El conflicto sirio más allá de las imágenes

Actualmente existe una lucha, valiente y marginal, contra el régimen de Bashar al-Asad desde el plano mediático.

| Internacional

En el verano de 2011, durante una estancia de dos meses en París, conocí a un grupo de activistas sirios. Muchos de ellos tenían entre 20 y 30 años y habían llegado a Francia para escapar, por algún tiempo al menos, de su vida en Siria. Casi ninguno había estado involucrado previamente en actividades políticas. Sin embargo, desde el 15 de marzo de 2011 —el día en que comenzaron a escalar las protestas contra el gobierno de Bashar al-Asad— todos se unieron, sin dudar, a las filas de la oposición.

Amablemente me permitieron participar como observadora en algunas de sus reuniones en un apartamento parisino; los veía hacer malabarismos entre sus pantallas de computadora donde mantenían conversaciones simultáneas vía Skype con activistas en territorio sirio, y llamadas telefónicas con las mesas de redacción y edición de las grandes cadenas de televisión internacionales, para asegurarse de que los videos y testimonios de primera mano (en su mayoría grabados con celulares) provenientes de territorio sirio fuesen transmitidos apropiadamente. Esos sirios, como muchos otros viviendo en el extranjero, habían entendido la importancia de organizarse en el plano mediático contra el régimen autoritario de Bashar Al-Asad.

También en Francia, en 2013, tuve la oportunidad de atestiguar el drama de los exiliados y refugiados sirios, conocer de cerca su activismo, observar y calibrar sus posturas. En algunas ocasiones se impuso cierta secrecía, cuando en apartamentos de paredes estrechas y cortinas cerradas, con cierto temor que los seguía desde su patria, se escuchaban, con acentos diversos de distintas zonas, el azoro de la catástrofe en la aldea ya perdida, la falta de datos, la urgencia de la acción y las discusiones sobre el porvenir de la patria.

Desde que inició la crisis en Siria, mucho se ha dicho sobre la “guerra informativa” entre los grupos de oposición y de la insurgencia sirios y el régimen encabezado por la dinastía Asad. Sin embargo, poco se sabe sobre la emergencia de miles de activistas y ciudadanos sirios a lo largo y ancho del territorio sirio que han estado comprometidos con una diaria, arriesgada y determinante tarea de sacar información creíble y verificable sobre lo que está ocurriendo en su país. Estos sirios de un rango de orígenes y edades diverso han venido registrando las prácticas ilícitas y criminales del régimen de su país y también de algunos miembros de la insurgencia, las cuales ni un sólo periodista “profesional” en Siria ha querido o podido denunciar. Estos sirios han acumulado gran cantidad de material que algún día podrá contribuir a formular estrategias de justicia transicional.

Pocos meses después, a finales de 2011, esos jóvenes que conocí crearon el grupo franco-sirio Smart (Syrian Media Action Revolution Team). Smart fue el primero en dar testimonio directo desde las catorce provincias sirias de lo que pasa en cada rincón del territorio, mediante una red de corresponsales que se fue tejiendo, extendiendo y estructurando junto con otras redes de la oposición. Durante meses, lograron que una cadena como Al-Jazira en Directo (Al-Jazeera Mubashar) dedicara a los acontecimientos en Siria dos horas al día de su transmisión. Su información ha dado a los gobiernos y ciudadanos del mundo una imagen más directa sobre la crisis en Siria y, por lo tanto, elementos para debatir sobre las acciones a tomar para detener el baño de sangre en ese país.

Desde entonces, múltiples y diversos sectores de la población siria han continuado padeciendo la represión de las tropas y de los servicios de inteligencia del régimen; lo que había iniciado como una movilización pacífica se volvió, claramente a partir de septiembre de 2011, una lucha militarizada como resultado de esa cruenta represión. En junio de 2015, después de 4 años de un ciclo de represión indiscriminada y masiva, de insurrección armada, de guerra civil y de injerencia extranjera (por parte de las petromonarquías del Golfo, yihadistas suníes, Irán, Hezbolá, etc.), el balance es escalofriante : más de 210 000 muertos —de los cuales aproximadamente 75 000 son civiles—, 130 000 “desaparecidos” —por la brutalidad de las fuerzas de seguridad del régimen—, 5 millones de desplazados adentro de Siria y 3.5 millones de refugiados fuera de las fronteras del país que huyen hacia los vecinos inmediatos Iraq, Jordania, Líbano y Turquía. Para entender mejor la dimensión de esta tragedia, hay que recordar que en 2011 la población siria se estimaba en alrededor de 23 millones de personas.

Si bien existía noticia de las cifras y de las circunstancias desde el comienzo de la guerra, el dios –el geniecillo­- del frenesí mediático no había prestado sus favores. Es época de emociones fáciles pero de políticas “realistas”. La conmoción que comprensiblemente causa la imagen de un bebé sirio, Aylan Kurdi, muerto en la orilla de una playa turca, se pervierte, se fragmenta en variaciones gráficas de la foto o el ocasional énfasis en el origen étnico de Aylan. Lo absolutamente trágico –la muerte de ese niño— termina por relativizarse. La catástrofe cultural que es la destrucción de Palmira también queda sujeta a veleidades de opinionólogos de improvisada sapiencia arquelógica. De fondo, parece lamentarse sólo la Palmira preislámica, la de los cananeos, arameos, griegos, romanos, persas y bizantinos, no necesariamente la de Tâdmor, la que se proyectó majestuosamente bajo los siglos de civilización islámica. En todo caso, este monumento es un signo de la permanencia de la civilización o de su declive.

Lo anterior nos hace ver que los náufragos y refugiados sirios en las playas y los océanos no son la consecuencia de una mera y simple tragedia humanitaria. Son víctimas de estereotipos, de analogías históricas mal escogidas, así como de la política de seguridad restrictiva de los Estados europeos. Y en términos de opinión pública, si las imágenes no han tenido un efecto movilizador importante en las sociedades de la “comunidad internacional” (países occidentales en general, y los miembros de la Organización del Tratado del Atlántico Norte en particular), tampoco lo han tenido en la rusa, la turca o la de algunos sectores árabes y latinoamericanos, que hubiesen podido presionar de manera significativa a sus respectivos gobiernos a actuar para apoyar las reivindicaciones democráticas del pueblo sirio.

Por si fuera poco, las percepciones que se tienen en el extranjero del presidente sirio han fluctuado significativamente desde su acceso al poder. Si entre 1998 y 2001 Bashar fue el joven moderno y reformista, prisionero de la “vieja guardia”, y entre 2003 y 2010 era “un líder incómodo pero necesario”, a partir de marzo de 2011 se volvió un “aberrante asesino, pero que cumple y que encabeza un Estado laico y un régimen determinado a luchar contra el islamismo y el terrorismo”. Ante la amenaza que el “Estado Islámico” o Daesh representa para la estabilidad de Medio Oriente y la seguridad, ciertos observadores occidentales se ven, en efecto, tentados a renovar lazos con Bashar al-Asad con el propósito de establecer un marco de cooperación “antiterrorista” (lo cual, de por sí, es impreciso pues a Daesh debería juzgársele ante todo como un grupo del crimen organizado transnacional). Lo anterior no sólo se trata de un proyecto inmoral, en vista de los crímenes que el propio dictador sirio ha cometido; es, para quien conoce los resortes y la composición de las fuerzas leales a Asad, un paso peligroso, poco realista e improductivo.

Desde sus cuartos discretos y recursos electrónicos, aquellos sirios que me dieron la oportunidad de escuchar sus puntos de vista, compartir sus angustias, al igual que sus camaradas en territorio sirio, fomentaban un proceso de comunicación y concientización no banal, necesitado más que de público, de diálogo.

(Foto cortesía de Freedom House.)

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