

Existe la designación del sucesor por parte del cuadro administrativo carismáticamente calificado y reconocido por la comunidad. Este proceso en su significación genuina está muy lejos de la concepción del derecho de ‘elección’, ‘preelección’ o de ‘propuesta electoral’. No se trata de una selección libre, sino rigurosamente unida a un deber; no se trata de una votación de mayorías, sino de la designación justa, de la selección del auténtico y real portador del carisma, que con igual justeza puede hacerla también la minoría. La unanimidad es postulado, percatarse del error deber, la persistencia en él falta grave, y una elección ‘falsa’ es una injuria que debe ser expiada (originariamente: de modo mágico)”.

No es de extrañar que los ejemplos citados por el alemán sean la coronación en Occidente de obispos y reyes, herederos divinos del carismático fundamental que fue Cristo. La designación televisiva de Nicolás Maduro como el candidato electoral de la revolución bolivariana, hecha por el mismísimo Chávez en su última aparición pública, es una escena moderna que remite a ceremonias antiguas que parten de las elecciones chamánicas tribales y se entroncan con el derecho divino de los reyes: “La legitimidad de la sucesión viene dada por Chávez. Maduro fue señalado por el dedo de Chávez y tiene una legitimidad por allí que es también, de alguna manera, reforzada por un mecanismo legal que son las elecciones. Nada es puro sino que se usan las dos formas de legitimación. También ha comenzado una especie de culto a la personalidad de Maduro; digo que es la sacralización de Chávez, gracias a la legitimidad por sucesión: y ahora resulta que Maduro —a quien nadie le había visto nada antes— ahora es inteligente, sagaz y hábil”, concluye la politóloga.

Una de las múltiples formas de ver el actual orden de las cosas en Venezuela es la tesis del “Tercer Estado”, presentada, entre otros, por Nelson Rivera, analista político, ensayista y director del suplemento Papel Literario de El Nacional. Su hipótesis es que ha surgido un nuevo poder, una especie de Estado paralelo que no depende de procesos electorales y tiene un “sostén” legal que le permite actuar por encima de alcaldes y gobernadores, de la Asamblea Nacional y la Constitución. Su naturaleza sería eminentemente militar y es un modelo que permite gobernar el país desconociendo los poderes elegidos a través de las elecciones. Hay cuatro grandes condiciones que caracterizarían a este modo de gobierno:

1.- El ejercicio de gobierno se realiza en contra de una figura hipotética y omnipresente, un enemigo interno, presente en todas las esferas de la vida pública.

2.- El ejercicio del gobierno tiene siempre un carácter excepcional, extraordinario. Como si el hecho de gobernar solo fuese posible en condiciones de estado de excepción.

3.- El ejercicio de gobierno exige acciones coordinadas de distintos organismos, por lo que es necesario crear “órganos superiores” de coordinación o comisiones especiales, que funcionan bajo el criterio militar de comandos inter-fuerzas.

4.- Todos los componentes del modelo son consecuencia directa de un diseño elaborado por Chávez quien, a su vez, se habría inspirado en Bolívar.


El pasado jueves 10 de septiembre, la jueza Susana Barreiro sentenció a 13 años, 9 meses, 7 días  y 12 horas de presidio al político venezolano Leopoldo López, tras ser declarado culpable de los delitos de instigación pública, daños a la propiedad, incendio intencional y asociación para delinquir, con relación a los hechos violentos sucedidos en Caracas el 12 de febrero de 2014.

Pero recordemos, un poco, los sucesos acaecidos en esos días. El 2 de febrero centenares de personas se congregaron en la plaza Brión de Chacaíto, en Caracas, convocados por la dirigencia del partido Voluntad Popular con el fin de discutir temas como la inseguridad, la crisis económica y la escasez en una asamblea improvisada con la presencia de Leopoldo López, coordinador nacional de Voluntad Popular, la diputada María Corina Machado, coordinadora del Movimiento Vente Venezuela, y Antonio Ledezma, alcalde de la Alcaldía Metropolitana, que se decidió a convocar a una concentración y marcha que tendría lugar el 12 de febrero.

A partir de ese día, múltiples protestas estudiantiles y profesionales se desataron en diversas ciudades del país. Leopoldo López fungía como uno de los voceros principales de esta concentración junto con la diputada María Corina Machado. Desde el 23 de enero de 2014, ambos habían hecho un llamado a “prender las calles de lucha” y posicionaron en sus cuentas de Twitter el hashtag #LaSalida, con el que hacían llamamientos y denuncias constantes sobre la situación del país. El 10 de febrero, el dirigente de Voluntad Popular denunció por los medios sociales que se le impidió abordar un vuelo de Conviasa con destino a la ciudad de San Cristóbal, escenario de protestas durante varios días, donde iba a celebrar una asamblea ciudadana.

El 11 de febrero, en una entrevista con CNN, López había sido enfático al aseverar que se trataba de una convocatoria hecha por los estudiantes y respaldada por la Unidad democrática: “La manifestación de mañana busca estar en la calle y decir aquí estamos […] no podrán con nosotros, mañana daremos un paso firme que nos permitirá seguir avanzando, vamos a marchar con irreverencia”.

Las imágenes de las marchas acaecidas en Venezuela el 12 de febrero de 2014 le dieron la vuelta al mundo, al inicio por ser el reflejo de un derecho constitucional y una celebración histórica. No se debe olvidar que esta es una fecha especial: ese día se conmemora la batalla de La Victoria celebrada en 1814 con un saldo cruento para la Venezuela de entonces: “El campo quedó cubierto de cadáveres, artillería, municiones, armamento, caballos, equipajes y hasta los libros de las órdenes de los realistas”, escribió el teniente José Félix Ribas, héroe de la batalla donde los patriotas tuvieron bajas por 100 hombres y más de 300 heridos.

Desde entonces es una fecha emblemática, pese a haber sido desoladora y caótica como todas las matanzas históricas: es la fecha en que se celebra el “Día de la Juventud”. Al cumplirse 200 años de ese acontecimiento en el 2014, como en una mala broma histórica, tres venezolanos resultaron muertos. Juancho Montoya, dirigente popular del 23 de Enero, miembro del Secretariado Revolucionario de Venezuela y funcionario adscrito a la Policía Municipal de Caracas, recibió un tiro en el rostro en Parque Carabobo, en el centro de Caracas.

El estudiante Bassil Alejandro Dacosta resultó herido durante un tiroteo en la avenida Universidad, en Parque Carabobo, luego de las 2:30 pm de ese miércoles, y falleció horas después en el Hospital Vargas. El presidente Nicolás Maduro se dirigió al país, en cadena nacional, la noche siguiente a los sucesos y afirmó que ambos hombres fueron asesinados con la misma arma.

Sin embargo, aún faltaba una víctima más del saldo sangriento. Pasadas las 11:00 pm, José Roberto Rodman Orozco fue dado de alta en Salud Chacao y salió rumbo a su casa. En el camino se topó con una motocicleta donde se trasladaban dos hombres, el “parrillero” (copiloto de la moto) lanzó una ráfaga de disparos y una bala le impactó el cráneo. A su lado resultaron heridas cinco personas más.

Un tuit del alcalde del municipio Chacao, Ramón Muchacho, publicado a las 8:45 p.m., decía: “Lamentablemente Salud Chacao, confirma un muerto y un herido de bala en Chacao a esta hora”. El diario El Universal recoge la versión del Cicpc, según la cual al día siguiente, durante las experticias planimétricas de las investigaciones de los cuerpos policiales,  “el cadáver de Redman quedó frente a la ferretería Raquel, cuando la víctima recibió un tiro en la cabeza, a las 9 de la noche”.

A pocas horas de estos sucesos, la Fiscal General de la República, Luisa Ortega Díaz, declaró que había 66 heridos y seis patrullas quemadas del Cuerpo de Investigaciones Penales Científicas y Criminalísticas.

Cabe recordar que mientras estos acontecimientos acaecían en Caracas, Maduro y buena parte del gobierno se encontraban en La Victoria, a 75 kilómetros de la capital, celebrando la batalla decimonónica con diversos actos culturales y la inauguración de una plaza. Para muchos venezolanos, fue surrealista ver transmitido por los medios oficiales ese acto lleno de colorido, alegría y la participación de cultores populares venezolanos, sin hacer mención alguna a las revueltas que sucedían en Caracas.

Ese día, los medios privados tampoco hacían eco de lo sucedido y cadenas internacionales como la colombiana NTN24 fueron sacadas de la parrilla de programación abruptamente por, según el mismo presidente, decisión de Estado contra la transmisión de llamados a la desestabilización. A diferencia de tiempos anteriores, en los que el exceso de información fue determinante para caldear los ánimos de la confrontación política, ese día los venezolanos se vieron en la angustiante situación de tener que ver el contraste entre las declaraciones de los voceros oficiales y los oposicionistas a través de un solo medio tradicional: CNN. Las redes sociales, con su peculiar mezcla de exageración y paranoia, fueron el único medio donde se podría conseguir acceso a los alarmantes reportes ciudadanos de todo el país. Carabobo, Táchira, Mérida, Lara y Guayana, entre otros estados, fueron escenario de manifestaciones similares.

El presidente Maduro denunció que estas acciones constituían un golpe de Estado en progreso, similar al del 11 de abril de 2002, y aseveró: “Si Ustedes (opositores) lograran su objetivo y aquí en este sitio, digamos el 15 de febrero o el día que sea, ya no estoy yo o porque me mataron ustedes, que no se los aconsejo, no toquen la fuerza volcánica de un pueblo, no saben lo que es capaz de hacer un pueblo en circunstancias extremas […] Ni se lo imaginan, porque ustedes nunca han sido pueblo; pero si ustedes lograran, cosa totalmente inviable, y aquí sientan a alguien, ¿a quién sentarían? ¿Al fascista este prófugo de la justicia? Piénsenlo.” Se refería al dirigente de Voluntad Popular, Leopoldo López, de quien la jueza 16 de Control de Caracas, Ralenys Tovar Guillén, había ordenado la aprehensión y allanamiento en su residencia. Pese a esto, luego de varias horas aún no habían detenido al dirigente, quien se comunicaba a través de Twitter: “Gracias por todas sus muestras de solidaridad. Estoy bien. Sigo en Venezuela y seguiré en las calles. Fuerza.”

El 18 de febrero, seis días después del inicio de las protestas, el líder opositor se entregó a las autoridades en medio de una movilización multitudinaria. Con un alto grado de raro simbolismo, López pronunció su discurso antes de la entrega subiéndose a la estatua de José Martí: “Si mi encarcelamiento vale para el despertar de un pueblo, para que Venezuela despierte definitivamente y que la mayoría de venezolanos y venezolanas que queremos cambio podamos construir ese cambio en paz y en democracia […] valdrá la pena mi encarcelamiento infame”. Que uno de los máximos líderes opositores del país haya dicho esto pisando la bandera cubana esculpida en piedra, fue una imagen rara para muchos. López fue trasladado al Centro Penitenciario para Procesados Militares, mejor conocido como la cárcel militar de Ramo Verde, ubicado en Los Teques a 32 kilómetros de Caracas —un procedimiento inusual tratándose de un civil.

Fue un proceso lleno de irregularidades. Por ejemplo, López siempre fue asumido como un delincuente y “monstruo” por todos los voceros del alto gobierno. Es decir, nunca hubo dudas de su culpabilidad. Se suman además las diversas denuncias hechas por la defensa del político acerca de abusos sufridos por López durante su reclusión. Cabe destacar que los otros acusados por los hechos acaecidos en esos días —Cristian Holdack, Ángel González y Demián Martín— no irán a prisión, ya que recibieron sentencias con penas humanitarias y sustitutivas.

Como escribió el experto legal José Ignacio Hernández en Prodavinci: “La condena [de Leopoldo López] es un grave caso de violación de Derechos Humanos que afecta sensiblemente al sistema democrático. Por un lado, ratifica que López es un ‘prisionero de conciencia’, es decir: una persona que ha sido juzgada y condenada por sus opiniones políticas. La lectura de la acusación demuestra que el Ministerio Público tuvo que acudir a muy elaborados argumentos para deducir que su discurso había instigado a la comisión de delitos. En realidad, solo en casos claros y evidentes de opiniones que, directa y frontalmente, instiguen a delinquir, podrían tener cabida los llamados delitos de opinión. Ese no es el caso de López, juzgado y condenado por la interpretación de sus opiniones.”

De esta manera, el dirigente opositor, victimizado por un proceso legal atípico e irregular, se ha convertido en uno de los políticos más influyentes de la escena local. ¿Qué busca el chavismo con esta condena? Es una duda que será respondida en los próximos meses, cuando la polarización llegue a extremos insoportables antes de las elecciones parlamentarias de diciembre.


Otros analistas de este proceso, como el veterano político y periodista Teodoro Petkoff, piensan que una de las primeras observaciones que se le puede hacer al actual estado de las cosas en Venezuela es que “el apelativo de revolución le queda muy grande”. A inicios del año pasado conversé con Petkoff en su oficina de Tal Cual, el diario que dirige, antes de que fuera demandado por el presidente de la Asamblea Nacional, Diosdado Cabello, y se convirtiera en uno de los periodistas más vapuleados por el régimen.

Petkoff se reclinó en su silla giratoria y puso los pies sobre el escritorio para comentar sobre el significado del término revolución: “Esa palabra ha sido usada muy abusivamente; aquí, hasta un dentífrico puede ser revolucionario. Pero cuando se aplica a un proceso político uno supone cambios importantes en la estructura de la sociedad, las instituciones políticas, el ejercicio del poder, las relaciones del poder con la ciudadanía, etc., y si utilizamos estos criterios aquí, tenemos cualquier cosa menos un régimen revolucionario. Es un régimen autoritario. Los regímenes revolucionarios suelen ser autoritarios, pero este, sin ser revolucionario, es autoritario, por lo tanto no tiene ni siquiera la excusa de que la revolución lo obliga a ser autoritarios para defenderse. Es autoritario porque el talante de quienes gobiernan está determinado por la circunstancia; no conciben su relación con la sociedad sino desde un modo vinculado al ejercicio duro del poder”.

Petkoff advierte que Chávez era el jefe de las Fuerzas Armadas y gobernaba a los militares, “los ponía, quitaba y movía según sus intereses”, pero afirma que el presidente Maduro ya no puede hacer eso: “Este ya no es un régimen cívico-militar como Chávez lo definía, porque él, casualmente, ponía lo civil y militar del gobierno en su misma persona. Era increíble, pero poseía ambas características: era un militar, profesionalmente hablando, pero al mismo tiempo tenía un comportamiento civil. Ahora tengo la impresión de que, por ahora, Maduro no ha logrado afirmar a los civiles en el poder. Lo veo como una especie de rehén de los militares, una situación muy difícil para él”.

No descarta la posibilidad de que el chavismo evolucione hacia lo que define como “una autocracia militar”, porque asegura que no existen mecanismos de contención: “Solo si las fuerzas armadas estuviesen poseídas por un fuerte sentimiento civilista y democrático podrían resistir la tentación de asumir plenamente el poder. Aunque una situación como esta les conviene, porque en América Latina no son bien vistos los regímenes militares; de modo que un modelo militar que simula la civilidad es lo que les conviene”.


El caso de Yossul Urdaneta es la metáfora perfecta del fracaso de los sistemas de racionamiento estatales. Esta mujer de Maracaibo (Zulia) nació sin brazos, por lo que es imposible que ponga su huella digital en los sistemas biométricos. Hace unas semanas los medios hicieron eco de su caso, puesto que no pudo adquirir alimentos después de pasar muchas horas formada.

Las autoridades, en su infinita incuria, le pidieron que acudiera a una oficina para pedir un papel donde conste lo evidente a simple vista: que Yossul no tiene brazos. En el reino de la burocracia hace falta una constancia para constatarlo todo. Esa locura —la anomia que se ha apoderado del Estado venezolano— es un reflejo ya no solo de la ausencia de carisma de Nicolás Maduro, sino de una incapacidad gerencial cuyos efectos negativos seguirán presentes en el acontecer venezolano durante muchos años más.

(Foto cortesía de Diariocritico de Venezuela.)

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