El complot contra López Obrador*

Andrés Manuel López Obrador ganará la elección presidencial en México, a menos que las élites del sistema lo impidan.

| Presidencia

México nunca ha tenido elecciones democráticas, nunca en cien años.

Luego de una visita a México en la víspera de las elecciones de 1920, el popular periodista y novelista español Vicente Blasco Ibáñez publicó El militarismo mejicano. Ahí escribió: “En Méjico, el que vota sabe que ejercita una función inútil” (p. 70).

Tenía razón. Las elecciones de 1920 terminaron en asesinato. El presidente Venustiano Carranza, quien apoyaba a Ignacio Bonillas, hizo que sus seguidores golpearan y mataran a los simpatizantes de Álvaro Obregón. Obregón, en respuesta, organizó un golpe [Plan de Agua Prieta] y los propios seguidores de Carranza lo asesinaron.

Al día de hoy, Andrés Manuel López Obrador (AMLO), el candidato de izquierdas en las elecciones mexicanas, lleva la delantera en las encuestas hasta por un margen de 22% sobre sus competidores más cercanos, Ricardo Anaya, del conservador Partido Acción Nacional (PAN) y José Antonio Meade, candidato del partido dirigente, el Partido Revolucionario Institucional (PRI). Con la elección programada para dentro de poco más de dos meses, el 1 de julio, AMLO parece destinado a vencer.

Pero esta es una elección mexicana. El fraude es común. Al menos dos elecciones presidenciales han sido fraudulentas en los últimos treinta años, en 1988 y de nuevo en 2006. Y un candidato presidencial fue asesinado hace menos de veinticinco años. La élite dirigente de México (su clase política) enfrenta hoy su peor crisis y su mayor reto en décadas, pues el pueblo mexicano podría no volver a aceptar otra elección robada. Por ello, la cuestión no es si «López Obrador puede ganar», sino más bien, «¿Qué tan lejos están dispuestos a llegar para impedirlo?».


Horror en las empresas

A pesar de emplear una retórica mucho más moderada a últimas fechas, las élites mexicanas y estadounidenses están horrorizadas con la idea de que López Obrador, a quien se caracteriza como populista de izquierdas o socialdemócrata, pudiera poner en riesgo sus ganancias. A medida que crece la ventaja de AMLO, el valor del peso ha caído, debido al temor creciente de que los inversionistas huyan del país.

La prensa financiera es pesimista en extremo acerca del futuro con un presidente que promete mejorar las vidas de las clases trabajadoras de México. El New York Times publicó el 26 de abril:

«Además de amenazar las ganancias petroleras en los Estados Unidos, sus propuestas podrían ralentizar la producción petrolera en Texas e impedir la perforación en aguas profundas del Golfo de México a gigantes petroleras internacionales como Exxon Mobil y Chevron. También pondrían en riesgo el superávit comercial de energía de los Estados Unidos con México, que el año pasado alcanzó unos $15 mil millones de dólares».

Mary Anastasia O’Grady, columnista del Wall Street Journal, sugiere a sus lectores no creer en la «reinvención moderada» de López Obrador:

«La declaración de principios de Morena, publicada en su sitio oficial, sostiene que la liberalización de la economía es parte de un ‘régimen de opresión, corrupción y privilegios’. Y que es obra de ‘un verdadero Estado mafioso construido por la minoría que concentra el poder económico y político en México’. Si eso es lo que cree el señor López Obrador, repararlo va a requerir de mucho más que la revolución socialista que él propone».

O’Grady escribe que «con el tiempo, se ha ganado una reputación de populista y demagogo que toma las calles cuando las instituciones democráticas bloquean su camino al poder». Y advierte a sus lectores sobre el «partido socialista» Morena.

Un artículo del Financial Times resume a López Obrador en lo que su titular describe como «una mezcla tóxica para los Estados Unidos de todos los populistas y socialistas latinoamericanos». El artículo sugiere que la administración Trump debe concluir las negociaciones del Tratado de Libre Comercio antes de que López Obrador llegue a la presidencia e instale un gobierno «impaciente por hacer públicas sus credenciales nacionalistas».

El Consejo de Relaciones Exteriores, el grupo de expertos en relaciones internacionales de la clase dominante en Estados Unidos, publicó lo siguiente:

«Los promotores de la sociedad civil, la transparencia, y las instituciones públicas fuertes e independientes, pueden mostrarse preocupados por algunas de sus declaraciones más recientes. En su campaña ofrece un retroceso a una época de negocios subsidiados, propiedad estatizada y autosuficiencia en agricultura. Repetidamente pone en duda los contratos de infraestructura y energía (incluyendo los que apuntalan el nuevo aeropuerto de la Ciudad de México de $13 mil millones de dólares) y promete echar atrás los cambios en materia educativa puestos en marcha».

Las notas de la prensa financiera y la advertencia del Consejo de Relaciones Exteriores están encaminadas a convencer a la clase dominante de Estados Unidos y al Departamento de Estado de que se tiene que hacer algo para detener a López Obrador.


Un país en crisis

Es necesario observar las elecciones actuales en su contexto económico y social. México se encuentra en una profunda crisis política hoy en día. Desde la elección de Donald Trump, las relaciones entre México y Estados Unidos han alcanzado su nivel más bajo. Trump amenaza con destruir el TLC y no queda claro qué propondría en su lugar. Por ello, la previsibilidad económica, el principio y fin de las políticas capitalistas, se encuentra en entredicho.

La migración mexicana a Estados Unidos —que históricamente ha sido vista como una válvula de seguridad en un país donde cerca de la mitad de la población vive en la pobreza— ha alcanzado su nivel más bajo en años. Los desempleados y los subempleados son obligados a permanecer en el país, incapaces de sobrevivir con los salarios mexicanos. Con una población de ciento veintisiete millones, unos cincuenta y cinco millones viven en pobreza.

La violencia sigue siendo un estilo de vida y no ha mejorado en la actual administración. La guerra contra las drogas ha dejado más de doscientos mil muertos y treinta y dos mil desaparecidos desde el 2006. Bussiness Insider publicó el 23 de abril:

«Los 104,583 casos de homicidio registrados desde que [el actual presidente Enrique Peña Nieto] asumiera el cargo en diciembre de 2012 son más que los 102,859 casos oficialmente registrados bajo su predecesor, Felipe Calderón, quien desplegó al ejército por todo el país para hacer frente al crimen organizado y la violencia relacionada con drogas».

Por su parte, la policía mexicana tortura y asesina de manera rutinaria.

Al mismo tiempo, la represión del gobierno y la manipulación se traducen en débiles movimientos sociales y de trabajadores. A pesar de las agitaciones periódicas, no existen organizaciones poderosas de trabajadores ni instituciones sociales fuertes e independientes. Los insatisfechos con el gobierno solo tienen a López Obrador, un líder carismático, y su partido populista Morena. Todo esto vuelve más preocupante su inminente elección para las élites en México y Estados Unidos.


Una larga historia de fraude

Los historiadores podrían estar de acuerdo en que después de la Revolución mexicana de 1910, Francisco Madero ganó la única elección democrática en la historia del país. Madero, sin embargo, fue incapaz de convencer a los inversionistas extranjeros en México, y el embajador de Estados Unidos, Henry Lane Wilson, de la mano con embajadores europeos, organizó su derrocamiento y asesinato. Después se abrió otra década de violenta revolución.

Luego de que Obregón fundara el Estado mexicano moderno en la década de 1920, su sucesor, Plutarco Elías Calles, consolidó el partido de la élite dominante, el cual se convertiría eventualmente en el Partido Revolucionario Institucional (PRI), que gobernó México de 1929 al 2000. Durante décadas, el PRI ganó todas las elecciones para cada uno de los cargos, desde el presidente hasta el alcalde del pueblo más pequeño. Esto se hizo mediante intimidación y favores, clientelismo y nepotismo, fraude y, cuando fue necesario, asesinatos.

Siempre existieron contendientes. Vasconcelos era uno. Obregón eligió a José Vasconcelos, un izquierdista asociado alguna vez a Francisco «Pancho» Villa y Emiliano Zapata, para dirigir la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM), y luego para ser secretario de educación.

Para mediados de los años veinte, Vasconcelos, quien todavía era un socialista democrático y antiimperialista, cayó de la gracia de Obregón y Calles. Cuando un fanático católico asesinó a Obregón en 1928, Vasconcelos decidió contender a la presidencia e hizo campaña por México y Estados Unidos. Proponiendo una plataforma orientada a la justicia social, Vasconcelos después escribiría que él y su partido se encontraban al mismo tiempo «preparándonos para la inevitable revolución en un país donde no se respeta el voto».

En una elección fraudulenta cargada de violencia, Vasconcelos perdió contra el candidato de Calles, Pascual Ortiz Rubio. Atribuyó la derrota a Dwight Morrow, antiguo banquero de J. P. Morgan y embajador [de Estados Unidos] en México. Temiendo por su vida, Vasconcelos huyó de México, y desilusionado con la democracia con el tiempo se tornó fascista.

Después, en 1951 apareció un candidato real de oposición en la figura del oficial militar Miguel Henríquez Guzmán. Rompió con el PRI y creó un nuevo partido, la Federación de Partidos del Pueblo de México, operando sobre una plataforma de populismo y democracia. Era la campaña usual del PRI: cervezas y tacos para las masas, agentes del partido acarreando votantes a las urnas y ayudándolos a votar, intimidación y violencia para quienes apoyaran a la oposición. Por supuesto el ganador fue Adolfo Ruíz Cortines del PRI. Ocurrieron protestas en muchos estados por parte de los simpatizantes de Henríquez Guzmán, pero fueron silenciadas con brutalidad.

En los años ochebta, el modelo económico de México basado en la nacionalización de algunas industrias clave, aranceles proteccionistas, la creación de un mercado nacional, y un significativo estado de bienestar social, había entrado en crisis. El país se fue a la quiebra. Los bancos estadounidenses forzaron a México a cambiar, y una sección del PRI, educada en la Escuela de Negocios de Harvard, estaba más que feliz de hacerlo. El PRI se dividió entre los así llamados «dinosaurios» de la vieja escuela nacionalista, encabezados por Cuauhtémoc Cárdenas, y los «tecnócratas» del nuevo grupo neoliberal dirigidos por Carlos Salinas. Cárdenas y sus seguidores de la corriente democrática dejaron el PRI.

En 1988, Cuauhtémoc Cárdenas, hijo del presidente más querido de México, Lázaro Cárdenas, contendió a la presidencia a la cabeza de una amplia coalición de izquierdas. Era tremendamente popular en muchas zonas del país, con enormes multitudes viniendo a ovacionarlo en diversos lugares. El día de las elecciones del 6 de julio de 1988 se encontraba a la cabeza del conteo de votos, cuando de súbito la escrutadora dejó de computar. El PRI todavía en el poder le dijo al pueblo mexicano que «se cayó el sistema». El conteo continuó de alguna manera y al final, el gobierno anunció que Cárdenas había perdido, y que Carlos Salinas de Gortari del PRI había ganado.

En una ocasión durante los años noventa, en una comida con Cárdenas y otros líderes políticos de izquierda, le pregunté al antiguo candidato por qué no había peleado para reclamar el cargo que había ganado. Me dijo, al igual que a otros, que no quería ver un baño de sangre. Al darle la vuelta a la revolución en aquel entonces, dejó que el país degenerara en el baño de sangre que se ha extendido durante los últimos treinta años. Luego de perder la elección de 1988, Cárdenas y sus seguidores, de la mano de los pequeños partidos políticos de izquierda, formaron el Partido de la Revolución Democrática (PRD), que se convertiría en una fuerza importante.


El asesinato del candidato Colosio

Antes de que el PRD pudiera contender otra vez a nivel presidencial, en 1994, un candidato del PRI, Luis Donaldo Colosio, anunció su candidatura. Colosio, con una larga historia política en el partido, había sido protegido de Carlos Salinas. Había estado a cargo de la campaña presidencial de Salinas en 1988, durante la elección que le robaron a Cárdenas. Y había sido elegido senador por el estado de Sonora. Salinas había seleccionado a Colosio como parte de su gabinete para el puesto de Secretario de Desarrollo Social, al frente de los programas nacionales de combate a la pobreza. Luego Salinas lo eligió para ser el candidato del PRI a la presidencia.

Pero el 1 de enero de 1994, un misterioso revolucionario llamado Comandante Marcos se alzó al frente de un levantamiento indígena organizado en algo conocido como Ejército Zapatista de Liberación Nacional (EZLN) en Chiapas, al extremo sur del país. De pronto, temas como la democracia, la desigualdad económica y el racismo estuvieron sobre la mesa. Mientras tanto, otro líder del PRI, Manuel Camacho Solís, quien estaba a cargo de las negociaciones con el EZLN, rompió la costumbre del partido y también hizo campaña para la presidencia.

Colosio, cuya campaña no terminaba de despegar, decidió ocuparse de los temas planteados por los zapatistas durante un discurso en marzo de 1994, durante el 65º aniversario de la fundación del PRI.

Hablando apasionadamente, Colosio hizo un reclamo por mayor transparencia y democracia, por ayudar a los campesinos pobres y por respeto a las comunidades indígenas, por apoyo para los trabajadores que enfrentaban el desempleo y los bajos salarios, por oportunidades para los jóvenes, por un papel más sobresaliente de las mujeres, además de criticar los abusos de poder del gobierno.

El discurso le granjeó a Colosio una súbita popularidad entre los desfavorecidos de México. Su discurso representó una ruptura con las políticas neoliberales del presidente Carlos Salinas y un retorno a una política nacionalista de bienestar social. Los líderes del PRI y los sindicatos de trabajadores controlados por ellos gritaban «¡Colosio traidor!» y «¡Muera Colosio!» durante sus mítines.

Dos semanas después, el 23 de marzo de 1994, un hombre identificado más tarde como Mario Aburto Martínez, un trabajador de maquila de veintitrés años, se apresuró para alcanzar a Colosio durante un evento de campaña en Tijuana, y lo mató de un disparo en la cabeza. La opinión pública mexicana atribuyó el asesinato a Salinas, creyendo que este había ordenado matar a Colosio. A pesar de que Aburto Martínez supuestamente confesó ante la policía, muchos mexicanos creyeron que él no fue el asesino real, sino solo alguien a quien se hacía pasar por el asesino.

Resultó que el jefe del equipo de guardaespaldas de Colosio, Fernando de la Sota, había trabajado para los servicios de seguridad mexicana, y como agente de la CIA. El procurador general no creyó que esto fuera relevante.

Con Colosio fuera del camino, Salinas eligió a su ministro de Educación, Ernesto Zedillo, para entrar como candidato del PRI, y, claro, ganó. Unos meses después, el cuñado de Salinas y figura prominente del PRI, José Francisco Ruíz Massieu, también fue asesinado. Al igual que la mayoría de los asesinatos en México, este permanece sin resolverse, aunque muchos creen que Raúl Salinas, hermano del presidente, fue la mente maestra detrás.


Las primeras dos veces [The first two times]

Fue por esa época que AMLO se convirtió en el reto más visible para el sistema mexicano. En 1989, a pesar de ser presidente del PRI en el estado de Tabasco, se unió al PRD, contendió a la gubernatura y ganó. López Obrador se convirtió en la figura estelar del partido y su presidente en el periodo 1996-99. En el año 2000 fue elegido como jefe de gobierno de la Ciudad de México y alcanzó una popularidad generalizada con su enfoque social liberal, trabajando en proyectos de desarrollo con economistas y desarrolladores y extendiendo programas sociales a los necesitados, entre los que cobraron especial fama sus pensiones para adultos mayores.

Al mismo tiempo, Vicente Fox, ejecutivo de Coca-Cola y candidato del Partido Acción Nacional (PAN), favorable a las empresas, contendió a la presidencia. El predominio del PRI se terminó, pero el poder del que gozaba demostró con claridad en 1988 que nunca dejarían que la izquierda llegara al poder. Para muchos mexicanos, Fox era la única opción electoral realista para un cambio en el panorama. México tenía un nuevo presidente, pero el sistema político y social no se movió.

Así, con el PRI derrotado, hubo esperanza. En el 2006, López Obrador contendió a la presidencia y parecía encaminado a ganar la contienda. Sin embargo, luego del recuento, se encontró que había perdido por 0.56% de la votación [contra Felipe Calderón del PAN], una derrota que atribuiría al fraude, reclamo que contó con el respaldo de observadores mexicanos y extranjeros. Como protesta, llamó a sus seguidores para bloquear kilómetros del centro de la Ciudad de México, paralizando la capital. De pie, a solas sobre un templete frente a sus seguidores, se proclamó a sí mismo «presidente legítimo de México».

Pero a pesar de la resistencia, al final Felipe Calderón del PAN se convirtió en presidente y lanzó su guerra desastrosa contra los cárteles de la droga.

La campaña de AMLO para el 2012 tuvo menos tracción, pero hoy se encuentra una vez más en posición de ganar una elección —invocando temores renovados de sabotaje y cosas peores—.


Y si lo matan, ¿luego qué?

Como demuestra el asesinato de Colosio, la élite mexicana puede y está dispuesta a asesinar candidatos problemáticos.

¿Por qué podrían asesinar a López Obrador? Otra elección fraudulenta como las de 1988 y 2006, en este punto de profunda crisis política, podría llevar a protestas populares a gran escala, y tales movimientos pueden salirse de control. Y en esta ocasión, a diferencia de 1988 y 2006, López Obrador parece tener la voluntad y las bases sociales para ejercer el liderazgo de un levantamiento popular.

México se volvería tan inestable que el gobierno de los Estados Unidos y la élite mexicana tendrían que intervenir para vigilar que fuera posible algún tipo de transición hacia una presidencia de López Obrador avalada por la clase dominante. Esto aún podría llevar al tipo de reformas que amenazan las ganancias.

Pero el asesinato de López Obrador lo borra de la escena, y dado que es un populista cuyo carisma mantiene cohesionado al movimiento, sin él, no existe liderazgo alternativo. Segundo, el asesinato del candidato en un momento tan cercano a la elección podría ofrecer una excusa para llevar a cabo algún tipo de gobierno de emergencia de unidad nacional (PRI, PAN, PRD, e incluso Morena), con miras a un periodo de ley marcial. Con el país ya de suyo militarizado por extenso, y con la existencia de puestos militares a la par de cada gobernador del país, establecer un estado de sitio como este no requeriría de mucho esfuerzo.

Si López Obrador es capaz de evadir tales complots y de hecho ganar la presidencia, tendrá que reunirse con el Departamento de Estado y los financieros de Wall Street para presentar un panorama convincente en el que demuestre que sus intereses están garantizados. El Wall Street Journal reportó el 26 de abril que

«El candidato presidencial de izquierdas Andrés Manuel López Obrador, el puntero en la carrera para las elecciones de julio, respetaría los resultados de una renegociación del Tratado de Libre Comercio de América del Norte si los Estados Unidos, México y Canadá llegasen a un acuerdo antes de la votación, de acuerdo con una fuente cercana.

[…]

Si se cierra el trato, una administración dirigida por López Obrador no volvería a abrir las conversaciones para renegociar capítulos acordados con anterioridad o para buscar incluir nuevos temas, según Graciela Márquez, economista educada en Harvard quien fue designada por el señor López Obrador para convertirse en su ministra de economía, en caso de ganar la elección. Eso colocaría a la señora Márquez a cargo de las políticas comerciales e industriales».

Si continúa renuente a continuar su viraje a la derecha, AMLO arriesga la vida y arriesga su movimiento.

O bien, podría intentar actuar de modo preventivo, tomar la ofensiva, llamar al levantamiento que tanto Cárdenas como él evitaron en el pasado.

Me complacería mucho si mis especulaciones fueran erróneas y AMLO pudiera defender un programa socialdemócrata y evitar echarse a los brazos del Departamento de Estado de Estados Unidos y de la clase política mexicana. Pero como se ha demostrado por más de cien años, los prospectos de democracia en México parecen difusos.

 

*Original en inglés publicado en: https://jacobinmag.com/2018/05/lopez-obrador-mexico-elections-amlo-repression

Traducción de Javier Raya

 

 

 

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